Piropo: una forma de acoso sexual

En mi país, en sus calles y principales avenidas, pero también en los callejones y pasajes hay mujeres de todas las edades, de distintas personalidades, de diversos tipos y colores de piel, que estudian, trabajan en sus casas o fuera de ellas, que aman, que escriben, leen, comen, se excitan, lloran, gritan, callan, ríen.

Las mujeres de nuestras calles, que perfectamente podrían ser tu mamá, la joven que escucha audífonos y solo a sus audífonos, mi mamá, la abuela, tu hija, mi hermana, la niña que va al colegio por la mañana aun con sueño y a su pesar, en más de alguna oportunidad se han convertido en presa del terrible piropo callejero. ¿Qué me estás diciendo? Sí, lo que escuchas, un terrible piropo callejero. Pero ¿Qué tiene de malo?, ¿acaso no les gusta que les digan que son lindas?, ¿acaso los hombres se tienen que quedar callados si ven a una mujer que consideran “guapa” en la calle? ¡Pero sí eso va en contra de su naturaleza! Me dijo una vez un hombre cerca de una estación de Metro, en Santiago. Y no tenía razón, no puede ser que “lo que damos por sentado”, que aquello que se nos ha enseñado como “natural” lo adoptemos para sí y en nuestras relaciones sin cuestionarlo, sin cuestionarnos.

Algo pasa con los hombres que se sienten con un derecho “natural” de piropear o de decir algunas frases que ellos consideran altamente halagadoras. Algo pasa con el cuerpo de las mujeres que es considerado una propiedad pública al que fácilmente se puede acceder, alguna confusión debe haber entre los objetos públicos, la banca de una plaza, el papel que se bota, el perro que se espanta, y mi cuerpo, tu cuerpo.

Simone de Beauvoir, pensadora, novelista y feminista francesa, por allá por los años 80´ afirmaba que “el cuerpo no es una cosa, es una situación: es nuestra comprensión del mundo y el boceto de nuestro proyecto“. Por esto, amigas, sí, declaro y protesto: que nos piropeen en la calle es una forma de maltrato, que transgredan nuestra intimidad en el espacio que es de todos y todas y sin nuestro consentimiento es violento. La Real Academia de la Lengua Española, RAE, traduce el término piropo como “dar a alguien muestras de afecto o rendimiento con palabras o acciones que puedan serle gratas”. Desde esta perspectiva, ¿por qué alguien tendría que decirnos algo exponiéndonos frente al resto? Creo que el problema no es la atracción o no, sino más bien cómo nos enfrentamos a ella en un espacio que dada nuestra cultura –fundamentalmente patriarcal – , es desigual.

Entonces, convengamos, un piropo es un abuso de poder, el piropo es la máxima expresión de aquella premisa que plantea que los hombres gozan de una sociedad de privilegios, una cultura que les pide, les exige y les valora por su masculinidad rudamente demostrada a través de estos gestos de hostilidad. Mujeres, ¿ustedes qué sienten cuando están en el Metro, en la calle, en la sala de clases, en la playa, en el tren, en la piscina, en sus trabajos, en la marcha, y viven estas situaciones?

Seguramente muchas se han sentido bien. Les confieso que yo también. Nos han enseñado que debemos ser lindas, que siempre tenemos que estar arregladas, sumisas, puras, monógamas y tiernas. Dentro de ese estereotipo el piropo vendría entonces a alimentar esa autoimagen que nos han pedido construyamos.

La académica estadounidense Eve Kosofsky Sedgwick utilizaba el término “homosociabilidad heterosexual” para reflejar relaciones interpersonales que se dan en el espacio público y que en nuestras sociedades se estructuran en base a una sociabilidad entre hombres, donde las mujeres son sexualizadas y asumidas como objetos de intercambio sexual. Siguiendo la idea anterior, José Manuel Morán, Cientista Político vinculado al Observatorio de Equidad y Género en Chile planteó el pasado enero del 2013: “En nuestras sociedades latinoamericanas, presas aún de códigos fuertemente patriarcales que históricamente han puesto a las mujeres en un lugar jerárquicamente inferior al de los hombres, el piropo (me refiero a ese frecuente piropo de mal gusto, sexista y/o que busca destacar los cuerpos sexuados de las mujeres) no es inocuo. Por el contrario, reproduce todo un orden social y cultural que posiciona a mujeres y hombres en un lugar de desequilibrio a favor de estos últimos”. Entonces, ¡tenemos dignidad y merecemos respeto! No necesitamos que gratuitamente se nos viole en el espacio público.

En el caso de las mujeres, la política del cuerpo supone tomar consciencia de lo que plantea Ferdinand de Saussure quien aseguraba que el lenguaje crea realidad, pensamiento que retoma Rafael Echeverría en 1994 y Humberto Maturana en 1998. En este sentido, lo que se pone en lenguaje se hace visible, que no es precisamente el halago sino todo lo contrario, la violencia estructural y simbólica de la cual somos testigas las mujeres. Ahora bien, lo que no logramos poner en lenguaje no se nos hace visible, es decir, se invisibiliza; por lo tanto no solo tomar consciencia sino que además alzar la voz frente a este tipo de situaciones confronta nuestro lenguaje, un lenguaje dado desde las experiencias de las mujeres, para las mujeres, a los otros lenguajes hegemónicos y dominantes.

En el último tiempo, y en varios países de América Latina, han surgido diversas organizaciones que denuncian el “hostigamiento” sufrido por las mujeres en las calles. Hollaback!, es un claro ejemplo, pues se trata de un movimiento feminista internacional que ha creado un mapa en su web oficial donde las mujeres pueden denunciar dónde sufrieron acoso y compartir sus experiencias personales.

En Argentina existen grupos como “Acción Respeto”, que se dedican a pegar carteles en las calles y hablar con los transeúntes para explicarles por qué consideran necesario actuar contra el acoso callejero.

Chile, por su parte, creó en noviembre del 2013 el Observatorio contra el Acoso Callejero (OCAC), conformado por un equipo de abogados y abogadas que se encargará de redactar un proyecto de ley con el fin de establecer los parámetros del hostigamiento en la calle y fijar penas. En Chile también, el Kolectivo Poroto, un grupo de hombres, ha estado preocupado de estos temas y declaran: “En nuestros contextos culturales, la práctica de “piropear” no es solamente una tradición criolla reflejada en galantería, sino es, si miramos con la perspectiva de género, una práctica que remite a una relación estructural de dominio y sometimiento del cuerpo femenino”. ¡Bien chicos!

Pero definitivamente necesitamos mujeres conscientes de esta situación, organizaciones defensoras del buen trato y que promuevan la no violencia a las mujeres desde esta perspectiva. Necesitamos también, construir una nueva poesía, una nueva forma de comunicarnos, con más respeto, con más humanidad, con menos intimidación, que nos permita fijar límites para responder con libertad a la pregunta ¿hasta dónde una expresión cultural puede ser claramente una forma de abuso?

Daniela Aceituno Silva.
Trabajadora Social (Utem), Magíster en Ciencia Política (U. Chile), Diplomada en Educación y Derechos Humanos (Utem) y Diplomada en Derecho Internacional de los Derechos Humanos (U. Chile).