Pluscuamperfectas

Si algo han aprendido  la mayoría de las mujeres en estos largos años de lucha, es a definir sus objetivos: el voto, la participación, la igualdad, la no violencia, el trabajo, la educación, la alfabetización digital, son  temas que  están en el desiderátum de toda mujer, aún no identificándose con el ideal feminista. Por el contrario, son escasas las mujeres que han conseguido desprenderse de los estereotipos y  ocupar con naturalidad la esfera del poder, logrando  con su liderazgo  la feminización de éste  y de paso la  feminización de la política. Son muy pocas también, las que han conseguido quererse y no martirizarse con ese plus de perfección que la sociedad les exige, sólo por el hecho de ser mujeres.

Indira Gandhi decía que para  liberarse, la mujer debía  sentirse libre, no para rivalizar con los hombres, sino libre en sus capacidades y personalidad.  Es una realidad que en  nuestro tiempo, la mujer mande y mande mucho;  de lo que se trataría es de consolidar un estado y un estilo,  y  de que no nos preguntáramos constantemente, por qué ellas están donde están. A este respecto, sabemos, que los estudios sobre las mujeres en los puestos de responsabilidad se han convertido en un filón inagotable: se elucubra, se dan cifras y porcentajes y se elaboran toda clase de teorías, cuando curiosamente,  la presencia masiva de los hombres en los cargos, se asume como algo natural, sin que nadie se pregunte qué aportan.

Hace unos días, los líderes sindicales se quejaban de que la patronal quería conmemorar el año de Darwin, practicando el darwinismo social en el terreno económico, de manera que ante la  crisis sólo deban sobrevivir  los fuertes.  En el espacio público, “la fuerza,  la dureza   y   la frialdad”  son atributos masculinos, por lo que, es posible, que  las mujeres  pierdan en esta “selección natural” de los individuos hacia  los puestos de decisión. Por naturaleza, en los momentos de incertidumbre, rechazamos los nuevos valores  y nos aferramos a los roles tradicionales.

Es probable que las mujeres, como siempre, se sitúen  en el fondo de la ola para sobrellevar la crisis con imaginación y cooperación, participando una vez más en la economía familiar, a veces desde empleos informales, pero sin que esto deba significar un paso atrás en derechos y aspiraciones.

La aportación de la mujer a la vida pública, con crisis o sin crisis, debe pasar por mostrar los valores espirituales y humanizadores como motor de esperanza; ofertar propuestas claras y simples que eliminen la incertidumbre; soñar y conectar los sueños con una visión que cambie el mundo y  encabezar la defensa de la pluralidad y la diversidad, siempre en el marco del diálogo.

Hay mujeres que están en ello, públicas y anónimas. El día a día es fuente de entrenamiento: la conciliación del trabajo y la familia, la superación de enfermedades y contratiempos familiares y otras variadas situaciones,  nos exigen disponer y actualizar todas nuestras armas de mujer. Sírvanos de ejemplo la magnética sonrisa de la ministra Chacón, la prudencia y estabilidad de la Sra. Merkel,  la determinación y el coraje de Mª Dolores de Cospedal, la constancia y el trabajo de la Vicepresidenta del Gobierno. Todas  ellas están marcando tendencia en este tránsito de Venus que acabará en el 2012, quien sabe si con un auténtico poder en femenino.

Hay que educarse y educar para superar lo difícil,  utilizar el lenguaje inclusivo no sexista: nuestras palabras y sus imágenes asociadas deben describir la realidad que queremos, sin que el pensamiento androcéntrico nos dirija. Educarnos también en la cultura digital como medio de convertir la conversación en comunicación y organizarnos en una gran red de participación colectiva.

Todo esto y más, porque la perfección también nos exige vestirnos con dignidad y cuidar nuestra imagen física, como una actitud vital de preocupación por la salud y la vida natural, sin que esto signifique ser víctimas de prejuicios sociales y descabellados  patrones estéticos.

Y por último, en el súmmum de esta escalada místico-ascética de la mujer, la obsesiva pretensión de ejercer la maternidad  diez, en tiempo y en calidad. Aquella que equilibre libertad, supervisión, autonomía, crecimiento moral de nuestros hijos, desarrollo de la autoestima, disciplina, ampliación de perspectivas de vida, aprendizaje de los errores y…todo aderezado con ejemplaridad y mucho, mucho amor.

En marzo, las mujeres salimos a la calle, para reivindicar derechos, pedir igualdad y de paso,  indulgencia. Nuestros pecados son muy graves: revelarse contra la desigualdad, y contra la injusticia. Sabemos que sólo lanzando cientos de globos al aire o emitiendo sonadas alocuciones reivindicativas, podremos lograr el perdón  de quienes nos acusan de ocupar la agenda política con asuntos menores, dícese violencia machista, paridad y aborto de ley. Mil perdones, tan osadas nosotras, y además, con el plus de pretender ser perfectas.