En: “Género y Epistemología: Mujeres y Disciplinas”
Programa Interdisciplinario de Estudios de Género (PIEG),
Universidad de Chile, 1998.

Género, ¿cuál género?
Los estudios basados en la categoría de género han recorrido un largo camino desde las tempranas y decisivas investigaciones de Stoller y Rubin. Surgidos a partir de la década del ‘60, recorrieron un trayecto epistemológico en dos sentidos simultáneos. Por una parte, se abocaron a una crítica sistemática de las nociones convencionales acerca de lo masculino y lo femenino que circulan no sólo en los discursos de sentido común, sino también en aquellos que se designan como científicos y que, de una u otra forma, han proporcionado las explicaciones que asumimos como “legítimas” y/o “verdaderas” acerca de las diferencias sexuales y sociales entre varones y mujeres.

En constante crecimiento y difusión mundial, estos análisis se han ocupado de develar y cuestionar las premisas biologistas, esencialistas y universalistas con las que se han concebido estas diferencias, así como la lógica binaria y jerárquica en las que se apoyan; de problematizar la exclusión, silenciamiento o tratamiento sesgado de la condición de la mujer en los principales cuerpos de teoría y en la información que “dice” de lo social; de explicar y proponer cambios respecto de los diversos dispositivos sociales que participan en la construcción de una jerarquía entre los géneros en la que las mujeres y lo femenino ocupan el lugar devaluado, discriminado, subordinado u omitido.

Postestructuralista y postmodernista, avant la lettre, la crítica feminista ha puntualizado el carácter situado del conocimiento, la parcialidad de todas las afirmaciones, la íntima relación entre saber y poder, en definitiva ha colocado a las grandes narrativas en el incómodo contexto de la política, retirándolas del “confortable dominio de la epistemología”. En este sentido y como dice Giroux el feminismo ha sostenido, en clave de género, una pregunta fundamental frente al saber instituido: “Quién habla en esa teoría; bajo qué condiciones sociales, económicas y políticas formula ese discurso; para quién y cómo ese conocimiento circula y es usado en el marco de relaciones asimétricas de poder?”.

En forma simultánea ha avanzado en la creación de nuevas categorías teóricas e instrumentos metodológicos en su intento de explicar cómo se ha constituido, a lo largo de la historia y en las diversas culturas, diferencias jerárquicas entre varones y mujeres, y cómo se reproducen y transforman. En ese contexto se inscribe la formulación de la categoría de género. Originalmente, el género fue definido en contraposición a sexo en el marco de una posición binaria (sexo y género), aludiendo la segunda a los aspectos psico-socioculturales asignados a varones y mujeres por su medio social y restringiendo el sexo a las características anatomofisiológicas que distinguen al macho y la hembra de la especie humana.

Los análisis basados en esta noción se concentraron insistentemente en explicar cómo los sujetos adquieren y actúan los roles e identidades de género. Aunque no estuviera explícito, este enfoque presuponía la existencia de una identidad personal o de un yo delimitado originario, que a través del proceso de socialización, primero en la familia, y luego en los distintos ámbitos sociales, adquiría las capacidades, motivaciones y prescripciones propias de su identidad genérica adaptándose a las expectativas y mandatos culturales. En otros términos afirmaba que la sociedad tiene un libreto que debe ser aprendido y que ese aprendizaje garantiza la reproducción de un orden de género sin fisuras. Como es evidente, esta concepción no tardó en ser cuestionada por su sesgo funcionalista y mecanicista. Si se tratara sólo de roles (a la manera de Parsons), podría pensarse que son complementarios, lo cual despolitiza la problemática de la desigualdad y, consecuentemente, oculta las cuestiones de poder y conflicto que atraviesan las relaciones entre mujeres y los varones. Por otra parte, esta concepción demuestra su incapacidad para explicar las variaciones entre personas pertenecientes a un mismo género, y el cambio de los discursos y prácticas en esta dimensión de lo social.

Otra característica central de esta primera fase fue el centramiento de los estudios de género en la interpretación y denuncia de la condición discriminada o subordinada de la mujer, negando o ignorando que en su sentido más cabal, género, alude a una relación de poder social que involucra tanto a las mujeres y lo femenino, como a los varones y lo masculino.

A la manera de los análisis sobre la clase social, la comprensión inicial de la desigualdad de género se desplegó en términos de opresión, discriminación y reproducción monótona de un orden patriarcal. A propósito de este enfoque Young afirma que la teoría de género surge como un “gran relato”, quizás el último de la modernidad, una explicación omnicompresiva y totalizante, justificada en el deseo del feminismo de los años ‘70 de establecer una contrateoría respecto del marxismo, mediante la creación de una nueva categoría, la de género, con tanto peso teórico como la clase. Esta primera fase, que se ha dado en llamar de búsqueda de la “hipótesis represiva”, es decir, de la explicación acabada y universal de la condición desigual de la mujer, ha producido notables trabajos que, si bien hoy son cuestionables en muchos aspectos, lograron situar con argumentos fuertes la problemática de la discriminación de la mujer en la agenda del debate político y teórico.

En poco más de dos décadas de “uso intensivo”, si bien no se podría afirmar que esta noción se ha desgastado, lo cierto es que está siendo revisada a partir de posturas teóricas que cuestionan incluso las mismas premisas que le sirvieron de fundamento.

Como lo señala Anderson: “Los fáciles eslóganes de ayer (“el género es una construcción social y cultural a partir de las diferencias sexuales”), ya no sirven de mucho”. Polémicas rigurosas; posiciones distintas e incluso divergentes, dan cuenta de que el concepto se ha vuelto mucho más complejo y “movedizo”.

Lejos de plantear un obstáculo, este fenómeno da cuenta de la vitalidad de la práctica teórica y de su empeño consecuente con la revisión crítica de toda forma de dogmatismo. Como decía ya hace unos cuantos años Sandra Harding, es necesario aceptar y aprender a ver como un recurso valioso la inestabilidad de las categorías analíticas creadas y utilizadas por la teoría feminista.

De ahí que hoy sea posible establecer, como lo plantean Linda Nicholson e Iris Young, una genealogía de las concepciones de género, en la que hay fases y recorridos que demuestran la interrelación del pensamiento feminista con las corrientes teóricas dominantes en distintos momentos: funcionalismo, marxismos, diversas escuelas dentro del psicoanálisis, postestructuralismo, postmodernismos, etc. Estas genealogías son importantes para demostrar que las propias categorías analíticas elaboradas y/o utilizadas profusamente por el feminismo (género, patriarcado, división sexual del trabajo, ámbito privado vs. ámbito público, etc.) no han escapado a la crítica, a las transformaciones de sentido, e incluso a su rechazo por la misma comunidad intelectual que se constituyó a su alrededor.

Veamos entonces cuales son las principales líneas de debate, las tensiones en torno al género que priman en los trabajos contemporáneos, que demuestran que no hay una teoría de género sino varias.

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