Celia Amorós, escritora feminista

¿Somos más iguales ahora?

Bastante más; el hecho de que me hayan otorgado este premio representa que hay ciertos hitos en el camino de la igualdad. ¡Ninguna mujer lo había recibido, con tantas y tan buenas como escriben! Tenemos un Gobierno paritario, cada vez hay más cargos académicos de los que son responsables mujeres… Hemos mejorado.

¿Y las malas noticias?

Los feminicidios espantosos en Ciudad Juárez y en Guatemala, esos crímenes horrendos que no se investigan… Esa violencia patriarcal, cometida por quienes creen tener el poder sobre la vida o sobre la muerte. Tan difícil de erradicar porque tiene unas raíces profundas en el sentimiento del poder.

Usted cita a Amelia Valcárcel en su libro: “Lo poco que puede llegar a valer una vida humana en cualquier punto de la Tierra tiene una medida exacta: es lo que valga una vida humana femenina”.

Una frase muy aguda. Lugares en los que la vida vale muy poco, donde las mujeres paren sin poner condiciones, como las vacas. Coinciden esos lugares con los sitios donde la vida humana es menos valiosa.

¿Hay algo en la cabeza del hombre, en sus genes, que le lleve a tratar de manera tan funesta a las mujeres?

Yo creo que si un grupo humano puede ejercer dominio sobre otro, lo ejerce. Los varones, hasta ahora, han podido hacerlo; un grupo humano puede dominar, sobre todo, si tiene la ventaja de actuar reunido y formando pactos. Los varones, en función de la división sexual del trabajo, han ocupado espacios donde por mucho tiempo han estado separados de las mujeres y se han constituido en grupos tramados en función de pactos muy sólidos… Las mujeres, por el contrario, han estado atomizadas, para que no construyamos grupos sólidos entre nosotras.

Dice usted que la mujer ha arrancado en los últimos decenios ciertos trocitos de poder.

En los ámbitos de la política, en el mundo académico, en la cultura. En el ámbito económico, la mujer sigue totalmente infrarrepresentada.

¿Sufrió usted el machismo en su biografía?

Mi padre era notario; mi madre, que aún vive, fue de las primeras mujeres que hizo oposiciones, que hasta entonces estaban reservadas a los varones. Estudié en el Liceo francés y en un colegio de monjas. Hice la carrera en Valencia, me casé muy joven, tuve una hija, saqué unas oposiciones que me llevaron a Cartagena, allí me quedé embarazada… Era horrible: ibas con una compañera a un bar y ya te acosaban los hombres: el hecho de ser mujer, ¡aunque estuvieras con veinte chicas!, era motivo para que ellos se sentaran a tu lado sin pedir siquiera permiso. ¡Como si las mujeres no tuvieran derecho al espacio público! Pedí la excedencia y quise reingresar, ¡pero no me dejaban porque tenían que darle la plaza a un hombre porque su mujer estaba embarazada!

Carmen Alborch, su paisana, suele repetir una frase suya: que su manera de concebir la filosofía nace del cabreo.

Sí, de un gran cabreo. Quienes insisten en que la filosofía es diálogo se equivocan: el pensamiento es polémico, nace de un gran cabreo.

¿Y cuál es el origen del cabreo que ha hecho tan potente su discurso feminista?

La percepción indigerible de un mundo en que la situación entre los varones y las hembras era irracional e injusta, en el que se distribuían las posibilidades de una manera intolerablemente desigual. Yo no soy la hija de una madre maltratada, pero yo veía las relaciones de mi padre y mi madre en mi casa: la distribución del trabajo, y de la estima, era algo intolerable. Y a las hijas (“las chiquitas”) se las trataba como si no tuvieran individualidad. En el trabajo doméstico, mi madre, que nunca ha sido feminista, lo resolvió con servicio, pero cuando no había, mi padre jamás puso un cuchillo o un tenedor en la mesa.

¿Lo ha hablado con su madre?

No. Ella atribuía esa desigualdad a un rasgo de carácter de mi padre. “No, eso le viene por los amoros [un juego de palabra entre Amorós y moros], pues los moros estuvieron mucho tiempo entre nosotros, y pervivieron sus costumbres. Mi madre decía eso. Mi hermano, como era varón, estudiaría de todas las maneras; las mujeres sólo podíamos hacerlo si alcanzábamos tasa de excelencia.

Esta desigualdad ha debido de tener consecuencias sentimentales, culturales, muy grandes en las mujeres.

 Nos ha troquelado; nos ha llenado de una especial susceptibilidad. Sí, creo que suspicacia es la palabra.

¿Qué consecuencias ha tenido en los hombres su prepotencia?

Cerrilismo, distorsión de la percepción de lo real.

¿Se arregla educándolos?

Yo disolvería las pandillas masculinas; habría que hacer que esos varoncitos pequeños no se relacionaran entre sí de la manera que lo hacen, con esos rituales del que mea más lejos; haría que se mezclasen con niñas, rompería la lógica de la pandilla masculina…

Ahora entra en la polémica el uso del velo en las mujeres musulmanas.

Es un símbolo de sumisión. Los partidarios de los velos son los islamistas marcados por su ideología patriarcal y misógina, los que dicen que las mujeres tienen que llevar velo porque así lo dijo Mahoma, y que deben estar subordinadas a su marido.

Celia, ¿cuál sería hoy su mejor definición del feminismo?

La única salida viable al caos. Sería lo único que podría civilizar el conflicto de civilizaciones, o al menos colaborar de una manera significativa.