Agradezco a todas las presentes y a todas las instituciones auspiciantes y convocantes comenzando con una cita de Fourier: “El cambio de una época histórica puede determinarse siempre por la actitud de progreso de la mujer ante la libertad, ya que es aquí, en la relación entre la mujer y el hombre, entre el débil y el fuerte, donde con mayor evidencia se acusa la victoria de la naturaleza humana sobre la brutalidad. El grado de emancipación femenina constituye la pauta natural de la emancipación general”.

De este modo, el feminismo es un test de democracia, el feminismo es un test de todo movimiento emancipatorio. Es un parámetro que mide si nos hemos tomado en serio o no una característica que desde la Ilustración tienen los movimientos emancipatorios: la universalidad, hablar en un lenguaje de universalidad. El feminismo desde ese punto de vista es la radicalización de la Ilustración, históricamente es como si fuera la última implicación que se saca de ese lenguaje de la universalidad, de ese programa emancipatorio universal; pero, precisamente por eso, es un test de su propia radicalización, de su verdadera universalidad.

Hoy, fundamentalmente, querría hacer un recorrido histórico -que necesariamente será sesgado, pues pongo en ello mis propios énfasis que, naturalmente, son discutibles- sobre una dicotomía que me parece fundamental para lo que han sido las conceptualizaciones ideológicas dé lo masculino y lo femenino, y que puede servir quizás como plataforma para la discusión de los días siguientes sobre corrientes ideológicas internas del feminismo. Para este recorrido histórico he elegido como pivote -tal como he titulado el primer bloque de cuestiones- “lo privado y lo público’. Planteadas así las cosas, puede parecer un tanto anacrónico como si fuese a proyectar este tema ahistóricamente, como si el mismo no hubiese tenido connotaciones muy distintas en cada época con respecto a la actualidad. No en todas las épocas y sociedades lo privado y lo público han tenido las mismas connotaciones que en la actualidad; sin embargo, con todas las salvedades y matices que se pueden hacer con toda pertinencia, estimo -en coincidencia con una antropóloga americana (muerta en un accidente hace dos o tres años), M. Z. Rosaldo, importante teórica de la cultura- que lo privado y lo público constituyen lo que podríamos llamar una invariante estructural que articula las sociedades jerarquizando los espacios: el espacio que se adjudica al hombre y el que se adjudica a la mujer. A pesar de sus evidentes diferencias históricas esta distribución tiene unas características recurrentes: las actividades socialmente más valoradas, las que tienen un mayor prestigio, las realizan prácticamente en todas las sociedades conocidas los varones. Puede haber alguna rara excepción, pero son las actividades más valoradas las que configuran o constituyen el espacio de lo público: es el espacio más valorado por ser el del reconocimiento, de lo que se ve, de aquello que está expuesto a la mirada pública, por definición. Es decir, cuando una tarea tiende a hacerse valorar tiende a hacerse pública, tiende a masculinizarse ya hacerse reconocer. Los contenidos de estas actividades pueden ser tan distintos y tan paradójicos como los que se ponen de manifiesto -por ejemplo- en los rituales de La Covada. En Asturias y en algunas regiones del Estado español todavía existe la costumbre de que el varón, cuando la mujer está de parto, simule los dolores y movimientos del mismo y vengan las vecinas a darle el caldito y los mimos en lugar de prodigarlos a la parturienta. Le dan a él los parabienes, mientras a la mujer se la deja muchas veces en un segundo lugar, o se le hace poco caso. Esto ocurren las sociedades donde la reproducción es importante y es valorada. Si la reproducción no es valorada, entonces es cosa de la mujer. Simbólicamente y en contra de los datos más obvios de la biología, el caballero puede simular y recrear simbólicamente el ritual del parto y hacerlo público para provocar de ese modo el reconocimiento y hacerlo valorar. Luego no se trata de que haya unas actividades biológica mente definidas. Por el contrario, hasta en el caso límite de la actividad biológica más obvia como no transportable, hoy por hoy, de un sexo a otro -la maternidad- vemos claramente cómo se produce una redefinición cultural y simbólica cuando se trata de organizar la jerarquización ideológica de las espacias.

El espacio público, al ser el espacio del reconocimiento es el de los grados de competencia, por lo tanto, del más y del menos. Por el contrario, las actividades que se desarrollan en el espacio privado, las actividades femeninas, son las menos valoradas socialmente, fuere cual fuere su contenido, porque éste puede variar, son las que no se ven ni son objeto de apredación pública. En el espacio público se contrastan las actividades -desde la competencia deportiva, hasta los narradores vascos, el discurso político, etc.-, pero en el privado no hay forma de discernir los distintos niveles de competencia con ciertos parámetros objetívales. Entre varias excelentes amas de casa, todas ellas son igualmente excelentes, pues no hay manera de objetivarlo, de acuerdo con unos parámetros. Es el espacio -por lo tanto- de la indiscernibilidad. Todas pueden ser muy valoradas de puertas adentro, pero es imposible establecer unas pautas homologables que trasciendan esos límites de lo que no se ve, es lo que llamo el ámbito de la indiscernibilidad. El análisis de lo privado y lo público que he expuesto aquí pertenece prácticamente todo a la antropóloga M. Z. Rosaldo, ha sido recogido y reelaborado en una tesis doctoral reciente sobre Feminismo e Ilustración, lo privado y lo público en el pensamiento liberal, cuya autora es Cristina Molina. A partir de aquí se podrían derivar implicaciones políticas y filosóficas importantes. En el espacio de lo privado no se produce lo que en filosofía llamamos el principio de individuación. Dentro de lo genérico femenino es como si no se produjera ese principio, como si no se diera un operador distributivo que troquelara individualidades. Si no se produce individuación es por ser ésta lo característico de los espacios públicos, donde cada cual marca su ubi, su lugar diferencial, como apropiación de espacios claramente delimitados que configuran, a la vez que son configurados, por diferentes individualidades. La razón es bastante obvia: si lo tematizamos filosóficamente podríamos recurrir a lo que el filósofo racionalista Leibniz llama el principio de razón suficiente: para que algo determinado ocurra -dicho así a grosso modo-, tiene que haber una razón suficiente. En este caso, las actividades que se desarrollan en el espacio público suponen el reconocimiento, y éste está íntimamente relacionado con lo que se llama el poder. El poder tiene que ser repartido, ha de constituir un pacto, un sistema de relaciones de poder, una red de distribución.

Dondequiera que haya poder tiene que haber un sistema de pactos, un sistema de difusión dinámica de ese poder. En principio podríamos tenerla todo todos, pero, como dice Hobbes en el mito de Leviatán, sería la guerra de todos contra todos, por la tanto se produce una apropiación de espacios de poder; esos espacios acotados definen y son definidos por individualidades y, por la tanto, en el espado público se produce el principio de individuación como categoría ontológica y como categoría política. Toda teoría acerca de la real es una proyección de ciertas apuestas del filósofo que, en última instancia, son opciones valorativas políticas. Por la tanto, el principio de individuación no sólo es un tema ontológico, sino que también es un tema político. El individuo es una categoría ontológica y es también una categoría política. Ontológica en tanto que política, y política en tanto que ontológica. Se produce en el espado público como espacio de los iguales o pares — que no quiere decir lo mismo que espacio igualitario. Es el espacio de los que se autoinstituyen en sujetos del contrato social, donde no todos tienen el poder, pero al menos pueden tenerlo, son percibidos como posibles candidatos o sujetos de poder. Sujetos de relevo, bien sucesorio o genealógico (orden del relevo de las generaciones), yen el orden sincrónico encontramos las tensiones de poder entre los partidos, las clases de diversas esferas: se marcan unas candidaturas, unas relaciones de espacios dinámicos y metaestables; así, metaestablemente, constituyen un espacio de los iguales, porque allí todos son individuos, posibles sujetos de poder. No me refiero aquí a otros sentidos que “individuo” tendrá posteriormente, con el cristianismo, por ejemplo. En el nivel de abstracción en el que me estoy moviendo, que será desde luego susceptible de todas las clases de matizaciones históricas, sólo estimo pertinente la relación entre el poder, los genéricos -masculino y femenino- y la individuación. Por el contrario, el espacio privado, en oposición al espacio de los pares o iguales, yo propongo llamarlo el espacio de las idénticas, el espacio de la indiscernibilidad, porque es un espacio en el cual no hay nada sustantivo que repartir en cuanto a poder ni en cuanto a prestigio ni en cuanto a reconocimiento, porque son las mujeres las repartidas ya en este espacio. No hay razón suficiente de discernibilidad que produzca individuación. No hay razón para marcar el ubi diferencial: éste ya está marcado por la privacidad de los espacios a que la mujer está adjudicada de una u otra forma, mientras que en el espacio público uno se ha de sellar respecto al otro, y al tercero, que no es yo porque es otro, pero es otro que es como yo.

(Continúa en pdf)

pdf-icon