Intervención realizada por Wassyla Tamzali en XX Feminario: “Los derechos de las mujeres son derechos  humanos”. 13 y 14 noviembre de 2009. Córdoba. Organizado por la Plataforma andaluza de apoyo al Lobby de mujeres.

Este texto, cuyas cuestiones de fondo se presentaron en Córdoba, se redactó a raíz del debate suscitado en Francia en torno al burka o, más concretamente, al velo integral. Esta controversia junto con la del velo en los colegios, no sólo forma parte de la realidad político y cultural francesa sino que plantea la cuestión del Islam en Europa, y por ende de interés para España, Italia o Bélgica, al igual que para la lucha de las mujeres del sur del Mediterráneo. En torno a esto, y como feminista argelina, que reside con frecuencia en Europa, considero oportuno definir mi posición y la de mis amigas feministas para reforzar los lazos de solidaridad entre las feministas de las dos orillas del Mediterráneo.

El bando del liberalismo moral

Estimo que han sido pocos o ninguno los juicios morales formulados acerca del alboroto que ha ocasionado el uso del velo integral en Europa, excepto las palabras fuertes, claras y compasivas de Elisabeth Badinter al dirigirse con obstinación hacia”sus hermanas”. Una voz rara en el debate francés.

Soy consciente de que esto ya no está en boga e incluso me atrevería a afirmar que hemos entrado al respecto, en la era de la suspicacia. Nuestras viejas costumbres se han reducido en futilidades libertarias de los 60 y nuestra adhesión al “todo está permitido” se resiste a las convocatorias más imperiosas. La negativa experiencia de las pertenencias ideológicas ya no dejará que nos embarquemos en las estúpidas cruzadas del bien contra el mal. Hasta el ala más radical de la izquierda, se apoya en la actualidad en el liberalismo moral. Una paradoja de la que intenta desprenderse haciendo mención a las discriminaciones hacia las poblaciones emigradas o francesas de origen musulmán y magrebí, al malestar para los trabajadores y a la malicia de la derecha: “con un paro galopante, una política gubernamental que recorta cada días más los derechos sociales y los comicios electorales regionales, el problema de 500 mujeres llevando el velo integral, sólo supone un paréntesis en el que no entraremos”, argumentan estos espíritus fuertes.

Algunos incluso llegan a blandir el terror de las revueltas, e imaginar los barrios con guerrillas callejeras, coches quemados y una juventud dispuesta a pelear para defender el uso del burka. Y de esta forma, – análisis inteligentes a partir de reflexiones objetivas, de medias verdades a medias mentiras, por delicadeza o por miedo, por solidaridad política o comunitaria, y con absoluto desconocimiento (entre 500 y 2000 mujeres, ¿cuál es la cifra verdadera?) ¿marginalidad o desarrollo? francesas convertidas, ¿origen magrebí garantizado? práctica musulmana, ¿sectaria?, ¿salafista? ¿Peligros físicos y psicológicos? ¿Proselitismo? ¿Impacto sobre los menores, sobre sus hijos y los de los otros, impacto sobre los futuros hombres? – Han tomado sus decisiones y no se decantarán por el bando anti burka.

De hecho, y por las mismas razones, los que se hallan en el bando anti-burka, son sospechosos de pactar con el enemigo, de llevar agua al molino de los racistas, de avalar las derivas derechistas del gobierno. Atajando vertiginosamente, se dice que tomar partido contra el burka es avalar a este gobierno en su búsqueda de una definición sobre la identidad nacional. Los viejos soñadores idealistas nos vemos ahora estigmatizados y señalados como traidores de ideales de izquierda para unos, de la solidaridad comunitaria para otros, y acumulamos ambas traiciones sólo para unos pocos. Hay que decir que el bando del rechazo tiene sobre todo mala fama.

Confieso que, cuando oigo hablar de los propósitos de los representantes de la extrema derecha, o de la derecha simplemente, e incluso de algunas feministas e intelectuales (en Francia y en el resto de Europa), expresar sin ningún reparo, en los blogs o en periódicos de la red, su odio contra los árabes y el Islam (al cual vinculan prácticas sectarias), entiendo ahora las ganas de ponerse el burka. Pero así es…

Historia del “des-velo” de las mujeres

Compartiría las delicadezas, las estrategias florentinas de unos y de otros, las sabias explicaciones de algunas feministas, de algunos intelectuales de izquierda, de políticos, de líderes de opiniones, si tuviese la misma historia que ellos. Pero mi historia es la larga historia de las mujeres con velo. Por muy dulce y femenina que fuera la práctica de mi islam familiar, esta historia reaparece, y despierta en mí una rebelión nacida de la memoria de todas estas mujeres, mayores y jóvenes, de todas estas muchachas cubiertas hasta el corazón de las sociedades más brillantes, ciudadanas ricas o pobres, que tienen en común con la campesina, la esclava y la cortesana, el dogma del velo. Reaparece este recuerdo en mi piel al ver un velo, por muy ínfimo que sea. Y  es el miedo el que se me representa. Un miedo que adivino en los ojos de aquellas que como yo han nacido sin él, pero algunas aún arrastran las historias del harén que acaban de dejar, diría yo, justo ayer. Nuestra historia, la de ellas y la mía, es la de la conquista de la calle, que desde la infancia hemos recorrido con el cuerpo liberado, con el pelo suelto bajo la mirada cómplice de nuestros abuelos vestidos en blanco. Nuestra historia es una historia sin velo.

Mi rechazo hacia el burka, insisto, es en primer lugar epidérmico; es una revolución de los sentidos. Una revolución nutrida hasta hoy, por el remoto recuerdo de todas aquellas que se quedaron al otro lado de la libertad, del ir y venir, del deambular con los cabellos al viento, de sentir sobre sí las miradas admiradoras y seductoras de los chicos, de ir a bailar, de ir a la playa para liberar su cuerpo al sol, y dejarse acariciar por el sabor salado de las olas.

Una revolución de adolescente, tangible hoy en día, que permanece aún viva gracias al recuerdo de esta prima que fue apartada de la escuela a los 15 años y a la que se le cubrió con un velo desde entonces, gracias a esta otra que descubrí tan guapa y tan frágil bajo su velo en una reunión familiar, y gracias a todas aquellas que no he podido conocer. Y también gracias a mis compañeras de clase que habían desaparecido al pasar a sexto. Aquellas que se quedaban en sus casas, ya no saldrían nunca más sin velo.

Desde entonces aprendí a ser diferente y solitaria, sobre todo con aquello que no había aprendido. Mantenía estos recuerdos como una provisión para el largo y difícil camino hacia mi libertad como mujer. Vivo en la memoria colectiva de las mujeres de mi linaje, y de todas las mujeres de mi país, es decir, de todas aquellas que llevan velo. Hoy, en este momento particularmente difícil para la lucha de las mujeres de cultura musulmana, ante las revueltas contra el velo en la calle y en las universidades, ante la banalización de este encubrimiento de los cuerpos de las mujeres en Europa (y más aún, en los países donde el Islam es la religión impuesta), ante la reducción de sus funciones sexuales, vuelve a mí el dolor de todas aquellas que han pasado sus vidas, por consentimiento o a la fuerza, llevando el velo.

Esta historia del velo, que yo nunca he llevado, está inscrita en mi piel. La comparto con todas, con aquellas que lo llevan puesto, ya sea por decisión propia o a la fuerza, desde Irán a Afganistán, pasando por Argel. Y también con aquellas que vuelven a llevarlo dignamente o con insolencia, desde Bruselas a Estambul, de Saint-Denis a Túnez.

Por estos sentimientos que comparto, es por lo que me dirijo a ellas para decirles que sucumben a una vuelta a nuestra historia deformada; una historia aplastada y callada, transportada en el fardo de la miseria, por padres apiñados en los barcos del exilio, que partieron para reconstruir Francia y que han mantenido su secreto en los hogares de vendedores de sueños. El silencio de estos padres no había hecho más que empezar. Pero hoy vuelve a renacer esta historia callada y deformada en estas jóvenes francesas que llevan velo o se someten a otras tantas tradiciones, bajo una mirada condescendiente de los pequeños jefes de sus comunidades, y alentadas por sus representantes.

Me gustaría transmitir a estas muchachas la historia de las mujeres de sus países. Ya que es a partir de esta historia, que también es la de ellas, por la que me opongo con  un no rotundo al burka y a todo lo que intente devolver a las mujeres a este estado de dominación del que hemos escapado. Algunas escaparon en los años 30 (nuestras madres, nuestras tías). Después nosotras, que éramos cada vez más numerosas, inducidas por un proyecto de <<modernización>> de toda una familia, o por el amor de un padre rebelde en contra de los dictámenes de los ancianos, y por último, por la independencia de nuestro país. Vinieran de las montañas, de las praderas o de las ciudades, las niñas argelinas han ido siempre a la escuela con la cabeza descubierta desde los años 60. Todas, a pesar de que algunas de sus madres llevasen velo.

Es aquí dónde hoy en día, reside mi rechazo hacia el burka y hacia todo lo que trate de devolvernos al estado de dominación del que hemos escapado gracias a las mujeres que nos han precedido abandonando sus tradiciones, y que muchas han pagado caro.

Las historias sobre liberaciones no han sido fáciles, y la salida de la cultura del harén no ha sido siempre “coser y cantar”. En su nombre digo ahora y siempre no a la vuelta de la cultura del harén. El rechazo violento y no negociable que siento me lo enseñó una mujer de Argel. Vivía yo en Paris satisfecha con mi vida cosmopolita privilegiada. Había dejado Argelia y “su historia”, pensaba yo, que con 40 años me había ido a vivir fuera. Los discursos perniciosos sobre mi diferencia, el rechazo de algunos por simbolizar una burguesía ilustrada, habían empezado a hacer mella: no me sentía con derecho de imponer a las mujeres argelinas las ideas que defendía para mí misma, esto es, igualdad y libertad.

Fue en un meeting en 1989, en Argel en el salón del Ayuntamiento. No estoy muy segura de la fecha, pero no olvidaré la presencia masiva de mujeres que vinieron a manifestar su cólera ante el levantamiento islamista y los crímenes contra las mujeres. Entre el público, una mujer del pueblo, arengaba en contra de una mujer con velo, << ¡mi hija no volverá a llevar el velo, nunca! ¡He luchado para que se lo quite!>> Tengo que seguir dándole las gracias a esta mujer anónima, por esta lección política magistral que me ayudó a reforzar la idea de que la libertad y la igualdad estaba en el corazón de todas las mujeres y todos los hombres cualquiera que fuese su cultura. El feminismo no era en este caso, una postura de intelectualidad privilegiada. Esta mujer de la kasbah y yo, compartimos los mismos ideales sobre igualdad para las mujeres.

El estrecho camino entre el liberalismo y el racismo.

Por estas razones, y por mala que sea la fama que tiene el bando del rechazo, éste sigue siendo mi bando. No es la primera vez que me encuentro en una situación de promiscuidad peligrosa, y tampoco es la primera vez que me veo obligada a tener que enfrentarme ante dos frentes a la vez.

En la mi lucha contra la prostitución ya me enfrenté a esta situación. Los partidarios del orden moral sexual querían vincularme a sus ideales, y confundían mi rechazo en nombre de la ética con su rechazo en nombre de la moral patriarcal, base de esta esclavización moderna. Mis amistades abolicionistas y yo propulsamos una lucha que empezó en el siglo XIX, basada en la abolición de cualquier estigmatización de víctimas de la trata de seres humanos. Combatimos, por decirlo  de una forma más contemporánea, por una libertad sexual sin coacción, y particularmente por las mujeres para las que la dominación sexual es una mancha en su historia. Los partidarios del orden moral preconizaban una restauración  del concepto de familia, cuna del patriarcado, y acusaban al divorcio, al amor libre y a la homosexualidad como causantes de la prostitución, y del sida, añadían. Y además, había que defenderse de los liberales que se autoproclamaban herederos de la revolución sexual, reclamando la libertad de las prostitutas a usar sus cuerpos como quieran. Les resultaba fácil jugar a la confusión en contra nuestra y de acusar nuestra lucha de liberticida y reaccionaria.

También en esta ocasión tenemos que luchar contra dos frentes: contra el bando xenófobo que hace del burka y del velo la miel de su discurso, y contra el bando del liberalismo moral.

Tenemos que enfrentarnos a los que defienden la libertad de ponerse el velo y el burka. Estos son los “defensores de occidente” para quienes la condición de la mujer en el mundo musulmán/oriental es una prueba de la barbarie secular de este pueblo y de los cuales hay que defenderse. En consecuencia, el burka  se convierte en la oportunidad para los de extrema derecha de alimentar estos fantasmas.

Por otro lado, en el bando de los liberales, más que una defensa de libertades, se trasluce su incapacidad para pensar en los derechos de las mujeres y de las personas,  más allá de sus fronteras, ya que de puertas para adentro se trata de aplicar estas libertades a la población de origen extranjero que reside en Francia.

Entre tanta promiscuidad peligrosa es difícil hacerse oír con exactitud. Es en este camino estrecho entre el liberalismo y la xenofobia dónde hay que debatirse, pero nosotras y nosotros, los de cultura musulmana, nos vemos privados de participar en este debate.

Psicoanálisis del Burka

Este es un debate que me abruma, me ahoga. Mi primera reacción es la de preguntarme por qué se me interroga a mí, precisamente, sobre esta aberración de la conducta humana, como es el hecho de llevar, hoy en día, un velo integral en Europa. Es un comportamiento patológico que debe ser analizado desde un punto de vista psicológico individual. No puede ilustrar una civilización, una cultura, una religión, musulmana o no, o un grupo social cualquiera. Si escuchásemos lo que nos revela nuestro inconsciente, el burka correspondería a un miedo a la castración. Significa, esconder el sexo de las mujeres y todo lo que tenga relación al respecto. Es este miedo bien conocido y transmitido a través del tiempo y de las civilizaciones de la castración, en las que nosotras las mujeres, seríamos la causa. Es lo que explicaría nuestro rechazo violento, según Jacques-Allain Miller, (¿rechazo hacia las mujeres o hacia los hombres?) El burka es, “más allá de protegerse del deseo del hombre, sería matarlo simbólicamente, sería encarnar su castración” concluye el psicoanalista en el periódico Le Point.

Como profana que soy, comparto más los argumentos de Catherine Breton, doctora y psicoanalista, que trabajó durante veinte años en una consulta anónima de diagnóstico del sida. Cuando se le pregunta por qué las mujeres llevan el velo integral y qué es lo que les conduce a tal acto, ella responde: “En primer lugar, es el miedo a la rivalidad masculina y al deseo femenino”. Recuerda, y con razón, que es este mismo miedo el origen de la ablación del clítoris que afecta a 172 millones de mujeres jóvenes. En cuanto a la castración, añade que, el velo integral encarna la no simbolización de la castración para los hombres. Los niños cuando descubren la diferencial sexual en el sexo de las niñas, quedan fascinados por la diferencia (entendiendo que el deseo es deseo de deseo representado por la diferencia) o impresionados por el miedo a ser castrados (como las niñas). Esto es lo que resulta del hecho de ponerles velo a las mujeres, sea integral o no, apunta Catherine Breton, es una castración imaginaria masculina y por lo tanto alienante, <<el velo los traslada (a los hombres) a un estado de infancia, despojados de toda simbolización; su violencia queda, en consecuencia, liberada>>.

El burka no es, por tanto, solamente musulmán, así lo prueban los hechos. Esta aberración de llevar el velo integral, es también una práctica en mujeres de cultura judeo-cristiana, aunque no despreciable en las mismas proporciones.

La televisión retransmitió las declaraciones de una jóven convertida de origen caucasiano que decía << soy francesa, Francia es mi país, no lo dejaría>>, retomando las viejas acepciones del Larousse Universal que ojeaba cuando era niña y buscaba a qué origen pertenecía. Se oponía a su marido, convertido él también, y de origen caucasiano, que amenazaba con instalarse en Sudán o en Yemen, si se prohibía el uso del burka en Francia. Aprecié el gesto de buena intención de esta mujer, mientras esté en Francia podrá quitarse su mortaja, mientras que en otro lugar…

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