En uno de mis documentos favoritos, la Declaración de Seneca Falls o Declaración de los sentimientos se afirmaba “La historia de la Humanidad es la historia de las repetidas vejaciones y usurpaciones por parte del hombre con respecto a la mujer, y cuyo objetivo directo es el establecimiento de una tiranía absoluta sobre ella. Para demostrar esto someteremos los hechos a un mundo confiado”. Lo bien cierto es que muchas de las reivindicaciones planteadas por los hombres y mujeres que se  reunieron en Séneca en 1848 se han incorporado a la letra de las leyes de buena parte del mundo. No obstante tenemos que seguir sometiendo a consideración   muchos déficits, muchas discriminaciones que se practican cotidianamente y que viene a suponer que el concepto de ciudadanía, rico en sus contenidos, no tiene una plasmación en la realidad que colme las expectativas crecientes de las mujeres feministas o de algunas maneras comprometidas.

Al relacionar las mujeres y la ciudadanía recordamos la historia de una exclusión, a la que sin duda se habrán referido brillantemente  algunas de nuestras ilustres ponentes. Si antiguamente se cuestionaba  que las mujeres tuvieran alma, posteriormente se les reserva su lugar en la naturaleza y se les impide el paso a la cultura, a “lo publico”. Según Rousseau, las mujeres vinculadas como están en la familia no pueden pensar en el bien común, son incapaces y por lo tanto deben mantenerse en un estado de precivilidad, no debe tener derechos, deben incluso por su propio bien permanecer bajo la autoridad simbólica y real de los varones. Afortunadamente  una mujer sabia, Mary Wollstonecraft (1792)  al escribir la obra fundacional del feminismo como filosofía política, reivindicando los derechos de las mujeres, argumentó que si la libertad, los derechos y la ciudadanía se consideran un bien, no hay ninguna razón  ni en la naturaleza ni en otro lugar por la cual excluir a la mitad de la humanidad de ese bien. A Olympia de Gouges, su compromiso y “osadía” al escribir, frente a la excluyente Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano,  la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”, le llevó a la guillotina. Junto a algunas mujeres excepcionales, incluyendo también a Madame de Stael, algunos hombres como Condorcet y posteriormente, en el XIX, John Stuart Mill, (este último en colaboración con su esposa H. Taylor), filosofo del sufragismo, teorizaron acerca de la ilegitimidad de la exclusión. La conquista de los derechos políticos, del derecho al voto, como es sabido  costó tiempo y sufrimientos, fue un proceso lento y doloroso, desigual y en algunos lugares de la tierra  y a pesar de las Declaraciones internacionales, sigue existiendo la exclusión. Estamos todavía lejos de conseguir la autonomía personal, de alcanzar la ciudadanía plena, del respeto a la diversidad.

Ser feminista, adquirir un compromiso intelectual, vital, político,  continua entrañando dificultades,  a veces cunde el desánimo, la perplejidad, incluso una cierta desorientación, pero a pesar de la intermitencia, por la amplitud y profundidad de los retos que comporta, la indolencia, el aburrimiento y la autocomplacencia  no tiene cabida.

Muchas mujeres de mi generación pretendíamos, como posteriormente escribiría Alessandra Bocchetti,  “hacer que las relaciones entre mujeres trasciendan el nivel de las relaciones personales, amistosas, familiares y comiencen a hacer polis”. Plantear la política de las mujeres, con las mujeres, partiendo no de lo que le falta a las mujeres sino de lo que las mujeres tienen, no de la miseria sino de la riqueza, no de la humillación sino del orgullo.

Por otra parte desde el feminismo  seguimos debatiendo,  reflexionando, realizando propuestas sobre el mundo que queremos, porque todo nos incumbe, desde los valores, la utilización de la riqueza y la energía hasta cómo organizar nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestros espacios.

Voy a referirme a continuación  al propio concepto de ciudadanía  y a su inicial carácter excluyente  que condiciona posiciones  posteriores.  Concepto complejo y ambivalente, que se adjetiva, tensiona  y  amplia. En la actualidad hablamos no solo de derechos políticos sino también de derechos civiles  y sociales, para cuya consecución, impulso y plasmación real son necesarios los debates sobre su contenido,  propuestas, planes estratégicos  y medidas políticas.

Cuando hablamos de ciudadanía  no se trata sólo de una nueva mirada sobre el espacio de convivencia donde se organizan nuestras vidas,  espacio donde se ejercitan nuestros derechos y libertades  donde el uso y el reparto del tiempo y del espacio  son determinantes para nuestra calidad de vida.

Cristina de Pizan, contra la misoginia, proyectó una ciudad para las mujeres dignas, mas sólida que la sociedad construida por las valerosas amazonas,  donde van a refugiarse las mujeres denostadas. Las propuestas actuales o contemporáneas con las que más nos identificamos abarcan a todas las mujeres, a los seres humanos. Implican la transformación urbana, un salto desde el punto de vista físico, económico, social y cultural, política urbana que contribuya a hacer de las ciudades estructuras sociales mas igualitarias, no sólo entre clases sino entre géneros, como dicen M. Castells y J. Borja. Donde la diversidad sea enriquecedora y donde la dignidad sea posible. Si en las grandes ciudades se hicieron visibles por primera vez las mujeres solas, desencadenando prejuicios, temores, sospechas, en difíciles condiciones vitales, hoy  surgen nuevas marginaciones, exclusiones y soledades protagonizadas o mejor sufridas por mujeres. Por todo ello es importante que se hayan elaborado propuestas como la Carta europea de la mujer en la ciudad, una Declaración de 12 puntos que propugna la ciudadanía activa y la ciudad como memoria organizada. Pretende contribuir a una nueva filosofía de planificación urbana, para alimentar de forma constructiva un verdadero debate democrático que tenga en cuenta  las necesidades y las aspiraciones de los ciudadanos y ciudadanas, nuevos equilibrios, una sociedad más emancipada, más libre, con mayor cohesión y armonización social. En Italia se redactó la Carta itinerante de la mujer y un proyecto de ley sobre los tiempos, con la finalidad de crear un marco de compatibilidad, un nuevo sistema de valores y nuevos estilos de vida, a partir de la idea de que el tiempo no es dinero, es sobre todo y fundamentalmente vida, riqueza personal y social.

Por razones obvias no puedo ni hacer una mención mínima a muchas   cuestiones relacionadas con la ciudadanía desde la perspectiva de género. Afortunadamente, como en otros ámbitos se puede constatar la pluralidad de propuestas, tendencias   sobre el propio concepto de ciudadanía, sus contenidos, posibilidades de ejercicio del conjunto de derechos que comporta o comportaría la pertenencia de pleno derecho a una comunidad.

No parece extravagante partir de la  base de que la concepción de la ciudadanía esta impregnada de los valores definidos por el Ethos masculino, y en consecuencia parece necesario revisar su significado y lo que implican los conceptos que de ella se derivan, tales como intervención y participación política o intereses y necesidades políticas. Como afirma Evangelina García Prince constituye una categoría compleja que plantea la crisis de los paradigmas tradicionales, que al estar vinculada a los orígenes del pensamiento político, los conceptos, nociones y categorías que la  articulan, tales como derecho, estado, civilidad, gobierno, democracia etc, la constituyen como un espacio de tensiones y complejidades.

Al mismo tiempo  contiene todas las virtualidades para ser ampliada y vinculada a la autonomía individual, los derechos humanos de las mujeres, además del ejercicio y reconocimiento de los derechos políticos en sentido estricto. Como primer paso convendría configurar una ciudadanía real  que palie el déficit histórico  entre los sexos, consecuencia de las relaciones disimétricas de poder. Como dice Elena Simon, el mundo moderno ha contraído una serie de deudas con las  mujeres, negándoseles la entrada en el mundo de los derechos, en la etapa de la ciudadanía civil en el XVIII, la ciudadanía política en el XIX y también la etapa de la ciudadanía social  a partir de la segunda mitad del siglo XX. También en la actualidad se pueden observar  serias dificultades para el ejercicio pleno de la ciudadanía por parte de las mujeres que comportaría desde el reparto del trabajo y la riqueza hasta la reforma de costumbres, valores, mentalidades, cultura y el propio ejercicio de la libertad.

Si los grupos privilegiados  trazaron  el concepto de ciudadanía, los grupos silenciados, entre ellos las mujeres, explícita o implícitamente parecen quedar fuera de la definición y ejercicio de una ciudadanía plena. Las causas de este destierro guardarían relación con aspectos económicos y culturales, aspectos en los que habría que profundizar para avanzar en la constitución de una ciudadanía inclusiva que incorpore la diversidad como base de una sociedad más igualitaria.

En cualquier caso  hay una amplia coincidencia en la importancia y la necesidad de revisión del propio concepto de ciudadanía.

Francoise Collin afirma: “La constitución de un espacio verdaderamente común a hombres y mujeres que fue, y sigue siendo, el objetivo primordial del feminismo, recurre inevitablemente a las teorías de la igualdad. Pero esta igualdad debe entenderse como igualdad de derechos, no con igualación de identidades, que por lo demás, se hará en provecho de la identidad masculina ya existente. Debe dejar lugar al juego de las diferencias individuales o colectivas  sin por ello predefinirlas. El siglo XX viene así a modificar el concepto de igualdad del siglo XVIII, cuyo fundamento es  la noción de ciudadanos abstractos. La problemática de los sexos, como de las razas, las culturas e incluso de las religiones, obliga a una redefinición de democracia y de ciudadanía”.

Como es sabido, T.S. Marshall hacia referencia a la ciudadanía social como  conjunto de derechos y de deberes que va unido a la pertenencia plena a una comunidad y definió la ciudadanía  como aquel estatus que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad, siendo sus beneficios iguales en cuanto a los derechos y obligaciones que implica. En los últimos años se ha producido una explosión de interés sobre el tema llegándose a afirmar que la ciudadanía está de moda. Se proponen términos como ciudadanía democrática radical, la ciudadanía cosmopolita, la ciudadanía plena, la ciudadanía inclusiva, la ciudadanía multicultural, y la ciudadanía sexualmente diferenciada. Incluso se ha mantenido que hay tantas formas de ciudadanía como interpretaciones de los principios  ético-políticos de la moderna democracia.

Desde algunos sectores del feminismo se ha  denunciado la insuficiencia del reconocimiento de los derechos individuales desde la perspectiva universalista. En esta línea Iris Marion Young, partiendo de que la diferenciación de grupos es un proceso inevitable y deseable en las sociedades modernas al existir grupos privilegiados y oprimidos, plantea que es necesario prestar atención a la diferencia para hacer posible la participación y la inclusión. A su vez Carol Pateman afirma que por tratarse de una  categoría patriarcal,  construida a partir de la imagen del varón, ha generado la devaluación de las tareas y cualidades de las mujeres, a pesar de que en las democracias liberales la ciudadanía formal ha sido ganada dentro de una  estructura del poder patriarcal. Propone una concepción sexualmente diferenciada de la ciudadanía que reconocería a las mujeres como mujeres, con sus cuerpos y todo lo que ello simboliza, que implicaría dar significación política a la capacidad de la que carecen los hombres, es decir la maternidad.  Estas concepciones han sido ampliamente difundidas y criticadas, ya que contradicen los principios liberales básicos, siendo impracticable en el terreno político. Celia Amorós, entre otros argumentos, aduce que hay grandes probabilidades de que un Estado que tenga la ciudadanía “qua madre” te dé consignas de como tienes que ejercerla.

Chantal Mouffe cree que un proyecto de democracia radical y plural no necesita un modelo de ciudadanía sexualmente diferenciado en el que las tareas específicas de hombres y mujeres sean valoradas con equidad, sino una concepción verdaderamente diferente de qué es ser un ciudadano y de cómo actuar como miembro de una comunidad política determinada. La distinción público – privado, actuó como un poderoso principio de exclusión, y como es sabido, desempeñó un importante papel en la subordinación de las mujeres. Propone profundizar la revolución democrática y dar cabida a la multiplicidad de las demandas democráticas que existen. Considera que los problemas con la construcción liberal de la distinción  publico/privado no se resolverán con descartarla, sino solo al reformularla de una manera más adecuada.  La ciudadanía es un principio articulador que afecta a las diferentes posiciones del agente social al tiempo que permite un conjunto de lealtades específicas y el respeto de la libertad individual. Cada situación es un encuentro entre lo privado y lo público. Los deseos, decisiones, opciones son privados porque son responsabilidad  de cada individuo, pero sus realizaciones son públicas porque tienen que restringirse dentro de condiciones especificadas por una comprensión específica de los principios éticos, políticos del régimen que provee la gramática de la conducta de los ciudadanos.

Por su parte una interpretación democrática radical hará  hincapié en las numerosas relaciones sociales donde existen situaciones de dominación que deben ser puestas en tela de juicio si se aplican los principios de libertad e igualdad. Por ello habrá que tener en cuenta las diferentes  maneras en que se construyen las relaciones de poder y revelar las formas de exclusión para estar en condiciones de abordar de una nueva manera nuestras identidades como ciudadanos.

Para Silvina Álvarez  cualquier intento por conseguir el ejercicio pleno de la ciudadanía tendrá que contar con el presupuesto de la autonomía personal, y con una nueva concepción de la ciudadanía que reconozca la especificidad femenina. Coincide con Ursula Vogel cuando mantiene que la ciudadanía seguirá siendo una ilusión para las mujeres sino se diseñan modelos de participación  que contemplen la singularidad de la mujer en su relación con la reproducción de la maternidad y la  vida familiar y se plantea al mismo tiempo el rol del varón en el ámbito privado, en la vida familiar y domestica. Para que los derechos de ciudadanía sean efectivos para las mujeres será necesario que los Estados les concedan pleno reconocimiento.

Coincidiría con Carme Adan cuando afirma que la experiencia de las mujeres parece un instrumento valido si se evitan los excesos de uniformización o unificación apriorística y no se olvida que uno de los objetivos fundamentales de la reflexión feminista es la emancipación.

Siguiendo el planteamiento de Hannah  Arendt, en cuya virtud ser ciudadano, retomando la etiqueta latina del termino, supone utilizar una máscara que oculta el semblante pero permite la resonancia de la voz, el feminismo de los 90 propone, según Cristina Sánchez  que la voz se muestre como tal, pues solo a través de nuestra identidad diferenciada puede alcanzarse una ciudadanía no excluyente, en la que el paria  pueda ser un ciudadano/a de pleno derecho y reconocimiento y al mismo tiempo, construir una política de contestación desde esa misma identidad.

También se ha hecho referencia a  la ciudadanía inclusiva que crítica al concepto clásico de ciudadanía como espacio estático y excluyente respecto a aspectos como lo privado, lo afectivo, lo alternativo o lo diferente. Y a una  ciudadanía más extensa y ambiciosa.

Con frecuencia encontramos referencias al carácter ambiguo y ambivalente del término. Chiara Saraceno señala como primera ambivalencia la relacionada con el concepto de individuo libre y dueño de si mismo, sobre el cual se basaría el concepto de ciudadanía, y con la proclamada igualdad entre el conjunto de los individuos. Relaciona este concepto de ciudadanía con la capacidad de independencia económica. Posibilidad tradicionalmente negada a las mujeres, declaradas dependientes económicamente por la devaluación del trabajo vinculado a la reproducción, circunstancia que se ha mantenido a pesar de la conquista del voto.

Mª Angeles Durán, afirma que la libertad es un bien tutelado por la constitución pero si carece de las adecuadas bases económicas, la libertad no puede ejercitarse aunque se tenga derecho a ella.

La ciudadanía social en la que se basa el Estado del bienestar se ha construido con fuertes dosis de etnocentrismo y androcentrismo. Según se desprende del concepto de ciudadanía social  todos y todas tendrían que poder vivir  la vida de un  ser civilizado, como dice Simón,  acceder a la cultura, al empleo, al amor, tres aspectos que toda persona necesita tener cubiertos para considerarse y ser considerada como un ser civilizado y libre. La ciudadanía social proviene del patrimonio común pero necesita ser delimitado, cultivado, enriquecido y repartido, sin relegar a las mujeres, porque si no estaríamos en un sistema que se aproxima a la democracia ateniense. A pesar del Estado del Bienestar, muchos grupos sociales, como mujeres e inmigrantes, tienen dificultades para acceder a una educación de calidad, empleo, vivienda, crédito. Seguimos hablando de la feminización de la pobreza ya que  mujeres son los dos tercios de los pobres que residen en países del primer mundo, representan  el 70  por cien de la inmensa pobreza que existe en el mundo.

Berthe Siim nos propone la participación en el poder político desde la base, con una visión del Estado del Bienestar que combina el concepto de ciudadanía universal y diferenciada capaz de generar alternativas. Señala que en los países nórdicos se ha pasado de ciudadana madre a ser mujer ciudadana-funcionaria y trabajadora y los hombres han adquirido nuevos papeles de ciudadanos padres.

Otra visiones feminista se centran en la afirmación de que la experiencia y la identidad de las mujeres suponen una esperanza, analizándose la posición marginal de las mujeres en el juego de las ciudadanías como una ventaja. Las mujeres no se sienten ligadas al orden existente y representan una fuerza de cambio que va mas allá de las fronteras nacionales, decía V. Woolf, “como mujer mi país es el mundo entero”.

Por su parte Meehan, ofrece una percepción de la ciudadanía europea que se centra en unos derechos sociales basados no solo en la participación en el trabajo, sino también en la preocupación por los demás. En la línea de la construcción de la ciudadanía europea  Judith Astelarra, partiendo de las cuatro formas que históricamente  ha tenido el concepto de igualdad. Igualdad ante la ley, igualdad de trato, igualdad de oportunidades, igualdad de resultados (que la igualdad se convierta en realidad) , insiste en la idea de que esta no solo afecta a la conducta de los individuos sino que requiere de reformas sociales y económicas estructurales. El problema de la igualdad entre hombres y mujeres es un área donde también se podría buscar que la ciudadanía europea supere las limitaciones que han existido hasta ahora en la aplicación de los principio de igualdad. Europa podría así construirse avanzando un paso más hacia la igualdad, lo que haría que los europeos pudieran considerar que su ciudadanía europea es algo que les comporta beneficios reales. Sería importante no desaprovechar la oportunidad de plasmar estas propuestas en la futura Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, en proceso de redacción, de manera que suponga un avance y no un retroceso respecto del Tratado de Amsterdam.

Donna Haraway es una de las autoras más visionarias en la idea de que , al hacer participes a las mujeres en la discusión sobre el concepto de ciudadanía se abrirán las fronteras en el  mundo del futuro, mas allá del estado, Cyborg se construye más allá del genero, las etnias, las opciones sexuales. Jones vislumbra una ciudadana mestiza, híbrida o sintética, distintos tipos de multiciudadano. En su opinión todo sería diferente si las mujeres accedieran al poder y se identificaran con este, romperían con los limites de lo establecido se abrirían múltiples alternativas para el futuro.

Las impulsoras del proyecto Eleusis, mantienen que si el llamado ciberespacio genera un nuevo orden, jurídico, económico, cultural o de ocio, es decir un espacio político, las mujeres no podemos otra vez permanecer al margen o estar solo como usuarias receptoras, nos volveríamos a colocar en el lugar no deseado: en los limites de los márgenes del mundo. Nos proponen crear un ecosistema  informacional, crear u obtener poder inmaterial, generar empresas y crear empleo, reelaborar un concepto innovador de ciudadanía, construir no un estado sino una ciudad, un espacio de civilidad y convivencia, en el que el requisito para otorgar la ciudadanía es solamente estar allí o querer estar…

Como dice Marcela Lagarde en el umbral del milenio, el horizonte cultural feminista es universal por primera vez en la historia. Y, mas allá de las agendas comunes, los temas, la vocaciones y las semejanzas iconográficas y estéticas, cada quien experimenta el feminismo a su manera, desde su especificidad personal, social y cultural. La diversidad es patente, la diversidad entre los seres humanos, entre las mujeres y de cada una consigo misma. Entre las mujeres de carne y hueso y las representaciones simbólicas y normativas que se les asignan.

La diversidad que queremos y según Lagarde, implica los soportes de la mismidad y las especificidades, la ciudadanía real de todos los anhelantes construida por voluntad de respeto mutuo y la capacidad de universalidad. Ser universales es la base de una diversidad de nuevo cuño solo posible si compartimos un paradigma que no es la suma de causas y sujetos aislados y ajenos, sino por la asunción colectiva de valores de convivencia con recursos disponibles y circulantes, de un compromiso mutuo de reconocimiento influyente y la consolidación de libertades de acción en la vida y en el mundo.

Muchas de estas propuestas o  concepciones, nos presentan nuevas formas de ciudadanía, en las que el género tenga influencia en la realidad, sin estructurar de forma jerárquica las relaciones de poder. Como dice Evangelina García para el transito de la histórica condición precivica de las mujeres hacia la ciudadanía plena habrá que sufrir o pasar por autenticas transmutaciones objetivas y subjetivas, mas allá de lo femenino, el esfuerzo deberá alcanzar a los hombres. Si planteamos la equidad como principio, camino y aspiración, parece necesario “desempoderar” en palabras de Lagarde al género masculino, a los hombres y las instituciones  excluyentes y eliminar los poderes de dominio, resignificar a los hombres y a las instituciones con derechos y responsabilidades de convivencia y desarrollos colectivos.

En ese esfuerzo es importante  una especial atención de nuevo a “lo privado “que no es extrasocietario, ya que el poder masculino también es el poder dominante en lo privado domestico.

Refiriéndose a nuestro país Judith Astelarra afirma que es importante que se asuma la dimensión de los privado en una redefinición de la ciudadanía que permita que hombres y mujeres también compartan el trabajo que en el se realiza, habrá que corregir los sesgos que se han producido en el Estado de Bienestar en España y si se asume que hay que desarrollar derechos en el ámbito privado, es importante que cambie la cultura política que es la base del ejercicio de la ciudadanía.

En efecto el lema lo personal es político tiene vigencia, porque no estamos escindidas, porque el origen de la subordinación es política, las trabas son políticas, y porque para alcanzar la plena ciudadanía es preciso propiciar el cambio de las condiciones de vida de las mujeres. Las necesarias transformaciones culturales, los cambios de mentalidad, el cambio de los procesos de socialización, precisan reformas legales e impulsos políticos de diversa índole. Las dificultades y obstáculos para la plena ciudadanía vienen en buena parte de “lo privado”, de ahí la importancia de propiciar la conciliación entre la vida publica, profesional o laboral y familiar, el reparto del trabajo remunerado y no remunerado, cuyo verdadero alcance implica cambios legales, estructurales y culturales profundos. Las mujeres hemos venido realizando enormes esfuerzos para hacer compatibles ambas esferas, ahora se deberá implicar y comprometer a los hombres a asumir las tareas y la responsabilidad.

Por otra parte, si nos referimos a la conquista y efectividad de los derechos políticos, entre ellos a la de ocupar cargos de responsabilidad publica, tendremos que referirnos a los obstáculos que dificultan la participación de las mujeres en las estructuras de poder y de toma de decisiones, en suma al ejercicio de la ciudadanía activa y por supuesto al liderazgo.

En la Declaración de Atenas y en el estudio “Women in politcs and Decision making in the late Twenty century” realizado por Centro para el Desarrollo social y Asuntos humanitarios de las Naciones Unidas de 1992  se indica la conexión entre la elegibilidad como condición de la ciudadanía y la posición y proporción de mujeres en los procesos de toma de decisiones, señala que la intervención de las mujeres es un indicador importante de la calidad cívica y de la calidad de la democracia misma y enuncia cinco argumento que justifican la reclamación de las mujeres para participar en la toma de decisiones como derecho ciudadano. 1. No hay democracia autentica si las mujeres que son la mitad de la población no están proporcionalmente representadas. El reconocimiento de su plena ciudadanía tendría que reflejarse en su presencia efectiva en las jerarquías y espacios de la vida política; 2. La infrarrepresentacion de las mujeres resta validez al sistema democrático, ya que crea un distanciamiento real y una disparidad entre electoras y elegidos; 3. Las orientaciones que generalmente toman los procesos e intereses de la vida política responden mas a un Ethos masculino que femenino y por tanto , no reflejan las necesidades de las mujeres; 4.- Las mujeres están mas capacitadas para ser mas criticas a la orientación tradicional de las agendas políticas y por lo tanto pueden reorientarlas hacia diferentes ámbitos de interés; 5.- las mujeres representan  la mitad de los talentos y las potencialidades humanas de cualquier sociedad y ninguna de estas puede darse el lujo de excluir estas capacidades. Ello produce el empobrecimiento de la vida pública y además, inhibe el desarrollo de una sociedad justa.

Entre los diferentes Convenios y documentos de carácter internacional, que han venido produciéndose en los últimos 20 años, quisiera mencionar también la Convención para la eliminación de todas formas de discriminación contra la mujer, CEDAW, que establece claramente el marco de los derechos ciudadanos; ninguno de ellos esta por fuera del ámbito de la ciudadanía  y esta es el hecho político por excelencia  que ha marcado la diferencia entre el acceso y la exclusión a lo público-político.

En efecto sabemos que desde principios del presente siglo, el interés de los esfuerzos femeninos se ha dirigido principalmente a la ciudadanía social y política (derecho al voto, derecho a la educación y derechos laborales, principalmente). A medida que el tiempo ha avanzado y las iniciativas de las mujeres se han multiplicado, estos horizontes se han tornado más complejos y los propósitos de las luchas se han afinado en su orientación estratégica. En tiempos relativamente recientes ese interés se ha ampliado hacia contextos más inclusivos que se identifican con la relación “Mujer y Poder”.

La señalada discusión sobre la situación y posición de las mujeres, ha pasado por diferentes etapas. A partir de los años 70, el debate se ha interesado en el tratamiento que los gobiernos han brindado a las necesidades de las mujeres en las políticas públicas, y se ha concluido, en términos generales, el carácter incompleto o parcial de lo intentado hasta el presente. Hoy, el énfasis no está en una sola dimensión del problema. Se tiende a una visión y tratamiento integral. Y sin duda, dentro de tal integralidad, una de las prioridades más claras es la incorporación de la mujer al poder, a la toma de decisiones y, en general, al ejercicio del liderazgo en todas las esferas de la acción colectiva.

En los últimos 20 años en las Conferencias internacionales y demás reuniones, colocaron al Estado en el papel de protagonista fundamental en la definición de los cambios que debían producirse en la situación de las mujeres. En todas estas convocatorias, la participación en el poder y en la toma de decisiones fueron  temas incluidos en las agendas. Lo aprobado refleja, en parte, la evolución registrada en los organismos públicos sobre el asunto. Desde la Primera Conferencia Mundial en México, (1975), hasta la Cuarta celebrada en Pekín (1995) y la última celebrada en New York, en junio del 2.000 (Pekin + 5) sobre “La mujer en el año 2000: igualdad entre los géneros, desarrollo y paz para el siglo XXI”, ha habido pronunciamientos cuyo carácter detallado y pertinente, en la mayoría de los casos, dan gran relieve a la participación de las mujeres en la toma de decisiones, como factor decisivo en los cambios hacia una sociedad más democrática y equitativamente desarrollada, tal como se deduce del examen de sus principales conclusiones.

La Conferencia de la Unión Intearparlamentaria Mundial “Towards Partnership Between Women and Men in Politics”, India, febrero de 1997, concluyó que la infra representación de las mujeres en los procesos de la vida política, constituye un serio “Déficit democrático” que sólo podrá ser remediado cuando el número de mujeres en los Parlamentos alcance el volumen de una “masa crítica”, estimada por las naciones Unidas en un 30%. Aun cuando hubo divergencias con relación a las “cuotas”, el punto de vista que logro consenso se refirió a la necesidad de establecer estructuras políticas que brinden a las mujeres mejores oportunidades para ser electas. En este sentido se mencionaron los sistemas de elección proporcional o sistemas electorales mixtos.

Un interesante estudio realizado en la Comisión Interamericana de Mujeres, bajo el título “La participación de las mujeres en las estructuras de poder y toma de decisiones” recoge el resultado de un cuestionario amplio realizado a 132 mujeres y 41 hombres, en el que se incluye la aproximación a un perfil preliminar  del liderazgo de las mujeres cuya síntesis me parece importante reproducir porque plantea las cuestiones centrales en torno al liderazgo. Así se afirma en las mujeres han demostrado una considerable capacidad de liderazgo en cargos públicos, organismos no oficiales y organizaciones comunitarias.

Se trata de un liderazgo emergente cuya presencia es más visible en los espacios de la vida pública vinculados al sistema político y en posiciones vinculadas principalmente a toma de decisiones técnicas.

Gran parte de la contribución de los liderazgos de las mujeres permanece invisibilizada y no recibe reconocimiento por parte de la sociedad.

Sobre algunas mujeres líderes pesan prejuicios de la formación de género que las lleva a no reconocerse con iguales capacidades que los hombres para desempeñarse en posiciones equivalentes de liderazgo frente a los hombres en todos los sectores.

Los costos que las mujeres deben soportar para llegar y mantenerse en posiciones de liderazgo se vinculan en una medida importante, con la existencia de situaciones insatisfactorias en su vida familiar y en su sana integración personal.

Una proporción considerable de las mujeres que ocupan posiciones de liderazgo  viven a plena conciencia el desafío que su actividad representa a los patrones culturales prevalecientes que promueven, valoran y prestigian los valores masculinos y desvalorizan rasgos de la identidad de género femenino. Y hay mujeres en esas posiciones que no perciben con claridad estas circunstancias.

Las mujeres líderes no han logrado aun legitimar ante la percepción de la sociedad, la contribución positiva que pueden dar y están dando en algunos casos, en los cambios de los patrones de ejercicio del liderazgo y el poder.

Las oportunidades para el ejercicio del liderazgo por las mujeres siguen siendo restringidas, no sólo por los factores del marco cultural general excluyente, sino por culturas políticas, administrativas y organizacionales que reproducen los valores androcéntricos de la cultural general y que se reflejan fielmente en leyes, normas y procedimientos institucionales y que son efectivas barreras a la igualdad.

Existen objetivas brechas de género, en perjuicio de las mujeres, en materia de experiencia, capacitación, conocimiento y práctica política en el ejercicio del liderazgo, que afecta la calidad y la productividad social y personal del mismo, en muchos casos.

Las mujeres líderes consideran que las principales condiciones, atributos y vocaciones que deben cultivar las mujeres que aspiran llegar al poder y/o tener éxito en él son: Seguridad en sí mismas; preparación, formación intelectual; honestidad, autenticidad; control emocional; capacidad para actuar en público; solidaridad; capacidad organizativa; perseverancia, relaciones adecuadas, afectividad, intuición, buena presencia, capacidad ejecutiva.

Con relación  a las tres principales debilidades, déficits o problemas que deben atacarse para incrementar y potenciar la presencia de las mujeres en el poder y la toma de decisiones, las mujeres líderes responden que son : los patrones  culturales sexistas, excluyentes y discriminatorios; la falta de apoyo para solucionar necesidades familiares o ausencia de mecanismos que permitan a las mujeres aliviar sus responsabilidades en los roles domésticos o resolver los conflictos entre los roles domésticos y los del espacio público; las fallas de las mujeres en experiencia y capacitación para ejercer posiciones de dirección. También se mencionaron en proporciones significativas, las siguientes prioridades a atacar: la escasa presencia de mujeres en posiciones de toma de decisiones políticas, el sexismo en la educación, el bajo nivel de organización solidaria de las mujeres para luchar por objetivos políticos, escasas iniciativas gubernamentales para apoyar los liderazgos de las mujeres, la baja autoestima que caracteriza al género femenino, las culturas política rígidas de los partidos políticos.

En nuestro entorno, es decir en la Unión Europea, según el informe realizado recientemente y dirigido por Mª Ángeles Durán, “Conciliación entre vida familiar y política” dentro del IV Programa de acción comunitaria para la igualdad de oportunidades se comprueba que las mujeres que quieren participar activamente en política tienen que resolver solas , por prueba y error, y a base de bricolaje organizativo las dificultades de acumulación de lo privado y lo publico, llegándose a la conclusión de que será necesario establecer mecanismos de conciliación , medidas legislativas de diversa índole para cuyo estudio me remito al interesante informe citado. También se afirma que las causas que establece la desigualdad son múltiples, en definitiva desigualdad vida política, es una traducción de la desigualdad en la vida privada. Resulta muy significativa la tasa muy baja de permanencia de las mujeres en los Parlamentos con la consiguiente dificultad de formación y consolidación de liderazgos.

En los estudios e informes, debates a los que he tenido acceso existe una práctica unanimidad en considerar que las responsabilidades familiares son un obstáculo. Aunque en la actualidad existen distintas formas de organización de la convivencia  a  la familia tradicional, familias diversas, la familia se considera como un núcleo de tensiones y conflictos, pero también de solidaridad y afecto y en la que   todas las personas que la componen deberían tener responsabilidades y gozar de derechos. Sin embargo, es un núcleo de servicios de atención y cuidado, a cargo de las mujeres fundamentalmente, ya que, por ejemplo, el trabajo no remunerado es asumido  en un 95% por las mujeres, (y representa en nuestro país más del 40 % del PIB).

Si perfilamos  el tema relativo a las mujeres y la política  y relacionado con el liderazgo, van surgiendo una serie de cuestiones, a las que me voy refiriendo más como hipótesis de trabajo que como  afirmaciones rotundas. Se trata de incorporar a las variables  tradicionales del análisis político,  el género como categoría propia de análisis. Como nos explican las expertas, y concretamente, como apuntan Edurne Uriarte y Arantxa Elizondo en el estudio “Mujeres en política”, publicado en 1997, en nuestro país carecemos de estudios sobre el reclutamiento de las elites políticas. En general falta una mayor o más profunda reflexión sobre las vías de acceso al poder y no solo sobre la forma en que este acceso se facilita o sobre las dificultades existentes, sino también sobre los valores y actitudes, motivaciones, que empujan a las mujeres a intentar acceder al poder político, o la influencia de las mujeres en las políticas publicas , ni sobre la influencia de la presencia de mujeres  (fuera de las instituciones especificas para la mujer) en el contenido y dirección de las políticas de Estado en todas sus vertientes. Queda mucho por hacer, por ejemplo conocer en profundidad las implicaciones del cambio de rol de las mujeres en nuestra estructura social y política. Ya que, como afirmaron las citadas autoras, el aumento creciente efectivo de las mujeres ha dado lugar a  suposiciones, contradicciones y pocos datos sistemáticos, ideas generalizadas. Incluso existen razones para el escepticismo sobre que las mujeres políticas transforman la política (de ahí la importancia del acceso de mujeres comprometidas, líderes transformacionales).

Se ha ido avanzando en estos temas, libros ya clásicos en nuestro país, como “Elites discriminadas”, “Mujer y Poder”, publicaciones colectivas, tesis doctorales, un estudio realizado en el Congreso de los diputados, publicado este año sobre “Diferencias y similitudes  entre hombres y mujeres  en sus estilos de liderazgo”, a cargo de Edurne Uriarte y Cristina Ruiz se señalan como diferencias, que las políticas son más dialogantes, menos autoritarias que tiene capacidad para integrar y estimular a sus subordinados. Ni unas ni otros piensan que se puedan extender estas diferencias al ámbito de la eficacia y de la capacidad de imponer sus opiniones, pero si expresan algunas dudas sobre esta cuestión.

También resulta difícil clasificar en modelos de carrera política, actitudes o estilo de liderazgo y agenda política. En cuanto a las diferencias de estilo, motivaciones, valores, eficacia, todavía no hay trabajos exhaustivos a nivel internacional y la gran mayoría de los existentes ponen en duda que haya diferencias de liderazgo entre hombres y mujeres, entre ellos el conocido libro de M. Genovese. Parece clara la dificultad de evaluar correctamente hasta que no haya una presencia importante.

Respecto a la evolución que en estos años, según el informe de la Organización de Estados Americanos,  han tenido los diversos enfoques que han ido apareciendo y superponiéndose, en un proceso de complejidad creciente, podrían distinguirse algunos ejes que son, en términos generales, los siguientes:

El enfoque tradicional principalmente interesado en la evaluación cuantitativa de la presencia de mujeres en procesos y en posiciones visibles o de alto nivel en las organizaciones que dominan la vida pública y política.

Otro enfoque, que aparece hacia los años 70, se ha interesado en examinar el rol del liderazgo de las mujeres en el cambio social y sobre todo en su influencia en la condición de las otras mujeres, a través de la presencia o ausencia de la consideración de las mujeres y sus intereses en las agendas públicas.

Un tercer eje que se inicia, aproximadamente, en la misma década citada, desarrolla especial interés en el análisis del proceso de llegar al ejercicio del poder. Este enfoque abarca diversas temáticas que incluyen el examen de los criterios y mecanismos de selección de candidaturas, los canales y prácticas que permiten llegar al poder y los obstáculos que enfrentan las mujeres para llegar a la toma de decisiones en las diversas esferas de desempeño público y privado.

Un cuarto tipo de intereses en el tema se ha concentrado en el fenómeno del liderazgo propiamente dicho. Este es un enfoque más reciente y abarca el análisis de hechos tan diversos como: las actitudes y conductas de las mujeres sobre el liderazgo, las condiciones que se exigen a las mujeres para ocupar posiciones de liderazgos en partidos políticos, empresas, sindicatos, etc., los mecanismos de sucesión en el liderazgo de hombres y mujeres, los modelos de liderazgo, los liderazgos compartidos y la capacitación que requieren las mujeres para el ejercicio del liderazgo.

Finalmente, está el enfoque que apunta al análisis de la relación Mujeres-Estado, que abarca amplias temáticas como las de: Reforma del Estado, Políticas Públicas, Derechos Humanos y Derechos Políticos, Legislaciones Igualitaristas, Ciudadanía y temas conexos.

No podemos entrar en los temas de reclutamiento, promoción, cooptación o subculturas dentro de los partidos políticos. En la actualidad la gran mayoría de los partidos se declaran partidarios de la presencia y participación de las mujeres, por motivos electorales, por compromiso o convicción, ideológicos, por reivindicación de las propias mujeres fundamentalmente. Los partidos considerados de izquierdas presentan más candidatas y se muestran partidarios de medidas de acción positivas, como las cuotas, o el establecimiento de unas nuevas reglas del juego como la democracia paritaria, sin duda el mensaje se ha ido universalizando y se ha producido el efecto contagio. La amenaza mas importante sin embargo aunque aumenta el interés institucional es la resistencia de los hombres a aceptar liderazgo de las mujeres, por temor a sentirse desplazados o simplemente porque supone más competencia, incluso por el manejo de los hombres para sus propios intereses de las posiciones de poder de las mujeres.

En cuanto a la percepción de los ciudadanos, en algunos trabajos recientes se sostiene que en USA hay una idea generalizada de que las mujeres son mas compasivas y cooperativas, son vistas como “outsiders” y esto se considera una ventaja porque se espera que “limpien” la política tradicional. También se opina que son más sensibles y amables, que buscan más la cooperación que el conflicto, más colaboración que jerarquía, más honestidad que sordidez.

En principio, no se debería evaluar en función de expectativas diferentes a mujeres y hombres, porque el género no es el único factor que influye en las mujeres políticas, ideología, partido político, procedencias y lealtades diversas. Además del derecho a la maldad, como diría Amelia Valcárcel, cuyas reflexiones sobre el poder, así como las de la profesora Amorós, son importantes.

Sin embargo  en cuanto al estilo de liderazgo, sabido es que  cualidades admiradas en los hombres, como la fuerza y determinación cuando se refieren a las mujeres se califican de rigidez y falta de sensibilidad. Las mujeres, se ha afirmado, viven la experiencia de liderazgo con una enorme contradicción. Han ganado respeto, han ganado prestigio, pero de alguna manera se han sentido lesionadas, sufren una especie de reprimenda oculta, con un cierto sentido de la culpabilidad. En ello tienen que ver los temores inculcados, las limitaciones transmitidas a través de los siglos, ya que el poder patriarcal precisaba de la subordinación de las mujeres, (aparte de la trasgresión que ha supuesto no cumplir con nuestro destino de madresposa, cuando se habla de falta de ambición se relaciona, a parte de las referencias psicoanalíticas, relación con la madre). Se nos negó la palabra, hablar en público ha sido durante muchos años una actividad masculina, y por ejemplo, las primeras sufragistas escandalizaban a la sociedad  por manifestar su opinión públicamente. Temor a ser juzgadas, ser criticadas, no ser apreciadas, temor a la reacción agonista. Cuestiones que se relacionan con la agresividad y la violencia, en suma,  lo cual no supone que no seamos capaces de luchar por unos ideales, por unas convicciones. Frecuentemente, como se reflejaba en un estudio, dirigido por Evangelina García, las mujeres que participaron en el mismo identificaban como características mas cercanas a lo masculino la fuerza, la firmeza o la determinación, la visión y la claridad de objetivos, la seguridad personal, la elevada autoestima. Sin embargo pensaban que las características femeninas que las pueden apoyar en el liderazgo son la sensibilidad, la tolerancia, la flexibilidad, la disposición a buscar consenso, a negociar soluciones, la intuición, la empatía. Esto, dice la autora citada, corresponde a los estereotipos dominantes en la sociedad pero eso no significa que no funcione en la individualidad y en los grupos. También dentro de esta reflexión se incluyen como fortalezas reconocidas la transparencia, intuición, habilidad para manejarse en situaciones críticas, y establecimiento de relaciones interpersonales, entrega. Mientras que se identifican como debilidades la baja autoestima, falta de confianza, inseguridad, limitadas por relaciones obligaciones familiares, no asumir riesgos, demasiado emocionales, tendencia a autoexcluirse, no inclinadas a competir. Ello supone compartir una gama infinita de  formas de estar en el mundo, una fenomenología, nunca una esencia, ya que compartimos una posición genérica y una voluntad de abolir sus aspectos degradantes y para ello la formación del nosotras es imprescindible.

Como señalaba Elizabeth Guigou, son llamadas en tiempos difíciles, no aspiran al poder por el poder sino para transformar la sociedad, por hacer algo útil, acompañado de un sentido de relatividad de las cosas y la necesidad de vivir con pasión, todo lo cual excluye el cinismo en la política. Dice H. Fisher, aunque restringe estas capacidades de las mujeres a la intervención en la sociedad civil, se caracterizan por la mejor utilización del tiempo, la interactividad, el pensamiento en red por ser menos competitivas, menos agresivas, tener menos ambición, ser menos cómodas con la jerarquía y la rigidez y estar más inclinadas a fomentar la participación. También sobre esta cuestión es interesante la obra “El siglo de las mujeres” de V. Camps y las ácidas y sabias reflexiones de Germaine Greer en “La mujer completa”.

En cualquier caso parece que hay un nuevo paradigma de liderazgo, que debería reunir las habilidades positivas de ambos géneros, aquellas características que posibilitan el poder compartido que es el poder del liderazgo transformacional, flexible, negociador, dador, relevador .Frente al autoritarismo, Evangelina García Prince postula la creación de modelos flexibles, abiertos y plurales donde aparezcan las diversidad de necesidades que los seres humanos requieren para su desarrollo integral. Ante las nuevas situaciones debe haber nuevas perspectivas de análisis que desde la globalidad puedan articular proyectos y experiencias parciales y globales. Vivimos en un momento caracterizado por la complejidad, se produce el transito de doctrinas seguras a doctrinas inciertas, y hay una creciente valoración de la conciencia intuitiva, precisaremos un liderazgo, una nueva capacidad estratégica que tenemos que aprender. Negociador, mediador, eficiente en el manejo de la crisis y la incertidumbre, que releve la dimensión humana que pueda dar respuesta a la turbulencia actual; un liderazgo con capacidad para fomentar y construir coaliciones, redes , equipos.

Las mujeres, dice la psicoanalista Baker-Miller, necesitan el poder para avanzar en su propio desarrollo, pero no para limitar el desarrollo de los demás. No obstante, puesto que parten de una posición de demandadas, necesitan una base de poder desde la que dar el primer paso, para desde este ir a mas poder todavía: el de hacer posible un desarrollo pleno.

El patriarcado perjudica a hombres y mujeres, perjudica la convivencia y el entendimiento y por ello la deconstrucción del patriarcado se hace imprescindible para la consecución de valores como la autonomía, la libertad, la igualdad y la interdependencia. Se afirma también que cuando las mujeres comparten responsabilidades públicas, los hombres se liberan de los roles de opresión y de los estereotipos que limitan   el desarrollo personal, pierden privilegios pero también cargas tradicionales, descubren satisfacciones emocionales. Supone un cambio de conciencia y el conocimiento de que el orden social existente es injusto y no natural Pero… ¿ como convencerles ?

En política hoy las capacidades de las mujeres son centrales y necesarias y no superfluas y añadidas. La mera presencia, el aumento cuantitativo no  determina automáticamente ninguna modificación real en los modos de hacer política. No se trata solo de resolver una discriminación. Tenemos capacidad para pensar el mundo no solo en función de lo que necesitan las mujeres sino lo que necesita la sociedad. Satisfacer las necesidades vitales, redistribuir, cooperar y eliminar violencias y discriminaciones pero desde nuestro compromiso, desde nuestros sueños y proyectos diversos y compartidos.

La política de las mujeres esta orientada a conseguir un aumento de fuerza, redes contractuales de acreedoras deudoras entre las mujeres creando sociedad, propiciando la autoridad , piedad, libertad, como dice A. Bochetti. Aproximar la política a la vida, repensar la democracia  más fácil para una mujer porque conoce la fuerza de la exclusión, recuperar la política  que también se puede identificar con el amor y cuidado del bien común y arte de estar juntos, en palabras de S. Weil.

¿Qué hacer? Unidas por los saberes podemos utilizar y fomentar las redes, la osadía, ni pedir perdón, ni pedir permiso, sustituir el sistema de la culpa por la responsabilidad. Tender puentes, no despreciar ningún instrumento que haga posible la construcción de la subjetividad para las mujeres. Investigación, difusión, rebeldía, insumisión, trasgresión, políticas diferentes, reconociendo la importancia de la gran masa de acciones de mujeres anónimas que van cambiando la sociedad. Sin eludir nuestra responsabilidad por reproducir o colaborar en el mantenimiento del sistema a través de la educación y la transmisión de valores y roles. Concediendo autoridad a las mujeres, incorporando el cuidado y fomentando los pactos, en la triple dimensión propiciada por Simón, intrapsíquico, intragenérico, intergenérico. Ser solidarias, practicar la sororidad, cambiar la cultura, los valores y educar con una visión de futuro, como también propone M. Subirats. También es el tiempo de la indignación, como diría Germaine Greer.

Partiendo, por supuesto de la aspiración a la democracia paritaria y a la equidad el respeto a la diversidad y el cumplimiento de los derechos humanos y de los derechos de las mujeres incluidos en los mismos. Fomentando la equidad frente al privilegio, el bienestar y la vida buena en una dimensión personal y colectiva.

No tenemos porque renunciar ni autoexcluirnos, hay muchos caminos, desde las acciones individuales transgresoras rebeldes, hasta la creación de una masa critica, conciencia, autoridad. Como plantea Dolores Juliano precisamos luchar contra nuestros prejuicios, desarrollar estrategias de supervivencia y autoafirmación, concretamente nos propone dos grupos de estrategias reivindicativas de genero, implícitas y explícitas, no solo no tiene  que verse como incompatibles, sino que a través de su diversidad pueden complementar y dinamizar el largo camino de las mujeres hacia su reconocimiento social. Luchar contra nuestros propios prejuicios implica también reconocer y aceptar las aportaciones que a las luchas de genero han hecho y continúan haciendo, las mujeres de la mayor parte de la humanidad. Es bueno recurrir a la experiencia de un grupo humano como el de las mujeres, que ha ido desarrollando modelos de convivencia con la diversidad.

Como dice A. Valcárcel,  el feminismo es un movimiento difuso, de arco social y temporal amplio, es una ideología, una tradición política. No es solo una teoría, es un movimiento en el que se integran una masa de acciones que crece cada vez que una mujer se ha opuesto a una pauta jerárquica heredada o ha aumentado sus expectativas de libertad en contra de la costumbre común. Queda pendiente una agenda de mínimos consensuados, que evite perdidas, refuerce el asentamiento de los logros, impedir los retrocesos y cumplir los acuerdos, iluminación de los mecanismos sexistas de la sociedad civil, el mercado y la política.

Todo ello supondrá la transformación de la política y de las relaciones de poder. Una mayor democratización en las instituciones, incluidos los partidos políticos. Implica también poner en la agenda política las cuestiones relacionadas con el cuidado; poner en valor los esfuerzos realizados por las mujeres en el ámbito domestico, visualizar los problemas que las mujeres  resuelven a la sociedad.

Desafortunadamente el progreso, la globalización no ha comportado una disminución de las profundas desigualdades en la tierra, más bien viene produciéndose  el fenómeno  contrario, y las mujeres siguen siendo las más perjudicadas. La pobreza, la precariedad laboral  condicionan  la autonomía personal y por tanto la libertad, principio a cuya realización seguimos aspirando y que tiene pocas posibilidades de ejercitarse, sin unas condiciones  mínimas. En definitiva, nos planteamos la equidad como principio y aspiración, y consideramos que al hablar de ciudadanía tenemos que hablar  de poder, responsabilidad, autonomía y dignidad, equivalencia, diversidad. Términos que cobran  nueva fuerza y significación.

Quizás una de las ventajas de la globalización sea  la posibilidad de estableces redes, alianzas solidarias  entre mujeres, difusión de los saberes y movilizaciones internacionales, para exigir el cumplimiento de compromisos internacionales y la difusión de interesantes e imaginativas propuestas ante la nueva sociedad de la información.

Al final se cierra el círculo. Para la construcción de una ciudad para la vida se precisa la perspectiva de genero, la mirada de las mujeres, para ello es necesario que las mujeres participen en la toma de decisiones, que accedan al poder  y configuren, una ciudadanía mas plena y mas real.

Se trata de hacer del siglo XXI el tiempo propicio a la democracia vital y al desarrollo humano entre mujeres y hombres como prioritarios referentes reales en el mundo.

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