En la compleja sociedad actual, la modernidad se caracteriza, entre otras cosas, por la ampliación de derechos y la efectividad en su aplicación. La igualdad es un principio, un valor, un derecho que concierne a la esfera pública y a la privada, y por tanto, a la economía y a la empresa.  Constituye no solo un valor ético ineludible, sino también un valor económico que la empresa no puede ni debe descuidar. Favorece la eficiencia y la competitividad y es socialmente beneficiosa.

A pesar de los logros alcanzados sigue habiendo déficits de ciudadanía, discriminaciones directas e indirectas, horizontales y verticales, ausencias clamorosas de mujeres en los espacios donde se toman las decisiones. Es preciso organizar la sociedad de manera más equitativa, redistribuir el trabajo productivo y reproductivo, el tiempo, el cuidado, la cultura y el poder.

El Estado debe implementar políticas encaminadas a un mayor equilibrio y equidad en el reparto del tiempo entre mujeres y hombres, entre el tiempo dedicado al trabajo productivo y reproductivo. El alargamiento de las jornadas laborales y la cultura del “presentismo” son residuos del pasado y  resultan poco eficaces. La flexibilidad gestionada de manera adecuada puede favorecer la conciliación. En definitiva, se debe promover un nuevo modelo empresarial que tenga en cuenta a las personas trabajadoras en la distribución de los tiempos.

A quienes aspiramos a una sociedad compartida, a la corresponsabilidad, nos parecen necesarios los cambios estructurales, cambiar ciertas reglas de juego, romper círculos viciosos y establecer los virtuosos, establecer buenas prácticas y extender el buen gobierno. Y para ello, las acciones positivas son necesarias. En este sentido, las Leyes tienen un enorme potencial transformador.

Leyes como la Ley para la igualdad efectiva de mujeres y hombres son instrumentos necesarios para modernizar la sociedad, impulsar el cambio social, propiciar un nuevo contrato social y democratizar la vida privada. La igualdad no se puede quedar a las puertas de los hogares, ni de las empresas, ni de ningún espacio público o privado. Se trata de una Ley ambiciosa, transversal, integral que aborda la desigualdad desde todas las perspectivas, encaminada a favorecer la eficiencia y la competitividad como objetivo empresarial.   Afortunadamente, ya hay suficientes mujeres preparadas para acceder a puestos de responsabilidad de acuerdo con los principios de mérito y capacidad.

Relacionada con la igualdad y la justicia, la diversidad es enriquecedora, representa una oportunidad y no un problema. Mejora la eficacia, la productividad y la competitividad al incorporar criterios distintos. Eleva el índice de creatividad e innovación en las organizaciones. Es útil para atraer y retener talento. Si además consideramos que representamos más del 70 por cien de las decisiones de compra y consumo y más del 50 por cien de la propiedad de pequeñas y medianas empresas, convendremos que es justo e inteligente incorporar el talento y el entusiasmo de las mujeres.

La diversidad es, además, un imperativo para toda organización que quiera mantener un crecimiento sostenido en el nuevo orden socio-económico. Las empresas que desarrollen políticas de fomento de la diversidad y de no discriminación, transmitirán una imagen de excelencia a la sociedad y a sus clientes. Las buenas prácticas son reconocidas y premiadas a nivel nacional e internacional. La presencia de mujeres en los espacios de poder se empieza a considerar parámetro de buen gobierno. La creación, prevista en el artículo 50 de la Ley Orgánica de Igualdad, del distintivo empresarial en materia de igualdad, puede ser un buen instrumento en este sentido.

El compromiso con la igualdad, respetando la diversidad, es imprescindible para la calidad democrática, al igual que la convicción, la confianza y la sensibilización por parte de la sociedad. Hay que creérselo. Creer que incentivar la igualdad es elemento clave para el cambio social en justicia y libertad.

Históricamente, en épocas de crisis -como las dos Guerras Mundiales- las mujeres hemos sido llamadas a asumir el liderazgo y utilizar la imaginación para contribuir a superarlas. Parafraseando a las nuevas directivas de los dos grandes bancos de Islandia, esta vez, después de limpiar el desorden masculino, nos vamos a quedar. Antes sólo remábamos. Ahora, decidimos hacia donde lo hacemos.

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