María Ángeles es una de nuestras sociólogas de más prestigio. Quizás contribuya a ello su capacidad para la reflexión y el análisis, o el hecho de que no separa la vida cotidiana de sus investigaciones. Quien la escuche seguramente pensará que por fin el sentido común ha llegado a la ciencia, como muestra en su nuevo libro “El valor del tiempo: ¿Cuántas horas te faltan la día?”. A sus pensamientos se suma un hablar dinámico, repleto de ejemplos que llevan a que nos planteemos qué valoramos, o en qué cosas empleamos mucho tiempo y nos aportan muy poco. Disfruten de una persona que piensa cada uno de sus actos, y sólo tiene miedo a la rutina y a que le abandone la pasión por conocer.

¿Cómo y cuándo cayó en la cuenta de lo mal que administramos el tiempo?

La verdad es que el libro tiene dos fechas. La primera es más visible y se remonta treinta años atrás, cuando volví a casa después de nacer mi segundo hijo. El bebé tuvo una colitis y tenía que poner seis lavadoras de ropa al día, con lo que aprecié que no caemos en la cuenta de la enorme cantidad de tiempo que se necesita dedicar a ciertas cosas. Entonces empecé a llevar un diario en el que escribía todos los tiempos que no tienen valor económico, o no aparecen nunca en la contabilidad nacional. Ese es el principio lejanísimo del libro. Más recientemente, llevo quince años dirigiendo un grupo de investigación que se llama ‘Tiempo y sociedad’ donde constantemente estamos investigando sobre el uso del tiempo. Resulta bastante evidente que, más que una mala organización, hay una distribución muy irregular del mismo que es poco beneficiosa para mucha gente.

¿Pretende con su libro que la gente reflexione sobre dónde pierde el tiempo?

Intento primero que reflexione y después que cambie, que entre todos tratemos de cambiar. Es que además el tiempo se distribuye mal en dos ejes. La gente es un poquito más consciente de lo que podríamos llamar el eje diario -hoy se me ha ido el día en nada, he tardado demasiado tiempo en esto-, pero luego hay otro eje del que no somos tan conscientes, que es el eje biográfico. Tenemos una tremenda sensación de escasez de tiempo en el día a día, en cambio cada año sin darnos cuenta estamos ganando un poco de tiempo porque nuestra vida se alarga. Tenemos más tiempo biográfico, por lo que no necesitamos hacerlo todo hoy, pero todavía no hemos aprendido a dosificar nuestras actividades a lo largo de un periodo más largo. Nos fijamos mucho en el corto plazo y no tanto en el largo.

¿En qué mide el tiempo: en dinero, en rentabilidad, en placer…?

Soy una investigadora del tiempo y por tanto más bien es casi al revés: mido el dinero en tiempo. El tiempo lo mido en tiempo. ¿Y a qué está más próximo el tiempo? A la vida. Así que no me interesa tanto el dinero en cuanto al tiempo, porque el tiempo es la vida. Entonces es al revés. Si a mí me dices que esto vale mucho, yo te respondo: ¿cuánto tiempo ha costado? ¿Cuánto tiempo se puede comprar con esto?

El empleo del tiempo dice mucho de las aspiraciones y necesidades de cada persona. Pero, ¿cree que están pensadas o forman parte de un engranaje?

He escrito el libro porque pienso que en buena parte es inercia y es cambiable. Pero para cualquier cambio social primero tiene que haber una creación de opinión, mucha reflexión individual, y como consecuencia resultan planteamientos colectivos y personales. Esto no tiene por qué seguir así, se puede cambiar.

 ¿Por dónde recomienda comenzar el análisis del empleo del tiempo de cada uno?

Yo le aconsejaría a cualquiera que se hiciese un diario de tiempos donde apuntase qué hace de la mañana a la noche durante varios días distintos. A lo mejor uno cae en la cuenta del tiempo real que dedica al transporte, o lo que le supone comer en casa o fuera de ella. Entonces es probable que cambie muchos hábitos. Si usted hace el cómputo de qué porcentaje de su vida consume en ir en autobús a lo mejor llega a la conclusión de que no le vale la pena un chalet en las afueras. A lo mejor sí, pero en todo caso es más consciente.

Como hizo usted, que cambió su casa de las afueras por la capital…

(Risas) Bueno, yo lo sufrí treinta años. Tenía hijos pequeños y vivir en un sitio donde tuvieran sol, luz y seguridad, valía mucho. Cuando los chavales pasaron a ir en moto todo el día y a ser autónomos, mientras yo tenía los mismos inconvenientes, pues ya no eran las mismas circunstancias y me mudé.

Cambios colectivos

Para usted el tiempo es un problema estructural y organizativo, algo que no se puede arreglar individualmente. ¿Somos conscientes de que vivimos prisioneros de un tiempo mal organizado y de que sólo se puede cambiar en conjunto?

Como pertenezco a dos grupos profesionales soy más consciente de los elementos colectivos que hay en cualquier respuesta, incluida la mía. Sé que cuando respondo individualmente siempre lo hago dentro de un marco que es social. Y para que haya cambios muy profundos muchas veces no basta la voluntad individual. Por ejemplo en el tema de los horarios, de las infraestructuras que condicionan las carreteras o la disponibilidad de servicios próximos a los domicilios. Yo no me los puedo inventar, lo tenemos que resolver entre todos. O a nivel laboral una negociación, un tipo de convenios, ciertos cambios legales. Eso individualmente no se puede conseguir, aunque siempre hay alguien que empuja para lograrlo.

Hablemos de un cambio conjunto: ¿Es posible combinar socialmente el tiempo que le sobra a muchos jubilados y parados que no desean estarlo, con la falta de tiempo de muchas madres trabajadoras?

Claro, por eso tiene que ser un cambio colectivo. No tiene ni pies ni cabeza que ahora tengamos una población absolutamente estresada por falta de tiempo durante un periodo de unos veinte años, y después a una población absolutamente desconsolada por exceso de tiempo por otros veinte años. Parte del tiempo que después se tiene en exceso habría que tenerlo anticipadamente.

¿Cómo propone usted eso?

Creo que los horarios deberían ser más flexibles. Y además con una generación mayor de 75 años como vamos a tener dentro de nada, hay que comenzar a pensar que las fronteras de entrada y salida del mercado de trabajo tienen que ser mucho más flexibles. Empezar antes y terminar después, pero en cambio no trabajar con la intensidad con la que ahora es imprescindible hacerlo.

Habla de pacto generacional, pero parece que sólo entregan los abuelos. ¿Qué les tienen que dar a cambio los jóvenes?

Los jóvenes ahora mismo creo que entregan poco. En estos momentos la balanza del pacto generacional está muy, muy descompensada. Los jóvenes piensan que tienen muchos derechos y no tienen en cuenta de que se benefician de una generación mayor que tiene los valores de solidaridad familiar mucho más altos que ellos. A mí me parece muy bien que se haya suprimido el servicio militar, pero dentro de las familias tendría que haber una especie de servicio familiar, que consista en hacerte cargo repartidamente de los parientes enfermos y mayores. Y quien no tenga familia, más o menos lo mismo, con un voluntariado o algo equivalente. Antes esto recaía sobre las mujeres porque había una división del trabajo muy fuerte: ellas se hacían cargo de todo lo que concernía a la casa y los niños, y los hombres de ganar dinero fuera. Pero eso se acabó, por tanto hay que redistribuir la dedicación de tiempo a las personas que por sí mismas no pueden valerse, tanto enfermos como niños pequeños.

En España la manera que hemos inventado para lograr la conciliación laboral es no tener niños. ¿En realidad estamos alargando nuestro enfrentamiento al problema de falta de tiempo?

Lo estamos resolviendo mal. Estamos cerrando la herida en falso. No tener hijos no es solución, excepto que uno piense que la fábrica de hijos está en otro país y que igual que importamos camisetas baratas importaremos niños baratos. Un país tan por debajo de su capacidad de reproducirse me parece que se avoca a un suicidio poblacional a largo plazo.

 ¿Los empresarios siguen pensando que prolongando las horas de trabajo, incrementarán la productividad?

La mayoría de los empresarios sí, y además en algunos casos tienen razón. Pero está muy bien que se vaya generando opinión sobre cómo se puede aumentar la productividad en el trabajo que no sea a costa de alargar las jornadas. Esa es una preocupación que aún no hemos convertido en objetivo, cuando lo hagamos podremos cambiar muchas cosas que incrementen mucho la productividad en algunas zonas del mercado, pero sin emplear más tiempo.

Los propios trabajadores tienen muy arraigada la costumbre de pasar horas de más en el puesto de trabajo. ¿Cómo cambiar esa mentalidad?

Todo ello tiene un componente cultural, de valores, de que me vean, que está muy relacionado con la regulación del trabajo. En un mercado que esté muy regulado da igual que un trabajador sea muy productivo, porque no le va a traer ningún beneficio. Normalmente pensamos que son sólo los empresarios los que tienen que cambiar, cuando la realidad es que las jornadas y los estilos de trabajo los construimos entre todos. Y esto sucede hasta en la Administración Pública. En el campo en el que yo trabajo, el tiempo que se pasa en la oficina con frecuencia es el menos productivo en la investigación y sin embargo en casa puedes escribir, que es lo que sucede en mi caso. Yo todos los libros los he escrito de madrugada porque necesito unas condiciones de tranquilidad y concentración que durante el día con entrevistas -que me encantan-, reuniones de trabajo, recoger documentación… no dispongo. En cierto modo el trabajo en horario laboral es de menos calidad. El trabajo verdaderamente importante de producción de ideas y de síntesis lo hago con absoluto silencio, sin interrupciones por delante… En conclusión: lo hago en festivos y de madrugada desde hace cuarenta años. Y es un trabajo que para la propia legislación es como si no existiera.

Si nos concentrásemos más y redujésemos tiempo de trabajo, si organizásemos mejor nuestras tareas domésticas… ¿Es posible que muchos se encontrasen ante un vacío de tiempo que no sabrían como llenar?

Todo cambio cultural entraña ese riesgo: no saber cómo llenar el tiempo, administrar mal lo que se acaba de conseguir… Siempre hay una aventura por delante y creo que las ventajas serían mucho mayores que los inconvenientes. Hay jubilados -no todos- que pasan de tener poquísimo tiempo libre a no saber qué hacer con todo el día por delante. Están aburridos, desconcertados, muy malhumorados, incordian a todos los de alrededor porque de repente su tiempo se desestabiliza y está muy vacío. En esta conversación no hablamos de pasar del todo a la nada sino de mejorar, esperando que uno sea consciente de ello en su vida. Eso no te la cambia sustancialmente pero te la mejora. Dejaríamos de hacer cosas, y veríamos que hay muchas a las que podemos renunciar.

¿De dónde reduce usted tiempo: del trabajo, del ocio o de la familia?

A mí me gusta mucho mi trabajo, entonces pruebo sobre todo variaciones que se refieren a distintos tipos de trabajo. Cualquier persona, incluso un ama de casa, puede descomponer analíticamente su trabajo en veinte o treinta tareas distintas. Como además soy madre de familia y llevo un hogar, encuentro muchísimas cosas que podría hacer mejor como ama de casa y trabajadora. En mi caso algo que noto desde que los hijos han sido mayores, es que dedico mucho menos tiempo a la cocina y todo lo que es producir alimentos. Pasas de cocinar por obligación a la satisfacción de hacerlo de vez en cuando como algo exquisito, como un ejercicio de maestría que te sube la moral. Porque yo creo que podré seguir haciendo mi trabajo aunque me jubile.

Fuente: Revista Fusión, Marta Iglesias, Noviembre 2007

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