La noción de género es blanda

Diamela Eltit  es una novelista dura de leer, como me decía Luz M. Rivas una vez,  pues lo suyo no es buscar ser otra best seller sino encontrar lectores con tiempo para seguir la trama que no es lineal ni referida a un solo asunto ni interesada en que se le ubique en un barrio de Santiago de Chile o en un momento histórico preciso en el que el lector pueda decir “OK, ahora sí me ubiqué”. No es una lectura para el metro, mucho menos para el metro de Caracas en el cual hay que andar más que prevenidos. En cambio, su posición sobre las ciudades y sus personajes, los eventos a los que ha asistido, los asuntos políticos actuales y pasados, los escritores y las publicaciones periódicas, la presidenta  Bachelet o el feminismo y sus temas, incluido el asunto de la existencia o no de una literatura femenina, podemos conocerla en este libro titulado Signos Vitales que reúne ponencias, artículos y entrevistas a ella realizadas en orden no cronológico sino temático.

Me interesa aquí su posición sobre la existencia de una literatura femenina. Hay una selección del material que se corresponde con la vida real que hombres y mujeres hemos tenido en todas las  épocas. No es por azar, ha enfatizado LM Rivas entre otras, que los hombres han elegido mayoritariamente, como marcos de sus personajes, episodios la Historiade las fundaciones de religiones, de ejércitos, de sistemas políticos, de naciones, etc mientras que las mujeres han elegido principalmente las historias puertas adentro, intrahistorias dentro de las cuales se despliegan las sagas familiares y, particularmente, las sagas de mujeres. Pero eso no quiere decir que las mujeres no hayan incursionado en el terreno mayoritariamente abonado por los hombres. Y viceversa. Lo dice una escritora cuya última novela (Jamás el fuego nunca, 2007) lleva el asunto de la intrahistoria a su máxima expresión: una mujer piensa –-a un lado  de la cama estrecha donde se encuentra el hombre con el que apenas cruza palabra hace décadas— en las preguntas que nunca le hizo o que hizo y él no le respondió en 30 años, desde que eran militantes jovencísimos de una célula de izquierda que creía que se iba a comer al mundo. De manera que la postura de Eltit sobre la improcedencia de hablar de una literatura femenina que debe estar en colecciones apartes o en secciones especiales de las revistas especializadas, no se debe a que ella sea de las que cultive la novela que, como dice Saramago (en Los cuadernos de Lanzarote), no debería llamarse “histórica”, pues ya hacer historia implica mucho de ficción.

Cuando Eltit se refiere a la aparición en tiempos de Bachelet de la revista Nomadías Feministas, de Kemy Oyarzún,  observa que ya en su propio nombre se pone al lado de lo que Rosa Braidotti ha llamado “nomadismo filosófico”, que considera al sujeto siempre atravesando fronteras sin estabilizarse en una sola identificación. Así, cuando Nomadías  “reconstruye los signos estéticos realizados por mujeres, muestra precisamente que la producción de signos es independiente del sexo del autor. (Se) trata de un ejercicio diferenciador que se sostiene en el deseo igualitario. Porque sólo es posible la diferencia desde la igualdad, cualquier otro procedimiento (es) engañoso” (D. Eltit, 2008:182-183).

En otro texto (“¿Qué eres?”) se refiere a Marta Brunet, la escritora chilena del siglo XIX  reconocida entre los grandes precisamente a partir de que un influyente crítico de su época  afirmó que “escribía como un hombre” (Ibíd.: 264) ¿Qué significaba eso entonces y qué significa eso hoy? Pues “no escribir como una mujer. Esa era la loa” (Id). Y es que Brunet se reía de las convenciones. “Desdramatizó pero (a) la vez mostró un drama” (Ibíd.: 265). Le parece a Eltit que es una línea a seguir: “reírse, digo, y buscar  obstinadamente una ley, inventarla con ironía, para sortear así su rudeza” (Id).

En el texto “Contante y Sonante” afirma, sin vueltas, que la literatura de mujeres “tal y como la entiende el mercado (vino) a reparar omisiones, pero llegó también para profundizar el ghetto” y dejarla en un rincón, como subproducto, como decoración (Ibíd.: 274-275). El mercado biologiza, genitaliza, a la literatura. A las mujeres se les entrega “una temática y la dramática de su temática” mientras que la “creación (de signos, de sentidos, de paradigmas está asociada a lo masculino; la reproducción (se asocia) a lo femenino” (Ibíd.: 275). Así, las mujeres leen a mujeres, “una manera de incluir excluyendo” (Id).

El neomachismo no cesa y más bien se refuerza por el sistema económico que “valida (el) desalojo de las producciones literarias de aquellas mujeres que se escapan de los territorios asignados –el sentimentalismo y la referencialidad—auspiciados por la hegemonía” (Ibíd.217). Por último, propone volver al feminismo igualitarista y abandonar la noción de género “blanda o reblandecida” (Id). Igualitarismo con respeto a las diferencias, pues de otras formas dejaría de ser partidaria del nomadismo filosófico.

Diamela Eltit (2008). Signos vitales. Escritos cobre literatura, arte y política. Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales.