LA IDEA DE IGUALDAD
por Celia Amoros

El feminismo, hoy en día como siempre, trata de dar su expresión teórica a un proceso de cambio social que tiene implicaciones en todos los niveles de la existencia humana: en el nivel económico, en el político, en el orden cultural y en el de las organizaciones simbólicas. Es un proceso de cambio que tiene dimensiones antropológicas como lo ha visto Marvin Harris.1 Es asimismo una inflexión importante del propio proceso de hominización, como lo intuyera el socialista utópico Fourier, y no puede por ello dejar de ejercer su impacto en la filosofía. La filosofía y esta tarea, dadas las dimensiones de la globalización, le resulta cada vez más difícil trata de dar expresión teórica a ciertas formas que la conciencia de la especie humana va tomando de sí misma. Intenta, como lo quería Hegel, pensar su propio tiempo en conceptos, ser autoconciencia crítica de la cultura. Lo cual era bastante más sencillo cuando, como lo decía Jean-Paul Sartre, la especie humana era ese “club tan restringido”. Tan restringido que en él no se admitía a las mujeres, que eran elididas o conceptualmente despachadas creo que éste es el término exacto por medio de diversas variantes en que se pueda concebir “lo Otro” de lo humano, como lo explicó Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo. Continentes enteros como Africa, por ejemplo, quedaban para los grandes filósofos europeos, como Kant y Hegel, fuera de la historia del espíritu. Ahora, pese al etnocentrismo y al androcentrismo que siguen imperando, obviamente, no es posible pensar en estos términos provincianos.

El feminismo como proceso de emancipación de las mujeres y el proceso de descolonización tienen raíces comunes, justamente, en la Ilustración europea, que sentó las bases críticas para que tanto la sumisión de las mujeres como el subyugamiento y la explotación de continentes enteros fueran impugnadas e irracionadas. Yo hablo aquí, naturalmente, desde mi formación-deformación profesional, que es la historia de la filosofía y del pensamiento. Hay análisis muy solventes de los aspectos económicos y políticos que han contribuido decisivamente a generar estos cambios, pero mi cometido como historiadora de ideas es recordar que Olympe de Gouges, quien escribió la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana” en 1789, deploraba a la vez la situación de esclavitud a que se ven sometidos los “hombres” de color de nuestras islas. El abolicionismo en Estados Unidos y el movimiento sufragista surgieron íntimamente unidos. Es en exceso esquemático y por ello inexacto afirmar, como lo hacen algunas feministas postmodernas, que el movimiento feminista haya sido un movimiento de emancipación a la medida de la mujer blanca heterosexual de clase media. La historia del sufragismo es la historia de unas relaciones complejas entre mujeres de un amplio espectro social el caso de líderes como Susana Anthony lo atestigua aunque, por razones obvias, dieron la tónica las de origen burgués: eran las más cultas, las que sabían hablar en público, etc. Pero la gran asignatura pendiente para todas era la ciudadanía cuando la ciudadanía era ya, para la inmersa mayoría de los varones, algo conquistado y por donde no pasaba el eje de las vindicaciones. (Ni debía pasar para muchos por ser una mistificación burguesa: lo importante era la lucha de clases). Las mujeres parecemos estar condenadas a formular vindicaciones anacrónicas desde el punto de vista de los tempus históricos de la historia del patriarcado, que marca, por decirlo así, tempus canónicos. Pero no parece que sea posible ni deseable obviar el trámite de tales vindicaciones. Ahora ocurre algo en muchos aspectos similar: cuando empezamos a tomar posiciones de sujeto en muchos ámbitos de la vida social, cultural y política, se declara la muerte del sujeto.

Hay que recordar que el feminismo de los setenta, que tiene ya sus referentes clásicos como Sulamith Firestone, planteó las relaciones entre feminismo y racismo reléase “La dialéctica del sexo”. Y el debate sexo-contra-sexo o clase-contra-clase, en el ámbito del feminismo socialista que fue potente, dio juego hasta la saciedad. El feminismo debería recuperar su tradición y señas de identidad por más que los postmodernos desacrediten las “metanarrativas”: el problema de las mujeres ha sido siempre el de caer en la trampa de que nuestras luchas siempre parten de cero. No creo que se pueda recuperar lo que a lo largo de la historia algunas “pensadoras de la diferencia sexual” interpretan como las emergencias de una identidad femenina genuina y autoconstituyente. Tal identidad es un mito: todas las identidades son construidas y negociadas sobre todo las identidades dominadas en una tensión entre la “heterodesignación” de que las hacen objeto los dominadores y una autodesignación siempre vacilante y tentativa. No creo, pues, ni la Diferencia con mayúscula ni me parece conveniente la pulverización del sujeto del movimiento feminista siempre en precaria y problemática construcción, como todo sujeto colectivo en una hipertrofia de las diferencias entre las mujeres que acaba por olvidar que ocupan una posición común en ese entramado de pactos entre los varones, incluso entre dominantes y dominados, en que el patriarcado consiste.

Así pues, entiendo que el reto actual del feminismo es el reto de la globalización y que este reto solamente se puede afrontar tramando pactos entre mujeres cada vez más amplios y más sólidos. Estos pactos son sin duda tremendamente difíciles, pero se va haciendo la experiencia de ellos en los proyectos de cooperación donde se implican cada vez más las mujeres, tanto las occidentales como las del Tercer Mundo. El feminismo ha de poder asumir el reto de la multiculturalidad orientándola en el sentido de una interculturalidad porque las mujeres, por encima de diferencias que nadie minimiza, han sufrido en común la dominación, y la subcultura femenina que esta dominación ha generado en todas partes y que reviste diferentes formas, tiene, con todo, claves comunes. Debemos defender, pues en el espíritu de la Conferencia de Pekín (1995), el programa del cumplimiento y la profundización de los derechos humanos que, por más que nacieran en Occidente, transcienden a Occidente y pueden hacer de Occidente objeto de interpelación, ponerlo sub judice La idea de igualdad, idea de estirpe ilustrada, desacreditada hoy en día con la mala fe de quienes pretenden que ignora las diferencias cuando, justamente, es el único criterio para distinguir entre las deseables y las indeseables ha de ser la idea reguladora irrenunciable en la lucha contra la feminización de la pobreza. En suma: no creo en el mensaje de quienes nos vienen con la presunta buena nueva de que estamos “Más allá del emancipacionismo” y de que debemos instalarnos en un presuntamente nuevo paradigma que no hace sino restaurar en nuevas claves una dominación ancestral. En mi libro “Tiempo de feminismo” he tratado de profundizar en el sentido de mis propuestas.

*Celia Amorós. Filósofa y catedrática de filosofía, Universidad Complutense, Madrid, Fundadora del Seminario Permanente &laqno;Feminismo e ilustración». Autora de &laqno;Hacia una crítica de la razón patriarcal» (Antrophos, 1989), &laqno;Soren Kirkegaard o la subjetividad del caballero» (Antrophos, 1987), &laqno;Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad» (Cátedra, 1997).
Notas:

(1) Marvin Harris, antropólogo norteamericano.

 Fuente: Fempress

pdf-icon