(Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, No. 33, CEM de la UCV)

No hay un feminismo específicamente venezolano  y ni siquiera uno latinoamericano. El feminismo desde el comienzo fue internacionalista. De hecho el primer texto considerado propiamente feminista, el primero que no fue un “cuaderno de quejas” de mujeres, sin duda perfectamente justificadas, fue Vindicación de los derechos de  la mujer, publicado en 1792 y escrito por la inglesa Mary  Wollstonecraft entre Londres y en París, donde Mary fue a parar con otros jóvenes intelectuales para –como sigue sucediendo en cada proceso revolucionario que comienza–  estar cerca del “proceso” que había estallado en 1789 con la toma de la Bastilla. Una inglesa que escribe entre Londres y París acerca de  su “experiencia vivida” (como tituló Simone de Beauvoir a su segunda parte de El segundo sexo, en 1949) y la de su hermana, su amiga Fanny y su madre, brutalmente golpeada por el marido desde que Mary tuvo memoria. Así que el feminismo, por plantear reivindicaciones generales para las personas de un sexo subordinadas al otro sexo en cualquier lugar de planeta, siempre ha sido una propuesta ideológica y política internacional, entre otras características.

Amelia Valcárcel ha definido al feminismo por lo que dejó de hacer la  Ilustración de la cual surgió: el feminismo es uno de los productos de la Ilustración, de la Modernidad, por lo tanto es una filosofía política, pero también un movimiento con sus temas de polémica interna. Es un “pensamiento de la igualdad y su relación con la ciudadanía se plantea por primera vez en el pensamiento europeo” (Valcárcel, 1997:89); desde entonces se reformuló como un democratismo radical “que ponía de relieve y denunciaba lo defectuoso del estado de cosas (y) vindicaba para el colectivo completo de las mujeres la categoría de ciudadanía” (Ibíd.: 91). Por todo esto, “el feminismo es un igualitarismo y pertenece a la tradición política de la izquierda” (Ibíd.: 143) y es un internacionalismo y  “es la punta de lanza, teórica y agitativa, de un movimiento de cambio social enorme” (Ibíd.: 189). Recientemente, Valcárcel ha vuelto a precisar en qué consiste el feminismo: una teoría “que dice lo que es relevante y cómo ha de ser interpretado el mundo”, una agenda sobre lo que hay que hacer, un movimiento y un conjunto de acciones (2006:9). En la teoría, claro está, quedarían incluidas las definiciones dadas  en 1997.

Desde luego, esa definición del feminismo como un resultado de la Ilustración cuyas líneas generales hay que sostener, ha tenido sus oponentes, en particular por la noción de sujeto moderno  que le es inherente. Chantal Mouffe, por ejemplo, ha señalado que algunas autoras consideran “de buen tono (rechazar) la contribución de Foucault, Derrida o Lacan, a los que — con mucha ignorancia y mala fe– se asimilan al concepto vago de ´postmodernismo´. Se los acusa de que, con su crítica al universalismo y al racionalismo minan las bases del proyecto democrático (cuando) es exactamente lo contrario. Pues lo que pone en peligro a la democracia son, precisamente, los racionalistas incapaces de comprender el desafío permanente al que debe enfrentarse siempre un régimen, dada su ceguera y su impotencia ante el antagonismo político” (Mouffe, 1993/1999:19). Pero, además, todos los modelos que proponen “son incompatibles (con) una democracia pluralista” (Id.). Porque no se trata de desembarazarse de “las determinaciones particulares, de negar las pertenencias, ni las identidades, para acceder a un punto de vista donde reina un individuo abstracto y universal. (El) ciudadano democrático sólo es concebible en el contexto de un nuevo tipo de articulación entre lo universal y lo particular “(Ibíd.: 32). De todas maneras, Mouffe se define como una feminista de la igualdad, como Amorós y Valcárcel pero una que toma en cuenta las diferencias para la construcción de cadenas de demandas equivalentes de diversos grupos que busca una nueva hegemonía política.

Valcárcel ubica el nacimiento de la tercera ola del feminismo en la cual estamos en 1968 y la insurgencia estudiantil en Europa, EEUU y América Latina  y en ello coincide mucha gente, como quien esto escribe y de ahí procede. Añade Antoinette Fouque que el trabajo antisistema con los compañeros universitarios dejó bien claro que, en adelante. la posición de las mujeres continuaría subordinada a la de ellos; también quedó claro que la subordinación –tal como lo había dicho en 1792 Wollstonecraft— pasaba por la apropiación por los hombres (el padre, el marido, el prometido, pero también el Papa, los ayatollahs y la máxima autoridad de cualquiera de las iglesias y muchos de los jueces y médicos) de la sexualidad de las mujeres y más específicamente de ese territorio donde se reproduce la humanidad: el cuerpo de la mujer. Fouque rememora aquellos días  de los que surgió el MLF, Movimiento de Liberación de las Mujeres: “Mayo del 68 fue ante todo una efervescencia, una explosión oral, un grito; para mí y no sólo para mí, un nacimiento” (Fouque, 1995/2008: 41). Luego vino el MLF  que mantuvo “el grito y el cuerpo con él: el cuerpo tan severamente pisoteado por la sociedad de los años sesenta, tan violentamente reprimido por los modernos de aquél entonces, los oficiantes del pensamiento contemporáneo” (Id).

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