1.    El largo camino entre la supervivencia y la paridad

2.    El ámbito de lo público, ámbito de lo humano

3.    Transformar la experiencia en política

4.    Hacia una nueva subjetividad política femenina

1.   El largo camino entre la supervivencia y la paridad

Si echamos una ojeada a la situación de las mujeres en todo el planeta, descubrimos algunas verdades que no por sabidas resultan menos lacerantes. Constatamos la existencia de unos hechos que pueden resumirse en breves frases.

  • Las desigualdades por razón de sexo son universales, aunque su intensidad y forma varíen  enormemente de una parte a otra del planeta.
  • La discriminación y explotación de la mujer son realidades tan  antiguas como nuestras culturas.
  • Las resoluciones internacionales y los avances legislativos que se han producido en buena parte del globo, están mostrando tanto su utilidad como sus limitaciones ante el cada vez más evidente peso de mecanismos invisibles  que anidan en los modelos culturales, abarcan todos los procesos de socialización y perpetúan los estereotipos frecuentemente compartidos por hombres y mujeres.
  • Las políticas que otorgan una neta prioridad al mercado por delante del desarrollo de los derechos humanos -en su sentido más amplio- y los derechos sociales- obstaculizan de forma especial el ejercicio de los derechos humanos de las mujeres. También los modelos políticos que no propician la extensión y profundización de la democracia frenan y a menudo hunden el proceso de avance hacia la igualdad de oportunidades entre hombres y  mujeres.

En muchas áreas del planeta, los derechos de las mujeres se plantean en términos de derecho a la vida y a la supervivencia, como es el caso de “las niñas ausentes “en China, las mujeres sacrificadas en India o Pakistán, las mujeres adolescentes que en África mueren de partos múltiples o son víctimas tempranas del SIDA o las niñas vendidas en el mercado del trafico sexual. En todas estas situaciones el derecho fundamental a la vida está amenazado. Mientras, en los países más desarrollados las mujeres exigen el ejercicio pleno de su derecho a participar y hacer oír su voz en las decisiones que afectan a toda la ciudadanía. Se exige una representación paritaria en todos los órganos del poder político. Y en todos los poderes.

Ambos casos representan los dos extremos de una larga cadena casuística y tienen mucho en común. Tanto, que a pesar de las enormes diferencias existentes entre países y zonas, el movimiento para alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres recorre todo el planeta, se expresa en todas las lenguas y se tiñe de todos los colores posibles de la piel humana.

Las respuestas políticas a esa gran disparidad de situaciones de partida son diversas y deben ajustarse a las  prioridades de cada una. No hay una sola manera de luchar por las mujeres, sino tantas como  realidades. Y sin embargo, lo que nos permite tratar de forma conjunta esta cuestión entre mujeres llegadas de todas partes del mundo y llegar a acuerdos básicos  tal como ocurrió en Beijing y luego en Beijing+5, es la legitimidad del esfuerzo y el avance que representa para los Derechos Humanos. Todo trabajo político destinado a garantizar y promover los derechos de las mujeres  se inscribe  en una línea de progreso que fortalece los mecanismos democráticos y amplía y consolida los Derechos Humanos al reconocer los de las mujeres como Derechos Humanos.

Las ciudades van a agrupar, en un futuro no muy lejano, al 70% de la población Mundial. La ciudad es el espacio más próximo de convivencia y el lugar donde se produce el primer contacto con las instituciones políticas. La ciudad es el espacio donde la mayoría de las mujeres desarrollan su vida cotidiana. Ellas son las grandes usuarias. Su participación política y económica es fundamental para hacerlas más humanas. A la vez, la ciudad constituye un espacio especialmente indicado para iniciar el largo aprendizaje a la participación política de las mujeres.

2. El ámbito de lo público, ámbito de lo humano

De  Grecia, cuna del pensamiento y la práctica política occidental de lo que hoy entendemos por democracia (gobierno del pueblo) nos llega la persistente división entre lo público y lo privado, entre el foro y la alcoba. La categoría de ciudadano, y con ella la posibilidad de intervenir en lo publico, ha sido un privilegio reservado a un determinado tipo de varones: esclavos, siervos, mujeres y niños no gozaban de la misma plenitud humana, ya que su quehacer, sus tareas, se hallaban ligadas a la supervivencia y al cuidado; a la reproducción y al servicio de aquellos cuya más alta misión, aquella que les hacia plenamente “humanos”, consistía en dialogar en el foro público sobre los asuntos colectivos.

El modelo de democracia heredado de Grecia ha inspirado las estructuras políticas occidentales desde entonces. Se basa, pues, en la división de tareas y en una concepción del ser humano equivalente a hombre-varón y en la noción de diferencia utilizada como sinónimo de inferioridad o desigualdad, de menos “humanidad plena” para más de la mitad de la población, las mujeres.

Los avances en el concepto de Derechos Humanos fruto de la Ilustración  que se han producido en los últimos doscientos años culminan, en la actualidad, para las mujeres en la proclamación de los Derechos de las Mujeres como Derechos Humanos. Frase que por su obviedad explícita nos habla de la gravedad de una situación, que durante siglos ha hecho menos “humana” a las mujeres y con ello ha dejado lo público en manos de los hombres. La atribución de algunas virtudes y cualidades propias del ser humano a uno de los dos géneros en un reparto forzoso de las mismas, forma parte ya del inconsciente colectivo que anima y perpetua esta situación. Es, a la vez, el modelo de socialización en el que se conforman las nuevas generaciones. La violencia simbólica -en tanto limitaciones a la plena realización humana que acompaña a este reparto de cualidades- constituye un importante lastre que prolonga la división entre unos y otros seres humanos.

Porque la persona solo se realiza plenamente cuando incorpora la dimensión de “lo público”, en el “mundo” tal y como lo entiende Hanna Arendt. Un mundo que se construye en la comunicación y el dialogo, en la apertura al otro y que es mucho más que la suma de individualidades yuxtapuestas. Este mundo no abarca solo el ámbito de lo político- aunque esta sea su forma privilegiada de expresión- sino todo aquello que ve la luz y  está, por tanto, sujeto a los ojos de los demás, al diálogo o la controversia. Se trata de lo escrito, hablado, expresado y compartido en un ámbito visible y reconocible. La actividad y la presencia en este ámbito permiten ejercitar la libertad, en la medida en que se actúa sobre los lugares donde se debate y se definen los asuntos colectivos, los asuntos que nos atañen a todos en tanto que seres humanos. La experiencia personal derivada del hecho de poder intervenir en factores que condicionan el propio destino desde lo colectivo, es una experiencia humana extraordinaria que deja, cuando se ha vivido, y según la misma autora, una gran nostalgia por “el tesoro perdido de la revolución”.

De esta dimensión humana ha estado históricamente excluida la mujer. Esta experiencia de  libertad le ha sido confiscada. Por otra parte, tanto “lo humano” como “lo público” ha ido conformándose sin ella, a partir de su flagrante ausencia y ha  resultado en un mundo público impregnado de unos valores y unas reglas de juego que no sólo son limitadas y parciales (ya que únicamente representan a la mitad de la humanidad), sino que en su dinámica, en su práctica olvidan el sentir y los intereses de esta otra parte de la humanidad invisible que difícilmente encuentra su forma de hacerse oír directamente. La democracia así construida es una semi-democracia.

Los avances recientes, que permiten que las mujeres progresen en el reconocimiento de sus derechos como derechos humanos, que las leyes se modifiquen y que su voz sea oída cada vez más en el ámbito social, no han llegado todavía a los núcleos duros de poder ni al campo de los liderazgos. Este es un vacío importante y una vía hacia la que avanzar.

Un límite importante a este avance procede del inconsciente colectivo y del inconsciente patriarcal de aquellos que detentan los poderes: La plena subjetividad de la mujer, de su pensamiento y sus propuestas no son aceptadas en el debate, en la medida en que plantean cuestiones o formas de ver y hacer diferentes. Las mujeres son aceptadas para sumarse al discurso y a la práctica previa a su presencia. Pero se les niega la posibilidad de disidencia, de diferencia de pensamiento. Se las acepta con limitaciones, no como ser humano igual en derechos y en libertad de pensamiento. Por otra parte, la experiencia de las mujeres, una experiencia diferente siempre a la de los hombres, tiene dificultades para hallar su espacio de formulación y expresión dentro de las instituciones políticas o públicas. Su experiencia, su tradición ha quedado circunscrita a lo privado. El lenguaje de lo público, sus valores, las imágenes que proyecta y con las que el mundo se identifica, las mantienen en el olvido.

La gran tarea actual de las mujeres radica en transformar su experiencia en pensamiento y en acción pública y en generar un lenguaje público propio, De manera que puedan ejercer sus derechos  a intervenir en la cosa pública a partir de otras premisas y otras experiencias distintas de las que han dominado el escenario del mundo. Con ello, el mundo puede convertirse en un espacio más habitable. Y la humanidad puede dejar de estar representada y concebida como la tierra de los varones

3.   Transformar la experiencia en política

La experiencia  vital de las mujeres tanto en su vertiente individual como colectiva ha sido y es distinta a la de los varones. Como colectividad, las mujeres no han gozado de ningún tipo de articulación social hasta hace poco. Sus vidas se han desarrollado en el seno de unidades familiares, estrechamente articuladas en torno al patriarcado. Familias que han permitido tan solo relaciones verticales entre las mujeres (madres, hijas, abuelas…) y raramente relaciones horizontales o igualitarias, de forma que pudieran favorecer la puesta en común de sus intereses. La unidad familiar y su lógica, ha tendido a aislarlas y ha dificultado, por tanto, la creación de una conciencia colectiva sobre sus derechos.

Su vida ha transcurrido para la mayor parte de ellas consumida en las tareas de la procreación. Recordemos que hasta hace poco las mujeres parían un numero considerable de hijos, algunos de los cuales morían en la primera infancia, morían ellas a veces de parto y criaban durante largos periodos de tiempo. También su experiencia se ha centrado en el cuidado, la alimentación de los suyos, tarea a menudo combinada con el trabajo duro en el campo o en las primeras industrias del siglo XIX. Solo algunas mujeres sabían leer y no es sino con la extensión de la educación primaria para todos y la escuela publica que las mujeres acceden a una cierta educación. Las escasas mujeres ilustradas o productivas en el mundo de las Artes y las Letras han sido frecuentemente infravaloradas y, en ningún caso, han podido constituirse en  referente  público, o en  modelo a seguir.

Y, sin embargo, el saber de las mujeres ha ido mas allá de aquello que les ha sido atribuido de forma específica. Expertas en los aspectos más invisibles pero mas vitales de la vida, sus saberes han circulado de madres a hijas en una larga y sabia tradición oral, mientras manejaban la administración de una sociedad tan compleja y difícil como la familia, se ocupaban de las relaciones humanas y, a menudo, han sido perfectas administradoras de bienes. Pero esta sabiduría ha sido utilizada tan solo para lo privado. Las mujeres no han tenido (-salvo contadas excepciones: el movimiento feminista y las reivindicaciones de mujeres obreras constituyeron las primeras escuelas de formación política-) experiencia propia en lo público hasta hace unos pocos años. La cultura política imperante no las ha tenido en cuenta, ni les ha tendido una mano que les haya servido para adentrarse en esta confusa selva de normas y hábitos, de reglas explícitas, estereotipos inconscientes. En la actualidad y a pesar de los avances ¿Qué experiencia política tiene la mujer? ¿Dónde hallar formas propias de hacer política si el mundo de la política la ha precedido desde hace siglos?

Su experiencia política es nueva. Sin modelos. Difícil. Han entrado en  un terreno desconocido, sin más armas que su saber puntual, su preparación individual- que es cada día más potente- y su voluntad. Su “feminidad“, tanto aquella que ha incorporado en su individualidad como la que se proyecta sobre ellas, la que las define desde el exterior por el hecho de ser mujeres, las precede, acompaña y sigue su rastro. Su actuación, en cierta forma, se halla prejuzgada de antemano. Sus actuaciones van a ser analizadas y valoradas de forma diferente a la de sus compañeros, dada su “peculiaridad“. La estela de la “diferencia” las sigue por todas partes.

El reto, que no es exclusivo, consiste en transformar y ser capaz de formular su experiencia personal y colectiva en política: es decir -y en eso rozamos una cuestión largamente planteada por parte del movimiento feminista- convertir lo personal en político. En el sentido que aquí damos a esta expresión, se trata más bien de conceptualizar, ampliar, razonar las experiencias de las mujeres y relacionarlas con las causas y condicionamientos colectivos. Las experiencias son diferentes de las de los varones. Pero las causas que condicionan ambas  realidades son las mismas y los espacios donde deben resolverse –el mundo de lo público– son también comunes.

Hay un terreno primero en que es fácil encontrar el engarce entre la experiencia como mujeres y la vida política. La experiencia muestra  que  muchas mujeres acceden a la política a través de sus experiencias barriales, vecinales, de asociaciones de padres en las escuelas o como trabajadoras. A menudo su acceso a la política viene de la mano de sus experiencias más vitales. Y éstas impregnan la legitimidad de sus apuestas y los contenidos de sus trabajos. La “utilidad” de este tipo de política les facilita dar el salto y obviar y sobrepasar el sentimiento de distancia que existe entre lo político y su vida, tal y como nos han demostrado las encuestas realizadas en Europa. El acceso de los varones a la política suele ser más directo y, en cierta forma, más “mental“. No es raro, pues, que sea en el ámbito de las políticas locales donde más cómoda se sienta la mujer, dado que es en  el ámbito de las ciudades y los pueblos donde la traducción de su experiencia resulta más fácil y donde la vida cotidiana y su riqueza se expresa de forma clara. Todo confluye para que ella, en la práctica, haga el salto de la experiencia a la práctica política.

Otra cuestión es la del instrumental conceptual e incluso, diría más, el de  la cultura política y el del lenguaje que la expresa. Ahí las mujeres se hallan ante un mundo desconocido, del que no dominan las claves. Ahí se abre otro campo de trabajo que debe alimentarse de los avances del pensamiento académico – que esta leyendo en femenino no solo la historia sino la realidad actual, la economía, el uso del tiempo, el urbanismo, el derecho y la salud, por ejemplo. Esta nueva lectura alimenta o puede alimentar nuevas formas de hacer política que respondan  más a la experiencia de las mujeres y que les ofrezcan armas conceptuales con las que debatir antiguos criterios.

4. Hacia una nueva subjetividad política femenina

(Y tal vez, con ello, hacia una nueva política)

Las mujeres han estado ausentes de los asuntos públicos, y, por ello, de los asuntos plenamente humanos. No han estado en la construcción del mundo” político, que, en el sentido que da a este fenómeno Hanna Arendt, se ha configurado a través de la comunicación y el diálogo entre aquellos que han tenido voz y poder para hacerlo.

La historia nos cuenta que los movimientos feministas nacen como tales con las luces de la Ilustración, y en el fondo se inspiran en la voluntad de que les sean aplicados a las mujeres los “Derechos del Hombre (este es su nombre original). Nacen reivindicando básicamente derechos cívicos. Al voto, sobre todo. Y aunque se trata de un movimiento liberador, nace y se expresa al margen de los grandes movimientos sociales del siglo XIX y principios del XX, movimientos que dan paso a los partidos de izquierda. Porque, aunque los socialistas utópicos han entendido y expresado con claridad que las mujeres tienen derecho a la igualdad, el marxismo tiende a olvidarlas. Y la práctica organizativa de los partidos, las urgencias del momento y la idea de que las mujeres serán liberadas cuando la clase obrera lo sea, llevan a la neta separación de objetivos y estrategias.

El movimiento feminista pasa ahí a ser considerado “burgués” (muchas, aunque no todas, de sus protagonistas más visibles son mujeres con cierta cultura). Secundario, en la medida en la que se cree está condicionado a las más importantes, siempre viene en segundo lugar, e irrelevante en la medida en que en el inconsciente colectivo y en la cultura política, lo plenamente humano está bien y suficientemente representado por los varones.

El feminismo, o mejor, el movimiento feminista nace, pues, como un movimiento reivindicativo. El esfuerzo se orienta a obtener lo mismo, a ocupar los mismos lugares, a poder realizar el mismo tipo de actividad. Lo “específico” femenino encuentra su voz en el llamado feminismo de la diferencia. Pero los cambios legales, el reconocimiento de derechos llegan, a lo largo del siglo XX, de mano del feminismo de la igualdad.

Los partidos de izquierda han ido poco a poco abriéndose al feminismo de las mujeres que, desde su interior exigen, reclaman, reivindican. A menudo indirectamente apoyadas desde la sociedad civil por otros feminismos que recelan claramente del patriarcado latente en los partidos políticos

Estos ceden algunos espacios, sobre todo espacios específicos para las mujeres, (Secretarías, Organismos), incorporan algunos cambios en el lenguaje, aceptan determinadas medidas de acción positiva. Pero en los espacios y actividades que organizan las mujeres ellos no penetran, no acuden a la invitación. El espacio donde se trabaja para esta mitad de la población queda como un aparte, en el que los hombres no parecen tener interés en penetrar. Ni parecen sentir interés por debatir. Las mujeres refuerzan  allí internamente sus posturas, se articulan con los movimientos feministas y diseñan estrategias para ocupar más espacio en el escenario “común”. Trabajan para las mujeres, mientras reivindican.

Ellos aceptan determinadas medidas de acción positiva. Cuotas. Pero no alteran su discurso profundo ni sus prioridades. Con mucha ambigüedad, con el miedo a cierta invasión, dicen a las mujeres “venid y trabajad con nosotros. Hacedlo en este “mundo” político hecho de la suma de debates, criterios y formas de actuar colectiva preexistente a la presencia de mujeres”. De momento sus prioridades, sus valores no han cambiado visiblemente o, por lo menos, no se reconoce su origen. En la mayoría de los casos los temas de las mujeres toman el carácter de “adendas” de algo yuxtapuesto a lo realmente importante, lo político, lo que no cambia y es lo  que es.

Ahí están las pruebas sobre la dificultad para consolidar liderazgos; sus carreras son más “fungibles” que la de los varones; ahí está su fragilidad individual ante la fuerza de los grandes intereses grupales y las dinámicas, los pactos para lograr equilibrios… Las cifras cantan: la “renovación” de los partidos suele hacerse a costa de las mujeres, que aparecen frecuentemente como intercambiables. Su cualidad de “mujer” parece definir y agotar su valía y validez, hecho que no ocurre con los varones a los que, de entrada, no se cuestiona, porque ellos representan la normalidad humana.

Las mujeres son conscientes de su posición, a veces personal y siempre colectiva. Esta posición, a menos de que vaya acompañada de algún cargo netamente “homologado” como la de ser alcaldesa -con mando en plaza-  como suele comentarse, suele situarla en una posición y a menudo un sentimiento de “periferia”, de estar en los bordes y de que le resulta difícil acceder al núcleo central e identificarse plenamente con él. Cuanta más experiencia y conciencia feminista tiene, más percibe las carencias, los vacíos del discurso, tal vez discrepe de las prioridades. Esta tensión entre la voluntad de pertenencia a este grupo humano que conforma un mundo político y sus experiencias y valores personales es vivida a menudo como una tensión que no siempre resulta fácil de manejar con soltura. Puede llevar a la reivindicación por una parte, al intento de seducción y apaciguamiento por otra, y a menudo se resuelve en una identificación total con el modelo político vigente. Y entonces el feminismo puede pasar a un segundo lugar o olvidarse completamente. Y aquellas que ocupan lugares relevantes pueden, aunque no siempre, quedar subsumidas por la dinámica política general. Y no ayudan a  transformar el discurso ni la presencia de mujeres en los puestos de decisión.

El objetivo que debería plantearse colectivamente es el transformar la “marginalidad” en el sentido de trabajar desde los márgenes) en creatividad política. En efecto, las cosas se ven de forma distinta  según el lugar que se ocupa en una organización o en una Institución. La marginalidad ofrece un tipo de perspectiva distinto  de la que se tiene desde el centro o desde la “corriente principal” desde el núcleo duro. Es esta perspectiva la que hay que trabajar para formular nuevas maneras de hacer política.

Pero ¿cómo hacerlo? ¿cómo transformar la visión que se nutre de experiencias diferentes, unida a la marginalidad de la posición en las instituciones y organizaciones políticas?  Solo construyendo otro “mundo” en el sentido que Hanna Arendt, como hemos indicado, atribuye a esta palabra. Es decir, mediante la construcción común, el diálogo y el pacto entre mujeres de forma que nazca algo nuevo y diferente de la “comunidad”. Algo común que pueda ser el punto de apoyo y referencia en el diálogo que hay que establecer con el otro “mundo” pre-existente.

En cuanto a los partidos conservadores parecen sacar ventaja de dos factores: del trabajo previamente realizado por el feminismo y las mujeres políticas de izquierda. Suelen entrar menos en discusiones internas. Simplemente aceptan la presencia de mujeres, porque así parece quererlo la opinión pública. En segundo lugar, juegan con mucha fuerza al poder de la imagen. Y, en este sentido, parecen menos resistentes a colocar a determinadas mujeres en lugares donde sean visibles y gocen de cierto prestigio. Los contenidos de sus políticas hacia las mujeres, sin embargo, se ciñen a terrenos trillados. Sin embargo, hay que valorar positivamente los cambios que, aunque sea de forma superficial, se están produciendo en la medida en que uno de los objetivos a alcanzar consiste en “normalizar” socialmente la presencia de mujeres en cargos de decisión.

Así están las cosas. Sin embargo existen indicios de que se va avanzando gracias a tres factores:

  • A que el mundo académico –evidentemente unido al acceso masivo de las mujeres a la Universidad y al mundo de la cultura- está generando un cuerpo de estudio importante, donde toda la realidad cultural empieza a ser estudiada desde la óptica de género: un término que ha abierto nuevas perspectivas a la reflexión.
  • A la fuerza del movimiento de mujeres, que, aunque actúe a menudo aparte de las organizaciones políticas, influye fuertemente en ellas.
  • Y el avance de las mujeres en el mundo laboral.

Desde hace un tiempo, algunas mujeres del mundo político están empezando a acompañar la reivindicación de un discurso político propio, que nace, tal vez, de su situación de cierta marginalidad. Se lee la política con otros ojos. Se empieza a transformar la marginalidad en creatividad. Porque no se trata de copiar, adoptar los modelos y modos pre-existentes, Tampoco de hacer, como en un espejo, exactamente lo contrario, al revés. Se trata de construir (en un largo trabajo) un modelo que acepte y apoye todo aquello que dignifica al ser humano –y existe ahí un gran terreno común- y aportar la especificidad, no solo como experiencia humana válida, sino transformada en discurso y práctica política.

El reto actual radica en que la intervención de la mujer en el ámbito de la vida pública no consista en una mera reproducción- más o menos eficiente-  de los modelos existentes. Si así fuera, su presencia no haría otra cosa que repetir la falta de representatividad y seguir dejando insatisfechas muchas necesidades humanas que no hallan forma de expresarse en la vida pública. La mujer debe poder construir una nueva subjetividad política. Este es, en todo caso, un proyecto conceptual y práctico que se basa en dos elementos: un conocimiento claro de cuáles son las reglas de juego y el sistema conceptual de la política llamémosla clásica. Y la conciencia de una subjetividad diferenciada que se busca en el ámbito de lo público, y que, por lo tanto, debe construirse colectivamente, entre las mujeres y en dialogo con los varones que comparten los principios básicos  de voluntad de igualdad y libertad.

Conjuntamente hay que:

  • Ser capaces de ocuparse de todos los seres humanos, hombres y mujeres.
  • Sumergirse en el ámbito del mundo general -que vaya más allá de la legítima reivindicación femenina.

Las mujeres deben construir estrategias propias que sean viables en el ámbito de la vida política patriarcal. Estrategias a las que llamamos “aprender a hacer política“. Estrategias que necesariamente en algunos aspectos casaran con las generales del partido o la organización, y, en otros aspectos no podrán casar nunca, ya que responden más a la representatividad de las mujeres que están fuera de los partidos. O recogerán sensibilidades y experiencias diferentes. Habrá que ver qué prioridades se establecen en cada momento. Habrá que tomar decisiones. Apoyar o no a determinadas compañeras. Incrustarse en los núcleos activos y hacerse visibles allí.

El gran reto de las mujeres no consiste en abandonar la privacidad, todo y a la vez, aquello que sabemos hoy en día que es tan necesario y válido para los seres humanos y la preservación de sus derechos básicos, sino relacionar su situación con los temas comunes, sumarse a aquellos aspectos de la política que van en el sentido de ampliar y asegurar derechos humanos, aportar al debate político la visibilidad de esta parte de la humanidad que ha sido silenciada, aportar sus valores con la certeza de que no son valores de mujeres sino valores humanos, que las mujeres, en su larga tradición de alteridad y de cuidado, han preservado y que deben entrar en liza en el debate político.

La experiencia personal- individual de la mujer que entra en política es una experiencia dura, difícilmente soportable si no cuenta con  una red de  apoyo político y un espacio donde debatir las múltiples contradicciones políticas, éticas y de vida personal que se le plantean. Y, lo más fundamental, reasegurar el valor de unas experiencias únicas que responden a la invisibilidad de un mundo que, sin embargo, no sólo existe sino que es el sustento del mundo “visible“. Un mundo que no halla fácilmente una traducción política.

En el convencimiento de este valor único, intransferible, casi inédito, de las experiencias de la mujer debe fundarse la capacidad de evitar los dos grandes riesgos posibles: alejarse de lo colectivo o doblarse a la cultura política existente. En definitiva, se trata de construir una nueva subjetividad política femenina, más allá de la reivindicación y la mirada hacia ellas mismas. Se trata de transformar las experiencias acumuladas y presentes, el pensamiento y la sensibilidad de las mujeres en pensamiento político, en voz y en poder colectivo, de forma que  también las mujeres experimenten esa forma única de libertad que acompaña a la posibilidad de influir en lo que les atañe como persona y como colectividad.

Tal vez así la política resultante sea más representativa, más viva y, sobre todo, más centrada en el valor de los seres humanos. Sea una política orientada de verdad a la potenciación de la ciudadanía.

Barcelona, abril de 2003

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