En los debates contemporáneos acerca de la Ilustración se suele ignorar el pensamiento feminista como fenómeno relevante a la hora de contrastar sus logros y sus «asignaturas pendientes». Sin embargo, la pertinencia del fernínísmo en esta polémica puede ser señalada desde un triple punto de vista. En primer lugar, ha de recordarse que las vindicaciones feministas son -s-malgré muchos ilustrados- producto genuino de lo que Javier Muguerza llama <<la cara romántica» de la Ilustración -sus ideales emancipatorios- frente a su «cruz positivista».’ El feminismo como cuerpo coherente de vindicaciones sólo pudo articularse teóricamente (dejamos aquí al margen la cuestión de las condiciones sociales de su posibilidad, lo que no quiere decir -todo lo contrario- que la minimicemos) a partir de las premisas ilustradas, radicalizando los discursos de este nuevo conspecto En segundo lugar, por su misma génesis, el feminismo se constituye en una perspectiva privilegiada sobre la Ilustración.

La ve, precisamente, desde su sesgo más complejo y paradójico, al poder captar a la vez el juego lógico-ideológico de la nueva concepción de la universalidad en uno de sus aspectos más críticos y los puntos ciegos que impiden el libre desenvolvimiento de sus implicaciones. En tercer lugar, podemos por esta razón considerar el feminismo como un significativo test de la Ilustración: nos podremos preguntar, al hilo de los avatares que sufren las vindicaciones del género-sexo femenino -la mitad, por si hay que recordarlo, de esa especie cuya conciencia totalizadora caracteriza a la Ilustración, como es sabido, de un modo paradigmático-s-, en qué medida la matriz ilustrada desarrolla o no de modo coherente sus propias posibilidades ernancipatorias, qué peculiaridades revisten sus conceptualizaciones diferenciales cuando son aplicadas para «trampear» la universalidad de sus propios postulados y hasta qué punto estas mismas peculiaridades son sintomáticas de contradicciones y tensiones internas en la Ilustración misma. El feminismo, de este modo, viene a ser una llave de acceso a una de las vetas más ricas de la Ilustración, nos permite tomarle el pulso de manera que podamos descubrir sus puntos más vulnerables así como aquéllos en que la dinámica de sus virtualidades liberadoras es más irreversible. En cualquier caso, una lectura desde el feminismo del fenómeno ilustrado da cuenta cabalmente de su complejidad a una nueva luz, volviendo imposible tanto exaltaciones ingenuas como ajustes de cuentas demasiado sumarios.

 Una senda tortuosa

La reconstrucción, aún meramente aproximativa y a grandes rasgos, del itinerario que describe el feminismo en el complejo Ilustración-romanticismo -como es sabido, las complicidades entre ambos conspectos ideológicos vuelven simplista una separación neta tanto desde una consideración sincrónica como diacrónica- reserva ciertas sorpresas. En principio, cabría esperar quizá la radicalización de las vindicaciones feministas como un fenómeno progresivo, que se produciría a medida que la Ilustración fuera desarrollando y explicitando sus propios presupuestos, de tal manera que comenzaría por las expresiones más tímidas y, poco a poco, extraería derivaciones más osadas. (Nos ceñimos aquí deliberadamente al itinerario ideológico, haciendo abstracción, a falta de poder dar al tema el tratamiento que merece, de las implicaciones sociales.) Por el contrario, sucede que las expresiones más radicales aparecen muy pronto: en 1673, el cartesiano Francois Poullain de la Barre publica De l’egalité des deux sexes: tratado donde se extraen con una lógica impecable las derivaciones, en relación con los derechos de las mujeres, de la lucha cartesiana contra el prejuicio, el argumento basado en la autoridad, la costumbre y la tradición. Sobre estas bases, así como sobre la idea de que «I’esprit n’a pas de sexe» -o, si se prefiere, «I’esprit est de tout sexe», corolario del dualismo cartesiano mentecuerpo-, se argumentan reivindicaciones feministas como la del sacerdocio, el ejercicio de la judicatura, del poder político, el desempeño de las cátedras universitarias, el acceso a los altos cargos del ejército: todo ello apoyado, en suma, en una educación totalmente igualitaria. Apuntemos solamente que la obra de Poullain, fruto ideológico del cartesianismo, tiene como su contexto social el difamado movimiento preciosista,” en cuyo medio se desarrolló como un tópico la llamada «querelle des femmes» -s-pendant francés de la «controversia popular sobre la mujer» que tuvo lugar en Inglaterra al hilo de la revolución puritana.’ Las posiciones vindicativas más radicales en lo concerniente a las mujeres que podemos encontrar en la Revolución francesa -la defensa del derecho de ciudadanía para el sexo femenino y el proyecto de instrucción pública de Condorcet, cuyas propuestas se orientaban hacia el iguaIltarismo, así como la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana de Olyrnpe de Gouges-c-” no superan formalmente el techo ideológico marcado por Poullain de la Barre. Aquí habría no obstante que hacer algunas precisiones: ülympe de Gouges pide que la mujer tenga derecho a declarar quién es el padre de su hijo -tema que no trata PouUain-, mientras que reivíndicacíones tales como la del sacerdocio y el mariscalato se encuentran precisamente en los Cahiers de doléances femeninos considerados apócrifos por la critica, precísamente en función del criterio -entre otros de carácter textual- del desinterés de las mujeres por tales vindicaciones, utilizadas para caricaturizar las quejas y peticiones que las propias mujeres formulaban en la literatura que se tiene por auténtica,” y si analizamos la obra, tan difundida en su tiempo, de Mary Wollstone craft, A Vindication 01the Ríghts af ‘\Vaman (1792), que lleva una significativa dedicatoria a Talleyrand y expresa en clave feminista la recepción de la Revolución francesa por el círculo de los radicales ingleses, nos aparecerá en sus alegatos más tímida y moderada que el cartesiano francés: destina toda su vibrante argumentación ilustrada a pedir para las mujeres la educación que deben recibir los seres racionales, tomando al autor de La Educación de Sofía -volveremos sobre ello- como su puno to de referencia polémico.

En la Aufklarung podemos encontrar un exponente interesante de la recepción del tópico de la «querelle des femmes » así como de las voces vindicativas de la Revolución francesa -brutalmente acalladas por el cierre de los clubs de mujeres en 1793, entre otras contundentes medidas, como la ejecución de Olympe de Gouges. Se trata de la obra de Theodor van Hippel Über die bürgerliche Verbesserung der Weiber (1793). Híppel, que vivió y desarrolló su actividad en Konigsberg desde los quince años, perteneció al circulo de Kant y de Hamann. Muestra su profunda decepción por lo cicatera que la Revolución ha sido con las mujeres: «¿Cómo pudo un pueblo que existe “par et pour” el sexo bello en la mundialmente celebrada Igualdad dejar de lado a un género? La nueva constitución merece que repitamos reproches, porque da por bueno el no considerar a toda una mitad de la nación […]. Todos los seres humanos tienen los mismos derechos. Todos los franceses, hombres y mujeres, deben ser libres y ciudadanos.

(Continúa en pdf)

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