Hacia un pacto social por la paz y la democracia

Desde luego, la pregunta es indicativa de la antidemocracia en que vivimos.

Preguntar si debe ser una garantía de las mujeres la participación en todos los puestos de representación y responsabilidad en los organismos civiles y en el gobierno, significa que no hemos resuelto uno de los grandes problemas de la democracia moderna consistente en la democracia genérica. Inquirir sobre garantías de participación política femenina forma parte del mismo horizonte que abrió en el mundo la exigencia de garantizar el voto femenino y la elegibilidad de las mujeres. Más de un siglo ha transcurrido y no hemos concretado los mínimos derechos políticos reales de las mujeres.

Anteceden a la 6ª Pregunta otras cinco. En la primera de ellas están enumeradas 16 Demandas del pueblo de México. Para construir la respuesta a la consulta convocada por el EZLN, es importante reflexionar y hacer algunas consideraciones fundamentales.

Entre otras, están las complejas implicaciones que tendría enfrentar la solución y la satisfacción de esas 16 Demandas.

Sería un proceso complejo, difícil y largo satisfacer las 16 Demandas, aún con un nuevo pacto social que revirtiese la política nacional y tuviera en el centro de la democracia una reforma profunda del Estado que abarcase al gobierno, al sistema electoral y de partidos políticos, y a la organización de la sociedad civil. Y que, en relación entre Estado y sociedad, tuviera como eje central la realización de un gran programa nacional para el desarrollo sustentable, entre cuyas prioridades han de estar la erradicación de la pobreza y de las miserias vitales.

Aún con una nueva orientación en ese sentido, aún con las voluntades y las fuerzas dirigidas a conseguirlo, requeriríamos muchos, pero muchos años, para satisfacer las reivindicaciones vitales de las mexicanas y de los mexicanos.

Imaginemos también qué cambios implicará establecer políticas sociales y gubernamentales para acabar con la corrupción, por citar una de las 16 Demandas: tendríamos que generar un acceso verdadero a los servicios, a los recursos y a los espacios de gestión y tramitación. Necesitaríamos modificar la ideologización oportunista de convivencia social que tiene en la corrupción un eficaz mecanismo de mediatización y control políticos, y tendríamos que convertir en sentido común una ética con base en la cual cada quien fuera corresponsable no sólo del funcionamiento de sus espacios, sino de sus actitudes, de sus comportamientos y de las relaciones respetuosas en la convivencia.

Si de construir la paz se trata, es impostergable demostrar la guerra, dar fin a la militarización de grandes regiones del país, y cesar los conflictos armados reconocidos como tales y también los no reconocidos. Precisamos pactos suficientes para inhabilitar la guerra, y no llamados a rendiciones arrancadas a quienes se ha acorralado contra la selva.

Pero sólo demandar a todas las fuerzas involucradas que solucionen los conflictos violentos, militares y guerreros, es insuficiente para lograr la paz.

Nosotros, formados en la beligerancia, necesitamos una cultura pacifista, ser cada quien pacifista, y serlo real y prácticamente. Hace falta que entre nosotros este siempre una ética que privilegie la construcción de la paz para evitar más daño. Por eso es básico deslindar nuestra adhesión a las causas.

Lograr la paz es una necesidad social que pide un esfuerzo evidente, no sólo discursivo, de todas las personas y las instituciones. La paz debe dejar de verse como una aspiración utópica, idealizada y lejana, y ser concebida por cada quien como una necesidad vital y un requisito para la democracia. La paz será creación colectiva o no será.

La paz sólo puede resultar de un gran encuentro. El inventario de las fuerzas involucradas en la reforma democrática ha de abarcar el más amplio caleidoscopio de opciones. Nadie puede quedar excluido de él. Por ahora carecemos de una cultura inclusiva basada en la tolerancia: por doquier se rechaza o se expulsa a quienes piensan o rezan de manera diferente, y aún quienes luchan por ser tomados en cuenta aislan, acusan de traición, atacan y violentan a otros. Ni siquiera hay condiciones para que participen en la reforma política los partidos políticos reconocidos, algunos de ellos, por cierto, inmersos en violencias inauditas. Pero aún somos incapaces de reconocer que las evidencias de esta problemática comparten entre ellas un mismo eje cultural: la intolerancia.

La discusión de la reforma se hace en un espacio distinto al del diálogo de San Andrés Sakamch’én de los Pobres, y ambos son a la vez diferentes de los espacios de negociación barzonista; además, los sindicalistas enfrentan por su cuenta negociaciones en espacios distantes al resto y al de las delegaciones que irán a la Conferencia Mundial de las Mujeres en Beijing. Y en este laberinto de distanciamientos, intolerancias, rechazos y exclusiones en que predomina la segregación, cada perseverancia política queda aislada y descontextualizada: cada quien se desentiende de los esfuerzos y los motivos de los demás, e incluso hay quienes los combaten.

La enajenación hace ver al alzamiento zapatista y al EZLN como excepcionales porque están en armas, y por ello se les circunscribe y aísla. No sólo están cercados y sitiados por el ejército; las armas median la imposibilidad de la inclusión del zapatismo en los espacios institucionales de acción política.

Las agrupaciones ciudadanas y los partidos políticos execrados, los deudores amenazados, los trabajadores despedidos y encarcelados, las mujeres que vamos en pos de los mínimos derechos, compartimos con el EZLN la exclusión.

¿Podríamos coaligarnos para avanzar hacia la paz democrática? ¿Podríamos lograr la mutua inclusión en un pacto nacional por la paz y la democracia, en el que cada quien encuentre espacio y respeto a su propia especificidad?

El pacto social así concebido, inédito hasta hoy, sólo podrá establecerse si, además de 16 Demandas o sin cuenta de ellas listadas e inconexas, formulamos alternativas, propuestas, opciones y planes locales, regionales y nacionales. Si vislumbramos el camino desde esta perspectiva habremos virado mucho más y será evidente que ya no es hora de seguir demandando. No podemos actuar con la mentalidad y la posición política de solicitantes eternos, de peticionarios de toda la vida. Necesitamos mutar nuestra identidad política de demandantes a sujetos de la historia.

Si seguimos pensándonos como oposición, persistiremos en actuar de manera confrontativa o peticionaria. Para ser sujetos políticos requerimos concebirnos como partícipes positivos, como integrantes de nuestro mundo, como pactantes.

La cultura de la oposición ha generado mentalidades sectarias, intolerantes y violentas. Necesitamos una cultura propositiva. Es preciso dejar de autodefinirnos en negativo y de convocar para ir en contra, porque de hecho nos congregamos para vivir a favor de la satisfacción de reivindicaciones vitales.

No estamos en condiciones de pedir a ningún poder supremo que resuelva, dé cause o agilice la solución de demandas. Por el contrario, la satisfacción de las necesidades vitales de la sociedad mexicana requiere alternativas abarcadoras que conecten lo que es un listado inconexo en la formulación de una nueva propuesta y en el compromiso imprescindible para que esa propuesta sea realizable.

(Continúa en pdf)

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