El tema de Educación y Democracia merece ser bien enfocado. La democracia es el  gobierno del pueblo, en efecto. Pero, establecido esto, debe reconocerse que es  imposible que un grupo tan grande y difuso gobierne. En una sociedad siempre un  grupo de élite gobierna con el consentimiento del resto. Esta verdad, por primera vez  expuesta magníficamente por Montesquieu, significa la comprensión ilustrada del  fenómeno de las democracias antiguas. Un gobierno es una articulación establecida  de la toma de decisiones. La democracia es una de las formas posibles de gobierno,  pero ¿es más que una forma de gobierno?

Al contrario de lo que sucedía en el mundo de hace tan sólo cincuenta años, la  democracia tiene casi universalmente buen nombre. Esto se muestra en que hasta  aquéllos que en absoluto son demócratas lo usan, complementado siempre con  algún adjetivo, para llamar a sus peculiares formas de gobierno. Podemos pensar que  las expresiones «democracia orgánica», «democracia popular», «democracia islámica  », y algunas otras, son tributos que los más remisos rinden a la aceptación contemporánea  de esta forma de gobierno. Porque, como esta cultura de la democracia  exige, hay que comenzar modestamente: La democracia es, en principio, sólo una  forma de articular las decisiones. La violencia del enfrentamiento queda en ella sustituida  por la regla de mayorías. La unicidad de la voluntad de un grupo en el que  cada uno espera cumplir sus objetivos es impensable; por lo tanto lo primero es fraguar  esa voluntad sobre una tabla de mínimos que se constituye en fundamento. La  estructura subyacente de la democracia es un contrato en el que cada uno renuncia  a algo y obtiene algo. Renuncia, primeramente, a su capacidad de violencia y  obtiene la paz común. El estado entendido como un contrato garante de la paz  interna es uno de los primeros pasos políticos de la Modernidad y lo dio Hobbes.  El Leviatán estatal existe para que la paz interior exista. Por lo mismo que garantiza  la paz, el estado es sobre todo violencia: internamente ley penal y externamente  potencial de agresión. No tiene otro fin ni otra legitimidad. Un estado, (y alguno  todavía hoy hay), que no sea capaz de mantener con su poder la propia paz, no es  tal estado. Pero para Hobbes es igual que lo gobierne un autócrata, que una corporación  delegada. La forma de gobierno no es lo decisivo, sino que el poder político  cumpla su fin primero.

El mantenimiento de la paz interna fue un problema en las democracias antiguas que vivieron sus cortas vidas bajo la amenaza del espectro de la guerra civil. Fundadas sobre la regla de mayorías, desconfiaban de ella, como también eran cicateras con el reconocimiento de la excelencia. Esto son caras de la misma moneda: Nada asegura en la regla de mayorías más que la propia regla; si ha de imponerse la decisión de los más, ello no certifica que se trate de la mejor decisión. Por lo mismo, ningún parecer es en sí mejor que otro, sino que todos son en principio iguales hasta que uno de ellos resulta el adecuado porque tiene a una mayoría que lo sustenta. De este modo cultura de la democracia y cultura de la mayoría llegan a ser equivalentes y puede pensarse, y así lo hizo Platón, que este modo de gobierno rechaza y pervierte toda excelencia. La excelencia, la decisión experta, la calidad es siempre de los pocos; a esos debería asegurar la ciudad el gobierno. La República es uno de nuestros primeros textos políticos y en ella los alegatos principales se presentan contra la regla de mayorías y a favor del principio de excelencia. Pero Platón no era el único ateniense disconforme con la marcha de las cosas. Su contemporáneo Aristófanes se mofaba sobre todo de la credulidad y codicia de demos, el pueblo, un personaje frecuente en sus comedias. Demos es un viejo senil que siempre quiere más y que está dispuesto a seguir a cualquier impresentable que se lo prometa. Y que le adule lo bastante. La democracia da como resultado un pueblo sin nervio que sigue a políticos mendaces. En Los Caballeros se dice «dirigir al pueblo no es cometido de un hombre instruido y de buenas costumbres, sino que esto exige un ignorante, un bribón».Y, ante la pregunta de cómo ser capaz de gobernar, se apostilla: «Es bien sencillo. Sigue haciendo lo que sueles hacer de ordinario. Enreda, especula, mezcla los negocios todos juntos; y, en cuanto al pueblo, gánatelo siempre por medio de pequeñas expresiones azucaradas, de buena cocina. Todo lo demás lo tienes de sobra para llegar a ser demagogo: voz de crápula, nacimiento despreciable, facciones y maneras de granuja. Tienes todo lo que hace falta para gobernar1. Los mejores de entre los griegos desconfiaron de que la regla de mayorías no fuera pervertida o no fuera perversa ella misma. La demagogia, el conducir a la mayoría mediante engaños, era el peligro principal de la democracia. Y pensaban que era casi inevitable. En opinión de los mejores, demagogos y sicofantes eran inseparables compañeros de la democracia.

Un estado que logre conservar la paz interna y se gobierne por la regla de mayorías es una democracia. Ahora bien, es una democracia imperfecta. Tal sistema necesita un horizonte de cohesión valorativa, una «religión civil». Este último apunte se lo debemos a Rousseau2. La democracia no es solamente un modo, un procedimiento entre otros, de poner a funcionar la voluntad colectiva. En sí misma significa la admisión de unos valores que están ausentes o tienen poco peso en otras formas de gobierno. Cuando Montesquieu daba los rasgos de las repúblicas ya había señalado que éstas se articulaban en torno a la virtud, un conglomerado formado por el amor a la patria, el deseo de auténtica gloria, la renuncia de sí mismo, el sacrificio de los propios y más caros intereses, en fin, resume «todas aquellas virtudes heroicas que encontramos en los antiguos y de las que sólo hemos oído hablar»3. Esa soñada virtud antigua debe ser de nuevo puesta en ejercicio, piensa Rousseau, y para ello el estado deberá de contar con su propia religión civil y con un nuevo fundamento: un ciudadano, a su vez nuevo, producto de una educación especial. No se puede desvincular al Rousseau pedagogo del filósofo político: La Voluntad general, en cuanto distinta de la voluntad de todos, exige que cada uno firme con ella el pacto de ciudadanía, esto es, se comprometa mediante un imperativo categórico con la superior vigencia de su universalidad.

En la cultura política de la democracia encontramos tramos menos exigentes. Locke se contenta con que el estado haga posible no sólo la paz, sino la libertad, que no es poca cosa. Desde él, el pensamiento liberal siempre ha mantenido bajo sospecha a un estado demasiado fuerte y vigilante. «Pero, aunque los hombres, al entrar en sociedad, renuncian a la igualdad, a la libertad y al poder ejecutivo que tenían en el estado de naturaleza, poniendo todo esto en manos de la sociedad misma para que el poder legislativo disponga de ello según lo requiera el bien de la sociedad, esa renuncia es hecha por cada uno con la exclusiva intención de preservarse a sí mismo..Y por eso, el poder de la sociedad o legislatura constituida por ellos no puede suponerse que vaya más allá de lo que pide el bien común»4. Recapitulando: una democracia es una sociedad política que garantiza la paz interna, asegura la libertad individual, se rige por la regla de mayorías, posee una tabla de mínimos de bien común y se funda en un conjunto de valores que significa con las prácticas y ritos adecuados. La reunión de todas estas características la transforma en una cultura, en el sentido antropológico del término, en cuanto conjunto de prácticas y representaciones.

Por mor de los usos actuales yo me he visto en la tesitura de hablar de tolerancia bajo el sepulcro de un Gran Inquisidor.Volviendo al Gran Inquisidor, conferenciaba yo bajo su cenotafio, en Salas, porque me había invitado a impartir la Lección Inaugural del Curso una persona a la que estimo mucho, el director del IEM local de la Villa de Salas, de la que diré, para retratarlo con un rasgo, que es alguien que encontró un centro donde el vandalismo y los graffiti eran moneda corriente y hoy resulta un lugar en el que la convivencia es agradable, la docencia posible y las paredes se llenan con murales realizados por las y los estudiantes en los que las Declaraciones Universales y la historia de las libertades tienen el protagonismo. Asistiendo a la ceremonia de apertura de curso en la nave gótica había sentados, con más o menos ganas, unos trescientos estudiantes de ambos sexos. ¿Qué hacían allí?

Estaban practicando un rito civil. Ante la presencia de las autoridades municipales y educativas intentaban mantener la compostura y seguir un discurso en el que reconocían palabras familiares: tolerancia, libertad, igualdad, solidaridad, esfuerzo, bien común, globalización, valores y algunas otras; perfeccionamiento, lucha obrera, feminismo, consenso, diálogo, convencimiento.. pongamos por caso. El ritual formaba parte del sistema educativo. Se supone que todo él existe y funciona para garantizar uno de los valores fundantes, la igualdad. Es deber y previsión del estado mantener un monto homogéneo de contenidos de conocimiento que son transmitidos y convalidados por la enseñanza reglada. La posesión de tales conocimientos y los certificados que la acreditan colocan a la población escolar en un rasero de igualdad a partir del cual funcionará la meritocracia. En los tiempos del Gran Inquisidor estas actividades no tenían sentido. La población ya estaba igualada en base a su destino eterno, del que el clero administraba los medios de salvación. La enseñanza, la cultura, era un «capital cultural»5 que algunos podían conseguir y por medio de él asegurarse un puesto mejor. Era trabajosa y cara. Y además no siempre rendía los beneficios prometidos, o, por lo menos, tantos como los esperados6. El Gran Inquisidor fue un simple «bachiller en cánones» con conocimientos probablemente más restringidos que la mayoría de los allí sentados.

Ahora gran parte de los recursos de un estado democrático se gastan en educación. La educación ya no es un «capital cultural», porque todo el mundo es obligado a tener un tramo educativo bastante notable. En realidad, nunca, cuantitativa y cualitativamente, tal cantidad de gente ha tenido tantos saberes. Saberes que no están regidos por el principio de utilidad, aunque en ocasiones así se los presente. Quiero decir que de buena parte de ellos cualquier individuo es poco probable que se vea obligado a hacer uso en el curso de su vida. Y en cuanto a los certificados que los validan, son más bien precisos que útiles, porque son universalmente requeridos y por lo tanto, en lo que a los básicos se refiere, no establecen diferencias meritocráticas.

Pese al lugar común que afirma que «antes» la formación era mayor y mejor, lo cierto es que los planes educativos cada vez comportan cantidades más extensas de materias y contenidos, hasta el punto de que, para quienes no puede seguirlos, se prevén sistemas de diversificación. El monto de lo que se considera imprescindible cambia de vez en cuando, pero nunca desciende, sino que sistemáticamente aumenta. Y ello no se debe tan sólo a las presiones interesadas de los diversos estamentos y áreas docentes, sino que tiene que ver con requerimientos más generales. Una democracia necesita para su complejo sistema de funcionamiento, un monto muy elevado de saberes en común, de prácticas de transmisión de lo relevante, de diálogo, en suma, que es como la filosofía ha dado en llamar últimamente a ese sustrato. La relativa y a la vez necesaria cohesión social se intenta y se logra mediante una prolongada estabulación escolar de todos y cada uno de los futuros ciudadanos.

Sin embargo, así que la educación y la cultura se hayan convertido en la horma de la ciudadanía y las proveedoras del horizonte común social, moral y político, desbancando a la religión que lo fue en el pasado, esto no deja de provocar tensiones.

Tocqueville escribió que el peligro de la democracia, al reposar sobre el valor prevalente de la igualdad, parecía ser el igualitarismo. La Democracia Americana, y cualquier otra futura, daba la impresión de tener su talón de Aquiles allí donde tenía su fuerza: si la pasión por la igualdad se dejaba crecer sin mayores controles, las democracias se autosuprimirían dando origen a igualitarismos tiránicos. Y de esta hipótesis temprana de Tocqueville, el siglo XX ha dado pruebas concluyentes. Sin embargo yo busco referirme a una situación tal que formalmente la democracia siga existiendo, la pasión igualitarista se mantenga dentro de unos límites aceptables y, sin embargo, el cemento sociomoral civil se evapore.

La escena es relativamente fácil de imaginar porque ha tenido alguna vez algo  parecido a precedentes. Roma siguió siendo formalmente una república hasta casi  su final. Los años se seguían nombrando por sus consulados y el Senado se seguía  reuniendo. Sin embargo el poder verdadero estaba en el Emperador. El pueblo  romano, en una etapa en que la ciudadanía romana se había extendido bastante,  estaba bastante más pendiente de los repartos y los espectáculos que del gobierno.  Religiones extrañas a la Urbe, venidas casi todas de oriente, contribuían también  a su encuadre más que las antiguas divisiones y adscripciones republicanas.  Los ejércitos se alquilaban. El otrora orgulloso pueblo romano, sin dejar de estar  bastante contento de sí mismo, ni siquiera parecía tomar a mal que se le llamara  «plebe».

Cuando se sale de la ciudad de Roma hacia la Vía Apia aparecen ante el paseante  las impresionantes ruinas del Estadio de Magencio.A principios del siglo cuarto de  nuestra era y antes de ser derrotado por Constantino en el Puente Milvio,  Magencio reinó brevemente. Fue uno de los últimos emperadores paganos. Su política  para la Urbe parece que llevó a la máxima expresión el lema panem et circenses.  Carreras, naumaquias, teatro, cultos antiguos.. en fin, todo lo que se suponía  que mantenía a la plebe contenta. Los romanos estaban acostumbrados a la paz  puesto que sus guerras se dirimían sólo en las fronteras de Imperio. De vez en  cuando una revolución de palacio sacudía la política, pero la plebe no se inmutaba: quien resultara triunfador estaría obligado a darle lo suyo para mantenerla, si no  adicta, tranquila. Los juegos de poder afectaban a las alturas y desinteresaban en la  calle. A la gente corriente le conmovían los horóscopos, las profecías, los actores,  las nuevas religiones y los triunfadores en los estadios. La espléndida pax antonina  del siglo anterior, entonces, faltando cien años para la desaparición del Imperio de  Occidente, se había mejorado notablemente, por lo menos desde el punto de vista  de la plebe. Para unos el poder, sus gozos y sinsabores, y para el resto alimentación,  vestido y diversión asegurados.

¿Es deseable una situación parecida en nuestros días? Personalmente pienso que  para algunos sí lo es. ¿Puede una democracia convertirse en un gregarismo? Sí, naturalmente. Aunque nunca tanta gente haya tenido tantos bienes y saberes se la  puede intentar conducir al modo clásico. Se puede promover la hegemonía sociocultural  de los tifosi. ¿Por qué no? Basta con que los imperios mediáticos jueguen  a la baja y a la gente se le premie que se interese más por los asuntos deportivos  o los sexosentimentales de algunas figuras selectas que, por ejemplo, por los presupuestos  generales del estado. Todo amarillismo se nutre de buscar la vía más baja  y alentarla.

Hay una diferencia fuerte, –la posesión de este bien del saber común–, entre las  democracias actuales y el pasado sociopolítico, sea respecto de las democracias antiguas  o de los populismos imperiales: la educación universal.Y, por otra parte, es evidente  que hay otra diferencia de calado entre nosotros, incluso aplebeyados, y la  plebe clásica. La plebe romana no votaba y nosotros sí. Educación universal y derecho  al voto se solicitan mutuamente en las democracias trabajosamente surgidas de  la Modernidad. Si en un principio la libertad que el voto representa fue acordada en  función de las rentas, de modo que sólo tenía ese derecho aquél que pudiera lockeanamente  mantenerlo, –los que no son dueños de sí mismos por razón de su sexo  o de su salario no pueden detentar tal libertad– ahora es el registro educativo el que  lo valida y asegura.

No en vano los regeneracionismos, incluido el español, han insistido en jugar una  fuerte baza educativa. No sólo pretendían la formación de una nueva élite, sino también  de la ciudadanía capaz de seguirla. En España la queja y el dolor causado por la  incultura y el fanatismo de un pueblo conducido a ser populacho, se puede rastrear  en las mejores mentes, desde Blanco-White a Jovellanos, pero la tímida solución de  tal problema no comienza hasta la Institución Libre de Enseñanza y la consolidación  en la década de los veinte del siglo que termina del cuerpo de Maestros Nacionales.  Los énfasis educativos están en segundo o tercer plano en la fase previa, decididamente  burguesa, de la articulación del estado nacional español7.Y lo mismo sucede,  con escasas diferencias de calendario, en el resto de los países europeos no marcados  por una fuerte tradición republicana. La insistencia en la educación común en  tanto que cultura común de la democracia se va afirmando a medida que el propio  sufragio avanza. Avalada al principio por el liberalismo en sus aspectos meritocráticos,  la inclusión de la educación como un derecho va ganando terreno por la acción del  movimiento obrero y el sufragismo. Un derecho ya tan profundo e inamovible para  nosotros que los planes educativos son una de las piezas más sensibles que los  gobiernos pueden tocar y, cuando lo hacen, no es raro que se agiten convulsivamente  los resortes sociales.

Esto sucede porque el sistema general educativo es la horma y el cemento de la  ciudadanía, de la capacidad de ser igual o aspirar a serlo. La democracia y la edu cación están vinculadas como lo están la educación y la igualdad. Nuestra igualdad  se resuelve en libertades y oportunidades.Tocar mínimamente el sistema educativo  es tocar la carne viva de los valores básicos. Nunca nos debemos cansar de  repetir que las democracias necesitan imperiosamente una ciudadanía experta  para no quedarse sin contenido. No son solamente sistemas de decisión, sino también  sistemas de valores, lo que quiere decir no un conjunto de creencias con  cierta fe más o menos profunda en entidades transmundanas, sino una masa relativamente  bien articulada de prácticas y expectativas. Reposan sobre gran número  de conductas adquiridas y validadas a través de los modales y contenidos de la  estabulación educativa. Pero, aunque a veces parezca inerte e inalterable, esa masa  está en perpetua ebullición. Los contenidos constantemente se reacomodan y los  modales tantean y mutan. Como la democracia misma no tiene zonas francas, esto  es, que al ser justamente una cultura no prevé su límite y tiende a expandirse  fuera de su núcleo origen, lo público, e invadir otras esferas, la familia, la enseñanza,  las relaciones personales, (lo que se achaca al postulado de infinita perfectibilidad  y no al uso sistemático de la misma regla para organizar situaciones para las  que en principio no estaba concebida o pensada), esta ausencia de zonas francas  produce en ella una gran motilidad a la que sólo su transmisión cultural institucional  logra dar la apariencia de orden. Mantener esta apariencia cuesta esfuerzos  que no son normalmente visibles: los de todos o casi todos los dedicados a hacer  que el macrosistema educativo funcione.

Y ese trabajo en la sombra no se facilita cuando algún genio maligno intenta convertir  al pueblo en plebe. Entonces son los sufridos trabajadores opacos de la cultura  común los que, como las Danaides, se desesperan queriendo llenar vasijas  que otros agujerean. Se vuelven responsables de lo que no está en su mano evitar.  Las familias quieren que sus hijos sean correctamente educados, con independencia  de lo que éstos puedan observar en sus propias casas. Las organizaciones  quieren individuos bien dispuestos –dóciles y creativos a la vez, es decir, mirlos  blancos– de los que nutrirse. Y se los piden al sistema educativo. E incluso los  genios malignos, quienes utilizan su poder mediático para socavar la confianza y la  decencia comunes, dicen querer que en lo esencial sus prédicas y modelos no  sean atendidos, sino que de nuevo el sistema educativo suture las heridas abiertas.  El sistema educativo termina por ser una panacea en la que sin embargo la  gente bastantes veces no cree y apoya decididamente poco. Si transmite los valores  comunes compitiendo con las verdaderas creencias familiares y con la capacidad  entrópica de los medios masivos de comunicación y publicidad, afronta una  tarea interminable.

Incúlquense en las aulas hábitos democráticos, respeto por la dignidad ajena,  decisiones argumentadas, –hágase esto incluso cambiando substancialmente las  mismas formas jerárquicas de transmitir los saberes –lo que no es poca cosa– y  todo se fragilizará si en el sistema global aparece el «ruido» suficiente: si lo que  se oye allí, se niega en las prácticas familiares y se ridiculiza en las mediáticas.  Cuando varias instancias normativas compiten con mensajes diferentes ¿a quién  se creerá? Esta es una versión no durkheimiana del tema de la anomia, pero que nos es bastante familiar. El problema no reside en la alteración de las solidaridades,  sino en la pura diafonía normativa. Si existe, por respeto a la libertad de  expresión, obligación democrática de soportarla, el problema entonces es cómo  contrarrestarla.

En la democracia los derechos suponen deberes, por lo general, deberes de civismo.  La queja fácil por la falta de cultura suele referirse a la falta de hábitos de civismo.  Como Escriben Camps y Giner8 «la democracia contribuye a formar demócratas,  pero no lo hace automáticamente. De la misma forma que no basta con  tener buenos hospitales para que haya salud, tampoco basta que haya instituciones  democráticas para que haya civismo». En efecto, la intermediación es absolutamente  necesaria. Se la tenemos endosada a la educación. De manera que a  todos debe importarnos no sólo cómo funciona, cuando surge algún problema,  sino que funcione bien, esto es, que sea respetada y respetable, en la institución y  en las personas que la sirven. De lo que España ha sido en un pasado no tan lejano  sirve de muestra la sabida frase «pasar más hambre que un maestro de escuela  », frase que sintetiza de modo desgarrado y admirable una de las mayores vergüenzas  patrias: el desprecio y la inquina del absolutismo y el clericalismo por la  educación. El empeño demócrata debe siempre seguir los pasos del regeneracionismo: darle un lugar central y rodearla de respeto.

Lo que de sí da una democracia depende de su ciudadanía y apunto que ésta  tiene mucho que ver con el pago de los impuestos. Ese es otro género de cemento  común que nos hace juzgar con mayor precisión los actos de los demás, sobre  todo los de quienes tienen el poder. La cultura del dislate y el enriquecimiento  rápido atenta contra el civismo. No es tolerable e indigna que algunos no tengan  empacho en prevalerse de cargos en los que los demás les hemos refrendado,  porque no los pusimos en ellos para eso. La cultura de la democracia es una cultura  de la responsabilidad, los deberes y la transparencia. Una cultura en que además  las formas deben ser cuidadas.

La educación y el voto generalizados no han existido en ninguna forma de gobierno  anterior, como ya quedó apuntado, pero los resultados que de ello se derivan  son todavía incipientes y a veces extraños. La democracia es joven en general y  en algunos estados, adolescente. En ella la plebe repunta de vez en cuando, con  su escepticismo, anomia, egoísmo y cicatería. Y esta tendencia plebeya aparece por  igual «entre los encumbrados y los humildes».Todos somos conscientes o debemos  serlo del potencial de plebe que cada uno llevamos dentro. La democracia  es un tipo de cultura que, precisamente porque corrige pautas antropológicas  profundas y arcaicas de interrelación, necesita constantemente un elevado monto  de acción y discurso. En ese sentido la democracia es diálogo. En efecto, hablamos  y hablamos mucho, incluso en espacios no calculados para su lenguaje. La defensa  institucional de la tolerancia bajo el cenotafio de un Gran Inquisidor es un ejemplo entre cientos y miles de los nuevos hábitos. Esta cultura del diálogo9 es el signo de los tiempos. Define ahora a la cultura de la democracia tanto o más que la regla de mayorías. Frente a la antigua oposición entre mayorías ineptas y minorías selectas, la democracia actual ha de buscar las mayorías informadas. Ese es su reto en el mundo de la cultura.

  1. Aristófanes, Los Caballeros, traducción de Eladio Isla Bolaño, Aguilar, 1979, págs 64, 65.
  2. Sobre la idea rousseauniana y su presentación actual el excelente artículo de S. Giner «Religión Civil» en Claves, nº 11, abril 1991 del que tomo esta definición: «La religión civil es la auto-adoración a que se entrega una comunidad política moderna. La democracia liberal avanzada se constituye en muy buena medida a través de ella»
  3. El Espíritu de las Leyes,Tecnos, 1972, págs 65-66.
  4. Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, Alianza, 1990, págs 136-37.
  5. Empleo decididamente esta expresión conceptual de Bourdieu que, muy aceptada, aúna además el ser gráfica con la precisión. Por «capital cultural» se entiende todo un conjunto de habilidades, cognitivas y relacionales  que se adquieren en las instancias educativas validadas institucionalmente. Ese capital sirve al individuo como un acúmulo no inmediatamente dinerario que le permite buscar el engarce social al que aspire. Bourdieu ha desarrollado este concepto sobre todo en su obra La Distinción, (1979),Taurus, Madrid, 1988.
  6. No puede ser casual la imagen trasladada por la tradición literaria del sabio mísero, presente en toda la cultura urbana literaria europea y que, para nuestro caso se expresa con perfección en la décima calderoniana «cuentan de un sabio que un día..»
  7. Sobre las auténticas líneas fuertes presentes en el XIX español, –antifeudalismo, desamortizaciones, división provincial, diputaciones, etc– Sisinio Pérez Garzón «La nación, sujeto y objeto del Estado Liberal Español» en Leviatán, nº 75, primavera 1999.
  8. En Manual de civismo,Ariel, 1998, pág. 157.

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