I Mujeres y Políticas de Desarrollo

La presencia de las mujeres en las políticas de desarrollo ha estado signada por nuestra exclusión de las referencias, metodologías y contenidos de los paradigmas y estrategias que lo han orientado, lo cual es un indicador incuestionable de la desvalorización humana que se nos brindó en el contexto del proceso.

La incorporación de nuestras necesidades en la atención de los gobiernos y de los organismos internacionales ha sido progresiva. La ONU ha señalado que en esa evolución se pueden distinguir varias fases. En un primer periodo, 1945 a 1962, cuando se creó la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (Commission for the status of woman) y se adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el interés se centró en el señalamiento de las desigualdades, en la determinación de los obstáculos para el logro de la Igualdad y se recomendaron acciones orientadas al logro de la Igualdad Jurídica, casi exclusivamente.

Entre 1963 a 1975 los Estados comenzaron a responder positivamente a las demandas de Igualdad Jurídica, impulsados en gran medida por la aprobación de la Declaración sobre la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer. Por esas fechas apareció el documento “Estrategia de Desarrollo Internacional para la Segunda Década (1971-1980)”, donde se menciona muy brevemente y por primera vez a las mujeres en el desarrollo: se hablaba de la necesidad de la “plena integración de las mujeres al esfuerzo total del desarrollo”. Fueron años de ensayos sobre la formulación de políticas dirigidas a las mujeres, cambios de actitudes y compromisos políticos en relación con la población femenina, así como de creación de estructuras institucionales muy preliminares. En este período se celebró la Primera Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer, en México en 1975, bajo el lema de Igualdad, Desarrollo y Paz. En ella se definió el derecho de las mujeres a disfrutar de los beneficios del desarrollo y a ser integradas al proceso como una condición para el logro de sus metas y la obtención de una paz duradera. Fue un período muy dinámico y bastante disparejo en la evolución de la consideración de la situación de las mujeres, especialmente las de los países subdesarrollados que estuvieron en el foco de interés de aquella etapa.

Durante la tercera fase, en los años que van de 1976 a 1985, que correspondió a la llamada Primera Década de ONU hacia la Mujer, se produjo un importante cambio en la conciencia internacional acerca del impacto que tiene la situación de la población femenina en el desarrollo, especialmente a través de fenómenos generalizados como la pobreza, la superpoblación, el analfabetismo, la desnutrición y otros semejantes. Estos hallazgos fundamentaron la adopción de la Convención para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, (CEDAW), en 1979, configurada como carta fundamental de los derechos humanos de las mujeres. La Tercera Conferencia Mundial de la Mujer celebrada en Nairobi representó el momento culminante de esta tercera etapa. Ya en la Segunda Conferencia reunida en Copenhague, en 1980, la mujer había sido declarada “agente y beneficiaria del proceso de desarrollo en todos los sectores y todos los niveles”.

La cuarta fase iniciada en 1986, se extiende hasta 1995. En ella hubo un avance significativo en la comprensión de las necesidades de la población femenina como un importante issue en las políticas públicas, en gran medida impulsado por la aparición del enfoque de género, como referencia para entender, significar y proponer cambios que eliminasen los factores estructurantes de la desigualdad, de la exclusión y de la subordinación de las mujeres. Esta época culminó con la IV Conferencia Mundial de la Mujer, en Beijing.

Actualmente muchas y muchos especialistas y estudiosos hablan del tiempo presente como una fase distinta a la cual están denominando Etapa Post Beijing y que estaría caracterizada por la emergencia de importantes categorías de análisis y aplicación en las políticas públicas, tales como las que suponen la Igualdad de Oportunidades, el Género en el Mainstream, los criterios de Derechos Humanos y la resignificación de la Ciudadanía de las mujeres, como importantes dimensiones comprensivas.

La reflexión anterior confirma que la mención de las mujeres en las estrategias de desarrollo y en las políticas públicas es relativamente reciente, si se compara con los orígenes temporales de las propuestas. El interés sistemático y amplio comenzó con la reflexión que suscitó la aplicación del análisis de género, el cual reveló que hasta los años 80 los enfoques empleados habían mantenido relativamente enmascarado el hecho de que todos consagraban la asimetría de los géneros, los patrones de subordinación de las mujeres y habían logrado perpetuarse con apoyo de los gobiernos y las organizaciones cooperantes, en la medida que eran menos desafiantes de tal asimetría y mantenían a las mujeres fuertemente articuladas a sus roles reproductivos.

Últimamente se ha puesto al descubierto que la situación de las mujeres nunca fue parte de los referentes esenciales empleados en el discurso político planificador que ha definido el rumbo oficial de nuestras sociedades. Las iniciativas dedicadas a la mujer tuvieron, durante muchas décadas y aun tienen en muchos países, un carácter no sólo secundario y tangencial en las propuestas oficiales, sino además fragmentario.

Ha corrido mucho agua bajo los puentes desde que Esther Boserup denunció en su obra de 1970, “El papel de las mujeres en el desarrollo económico”, que las estrategias de desarrollo habían incrementado las desventajas en favor de una mayor competitividad económica de los hombres sin mayores beneficios para las mujeres. Esta denuncia revolucionó en alguna medida el ambiente de la cooperación internacional para el desarrollo y reveló el carácter crítico de las tareas femeninas en la subsistencia del grupo familiar, pese a que se las había excluido de las oportunidades económicas y su situación general había desmejorado ante sus comunidades. Fue una advertencia para que las y los planificadores consideraran y reconocieran el papel de las mujeres, sin lo cual el desarrollo de los países no sería posible.

Fueron años en los cuales se dieron iniciativas desarticuladas por parte de los gobiernos, así como de gran crecimiento de la crítica y de la ciencia feminista. En ese momento las mujeres aparecieron como un actor social nuevo y diferente con crecientes niveles de organización, lo cual legitimó la introducción de sus necesidades e intereses en la agenda pública, lo que a la larga colocó a las mujeres, explícita o implícitamente, en las propuestas de desarrollo. A medida que el concepto de desarrollo ha pasado a ser global e inclusivo mas allá del simple crecimiento económico, han aumentado las exigencias de comprensión e interpretación de los roles de las mujeres. Muchas discusiones se han producido y muchos esfuerzos se han invertido desde que pasaron, de ser consideradas como auténticos obstáculos al desarrollo, como implícitamente se las significaba en las interpretaciones de los años sesenta, hasta vérselas como sujetos del proceso con toda la legitimidad que sólo disfrutaban los varones.

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