“Esto no es una lamentación, es el grito de una ave de rapiña”
CLARICE LISPECTOR

Finalizo la lectura de Íbamos a ser reinas de Nuria Varela, un libro como los hay pocos, una investigación seria, rigurosa y documentada sobre la violencia de género que no sólo denuncia lo existente sino que se aventura en indagar sus causas, haciendo un aporte sustancial a una temática incómoda y sistemáticamente eludida. No es frecuente, dada la enorme actividad que manifiesta el mundo editorial, calificar una publicación como urgente y como necesaria, pareciera que en la maraña de las numerosas páginas impresas, bien podríamos vivir sin tantas de ellas.

Sin embargo, en este caso vale la pena detenerse. Vale la pena escuchar. Muchas voces vendrán a inundarnos, testimonios dramáticos sin edad ni clase ni raza, que se unifican entre ellos por una sola razón: por provenir de los labios de una mujer. Pero no son historias de vida plasmadas al azar; la habilidad de la autora consiste en tomarlas y desmenuzarlas de tal modo que el proceso va entregando elementos valiosísimos para comprender este fenómeno: nos remite a su origen -eterno, por cierto- y luego nos traeal presente, exhibiendo las trampas en que se envuelve la generación de esta violencia específica -en palabras de Nuria Varela: sus mentiras y complicidades- y a partir de ello, trazar un virtual itinerario que permite imaginar y soñar con su fin. Una utopía válida. Por ello, afirmo sin pudores: si, es está una publicación urgente y necesaria.

Finalizo la lectura y permanezco inmóvil, en silencia, arrinconada en una esquina de la habitación, como si cualquier movimiento, el más mínimo pudiese traerme el dolor de las otras, no sólo a mis ojos, también a mi cuerpo, ese cuerpo en donde se materializa la desigualdad milenaria, allí donde han asestado la injusticia por un solo motivo: por ser el cuerpo de una mujer. En este instante, yo soy la castigada, la invisible, soy la maltratada. ¿Quién ha cavado estos agujeros? ¿Quién ha roto mi mirada? ¿Quién ha desoído mi respiración de espanto? ¿Quién ha cortado, golpe a golpe, los pedazos que me arman? Me repliego, muda, las palabras vuelan lejos, no las sujeto como si me esquivasen desde el principio de los siglos, palabras vacías que se deletrean sonido a sonido perdiendo su significado. Como toda criatura marginada, expoliada, espiada y exiliada, me quedo sin lenguaje.

Entonces recuerdo que existe el grito. Que puedo gritar. O lamentarme, que en eso nos hemos pasado la vida, de pura niebla que convertiría el firmamento si juntásemos los lamentos dispersos de cada una, opacaríamos al sol para siempre y nos gusta tanto el sol. Tampoco silenciarme, de ellos ya tenemos bastante, sílabas opacas cayendo a un vacío que no controla mi boca. Ni llorar. La hora del llanto ya se heló, copó todas las vasijas. Rebasó la peor de las lluvias precipitadas. ¡Ni una lágrima más! Es la hora del alba, aquella que escucha a las aves de rapiña, también la del atardecer y la del mediodía porque estas aves se las arreglan para ser siempre escuchadas. Buitre o águila, aves carnívoras de sangre caliente, pico robusto y garras fuertes, aves cuyo bello plumaje desafía a otras, aquellas de color pardo, verdoso y amarillento, que anidan en la tierra y se dejan coger con facilidad. Es que sus gritos contagian, toda ave que las escuche anhelará vociferar junto a ellas, ni la más desértica se mantendrá indiferente, se levantarán, dejarán sus nidos, olvidarán la oscuridad -ese oscuro rotundo que les impide recordar las formas y los colores- la intemperie no las acobardará por unos momentos no les temerán al desamparo, y el aire impenetrable se volverá transparente. Entonces, emprenderán el vuelo. Un caos el cielo con tanto grito. Un jolgorio.

Será el comienzo del deseo.

Le robaremos el verso a Neruda y gritaremos con una sola voz: sube a nacer conmigo, hermana. Porque siempre, siempre se puede volver a nacer.

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