¿Es Beauvoir una de las grandes cabezas del siglo?  Se cumplieron recientemente los cincuenta años de la publicación del Segundo Sexo. Eso dio motivo a la celebración de varios  congresos y reuniones, el más  relevante de los cuales fue el realizado en La Sorbona en enero del noventa y nueve. En España también se llevaron a cabo iniciativas, entre las que destacó la publicación de una edición del cincuentenario, en dos tomos, con una nueva y excelente traducción . También se realizaron en España sesiones monógráficas, como las de La Universidad Autónoma de Madrid, la de Valencia, la sede sevillana de la UIMP, etc. Los principales diarios destacaron el cincuentenario, El Pais y ABC, por ejemplo, en sus suplementos culturales. Se publicaron algunos artículos en revistas especializadas y las editoriales sacaron parte de su correspondencia y alguna monografía .

En España y en los círculos intelectuales, en conjunto, el cincuentenario tuvo una repercusión media. Sin embargo las organizadoras del simposio de la Sorbona quedaron asombradas: participantes y comunicaciones llegaron de todo el mundo, hasta desbordar a la Organización que, sin embargo, había tenido graves dificultades para hacer creíble a las instancias pertinentes que tal cincuentenario debía realizarse. Funcionando casi sin apoyo y con un presupuesto mísero, su convocatoria tuvo tal éxito que casi las anegó y, desde luego, convirtió su actividad en la más significativa, culturalmente hablando, del año. Ningún otro pensador francés tenía tantas y tales repercusiones en los cinco continentes. Probablemente ningún otro libro francés de este siglo haya sido tan traducido, editado o leído. Y, sin embargo, sobre él sigue existiendo una suerte de desconfianza, de interdicto, incluso en una cultura que, como la francesa, alardea por igual de sus académicos y de sus transgresores.

La filósofa existencialista

El éxito del Segundo Sexo se explica fácilmente: es la obra que permite articularse al feminismo de los Setenta. Celia Amorós ha escrito que “buena parte del feminismo de la segunda mitad del siglo XX, o todo, puede ser considerado comentarios o notas a pie de página del Segundo Sexo”. Y, en efecto, Beauvoir es una de las figuras de referencia del pensamiento y la filosofía feminista actual. Pero se podría por ello mismo suponer que su obra principal, precisamente por feminista, es parcial. Desde una concepción dicotómica, no por trivial menos abundante en el mundo de la filosofía, el feminismo es cosa de mujeres que reza para y sobre las mujeres y, en consecuencia, toma un punto de vista parcial, no global. Si Beauvoir es una de las grandes pensadoras feministas del siglo XX, eso, en vez de realzar su figura, parece que la limita como filósofa. Es casi normal en ciertos ámbitos filosóficos que el feminismo de alguna autora o autor actúe en su contra. El feminismo, que penosamente va adquiriendo carta académica de naturaleza, es entendido como una abdicación de lo verdaderamente importante o significativo. Son cosas “de la mujer”. Debe ser este un tema reciente, que tiene sus enclaves, pero no comparable a… bueno, en general no comparable, dado que el otro término de comparación suele quedar vacío. Hay quienes lo trabajan, sin duda, lo que seguro que cumple su función, pero… en el fondo no es del todo correcto, porque algunos piensan que se sitúa a medio camino entre las causas perdidas y la pérdida de tiempo. Esto sucede en el mismo fondo en que se piensa que “de las mujeres ya se sabe”, saben todos y saben lo que hay que saber, que es poca cosa: son lo que son y ¿a qué darle más vueltas? A no ser que se las dé un sesudo filósofo, preferentemente grande, extinto, clásico y casi nunca feminista.

La filosofía ha tratado bastantes veces el tema “de la mujer”, de modo que si algo cabe ir afirmando es que el asunto en sí no es nuevo. Sobre este topos, “la mujer”, se han escrito resmas de papel. Ese es el punto de partida que precisamente toma Beauvoir para iniciar su investigación: hay un objeto teórico, como otro cualquiera, “la mujer”, sobre el que las manifestaciones abundan, tanto en la filosofía como en otros discursos y saberes. Son tantas que, si no fuera porque no guardan orden, formarían ya el corpus teórico de la “mujerología”. ¿Por qué no ordenarlas? ¿Por qué no intentar encontrar las corrientes profundas que las comunican? ¿Por qué no avanzar en ello hasta dar con su último fundamento, si es que lo tienen?

Beauvoir contará más tarde que cuando toma la decisión de introducirse en los materiales que acabarán constituyendo El Segundo Sexo ella no sabe apenas qué cosa sea el feminismo y, lo poco que le suena, le suena a cosa pasada, la lucha por el voto y luchas ya transcurridas. En en primer volumen de la obra referida escribe: “Ya no somos como nuestras mayores unas luchadoras; más o menos hemos ganado la partida.. hay muchos problemas que nos parecen más esenciales que los que nos afectan en particular”. Y en el segundo, de pasada, escribe que las feministas “ahora..han conseguido dominar la realidad”. Cada tanto manifiesta también que su trabajo no parte de ningún feminismo previo, sino de sus propias necesidades como filósofa existencialista.

El existencialismo ha renovado el arsenal de la filosofía y puesto delante de las urgencias del pensar una serie de tópicos antes no filosóficos: la intimidad, el yo, la cotidianidad, la finitud, la edad, la situación. Aunque el existencialismo emplea terminología fenomenológica, sus aportes también los toma de nuevas fuentes extrafilosóficas: la historia, la literatura, el psicoanális. Con nuevas y distintas herramientas conceptuales, encara territorios dudosos y otros que permanecen inexplorados. “La mujer” podría ser uno de ellos ¿por qué no? Ese “continente oscuro” de lo femenino puede prestarse al análisis existencial. Pero lo primero que comprueba Beauvoir es que hay muchos más viajeros y exploradores, relatores y opinadores de los que cabría imaginar. De ese continente desconocido ha hablado casi todo el que ha tomado la palabra y lo escrito existe casi en la misma proporción, con la particularidad de que se continúa afirmando “que nunca ha sido completa y profundamente descrito”, sino que guarda para sí un resto de misterio.. el que permite la andadura del siguiente explorador. Y, para mayor dificultad, las descripciones no concuerdan del todo: van desde el frecuente desparpajo filosófico a la gravedad de la ciencia, de la sacralidad de las religiones a lo sinuoso del sexo psicoanalítico, de lo ancestral de la etnicidad a la rabiosa modernidad de las vanguardias. Cada época parece haberse medido con él y cada tiempo ha acuñado sobre el asunto una serie de aseveraciones. Son en gran parte acumulativas: estratos y más estratos de sentencias y sentido que se han ido depositando sobre una primitiva marca.

En un momento dado Beauvoir decide cortar: Parece que haya más mapas que terreno, de modo que se impone hacer orden, ponerlos unos sobre otros, buscar coincidencias y discordancias. A ese esfuerzo se corresponde el primer volumen, “Los hechos y los mitos”. Pero, cosa notable, las discordancias no son muchas. Entre toda la literatura de que se compone el topos “mujer” existe un acuerdo de fondo, más que eso, un procedimiento de fondo: sea lo que sea “la mujer”, constantemente es “lo otro”, “el otro”; se afirme de tal objeto lo que se afirme, siempre cabe resumirlo en “Otreidad”. Y aquí comienza a sentirse la capacidad explicativa del existencialismo.

De entre esos nuevos grandes continentes existencialistas, uno destaca precisamente: La Otreidad, la Alteridad. Sartre lo ha abordado en El ser y la nada. Oponiéndose a la herencia cartesiana y solipsista presente en Husserl, según la cual el sujeto es un en-sí originario y todo el resto es por principio Alteridad, el existencialismo ha preferido la oposición entre las conciencias de la Fenomenología de Hegel: cada sujeto es “otro” porque está bajo la mirada de otro; en cada uno la alteridad cumple un papel. “Lo que encaro constantemente a través de mis experiencias son los sentimientos del prójimo, el carácter del prójimo. Pues, en efecto, el prójimo no es solamente aquél que veo, sino aquél que me ve”. La Alteridad es esencial y constitutiva del ser en el mundo. Del trabajo realizado por Beauvoir en el primer volumen del Segundo Sexo se desprende que todas las descripciones del objeto “mujer” son normativas. Por eso la mujer no nace, sino que se hace. Sartre, al desarrollar el concepto de Alteridad, ha escrito: “El límite entre dos conciencias, en tanto que tal, es producido por la conciencia limitante y asumido por la conciencia limitada”. ¿Qué sucede cuando una conciencia ha de vivir y vivirse a sí misma en esas circunstancias? Las respuestas están en el segundo volumen, “La vida vivida”. Toda la obra es el desarrollo del existencialismo aplicado sobre un objeto idóneo, lo femenino como percepción externa e interna. Lo femenino como producto y lo femenino como horma vivida.

El Segundo Sexo es, ante todo y sobre todo, filosofía de la otreidad. “La categoría de Otro es tan originaria como la conciencia misma”, escribe Beauvoir. Pero el problema no es la Alteridad en sí misma, dado que todos somos los otros de los otros, sino que un sexo completo, con independencia de las épocas, culturas o saberes, con independencia también de las características singulares de cada una de sus componentes, haya sido continuamente designado como la Otreidad absoluta de lo humano. La conciencia humana, su ser en el mundo, es esencialmente libertad. El existencialismo sigue férreamente en este punto fundamental el enunciado de Fichte “quiero ser lo que seré”. La conciencia humana es ese trascenderse contínuo de lo dado hacia lo proyectado en que la libertad consiste. Es negación de inmanencia, de encierro, de algo dado de una vez y para siempre. Naturalmente que en ese esfuerzo de ser libre muchas conciencias flaquean. “Cada vez que la trascendencia vuelve a caer en la inmanencia, se da una degradación de la existencia en un en sí, de la libertad en artificio; esta caída es una falta moral si el sujeto la consiente; si se le inflige, se transforma en una frustración y una opresión; en ambos casos se trata de un mal absoluto”. Abdicar de la propia libertad es, para el existencialismo, el pecado absoluto de la mala fe. Quien no quiere ser libre no es del todo humano, no es lo que debe ser, lo que su esencia, que no es otra que su existencia, le demanda ser.

El varón sujeto y la mujer sujeta

De creer plenamente a Beauvoir, ella, en el momento en que concibe y planea la obra, como ya se dijo, no es, ni se reconoce, feminista. Se siente solamente ese sujeto libre que ha comenzado a saber de sí en la primera adolescencia, como nos relatará en las Memorias de una joven formal. Pero su pretensión de libertad choca constantemente con límites que ella no ha puesto, querido ni buscado. Cierto que todo sujeto vive no en la libertad absoluta, sino en una situación, esto es, en un nudo de posibles en que los límites actúan, pero las libertades también. Una conciencia existe en el mundo situada y en esa situación debe luchar por su vida y su libertad, que vienen a ser lo mismo. No somos los seres humanos meras vidas biológicas, sino libertades vivientes y actuantes.

Lo que Beauvoir quiere saber es cuáles son las condiciones que, en su propia vida individual, forman “su situación”; esto es, dónde están y cómo están formados los límites verdaderos de su libertad como individuo. De este planteamiento surge un programa explicativo aplicado a un objeto, “la mujer”, en efecto idóneo. La mayor parte de los rasgos que definen su propia situación dependen de su “ser una mujer”. Sobre esta marca, en principio biológica, se acumulan muchas más que, justificándose por vías muy diferentes, la consolidan. La figura final, “la mujer”, está construída. El cómo, el porqué y el para qué de esa construcción son importantes. Porque esa figura es un molde que a ninguna mujer se le permite rechazar y, por lo tanto, tampoco verdaderamente elegir.

Las mujeres padecen, en el núcleo mismo de su existir, una situación de otreidad casi absoluta. El problema no son estas a aquellas leyes, tales o cuales costumbres, mitos, ritos o supuestos saberes, sino que cada una de esas prácticas forma parte de un ensamblaje bien trabado en el que la modernidad y sus luces, aunque han introducido fisuras, no entran. Ser mujer ha sido y es un aprendizaje heterónomo de “mil lazos tenues”. Un aprendizaje que ningún individuo del sexo femenino puede rechazar, y que tiene como consecuencia “cortarle las alas”, “limitar su poder sobre el universo”. La perspectiva que Beauvior adopta sobre el asunto es la de la moral existencialista, como ella misma afirma. La mujer es un sujeto deficitario e inesencial, porque “todo sujeto se afirma concretamente a través de los proyectos como una trascendencia, sólo hace culminar su libertad cuando la supera constantementa hacia otras libertades; no hay más justificación de la existencia presente que su expansión hacia un futuro indefinidamente abierto”. Esa no es la medida del sujeto si es mujer: “lo que define de forma singular la situación de la mujer es que, siendo como todo ser humano una libertad autónoma, se descubre y se elige en un mundo en que los hombres le imponen que se asuma como la Alteridad; se pretende petrificarla como objeto, condenarla a la inmanencia, ya que su trascendencia será permanentemente trascendida por otra conciencia esencial y soberana. El drama de la mujer es este conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto que siempre se afirma como esencial y las exigencias de una situación que la convierte en inesencial”

Afirmaciones de ese calibre se prueban mediante los recursos tomados a la historia, la literatura, la antropología y, en fin, todo el saber disponible, humanístico y científico. Las múltiples referencias y el desarrollo de las cuestiones convierten al Segundo Sexo en un gran edificio explicativo, de formato diferente al feminismo anterior que seguía la estela de las vindicaciones. Es una catedral, no un alegato. Y, como tal, tiene sus gárgolas. No todo lo que dice puede pasarse de la explicación al programa, ni todo lo que afirma puede compartirse. Pero hay algo que lo fundamenta: un antiesencialismo radical. “Lo femenino” no es ningún en sí, previo, dado, espontáneo, inmanente. Es, bien al contrario, un producto y un producto bastante elaborado.

Lo que sea la marca previa sobre la que se han ido depositando las designaciones que fabrican lo femenino no tiene punto de comparación con el acúmulo que sobre ella se ha formado. El cuerpo no es por sí mismo un destino. “Cuando recorremos los grados de la escala animal, uno de los rasgos más notables es que de abajo a arriba la vida se individualiza; abajo se utiliza únicamente para la conservación de la especie; arriba se prodiga a través de individuos singulares”. Sin embargo, aun las hembras de las especies superiores de los mamíferos abdican en la especie su individualidad. La mujer es ciertamente una hembra, la que más sacrifica a su especie su cuerpo, bajo la forma de dolor, sangre, embarazo, parto; está habitada por las fuerzas generadoras de la especie que le exigen más que a ninguna otra. Pero ni eso justifica que la mujer sea Alteridad. Ni tales condiciones la condenan “a conservar para siempre este papel subordinado”. La subordinación, en una especie como la humana que está en evolución constante, se establece por otras vías. El naturalismo no la explica, sino que la avala. “Es ocioso preguntarse si el cuerpo femenino es o no más infantil que el del hombre, si se acerca más o menos al de los primates superiores, etc. Todas estas disertaciones, que mezclan un vago naturalismo con una ética o una estética todavía más vagas, son pura palabrería”. Lo humano sólo puede entenderse desde una perspectiva igualmente humana. No somos una especie natural, sino histórica. Nuestras cuentas nunca están cerradas.

La originalidad del Segundo Sexo consiste en una revitalización de los principios ilustrados, instrumentada a través del existencialismo. De ese programa nace una de las obras filosóficas más singulares y efectivas de este siglo. Dicho de modo más concluyente: el propio existencialismo prueba, por medio de esta obra, sus virtualidades cognitivas y emancipatorias. Beauvoir puede deshacerse del naturalismo porque es una filósofa existencialista. Y también reúne, porque el punto de anclaje filosófico se lo permite, una vastísima cultura histórica, literaria, psicoanalítica y antropológica para explicar su objeto: lo femenino como una construcción cultural y epocal. Otras corrientes filosóficas no le habrían permitido tal capacidad de maniobra. Dicho lo cual debe añadirse que Beauvoir no es cualquier existencialista: Ella usa del existencialismo  con una perspicacia y una firmeza magistrales.

El feminismo global de Beauvoir

El feminismo de Beauvoir es de raigambre clásica, un humanismo global. Sin embargo ha realizado sobre sus predecesores una vuelta de tuerca inestimable: pasar de las vindicaciones a las explicaciones. Su singularidad le viene en buena medida de su potencia filosófica: una combinación exitosa de existencialismo, hegelianismo y filosofía de la sospecha. Desde esta red teórica, Beauvoir inicia una nueva manera de hacer feminismo. Tanto el primer feminismo ilustrado, como el feminismo liberal sufragista se desarrollaron sobre la plantilla teórica de la vindicación. El Segundo Sexo no pertenece a esa tradición argumental, sino que pretende un fin distinto: la explicación. Ella misma escribe en la Introducción: “Es curioso que el conjunto de la literatura femenina esté movido en nuestros días no tanto por una voluntad de reivindicación como por un esfuerzo de lucidez”. Y tal capacidad explicativa Beauvoir la logra gracias a que es una excelente filósofa. Beauvoir es un producto acabado de la “dinámica de las excepciones”.

En efecto, cuando Beauvoir realiza su primera formación universitaria a penas hace una década que se les ha permitido a las mujeres cursar estudios superiores con todas las consecuencias. La presencia femenina en las instituciones de alta educación todavía es minúscula. Han pasado los primerísimos tiempos en que sólo se las admitía a título excepcional, pero la consigna se mantiene, porque en esa época, los años al filo de los veinte-trenta, sólo algunas, consideradas excepcionales, tienen esa oportunidad. Ella ha coincidido en las aulas con otra notable pensadora, Weil, y con alguna más. Entre ellas se observan y se comprueban. Sus círculos de relación son normalmente masculinos.

Se saben excepciones y se sienten excepciones. En una universidad que todavía es muy pequeña y donde el acudir es difícil, excepciones han de sentirse cuantos allí se formen. Pero en el caso de las mujeres esto se dobla con una torsión añadida: ellas son, además y quizá sobre todo, excepciones a su sexo. Schiller, hablando por carta a Goethe de Mme de Staël, escribe que “se sale de su sexo, pero sin llegar al nuestro”. Parece pensar que las mujeres con talento son distintas de las mujeres en general, pero que no por ello pueden medirse con los varones, aunque sea con aquellos que no lo poseen. El que una mujer posea un talento excepcional la convierte en una excepción sobre todo a su sexo, pero, precisamente por ser considerada una excepción, no obliga a variar el escaso aprecio que se tenga del talento del sexo femenino en su conjunto.

La dinámica de las excepciones es perversa. En ella “la excepción confirma la regla”, según reza el vetusto refrán. Si en buena lógica debemos siempre afirmar que una excepción echa por tierra a la regla que no la contemplaba, en la lógica peculiar de los estereotipos esto nunca ocurre. Si alguien se sale de lo acordado para todo su género, ello no parece obligar a cambiar la consideración global que sobre aquél se tenga, sino a “salvar” momentáneamente a ese individuo discordante. La regla se podrá seguir usando para el conjunto sin un ápice de inseguridad.

Y quien se vive a sí mismo o misma como excepción también paga su tributo: asimilar la denostación de su grupo de origen sin poder por ello asimilarse a quienes por derecho propio la utilizan. Las primeras mujeres que fueron cooptadas en las redes masculinas de importancia se vieron en la tesitura de actuar como becarios desclasados. Beauvoir nos dice de ella misma que se acostumbró a pensar que poseía “un cerebro de hombre en un cuerpo de mujer”. Otras mujeres sometidas a la misma dinámica obran como si lo creyeran a pie juntillas. Que nadie pueda ser más duro que ellas con las supuestas debilidades de su sexo. Ellas no son contraejemplos de las opiniones misóginas vulgares, sino sus valedoras. Bien al contrario Beauvoir aprovechará los talentos que le han sido autorizados para poner al descubierto el órden que a todas excluye.

El feminismo y la humanidad

La elección por la que Beauvoir pasa a la historia y será siempre digna de alabanza es precisamente su valentía al declarse mujer sujeta a todos y los mismos lazos y cadenas que humillan a las demás. “No se nace mujer, se llega a serlo”. Simone de Beauvoir a fuer de filósofa, es feminista. El Segundo Sexo investiga y expone con genialidad y paciencia como se produce ese “llegar a ser mujer”. Pese a la enjundia de su trabajo, puede resumirlo con precisión: “se trata de saber lo que la humanidad ha hecho con la hembra humana”. E inicia para tal propósito su despliegue erudito y argumental. Una erudicción, por cierto, que el tiempo no ha atacado, como tan a menudo ocurre. En su gran mayoría cuantos datos aporta siguem siendo significativos. Esto es bastante sorprendente: muchos de los libros que contienen datos o jucios puntuales se convierten en un par de décadas en centones. No así éste. Ello indica por parte de Beauvoir una selección de fuentes y una perspicacia extraordinarias.

Pero todo su fenomenal despliegue de conocimientos tiene un objetivo: desechar la visión trivial de los sexos como realidades inmutables. En general en todo ser hay un “llegar a ser” porque todas las esencias se construyen. Es éste un convencimiento radical del existencialismo. No hay una esencia esclava, una esencia blanca, una esencia judía, una esencia mujer. La verdadera esencia no es estática, sino dinámica: los seres humanos son esencialmente libres. Esa es la única esencia aceptable. Su convencimiento fundamental es que ser individuo y ser libre son la misma cosa. “La difícil gloria de la libre existencia” es el futuro de la humanidad. La libertad es una de las construcciones más duras y fascinantes en el “llegar a ser” humanidad libre. Pero, mientras llega y no llega, muchos tienen todavía que luchar para convertirse en meros seres humanos.

Beauvoir conoce, porque no le ha asustado mirar de frente, la fuerza de las barreras que le impiden a ella misma afirmarse como sujeto. La dificultad no se asienta en sus características individuales, sino que parece radicar en que no pertenece al grupo aceptable, al sexo adecuado. Dedica su tenacidad intelectual a mostrar cómo están constituidas las marcas que la excluyen. Y a demostrar que a todas las mujeres, incluso en un mundo próspero y avanzado, les está impedido el verdadero acceso a la individualidad. Y que, del mismo modo que ser mujer no es una elección, “lo femenino” tampoco es ninguna esencia fija.

Ya se ha dicho que El Segundo Sexo no es una obra de consignas, sino un trabajo explicativo sin pausas. En ella Beauvoir aborda una fenomenología del sujeto-mujer y una fenomenología de las figuras de lo femenino. La historia, los mitos, la literatura, el conjunto completo de las artes y saberes, han marcado a ese sujeto como objeto. Tras más de cien páginas de atinadas muestras, escribe: “Si echamos un vistazo de conjunto..vemos esbozarse varias conclusiones. Esta es la primera: toda la historia de las mujeres ha sido realizada por los hombres..crearon los valores, las costumbres, las religiones; las mujeres nunca les disputaron ese control..ellos tuvieron siempre entre sus manos la suerte de las mujeres”. La definieron como Alteridad y la sojuzgaron. Después la fabularon y la soñaron sin ningún recato.

La situación de las mujeres, su condición concreta, ha estado presidida por su “ser para ellos”. “La historia”, resume Beauvoir antes de abordar los mitos literarios, “nos ha mostrado que los hombres siempre tuvieron todos los poderes concretos; desde los primeros tiempos del patriarcado consideraron útil mantener a la mujer en un estado de dependencia; sus leyes se construyeron contra ella; así es como se convirtió concretamente en Alteridad. Esta condición servía a los intereses económicos de los varones, pero también a sus pretensiones ontológicas y morales”. En efecto, la Alteridad no es un hecho que haya acontecido. No ha habido un inicio, sino que esta sujección ha existido siempre. Y, al no compartir la relativa accidentalidad de los histórico, se presenta como un hecho absoluto.

Pero, aunque se trate de una subordinación inmemorial, la condición de las mujeres sí ha cambiado a lo largo de la historia. Beauvoir se permite un apunte general contra cualquier historicismo fácil: en la condición de las mujeres y sus variaciones históricas se hace patente que “la evolución de la condición femenina no ha seguido una trayectoria constante”. Por ello cada época ha de ser considerada y ningún conocimiento ni estudios sobre sus particularidades puede darse por supuesto y ahorrarse.

“Sólo revisando a la luz de la filosofía existencialista los datos de la prehistoria y la etnografía podremos entender cómo se estableció la jerarquía de los sexos”. En el fondo de la misma esencia humana que es la libertad de trascenderse, existe el enfrentamiento de las conciencias. Más que la adhesión que Beauvoir expresa hacia las posibilidades cognitivas y emancipatorias del existencialismo, (declaración que refuera la convicción de que el existencialismo es en ella previo ontológicamente al feminismo), lo que puede hacerse notar es que no va a pretender ponerle fecha a ese acontecimiento que no ha acontecido. Pero va a poner su molde general. Y, dado que éste se ha hecho un lugar polémico en el actual pensamiento feminista, quizá conviene detenerse en él.

En los últimos años hay una acusación que aparece de vez en cuando contra el feminismo beauvoireano y que va tomando las trazas de convertirse en un lugar común: Beauvoir habría caído ella misma en sexismo puesto que habría entendido que la prevalencia del sexo masculino ha dependido de su capacidad de arriesgar la vida, mientras que el femenino ha sido sometido porque la guarda y la trasmite, sin reparar, se le opone, en que parir es el modo en que las mujeres han arriesgado la vida. Y es bien cierto que el parto ha sido hasta hace poco un riesgo real, no hiperbólico; basta con estar al tanto de las muertes que producía . Erasmo afirma más de una vez que preferiría arriesgarse varias veces en la batalla que parir una sola vez.

¿Qué hay de oportuno en ese reproche? ¿Comparte Beauvoir el “punto de vista masculino” que borra la valentía de las mujeres y que no entiende ni quiere entender el riesgo en que dar vida consiste? En el existencialismo de Sartre y Beauvoir, ya se dijo, hay una constante presencia de la Fenomenología del Espíritu de Hegel. Cuando éste, en el epígrafe dedicado a la Conciencia Desgraciada, -que se torna para el existencialismo la plantilla explicativa de toda relación primera entre conciencias-, expone las figuras del Amo y del Esclavo, afirma que el Amo lo es porque no ha rehuído la lucha, sino que ha preferido arriesgar la vida; de ahí su triunfo. Y escribe: “porque sólo arriesgando la vida se puede mantener la libertad”. En principio, pues, Beauvoir está haciendo una criptocita, cita que suelen desconocer quienes le plantean el reproche de sexismo. El reproche habría que matizarlo: Beauvoir es hegeliana. Acepta que la lucha entre conciencias es la base de la Alteridad y admite que la dominación es un fenómeno universal. Precisamente por ello puede afirmar que “La tentación de dominar es la más universal, la más irresistible que existe” y que tiene una primera matriz: la invención de lo femenino como algo diferente de lo humano, como lo Otro. Ese tramo, que no gusta, de la esclera, es uno de los que permite precisamente realizar uno de los pasos fuertes de la subida. Si lo femenino ha sido a la vez declarado una esencia inmutable y subordinada y, sin embargo, inesencial, es porque no ha luchado todavía nunca como conciencia distinta frente a lo masculino: Y no lo ha hecho porque no lo es: lo femenino en sí, por el momento, es sólo una esencia definida desde lo masclino, el cual ha tomado para sí el masculino y el neutro, lo específico y lo universal y ha considerado a lo femenino meramente una particularidad negativa. “Efectivamente, en nuestros días el hombre representa el positivo y el neutro, es decir, el macho y el ser humano, mientras que la mujer es sólo el negativo, la hembra. Cada vez que la mujer se conduce como un ser humano se dice que se identifica con el varón”. Es la subcultura masculina, que se toma a sí misma arrogantemente por lo universal, quien realiza esa identificación tergiversada. “La mujer es un existente al que se pide que se convierta en objeto” y ella, normalmente, no ha plantado cara y dientes a tal petición: está demasiado atada, demasiado disuadida, demasiado atemorizada, como lo está la conciencia esclava hegeliana que opta por la vía del temor porque se sabe frágil y desea conservar la vida. Cada mujer, espontáneamente, como sujeto que es un existente, “opta por ser un individuo completo, un sujeto y una libertad ante quien se abren el mundo y el futuro; si esta elección se confunde con virilidad es en la medida en que la feminidad significa en nuestros días mutilación”. El sexo femenino entero está limitado por el conjunto completo del patriarcado. La rebelión individual, cuando se produce, se malinterpreta. “Es muy natural que la futura mujer se indigne de las limitaciones que le impone su sexo.. no se trata de saber por qué las rechaza; el problema es más bien entender por qué las acepta”. Y en buena parte ello se debe no sólo al enorme poder de disuasión del patriarcado, leyes, costumbres, moral y formas simbólicas, sino probablemente también a que un individuo en solitario no puede establecer una rutina de rebelión. Aunque este último apunte sea mío, -y además no sea el caso de desarrollarlo ahora con mayor amplitud- ello no quita que quepa encastrarlo en la lógica argumentativa de Beauvoir. Escribe: “Las mujeres nunca han constituido una casta que establezca con la casta masculian en pie de igualdad intercambios y contratos”. No se han presentado como conciencia oponente, sino que son conciencia definida por otro, alienada. Si pueden llegar a ser alguna vez conciencia oponente, ése es otro asunto, bastante complejo que, desde luego, la ontología moral individualista de Beauvoir no contempla. De momento, más que el que considere hegelianamente los riesgos del parir como trabajos y aflicciones y no como enfrentamientos agresivos entre conciencias, digo que más duro me parece a mí que afirme que el feminismo, lejos de ser una conciencia del nosotras afirmativa, es una cosa sin nervio propio que los hombres han tolerado e instrumentado políticamente sólo cuando les convenía.

El Androcentrismo

Por lo demás ¿acaso Beauvoir comparte más androcentrismo del que ella misma supone? Probablemente. El Segundo Sexo es una obra producida a relativo contratiempo. Publicado en el 49, justo cuando se apagaban las últimas hogueras del sufragismo, que había logrado sus dos objetivos tras casi un siglo de actividad -el voto y los derechos educativos- en casi todos los paises del mundo desarrollado, El segundo sexo puede interpretarse como una recapitulación de este movimiento o como la obra pionera del feminismo posterior. Lo cierto es que, en su momento, parecía quedar en el vacío. Por ello y en su día fue incomprendida y considerada un catálogo extenso de sus ocurrencias personales. Quienes no compartían sus posiciones políticas la atacaron por la veta misógina. Mauriac se permitió decir que, después de leerla, ya lo sabía todo sobre la vagina de su autora. Aquellos que, con todo, quedaron impresionados por la firme trabazón argumental y la pertinencia de los ejemplos y casos aducidos para sostenerla, insinuaron que tal libro “denotaba sagacidad viril”. La Iglesia Católica, más expeditiva, la incluyó en el Indice de libros prohibidos.

Cuando se publica, el sufragismo como movimiento -y precisamente a causa del cumplimiento de sus metas-, estaba desactivado. La obra no intentaba llegar a un público militante, sino ser exclusivamente un análisis con destinatarios neutros. Sin duda alguna Beauvoir comparte más de un supuesto de la “conciencia masculina” ambiente y toma algunos de sus juicios por universales; su manera de entender el sufragismo prueba que concede mayor valor al economicismo marxista que al liberalismo sufragista, por ejemplo. Pero, en su conjunto, abre una nueva forma de feminismo. Si hoy podemos utilizar la categoría de “androcentrismo” es gracias a ella.

Ahora, a principios del XXI,  de lo que no cabe duda es de que su análisis de la cultura patriarcal es decisivo y pertinente. Esta obra no sólo ha sido y es una de las fuentes del feminismo de la segunda mitad del siglo. Es también un ejemplo señero de filosofía de la alteridad. Cumple los cincuenta años de su publicación y todavía conserva su fuerza, la misma que tiñe al feminismo en el siglo XX. El Segundo Sexo, ya se dijo, es una combinación exitosa de existencialismo, hegelianismo y filosofía de la sospecha; ésa es su peculiaridad. Su poso va calando a lo largo de los años cicuenta. Incide directamente en Friedan, cuya Mística de la Feminidad sirve de espoleta al feminismo de los setenta. Es un libro muy editado y leido por una nueva generación feminista, la constituida por las hijas ya universitarias de las mujeres que obtienen tras el fin de la Segunda Guerra el voto y los derechos educativos. Su influencia en las capas cultas femeninas de las democracias estables ha ido creciendo inexorablemente .

Tuvo también que esperar a fructificar porque no era un texto sencillo. Precisamente por su existencialismo, se expresaba en términos poco accesibles para no expertos. En principio esto alegró a sus enemigos: pensaron que no se entendería; ignoraron que bastantes mujeres estaban acumulando ya suficiente mobiliario mental. Sus virtualidades se mantuvieron latentes hasta que eclosionaron. En los años setenta la gran reaparición del movimiento feminista aventó el polvo que sobre El Segundo Sexo se había ido aparentemente depositando.

¿Está superado?

Michèle le Doeuff, una de las referencias de la filosofía francesa actual, ha formado parte con merecidos títulos del comité de honor del citado congreso de la Sorbona. Pero como autora feminista siempre ha mantenido sus distancias con Beauvoir. El estudio y la rueca, uno de sus libros traducidos al castellano, es un cara a cara con todo lo que Beauvoir, en su opinión, no quiso enfrentar. Beauvoir se habría plegado en exceso al saber ajeno. No hizo un proyecto filosófico propio, sino que se plegó, sin motivo, al de Sartre. Fue otra que renunció a la lucha de conciencias.

En su última obra, Le sexe du savoir , Le Doeuff ajusta de nuevo cuentas con Beauvoir. Este no es tampoco un libro fácil. Explora el vínculo entre el saber y la reproducción de la jerarquía masculina. Ser mujer consiste en permanecer bajo la malla de un sistema complejo de exclusiones, constantemente revitalizado por voluntades operativas. De entre ellas no es la menor la exclusión del saber, a la que colaboran tanto instancias institucionales, como los relatos estabilizados transmitidos por los “sabios”. Y, para probar su argumento Le Doeuff, hace, como es habitual en sus textos, recorridos brillantes y cáusticos por casi el completo nomenclator de la historia de la filosofía. Recorridos que siempre toman su punto de partida de algún intelectual relevante del tiempo presente, desarrollan su curso en decenas de referencias, tan inesperadas y certeras como poco comunes, y vuelven al asunto: la prohibición de saber y del saber, antigua pero perfectamente viva, para las mujeres. Pues bien, en su opinión Beauvoir dejó este asunto intacto.

Ya en los setenta Beauvoir fue vindicada, pero también criticada. Se desaprobó su arte de las distancias con todo y con todos, así como su negativa a bendecir una nueva identidad femenina. Irigaray se queja de que Beauvoir nunca quisiera discutir con ella el texto que le envió y supone que tal cosa fue una oportunidad perdida. Tal y como es el mundo intelectual francés, y más aun hace tres décadas, la cosa parece explicable: ni por el contenido, que no compartía, ni por la autora, que probablemente no tenía con su círculo mayores lazos, tal entrevista -para dar carta de naturaleza a la propia Irigaray- tenía pocas posibilidades de producirse. Beauvoir mantuvo siempre fuertes reservas con el esencialismo y las mantuvo hasta el final. No podía ser de otro modo: la negativa al esencialismo es el núcleo del Segundo Sexo. Tampoco aprobaba, por ejemplo, la tematización del género en clave de clase social intentada por C. Dupont. Saludaba, sin duda, la resurrección del Movimiento, asistía a reuniones y concentraciones aportando su presencia y dignidad -ya anciana-, pero poco más. El propio círculo existencialista no se estaba comportando demasiado bien con ella. Se la comenzaba a excluir, con toda facundia, de las “listas oficiales” de la corriente. Y cuando publicó, muerto Sartre, La Ceremonia del Adiós vinieron los ataques directos .

En los setenta algunos quisieron reducir a Beauvoir a una “escritora sobre la mujer”, con todo lo que semejante etiqueta suele comportar. Se supone -erradamente- que se puede pensar “sobre la mujer” con independencia del pensamiento global. Por ello nada menos honroso que el que le supongan o le propongan a alguien que estudie o diserte sobre “la mujer”, un tema o subtema no especialmente vistoso desde el punto de vista de quien hace la oferta u organiza el encasille. Naturalmente esto es producto del mismo androcentrismo que Beauvoir puso al descubierto. Otra de sus fases es rebajar el valor de alguien con la frase “Sí, está bastante bien.. pero es feminista”. No sé si considerarlo un paso adelante sobre el “pero es mujer” que, aplicado a los talentos individuales, servía para deplorar la mala ocurrencia que había tenido alguien al haber nacido en el sexo inapropiado.  Lo que sea “la mujer” compromete de raíz a lo que estemos entendiendo por “lo humano”. Esa particularidad no puede desvincularse del programa general que se mantenga. Del mismo modo, el feminismo no es un movimiento que afecte sólo a su militantes. Tanto sus efectos como sus causas inciden en la sociedad moderna entera e incluso sobre tipos sociopolíticos ajenos a la modernidad, pero en trance de sumarse a ella. El feminismo forma parte de las políticas democráticas en su fase avanzada y su presencia es una de las marcas de desarrollo. Es también en la actualidad un conjunto de políticas de gestión. Pero en su fondo es una alteración valorativa y discursiva sin precedentes que transforma casi todos los modos heredados de vida.

 Beauvoir, Pensadora del Siglo

Recupero la pregunta inicial ¿Es Beauvoir una de las cabezas pensantes del siglo XX? En la perspectiva de Le Doeuff, ya citada, ninguna mujer ha conseguido todavía tal estatuto. Conceder a una la sabiduría sería arriesgar la dominación masculina y sus sobreentendidos. En opinión de Le Doeuff existe un pacto inexplícito, pero no por ello superficial, entre las prácticas y los discursos de exclusión. Cada uno cuenta con los demás. A causa de él, escribe, cada varón debe interrogarse sobre “el principio de identificación” que preside estas prácticas y le obliga a mantener su libertad en tales condiciones.

No parece tan diferente lo que Le Doeuff llama “principio de identificación” de lo que Beauvoir llamó Alteridad. Cada varón se entiende a sí mismo como portador de importancia y ejerce una identificación esencialista con la genealogía masculina del poder y el saber. Tal procedimiento necesita la exclusión como pilar fundamental: soy alguien porque soy varón, no mujer. Todo cuanto mis homólogos hayan hecho o hagan es valioso, respetable o importante. Me pertenece esencialmente. Y lo que no sea esto, lo Otro, está bajo sospecha, es inane o menospreciable. En la visión de Le Doeuff existe una guerra palpable contra las mujeres que con sus prácticas solidifica día a día la exclusión en todas sus formas, por alto que algunas hayan podido llegar. El “techo de cristal” no tiene trazas de romperse porque es sólo el nivel superior de un macroconjunto de conductas y discursos: conductas que rebajan y excluyen; discursos que validan tales conductas. Tal guerra es endémica y no es de ahora. Le Doeuff ilumina uno de sus frentes, el saber, y su selección, siempre parcial por androcéntrica, de importancia. Acusa a Beauvoir de no haberse tenido a sí misma por lo que era, una Maestra, y, por el contrario, entrar en un proyecto ajeno, el de Sartre, que consideró, sin razones de peso, mejor y más centrado que el suyo. Por falta de visión o de coraje, piensa, Beauvoir se quedó en “escritora” y Sartre se elevó a las cimas de “filósofo”. Y como en este cercano y relevante caso, ocurre de contínuo con la sabiduría femenina: es interpretada en clave secundaria. Por lo mismo su aparición y existencia deja incólume el “principio de identificación” que preside las exclusiones del cada día.

Repito, no parece tan diferente lo que Le Doeuff denomina “principio de identificación” de lo que Beauvoir llamó Otreidad y el feminismo de los setenta llamó “patriarcado”. Es más, la condición de posibilidad del discurso filosófico de Le Doeuff es El Segundo Sexo. Beauvoir ha llevado al feminismo de la vindicación a la explicación. Ha aplicado su genialidad filosófica a develar la construcción de lo femenino como categoría antropológica global. Ha sospechado de los discursos y saberes que la forman y fundamentan y los ha puesto al descubierto. Sin duda se aprecia de vez en cuando, (muy de vez en cuando hay que decir), que pactó con su tiempo presente y no llevó la crítica hasta su final. Pero acusarla poco menos que de colaboracionista es de todo punto excesivo. Si Beauvoir no tiene todavía el relieve que merece no es por su culpa, sino, más bien, porque el sexismo permanece y es bastante duro de pelar.

Interrogarse sobre el saber es hacerlo sobre el sexo, sostiene Le Doeuff. Es, en efecto, una de las grandes vetas de la hermenéutica presente: la sospecha sobre el sesgo de poder instalado en cada saber. Pero, para que haya sido posible interrogarse y sospechar debidamente del saber, ha tenido que adquirirse ese saber. Beauvoir fue la primera figura de este siglo que insistió tercamente en ocupar el saber sin los avales de la urgencia práctica ni los subterfugios, frecuentemente exigidos al talento femenino, de la iluminación intuitiva. Por lo mismo, su caso se convierte en piedra de escándalo. Si no es una sabia ¿qué es?

Ni agitadora, ni voz profética, ni musa ajena, el “caso Beauvoir” es un indicador excelente del estaturo de alteridad en que todavía se permanece. Hasta hace bien poco la teoría feminsta no formaba parte de la historia general de la filosofía política, pese a ser el feminismo uno de los núcleos fuertes del pensamiento de la democracia. Su cita y análisis normalizados comienzan a aparecer en la década de los noventa. El segundo sexo es, sin lugar a dudas, uno de los textos clásicos del feminismo del siglo XX, pero aún deberá ser incluido, para hacerle justicia, entre las obras claves de la filosofía de esta centuria.

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