La última frontera de las refugiadas

Maha Alwande trabajaba como periodista en Irak antes de llegar a Estambul. Ahora vive como refugiada en el barrio de Kumkapi, un vecindario repleto de inmigrantes kurdos a las afueras de la capital económica de Turquía. En su apartamento, junto a las paredes desnudas y mal pintadas en color crema, se amontonan desordenadas tres maletas entreabiertas, una televisión, ropa y un par de mantas apelmazadas. Vive allí desde hace tres meses con sus dos hijos de seis y ocho años, pero bien se podría pensar que acabara de llegar. Maha decidió huir de Irak con los niños y cruzar la frontera turca de manera ilegal. Las amenazas de muerte de su ex marido fueron el detonante. La idea original era escapar a la mítica ciudad de Estambul y desde ahí cruzar a Europa: Grecia, Alemania, Reino Unido… Empezar de nuevo lejos del miedo y la opresión.

El sueño se desvaneció rápidamente cuando comprobó que ella era una más entre los millones de refugiados que acoge Turquía y comprobó que los programas de acogida en terceros países de asilo se demoran años. Y peor aún: en muchos casos nunca llegan. “No quiero ver crecer a mis hijos en un país que me trata tan mal”, confiesa. “Esto es un infierno para los refugiados, pero no puedo volver a Irak. Allí me tratan como una animal porque soy madre soltera y divorciada”.

La mujer ha gastado todos sus ahorros en pagar el alquiler del apartamento. Ya no hay para más: en cinco días tendrá que abandonar la vivienda. Ha pagado la renta por el mes completo, pero la propietaria ha encontrado otro inquilino y ha decidido expulsarla del piso con 10 días de antelación, a pesar de tenerlos pagados. Todavía no sabe donde irá. Además de todo eso, sabe que la dueña del piso entraba a escondidas cuando ella salía de casa para robarle. “Tras mucho rogarle y reclamarle la injusticia que estaba cometiendo, la propietaria me ofreció quedarme cinco días más si mantenía relaciones sexuales con su hermano, algo a lo que me negué en rotundo. No tengo opción de denunciar lo ocurrido. Lo único que puedo conseguir es que me expulsen del país”.

La excepcional situación geográfica de Turquía —con más de 11.000 kilómetros de fronteras permeables por todo el país con Siria, Irak, Irán y el Cáucaso— constituye una alternativa atractiva  para los que emigran ilegalmente frente a las grandes dificultades de superar las fronteras de Grecia, España o Italia, fuertemente custodiadas. Con un número tan alto de personas en situación irregular, muchos intentan sacar provecho de la debilidad y posición de total indefensión, y no hay posibilidad de reclamar. Simplemente porque denunciar los abusos puede implicar también la deportación inmediata del país, para muchas un castigo aún mayor que el que soportan. El Gobierno turco, en el momento de firmar la Convención Internacional sobre los Refugiados en 1951, exigió una condición: solo aceptaría a aquellos provenientes de países europeos.

El resto sólo serían aceptados temporalmente hasta encontrar a un tercer país que los acogiese. La Agencia Europea de Apoyo al Asilo (EASO) en su último informe anual sobre la situación del Asilo en la Unión Europea —en el que se recogen cifras, estadísticas y análisis sobre Protección Internacional en la UE durante el año 2013— no deja lugar a dudas: de un total de 435.760 personas que solicitaron protección internacional en el conjunto de la UE, más de 352.000 todavía estaban esperando a finales de 2013 una decisión sobre su solicitud.

Historias como la de Maha son tristemente frecuentes entre las mujeres refugiadas que acoge la ciudad de Estambul. La mayoría llega huyendo de los conflictos que asedian sus países de origen, pero también hay quienes huyen por motivos religiosos o persecuciones políticas desde regímenes dictatoriales en los que ellas, de nuevo, son el punto débil. Unos 103.000 refugiados iraquíes se registraron en sus oficinas de Turquía en 2014 según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Hablamos sólo de iraquíes, cuyo número se ha doblado por la presencia del Estado Islámico.

El número de refugiados sirios en Turquía supera ya el millón y medio de personas. Se estima que el 80% son mujeres y niños, sin duda la comunidad más vulnerable. La saturación en los campos de refugiados hace que muchas de ellas decidan seguir por su cuenta hasta Estambul, en un último intento utópico de cruzar la frontera griega. No hay cifras exactas, pero recientemente el gobernador de Estambul, Hüseyin Avni Mutlu, estimó el número de desplazados sirios en la ciudad en 67.000. La cifra que podría llegar al millón si consideramos el resto de nacionalidades: iraquíes, iraníes, afganos, armenios, uzbecos, africanos… Para laOrganización Internacional de las Migraciones está probado que más de la mitad de los que llegan quiere seguir camino hacia Europa sin demora, aunque muy pocos lo consiguen.

Rahna es una joven siria que colabora como intérprete para la ONG Médicos Sin Fronteras en el popular barrio de Kurtulus. Allí acaban de establecerse las familias de Fátima y Sahara, hermanas, y sus 13 familiares. Rahna acude para ver como se encuentran y ofrecerles algo de información. “Los gobiernos e instituciones muchas veces sólo reparan en los refugiados que viven en los campos”, comenta Rahna. “Pero se olvidan de los que hay en las ciudades, sin apenas recursos. Tenemos que hacer saber de su existencia”. Fátima y Sahara sólo llevan 15 días en Estambul. Todavía con el desconcierto en el rostro, relatan la tortuosa huída a pie desde Alepo obligadas por un conflicto que ya ha cumplido cuatro años. Tienen un sobrino que trabaja como informático y les ha proporcionado asilo temporal en su casa, un apartamento de 60 metros cuadrados en el que viven 17 personas. Entre ellos, cinco niños que no pueden ir al colegio.

“El día que cruzamos la frontera turca fue el más largo de mi vida”, recuerda Sahara. “Corríamos desesperados con los niños de la mano. Vinimos huyendo, pero aquí no es mucho mejor. Somos inmigrantes irregulares, no tenemos futuro. Queremos volver a Alepo. Pero todas nuestras casas y negocios han sido destruidos por la guerra. Uno de mis hijos está luchando en el bando rebelde. Hace meses que no sé nada de él”. Hoy es la cena que pone fin al mes del Ramadán: típicas delicatesen de la buena cocina de su país atesta la mesa. Fluye una conversación distendida, bromas entre aparente normalidad. Todos ríen. Un ambiente entrañablemente familiar que se interrumpe súbitamente cuando suena en el móvil de Zacaría, el marido de Sahara, una llamada desde Siria.

A pesar de que los inmigrantes son atendidos por la Oficina de Ayuda a los Refugiados de las Naciones Unidas, el registro como refugiados tan sólo implica que puedan estar legalmente en el país de manera temporal. No otorga de ninguna manera el derecho a trabajar o el acceso a servicios sociales tan básicos como la sanidad o la educación. Los refugiados viven en un limbo del que las mafias de crimen organizado sacan partido: venta de pasaportes falsos, explotación laboral, prostitución… Los pocos afortunados que encuentran un trabajo lo hacen obteniendo un salario ridículo o abusivo, hasta seis veces menor del que tendría un trabajador turco.

La posibilidad de comprar pasaportes falsos es remota y las mafias piden más de 1.500 euros por cada uno de ellos. La única posibilidad de escapar a países de la Unión Europea era a través de la frontera griega, pero esta porción de territorio ha quedado blindada por los respectivos gobiernos que han erigido vallas de más de tres metros. Eso ha llevado a las mafias a establecer nuevas rutas por mar, especialmente el Egeo. En 2014, la guardia costera turca interceptó a 12.872 personas en estas aguas camino de Europa. Hasta febrero, ya van más de 1.400. El pasado 19 de abril las autoridades turcas rescataron a otras 25 personas que trataban de llegar a la isla de Samos. Muchas mujeres con sus hijos no se atreven a exponerse a un viaje tan peligroso y con tan pocas posibilidades de éxito. Así, sin posibilidad de volver a sus países de origen, deciden quedarse en Estambul, al abrigo de la caridad de algunas ONG como Cáritas o diversas instituciones religiosas.

Jana B. ha trabajado durante años coordinando la actuación de MSF en Estambul. Esta joven alemana conoce bien la situación. “La verdad es que las ONG no podemos hacer mucho”, reconoce. “Facilitamos asistencia sanitaria básica y apoyo psicológico, pero no es suficiente. El gran reto es que se decidan a pedir ayuda, especialmente las mujeres. Normalmente tienen miedo a que se les expulse del país y permanecen ocultas, muchas de ellas abocadas a la mendicidad. Ellas son las peor paradas. Tienen hijos a su cargo, la gran mayoría llegan aquí con unos traumas psicológicos y físicos importantes, sin dinero y sin conocer el idioma. Algunas no salen de las casas de acogida por el miedo. Estar aquí es un callejón sin salida pero retornar a sus países de origen es aún peor”.

La situación de la iraní Farinaz Mahjoob no difiere mucho de las anteriores. Relata su historia con desgarro y fragilidad, con la esperanza de que la difusión de su testimonio ayude a mejorar su situación. Farinaz se convirtió al cristianismo en un país de gran mayoría musulmana. Pagó su osadía con torturas y dos años de cárcel. Lo primero que hizo cuando recuperó la libertad fue ir a Estambul en busca de un lugar seguro y lejos de las amenazas de muerte. Fue repudiada incluso por algunos miembros de su propia familia. Sus enormes ojos negros se llenan de lágrimas cuando recuerda a su madre que continúa en Irán. Ella es la que le envía mensualmente la ayuda económica que le permite vivir en Estambul. Con 43 años, padece una profunda depresión, fruto de las secuelas de su paso por la cárcel. Intenta controlar la ansiedad y la tristeza con un cóctel de más de cinco pastillas diarias. “Sueño con terminar mis estudios en Medicina que dejé inconclusos en 2012 y volver a Irán, sin miedo”, explica. “No soporto la idea de no poder ver a mi madre. Ella también se ha convertido al cristianismo, pero lo lleva en secreto”. Su gran esperanza es que el régimen iraní cambie para volver a su casa y retomar su vida.