(Revista Venezolana de Estudios de la Mujer   del CEM de la UCV.  No. 33, 2-2009)

Construir sobre la propia biografía al personaje que narra es un viejo y muy eficiente recurso novelístico, cuando se hace bien. Son inolvidables los policías y detectives que resuelven los casos  antes de que el lector llegue a la última  página de todas las novelas del mismo autor, como John Le Carre.  Creo que ese ha sido el mayor logro de Ibsen Martínez: crear en sus dos únicas novelas (la anterior fue El mono aullador de los manglares, 2000), a partir de  su propia biografía, al narrador que ahora  nos resulta familiar y del que esperamos nuevas historias. El narrador  es  hijo de padre trabajador de la industria petrolera venezolana y un fanático de los Leones del Caracas y de la salsa de Ismael Rivera, que siente como nadie el placer que le dan el güisqui bueno, los puros hondureños y los habanos y que pasó más de 20 años escribiendo culebrones para la televisión (que a nadie se le olvide que I. Martínez fue el autor de Por estas calles). De su afición por la literatura “negra” debe haber fraguado ese recurso, así como el de combinar una historia presente con una del pasado, lo cual no todo el mundo sabe hacer  pero él sí, en esto estoy de acuerdo con Rodrigo Blanco, que acaba de publicar una entrevista con el autor. Del oficio de escritor de telenovelas debe haber sacado la idea de hacer de Carlos Marx  un incestuoso, “gancho”  para atrapar compradores y lectores que, me parece, no era necesario pues por su fama en televisión el autor hubiera conseguido los mismos lectores que ha tenido. En cambio, no añadió a los marxistas.

Y es que el marxista de uña en el rabo ni siquiera quiere leer tal “irrespeto a la memoria del camarada y a la verdad histórica”, ni siquiera en el reverso de la tapa del libro. Y  los marxistas críticos, que son legión y, por cierto, la legión más importante de los pensadores contemporáneos, desde fines de la primera guerra mundial hasta nuestros días, buscarán afanosamente esas dos páginas en las que el narrador cuenta “la noche del estupro” del señor Marx con su hija menor Eleanor Marx, de 16 añitos, hecho  ocurrido en el diván del estudio de los Marx en su casa londinense.

Hubiera preferido como lectora  que el “gancho” no se hubiera concebido y que toda la novela hubiera sido sobre un señor alemán cualquiera, exilado en Londres en los mismos años, con señora, criada y tres hijas sobrevivientes de un número mayor de partos, así nadie hubiera podido demostrar la conexión del filósofo con ese señor X incestuoso y nadie  atacaría a la novela  en defensa del marxismo, casi siempre sin comprarla ni leerla.  O que la novela hubiera sido sobre la suicida Eleonor Marx, que bastante tenía para terminar  sus días y no requería además de un padre incestuoso. O que la historia fuera la del narrador que escribe 150 capítulos de una teleboa para Telemundo de Miami, mientras mata un tigre haciendo una investigación seria sobre la familia Marx, sin ningún  supuesto que no tuviera soporte académico, por lo cual los resultados de la investigación tendrían una importancia secundaria en la ficción.  La elección fue otra, la historia íntima de la familia Marx, un verdadero culebrón de alemanes pobres exilados en Londres. De  la familia he dicho, porque de todo lo demás, de la obra monumental que Marx y Engels escribieron y de la que nadie puede zafarse hasta hoy, aunque sea para revisarla, ajustarla o defenestrarla., ni una palabra se dice en esa novela que, en cambio, insiste en describir minuciosamente enfermedades y tratamientos de la época o en convertir libras esterlinas a euros de hoy. La verdad es que tan prescindibles resultan en la ficción estas informaciones como la de la evolución de las diversas proposiciones marxistas que siguen haciendo preguntas a filósofos, sociólogos, antropólogos y teóricos políticos. No  a la masa de militantes, a quienes nunca les ha valido mucho la teoría, sino a los teóricos que logran convencer a líderes políticos de sus propuestas y así inciden en las militancias y en los pueblos,  para bien o para mal.

En mi opinión, la elección que se hizo el autor fue la equivocada, literariamente hablando, porque la que el narrador llama la hipótesis de Gloria Abadí no es de ella sino del narrador. Lo que la psicóloga le dice  es que si el narrador le hubiera contado la historia del suicidio de Eleonor sin nombrar a Marx, ella hubiera concluido que hubo incesto y culpa que llevó al suicidio. Algo que vale lo que vale cuando se está acostada desnuda, tomando y fumando un puro hondureño, pero que no resiste análisis. Primero, porque en la clínica no hay hipótesis generales para toda mujer violentada por su padre; hay que oír caso por caso y por varios días, hasta que salga la verdad de “la noche del estupro” de cada una. Segundo, porque el novelista mismo se encarga –sin dejar de recordar muy de vez en cuando el “gancho” que  inventó por razones de mercado— de acabar con la hipótesis de Marx incestuoso. La descripción sumaria del  mismo “acto” muestra a un señor borracho, hablando incoherentemente mientras musita el  sobrenombre de un hijo muerto (Mouche) y a quien  la hija no se quita de encima, como puede hacer con relativa  facilidad cualquier adolescente con un borracho desarmado y sin pandilla que le cante la zona (lo que, por ejemplo, no pudo hacer  Rebecca, la hija del narrador, víctima de una violación tumultuaria). La militante que estaba por resultar  Tussy, apodo de Eleanor, quien llegó a ser una gran oradora,  podría habérselo sacado de encima y salir corriendo a meterse en su cuarto o en el de la criada Lenchen, que era una más de la familia. Además ¿por qué una muchacha de 16 años que haya sido “violada”  por su padre  no le echaría  llave a la puerta del cuarto ella misma? ¿Por qué lo haría, en cambio, la criada, a quien la muchacha nada ha dicho en la novela?

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