Hoy tenemos entrenamiento, el espíritu del deporte.

Queda poco, va a sonar el timbre del recreo.
Estoy impaciente, ya tenemos equipo de baloncesto, hemos pensado salir corriendo de las clases para llegar las primeras y poder ocupar la pista. Las mayores siempre abusan y no comparten los balones, pero nosotras queremos jugar porque tenemos pocos entrenamientos.

Estamos empezando a formar el equipo y aún no tenemos claras las posiciones, pero yo sí, soy alero porque no soy alta y es mejor que esté en los laterales, seguro que Mamen será nuestra pivot, ella es la mejor para ese puesto.

También tenemos entrenadora, es la primera vez en mi vida y me gusta mucho porque aprendemos como los equipos de verdad, aunque yo siempre pienso que nuestro equipo es tan de verdad como el de los chicos.

Me gusta el olor de goma del balón nuevo, no es de piel como los otros, es naranja con líneas negras que parecen gajos igual que el que usó la selección española en el partido de la tele. Cuando te llega fuerte hace un poco de daño en las manos porque hace frío en la pista y las tenemos heladas, pero me siento bien corriendo, dando pases -dice la entrenadora que se llaman asistencias-, bajando a defender y buscando con la mirada a Pepa que es la otra alero. Con dos pases largos en carrera llegamos a la otra cesta, uno, dos, salto y lanzamiento contra el tablero para encestar. Nos entendemos muy bien, sabemos que hay que jugar con los pies y con la cabeza.

Nos ha costado mucho convencer en casa para que nos dejen quedarnos una hora después de las clases para entrenar, pero lo hemos conseguido y es estupendo, se vacía el colegio y se queda en silencio, dueñas de las pistas nos cambiamos corriendo para aprovechar la luz de la tarde antes de que anochezca. Hemos decidido que vamos a negarnos a llevar falda y bombachos para jugar, queremos llevar pantalones largos de laster azul marino con trabilla. Mañana se lo diremos a las monjas, nos da igual que nos digan que no, nos los vamos a comprar todas y cuando haya partido de competición fuera del colegio nos los vamos a poner, no se atreverán a borrarnos de la competición. Estamos en 1969 y ya es hora de cambiar, se han acabado los bombachos.

Anochece, casi no vemos, pero estamos pegadas a la pista ensayando jugadas, aprendiendo a pasarnos y luego los tiros a cesta. Mi especialidad es el gancho de Luyk, me sale bien y me hace sentir mejor. A veces se nos cae la pelota al campo de naranjos y hay que saltar la valla, como nos pillen…nos la cargamos.
¡Van a cerrar el colegio! ¡Ya no se ve nada! daros prisa en recoger, y mañana tenemos que traer la traducción de francés y los problemas de matemáticas.
Yo ya la tengo hecha, yo no, ni yo. Yo sí, porque la Susana me tiene manía y siempre me la pide, os dejo mi libreta.
Y seguimos en la pista hablando de nosotras, de las jugadas, de nuestra decisión irrenunciable de cambiar el uniforme de gimnasia…, acordaros mañana de correr a la salida del recreo para llegar las primeras.

En primavera llegó el primer partido que jugamos fuera, ¡en Valencia! y ganamos. En la radio del autobús sonaba Cuéntame como te ha ido… háblame de lo que has encontrado en tu largo caminar.

Han pasado los años y, como pedía Fórmula V,  hoy escribo sobre el deporte femenino para una campaña de Bwin recordando a mi equipo del colegio. Coincide con la noticia de la retirada de Amaya Valdemoro, una de las mejores jugadoras de baloncesto españolas. Este relato puede servir de homenaje a ella y a todas las niñas y jóvenes que luchan en sus recreos para que se les respete el turno de pistas, para ir a los entrenamientos con las mismas tareas caseras que sus hermanos, para las que buscan patrocinadores que entiendan el valor del deporte femenino.

Han pasado muchos años, no recuerdo cuanto ganamos, ni qué perdimos, pero sigue conmigo el espíritu del deporte, el esfuerzo, la superación, la relación de amistad, el sentido de equipo, saber ganar y aprender a perder. Forma parte de mí, la memoria construida de rojos atardeceres, olores de pelotas nuevas, carreras, gritos de apoyo, alguna decepción, deberes pendientes y la primera camiseta con el 9 de fieltro cosido a la espalda.

El recuerdo habita en un pequeño trofeo de madera y metal que conservo como capitana del equipo.