Conferencia impartida por Doña Amelia Valcárcel en Gijón el 25 de octubre de 2004, dentro de las Jornadas Ley contra el uso de signos religiosos en la escuela pública francesa, ¿era necesaria?

Agradezco a mis amigas de la Tertulia Feminista Les Comadres, que son amigas firmes desde hace largos años, y también a la Asociación de Mujeres Progresistas “Sara Suárez Solís” el que hayan tenido esta iniciativa y me hayan invitado a ella. Además, es para mí un honor estar aquí compartiendo mesa con Sophie Bessis, que es una de las voces del mundo del pensamiento que más respeto. Conozco el trabajo de Sophie Bessis, lo he seguido largos años y realmente pocos pensadores políticos tienen la información o la capacidad de análisis que se encuentra en la obra de Sophie Bessis; aparte del punto de vista por su propia situación singular, su dominio de las referencias de las tres grandes religiones del libro es casi completo. Para mí es un honor estar con ella. Por último, quiero agradecer a nuestro gobierno, el gobierno de Asturias, que esté hoy aquí en la persona de la Consejera de la Presidencia y, por lo tanto, que dé el rango político que tiene este tipo de reflexión que queremos hacer, porque creo que si de algo tendremos que hablar en Europa en los próximos 20 años es de qué va a pasar con una Europa multirreligiosa, quizás multicultural, con seguridad multirracial. Nadie puede asegurar lo que va a pasar, está en nuestras manos y como decía la Consejera de la Presidencia –voy a ser chivata-: “Yo tengo que ajustarme –lo que lamento- a lo políticamente correcto”, mi respuesta ha sido: “Es aquí donde vamos a ir fabricando esa construcción de lo llamado políticamente correcto. No está dado. Este debate forma parte de ello: qué vamos a considerar políticamente correcto”.

Cuando Vds han llegado quizás se hayan dado cuenta de que Sophie y yo, cual si fuéramos dos starlettes, estábamos posando para unos fotógrafos y respondiendo a algunas preguntas que son muy importantes. El problema del velo no es el problema de las mujeres ni el problema de las niñas, sino que es el problema general de a qué parámetros hay que acudir para poder vivir juntos y juntas, y no están dados. Tenemos algunos debates sobre los que conviene reflexionar y tener muy en cuenta. Una noción de falsa tolerancia no puede conducir a decir que todas las culturas aportan algo y por lo tanto todas son respetables. Tanto Sophie como yo, que no estamos de acuerdo en muchas cosas, sí que tuvimos en las respuestas un punto de acuerdo evidente: ninguna cultura, ninguna forma religiosa es enteramente respetable; se puede respetar unos rasgos y otros no. Una falsa tolerancia dirá que hay que respetar todo, pero no es posible a poco que respetes tus propios valores, los cuales no son caprichosos sino que son el decantado de al menos dos siglos o un poco más de ir reciclando experiencia y volver ley civil y práctica moral la salida de las sociedades tradicionales de las que venimos.

Estamos tratando con temas que son muy fuertes y en Europa tenemos un desafío especialmente grande. A veces los europeos también tenemos un punto de vanidad, pensamos que nosotros vamos a poder solucionar mejor el tema de la integración. Por ejemplo, yo he visto de cara a esa pequeña soberbia que los europeos manejamos con los estadounidenses, y tenemos sociedades que son multiétnicas en América (al menos tenemos tres), que son multirreligiosas –unas más y otras menos- y que tienen, a veces, severos problemas de integración; en Europa estamos acostumbrados a mirar con una pequeña soberbia eso. Pues bien, el asunto es: no creamos que estamos más preparados que otros; nuestra experiencia como europeos respecto de la disidencia, del diferente, no puede ser más dura. En Europa nunca hemos integrado al disidente, nos hemos desecho de él. No creamos que hemos llegado a tal grado de perfección que vamos a pasar por encima de lo que nos acompaña en nuestro pasado y en nuestro pasado más inmediato. En Europa la democracia ha tenido una vida mucho más atropellada y más difícil que la que han tenido en América, con partes de interrupción fortísimas; y en Europa han ocurrido cosas como genocidios planificados, o sea que no estamos hablando de ninguna broma. Por eso hay que tratar con mesura estos temas, pero tratarlos con mesura no excluye tratarlos con firmeza. Y voy a decirles qué hay aquí.

De lo que quiero hablar hoy aquí es de algo muy simple: el manifiesto Ni putas ni sumisas. ¿Qué es esto?

Este manifiesto, traducido y publicado en español (Ed. Cátedra – Colección Feminismos, Madrid, 2004), ha tenido problemas en editarse, pero de eso no voy a hablar. Este es un manifiesto que firma Fadela Amara en colaboración con Sylvia Zappi.

¿Qué cuenta? Es un manifiesto largo, con unas 140 páginas, donde en realidad lo que oímos no es la voz de la autora, sino la voz de las mujeres de las barriadas de algunas de las ciudades de Francia. En el año 2003, el 1 de febrero de 2003, se inicia una marcha de las mujeres de las cités que comienza en Vitry-sur-Seine y que recorre toda Francia hasta que se congrega en París el 8 de marzo. Al principio es una marcha muy pequeña; son 8 mujeres y 2 varones quienes inician la marcha y se trata de ir a la siguiente barriada y allí presentar el movimiento y pedir que se siga. Al final -las autoras están asombradas- logran reunir a más de 30.000 personas en la marcha. Tengamos en cuenta que esto es en un mes.

¿Qué es lo que van contando? La marcha es una marcha por la igualdad y contra el ghetto, por la igualdad entre lo sexos y contra el ghetto. Pero, ¿qué está pasando en estas cités, en las barriadas?
Son barrios rápidos que se han edificado a partir de los años 50 del siglo XX, que han posibilitado el despliegue industrial de Francia (también se da el caso en Alemania con la emigración española), donde la gente se instala, donde la gente entró a vivir; era una mejora sobre las barracas previas. Venían del norte de África. Todas las potencias coloniales están recibiendo el flujo migratorio y cada uno lo recibe de allá donde tuvo sus lugares coloniales: Inglaterra lo recibe de su imperio colonial, India y parte de África; Francia de los protectorados del norte de África, de Túnez, de Argel y de Indochina; España ahora tiene un reflujo de América, y en este sentido quizás no estemos tan mal colocados como otros países respecto del problema.

El problema es más grave allí donde el reflujo es de un espacio geográfico donde no hay continuidad étnica pero sobre todo continuidad religiosa, y éste es el caso de Francia; gran parte del reflujo de población que va a Francia es de religión musulmana.

Esto no tendría que ser un problema, pero sí que lo es, y grandísimo porque hay que saber y atreverse a decir que las más altas instancias políticas francesas están diciendo no en público sino por la bajo que no saben cómo asimilar a esta población, que es inasimilable y que no saben cómo se sigue.

¿Qué ha pasado? Que, como cuentan en Ni putas ni sumisas, a estas cités han llegado unas personas con una estructura familiar. La estructura familiar era la siguiente: llegaba un varón que trabajaba en lo que había, en la fábrica correspondiente; cuando ese varón llevaba 3 ó 4 años trabajando volvía a su país y se casaba con una mujer normalmente 15 ó 20 años más joven que él, a la que llevaba a vivir a Francia. Esta mujer venía a vivir a un lugar diferente de su lugar diferente, pero mejor del de procedencia. El varón solía ser mucho más conservador y menos permeable que la mujer, de tal manera que encontramos un varón muy mayor, que le lleva 15 años a una mujer que sin embargo, por mor de su juventud, es más abierta y más receptiva que él a saber lo que está pasando -a pesar de que incluso esté más hormada que él por su propio grupo, pero la disposición de ella es otra, distinta a la del varón. Es una mujer que se pone a tener hijos (es aquello para lo que su cultura la ha educado, para tener hijos y cuidar de su marido), pero tiene ya menos hijos que en su país de origen: si en su país la media son 7 hijos aquí va a ser de 4. Esta mujer está completamente decidida a que sus hijas e hijos tengan algo que ella comienza a llamar oportunidades y el marido la acompaña en esta decisión.

Al principio esta migración piensa en volver a su país, en ganar un dinero para vivir mejor…, pero esta migración no vuelve, se queda; quizás se hace una casa en su país de origen, ayuda a sus parientes…, pero no va a retornar. Y la segunda generación no va a pensar que el país al que va de vacaciones es su patria; el lugar en el que vives es tu patria, la lengua en la que te has escolarizado, tu sociedad es ésta. ¿Por qué no vivir ahí? Amara cuenta cómo al principio todo el mundo cree que va a poder salir de estas cités, se dicen “viviremos aquí un rato, trabajaremos, estudiaremos, tendremos éxito, nos irá bien, el sistema premia la seriedad y el buen trabajo”; los éxitos escolares son celebrados en toda la barriada: fulanita ha logrado entrar en el liceo con buena nota…

(Advertencia: recordamos que lo que aquí ofrecemos es una transcripción de la conferencia ofrecida por Amelia Valcárcel, y pedimos disculpas porque en este punto nos hemos encontrado con que faltan unos minutos de la grabación y, por tanto, no hemos podido incluirlos )