Algunas preocupaciones
Dondequiera que voy, en espacios de los movimientos y organizaciones civiles, en particular en espacios de mujeres y feministas, se levantan varias ideas con mucha fuerza sobre problemas en la participación política de las mujeres, a veces coincidentes con formas privadas y domésticas de ejercer el poder. Algunas de estas ideas son acusaciones desde la formulación misma, mientras que otras, miran con impotencia la actuación de las mujeres. Veamos algunas de ellas:

  1. Las  cuotas  de participación  crean  “mujeres  florero”, manipulables, sin voz propia y, además son innecesarias porque llega la que se esfuerza.
  2. Las mujeres se masculinizan en cuanto ocupan posiciones de poder.
  3. Las relaciones de poder entre las mujeres son conflictivas, duras e incluso crueles y hay quienes afirman que no hay peor enemiga de una mujer que otra mujer.
  4. Cuando las mujeres del movimiento tienen un espacio en el poder público se olvidan de sus compañeras, las dañan o las manipulan.
  5. Las mujeres de la sociedad civil y de los movimientos sociales no se reconocen en los liderazgos de sus compañeras cuando ocupan posiciones de poder o cuando se convierten en funcionarías del gobierno, en representantes populares como diputadas, o son distinguidas de alguna manera.

El velo de la igualdad
Es común que no se entiendan las políticas afirmativas conocidas como cuotas y que a algunas mujeres les parezcan un atentado a su dignidad. ¿Por qué para unas mujeres las cuotas son un avance y para otras son un atentado a su dignidad e incluso reaccionan frente a las “mujeres cuota” con rechazo y desprecio?

Porque muchas de nosotras hemos sido educadas bajo la ideología de la igualdad que consiste en considerar que somos iguales a los hombres. Este de un principio naturalista y de otro presencial. Se cree que somos igualmente parte de la naturaleza o sobre la base de la “natural” heterosexualidad” se supone que somos iguales por el principio de complementariedad.

En cuanto al principio presencial como mujeres y hombres estamos en las calles, en los transportes, en los almacenes, en las empresas, en las aulas, en los templos, en las casas, porque convivimos con cuerpos presenciales se confunde la presencia simbólica o en la experiencia, con la igualdad.

Las luchas de las mujeres por nuestros derechos y por la igualdad, así como nuestros avances reales, han sido respondidos con una ideología que tiende un “velo de la igualdad y una creencia en la propia superioridad” en la conciencia de las mujeres y nos impide mirar más allá de las presencias y descubrir la desigualdad de género que prevalece aún entre quienes se suponen en igualdad.

Las mujeres de la última generación de cada periodo del siglo XX, hemos creído estar en igualdad con los hombres y ser más adelantadas que las mujeres de la generación anterior y por lo tanto más valiosa. El mismo principio que resulta en el velo de la igualdad y la conciencia de superioridad se aplican entre otras categorías de mujeres, así, las urbanas sienten esta superioridad evolutiva ante las mujeres rurales, las educadas frente a las analfabetas, las de mayor altura frente a las de tallas bajas, las que controlamos nuestra fecundidad frente a las que no tienen ese recurso, las del primer mundo frente a las de otros mundos y frente a las mujeres indígenas.

Los principios de igualdad con los hombres y de superioridad sobre otras mujeres que caracterizan la subjetividad y las mentalidades de las “incluidas o elegidas” son componentes de género moderno que contienen un escalón evolutivo y de progreso, y valorizan y posicionan con supremacía jerárquica a unas mujeres frente a las otras. Son recursos políticos para lograr un mejor posicionamiento frente a los hombres, aún cuando muchas mujeres que conviven con ellos se den cuenta de que son minoría en relación con su propio género, y se explican su menor número o su falta de poderes, con el argumento de que las que no están aquí es porque no se esforzaron o porque tienen alguna incapacidad intrínseca.

Entonces, ¿cómo aceptar mecanismos específicos para eliminar la exclusión de las mujeres si algunas llegaron por sus propios méritos? Muchas mujeres no saben o no interpretan la importancia que tuvo en su propio ascenso y transformación, que durante el siglo XX se dio el gran esfuerzo por la participación de las mujeres y que fue menos difícil hacerlo cuando hubo mayor voluntad política y recursos, entre otros ámbitos en la educación. Que topamos con un techo de cristal que nos impidió escalar (diría nuestra Mabel Burín) y un piso pegajoso que hizo más ardua nuestro caminar para acceder a ramas del conocimiento, de la ciencia y la tecnología, de la filosofía y la teología. Que por más esfuerzos, las mujeres tenemos topes a nuestra acción.

Por eso, las feministas tomaron de otros movimientos como el de los derechos civiles de los negros en EEUU, propuestas para eliminar otras opresiones (exclusión, explotación, discriminación, justificación de la violencia) que inventaron las llamadas acciones afirmativas que consisten en construcción política del principio de equidad’, el proceso inicia con el reconocimiento de la igualdad entre quienes están en desigualdad. Y ustedes dirán ¿cómo?

Es la igualdad como equivalencia humana (como dice nuestra querida maestra Amelia Valcárcel) que está en contradicción con la desigualdad política (sexual, social, económica, jurídica, cultural) y pactar aún estando en minoría y bajo opresión política con fuerzas, individuos, grupos e instituciones que tienen “poderes” (están incluidos, ejercen opresión) para negociar la inclusión de las excluidas.

El principio de necesidad política del pacto para los opresores se encuentra en la amenaza a la estabilidad del orden que supone la reacción emancipatoria y en el valor y los aportes indispensables que hacen las excluidas, en su diversidad, a los otros, al resto de la sociedad y al mundo.

Construir la ciudadanía de las mujeres ha requerido una gran creatividad. Hoy recorre el mundo la exigencia de las mujeres de ser admitidas en los espacios de decisión política, en la representación social y en la ejecución gubernamental, en sociedades que, por su propia dinámica, reproducirían la exclusión de las mujeres y continuarían con el monopolio político de los hombres o de la política patriarcal.

En algunos países se acaba de estrenar la paridad. Para que todo esto sea eficaz en el desmonte de la opresión, es preciso que haya una práctica de la paridad continuada y que en ella se formen generaciones de mujeres políticas para evaluar qué pasó. Pero no basta, como no bastó tener el derecho a votar para ser ciudadanas y nuestras antepasadas y nosotras mismas lo hemos ampliado al derecho a ser electas, es decir, a representar los intereses universales de hombres, mujeres, localidades, comunidades, regiones, países y, de la convocada humanidad en el nuevo siglo. Aún no somos representación simbólica universal. No se ha ampliado esta capacidad, aquí también enfrentamos techos de cristal y pisos pegajosos.

En minoría, sin tradición ni memoria de género si aún no hay en la cultura política el simbólico sólido de las mujeres como representantes universales, lo peor es que no se acepta que las mujeres nos representemos a nosotras mismas, ni que planteemos necesidades, intereses y miradas propias sobre nosotras mismas, sobre la vida, la sociedad, el Estado.

Nos quieren mujeres agenéricas o mujeres premodemas representantes de los deseos, las necesidades y los intereses de los otros, nos aceptan como seres-para-los-otros (categoría de nuestra maestra Franca Basaglia). Nos aceptan pero mejor si reproducimos las necesidades, los intereses y la mirada de los hombres sobre el mundo y sobre nosotras. Estamos fracturando ese tabú le hacemos fisuras al patriarcado como dirían nuestras compañeras de la diferencia, y cada vez más, pero debemos reconocer que ahí está.

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