Fuente: Congreso “Abordaje integral de la violencia de género”

Zamora 2, 3 y 4 de mayo de 2007

Comienzo por subrayar el título, violencia contra las mujeres, porque la expresión “de género”, aunque vigente, me parece poco adecuada. “Género” es una categoría analítica, no moral ni política. En todo el planeta tierra la gente sufre y realiza violencia una sobre otra. Las mujeres tienen el dudoso triunfo de soportar un índice muy elevado de violencia justo por una razón que no pueden cambiar: porque son mujeres. Ser mujer no es una identidad que se escoja o que se pueda levantar. Y ha implicado y desgraciadamente todavía implica una sobrenormativa que puede ser puesta en ejercicio y demandada por recursos violentos aceptados por el grupo de referencia. Expresiones como violencia de género, encubren más que aclaran de qué violencia se trata, o sea, de qué género es la violencia de género. El tema no puede ser más desagradable y habrá que tomarlo como es y como viene.

Género, como ya he dejado dicho, es una categoría analítica, sirve para entender situaciones y poder analizar, justamente, qué ocurre en las relaciones que existen entre varones y mujeres en las diferentes sociedades y culturas. Pero que una categoría analítica se transforme en una categoría política no es corriente, ni debe serlo. La categoría analítica sirve para hacer discurso y teoría y las categorías políticas sirven para ejercer una acción política consensuada. Con la categoría analítica género lo que se corresponden son las políticas feministas. Las democracias iniciaron, hace treinta años, y cada vez con mayor decisión, políticas feministas. Están muchas de ellas suficientemente probadas, por ejemplo en la educación, el acceso a los puestos de decisión, los derechos políticos, etc. El desafío de la violencia es antiguo como problema, pero nuevo como política ¿Con qué contamos para enfrentarnos a él?

Podemos intentar, mediante las acciones políticas y presupuestarias convenientes, minimizar su impacto. Esto es, tratar de evitar, prevenir o bajar el perfil de la violencia que las mujeres están amenazadas de sufrir en sociedades, incluso tan dulces como la nuestra. Subrayo esto porque no está bien dar la impresión de que los tiempos ahora son particularmente terribles.

Nuestra sociedad es mucho más dulce, mucho menos violenta que, cualquier sociedad que nos haya precedido y aclaro que lo es en el uso de violencia en las relaciones individuales; no así, por ejemplo, en la capacidad de ejercer violencia en situaciones bélicas, donde el siglo XX probablemente haya sido uno de los más violentos en cuanto a capacidad efectiva de destrucción y violencia. Empero, nuestras relaciones no cabe duda de que se han dulcificado. Se hace patente si simplemente comparamos nuestros tipos sociales con tipos todavía existentes, en los que la relación entre los sexos es mucho más violenta y la violencia es mejor admitida. Y donde, también, la manera en que los individuos pueden relacionarse, fuera de la estructura varón-mujer aprueba insumos de violencia más altos. Por comparación, nuestra sociedad es suave, pero aún así existe y asiste a violencia, en particular toca enfocar ahora la violencia contra las mujeres.

Y lleva a tener que glosar uno de los conceptos centrales del feminismo de los años setenta. Como bien sabemos, el feminismo es una tradición vinculada a los igualitarismos, y por tanto, a la democracia como posibilidad, que comienza a desarrollarse en la filosofía barroca cuando las nuevas categorías políticas, que van a acabar dando forma a nuestras sociedades políticas actuales, emergen, en el momento mismo de nacimiento de la Modernidad. En su primera etapa el feminismo es un discurso político y moral que utiliza una conceptología barroco-ilustrada, en su segunda etapa sufragista tiene otras metas y utiliza también una terminología y unas conceptualizaciones afines, liberales o socialistas, y en la tercera, que es en la que vivimos y que comienza en los alrededores del 68, la de la gran innovación valorativa que se produce en el 68, el feminismo diseña un concepto propio, que es el de patriarcado.

Llamamos patriarcado a un tipo de esquema de poder universal y ancestral en el cual las mujeres han estado y están, real y simbólicamente, bajo la autoridad masculina. Quizá debemos deshacernos de ciertos mitos intelectuales que se han depositado en nuestra cultura corriente: a propósito de la inversión del patriarcado, ha de decirse para el patriarcado no existe un homólogo que sea el matriarcado. El matriarcado no ha existido nunca, excepto en la imaginación de literatos y antropólogos del XIX; el patriarcado sí existe y ha existido.

Lo que importa para entender la violencia masculina es este colocar a las mujeres bajo el poder real y simbólico de los varones. Insisto en un poder que es tanto real como simbólico: hay un poder eficaz y efectivo, las mujeres están en manos de los varones, y toda una enorme capa de espesor simbólico que da legitimidad a esta manera de existencia de los sexos, las mujeres deben estar en manos de los varones. Todas las religiones y todos los discursos validantes han explicado esta misma verdad, que no sólo esto ocurre, sino que es bueno que ocurra. Puede haberlo hecho mediante el recurso a un mito origen – (que nos diga que las mujeres fueron entregadas a este poder viril porque no supieron hacer uso del poder que previamente tenían, por ejemplo, porque son las causantes del mal originario)- y así sucede en las Religiones del Libro, o pueden adoptar las formas de oración, consejo o ley.

En cualquier caso, lo que se pretende con todo ese monto simbólico es hacer aparecer al poder masculino como un poder justo, justo y legítimo. Es afirmar que es justo que los varones tengan en sus manos el destino de las mujeres, puesto que ellos son mejores que ellas. Y todas las sociedades humanas han creído esto. Lo han creído con mayor o menor fiereza. Pero no ha existido ninguna discrepancia en lo fundamental.

Sólo el pensamiento de la igualdad, y éste es muy tardío, del que a menudo hay que recordar que no lo traemos puesto de serie, hace imaginar que, después de todo, cada uno de los seres humanos pudiera tener sus propios índices de dignidad y que no fuera tan cierto que unos estuvieran entregados legítima y justamente en manos de otros. Pero, ¿podríamos asustarnos si sabemos que hasta 1965 y a catorce kilómetros de España la esclavitud fue legal? Hace cuarenta años se podían comprar y vender personas legalmente. Hasta hace un siglo nosotros mismos estuvimos implicados en el tráfico de seres humanos para ser vendidos. Debemos recordar siempre que hace muy poco que somos decentes, que lo tenemos todavía en trámite, que toda nuestra libertad es reciente, no intuitiva, y que ha costado. A menudo decimos que la democracia y nuestras formas de vida han de ser defendidas porque han costado mucho. Lo decimos sin reflexionarlo y se vuelve trivial; hay que decir no sólo han costado, sino a quiénes les costaron mucho: a las mejores de las personas, no a las peores. Las mejores de las personas, durante generaciones, se sacrificaron por estas cosas y las hicieron posibles. Ahora son de todas y todos.

Por supuesto que involuciones y vueltas atrás siempre caben. La democracia va aliada con modos de vida generalmente suaves y con un índice de riqueza bastante alto. Bien sabemos hasta qué punto una democracia que no cuente, por ejemplo, con unas buenas condiciones sociales de partida y de tranquilidad relativa de sistema social, con amplias clases medias, es inestable. O que muchas que en el planeta se producen y se llaman democracias son democracias sólo de nombre. Pero la democracia en este momento tiene una cosa a favor, tiene buen nombre, lo que favorece, y mucho, a las mujeres. Tiene buen nombre desde hace poco tiempo: Robert Dahl, uno de los buenos teóricos de la democracia, no se equivoca cuando afirma que la democracia ha adquirido buen nombre sólo después de la II Guerra Mundial y poco a poco. El término “democracia” antes de esta fecha cae mas bien dentro de la semántica de anarquía o desgobierno. El empleo negativo de la palabra democracia ha sido el corriente y en él si algo se califica de democracia, se quiere decir que no se sabe quién manda. Tal saber ha sido importantísimo, y en las relaciones de los sexos hemos heredado una estructura rígida en que hay que saber, precisamente, quién manda.

1.    Democracia e igualdad

La jerarquía sexual lleva fragilizándose los últimos tres siglos y, además, este es un fenómeno de alcance global. Pero es difícil, porque produce confusión, acostumbrarse a una nueva forma de vida en que no hay un claro principio jerárquico naturalizado, no hay quien mande. A mayor abundamiento, la democracia, por ella misma, tiende a extrapolarse a lugares para los que no ha sido, en principio, concebida. Fue pensada para el sistema público y político, pero en este momento es obvio que la democracia es sumamente invasiva en sus formas e invade incluso las formas familiares, que no son formas democráticas en origen ni han sido calculadas para ello. El matrimonio, por ejemplo, nunca ha sido una relación entre iguales. Ahora lo es y tal novedad produce sus efectos. Bien está que la gente se asuste de cómo son las antiguas fórmulas matrimoniales, de expresiones como “en tus manos la pongo” o “te la entrego”, pero es que así era. El matrimonio ha sido una relación entre desiguales. Ahora a la familia se extrapolan las categorías y procedimientos de la democracia hasta tal punto que algunas familias últimamente votan, votan cosas como qué hacer mañana o dónde ir de vacaciones. “A ver, a votos”. Y, entonces ¿quién manda? Aunque esos aparentes procedimientos sean bromas, son bromas que desvelan que el orden antiguo está roto, o al menos en trance avanzado de disolverse. Patriarcado o patriarcal en el antiguo orden, tomado por ejemplo en la definición figurada de nuestra Real Academia, tendrá al acepción de “poder sencillo y benévolo”. Así, en efecto connotaba: un poder patriarcal es un poder benévolo que se impone desde arriba y que se hace para el mayor bien de aquellos a los que se domina. Es la misma semántica por la cual nos referimos a Dios como Padre o Pastor de su pueblo, de nuevo un poder benévolo. Es la misma, al fin y al cabo, que aparece en la Ilíada cuando Agamenón, es llamado poiména laon, pastor de hombres. Pero todos esos poderes son la glorificación misma del poder masculino y suponen una estructura en la cual tanto varones como mujeres admiten algunas certezas elementales: que los varones tienen superior jerarquía que las mujeres, que los varones son mejores que las mujeres, que los varones son importantes y que ellos deciden qué es importante. Si lo importante es la fuerza, tendrán más. Si lo importante es su capacidad de programar, de imaginar, de adivinar, sabrán hacerlo mejor. Si lo importante es la danza o la caza, serán suyas. En fin, todo aquello que se considere bueno estará vinculado con lo que los varones saben hacer de un modo excelente. De tal manera, que la educación de los varones tenderá a hacer que en ellos crezca si no la virtud que se les supone, la expectativa de compartirla de una forma vicaria. O en otros términos, que ser varón ya asegura la posesión de todas las virtudes, puesto que las virtudes encarnan un tipo de excelencia que basta con que algunos la tengan y los otros la reconozcan.

2.    La fratría

La formación de este modo de instalarse en la realidad es bastante temprana. Es, como se va viendo, exigente, pero premia más que castiga, por lo cual es económica para quien la posee. Eleva una figura arquetípica en la que reconocerse y, aunque todos los demás sintieran que no están a la altura, esto no la desactivaría, sino que, muy al contrario, podría fortalecerla. La conciencia viril consiste en buena parte en un reconocimiento, siempre vicario, de una jefatura, que supone la detentación de la virilidad de un modo extraordinario y en la posesión de ese rango por participación. En los hechos es hacer constantes listas de importancia: quién es el más, en lo que sea, y cómo es para ocupar ese puesto. Cuando esta conciencia se solidifica se resuelve en que ellos-nosotros son temibles e imitables, ellas-vosotras deseables. Pero tal seguridad tiene una gestación previa. Existe una organización de aprendizaje de la importancia del propio grupo que en antropología se suele conocer con el nombre de fratrías. Los varones se inician en las fratrías muy pronto, incluso en el modo de la educación actual. Los estudios de pedagogía y masculinidad, muestran que aunque ahora en los sistemas coeducativos corrientes, niñas y niños están al par, hay un momento en que los grupos se separan, como si se hubiera mezclado y aceite. En verdad lo que ocurre es que a los seis, siete u ocho años, un grupo se separa, y ese es el grupo viril, no es el grupo femenino. Comienzan a estar juntos y a ocupar juntos el espacio. Comienzan a aprender unos de otros unas reglas diferentes de las reglas comunes y explícitas.

Además, y también inmediatamente, el grupo viril empieza a educir un discurso sobre por qué ha tenido que realizar esa separación. Suele ser un discurso misógino, asertivo, cerrado. A renglón seguido, la fratría, según su tamaño, reparte entre sus miembros la tarea de representar todas las caras posibles de la virilidad en la que van a ejercitarse. Comienzan, y esto es muy notable, a reconocer diferentes tipos de virilidad. Se reparten los papeles, pero los aceptan todos. En las condiciones demográficas europeas la fratría está ahora algo debilitada, pero en sistemas mayores las fratrías pueden llegar a ser amplias, si bien nunca extraordinariamente amplias. Cabe pues desdoblar roles, y así atribuir a algunos la fuerza, a otros la capacidad de decidir, a otros la inteligencia e incluso a otros la ironía, esto es, la capacidad de salir de las situaciones mediante fintas verbales o intelectuales. En todo caso, la fratría es un grupo viril, en formación, para el cual la violencia siempre es importante. La cobardía es complicada de asumir.

La fratría no teme la utilización de la fuerza, sino que esto sigue formando parte de la educación masculina informal. La violencia siempre es un recurso que está ahí. E incluso, la falta de valor, la poca disposición a solucionar algunos asuntos de un modo violento, es considerado todavía, desde el punto de vista masculino corriente, un grave error de formación del carácter. Si alguien no se atreve a pelearse, teme a otros, se achanta, no soporta los golpes o ver sangre, es que es… como poco una nena, Ser varón es asumir que la violencia es ratio y, a veces, ultima ratio. Las nenas reales no se pegan, piensa la fratría. Esto es falso, las chicas también se golpean, llegado el caso, pero eso es otro tema, ahora lateral.

La fratría consolidada sabe que compite con otras. Tienen y tenían, diversas maneras de insultarse que prueban la existencia de los valores subyacentes: gallina, chica, nena.. y otros que conocemos y excuso citar. Normalmente dentro del propio grupo, incluso aunque haya nenas, el grupo no admitirá que sus nenas sean nenas, serán chicos tímidos. Un grupo no admite el calificativo hacia adentro, sino que precisamente lo profiere y lo expulsa: Nenas o similares serán los chicos tímidos de la fratría con la que hay que medirse. El grupo no es universal, por el contrario, tiene rivales; lo universal es su aceptación de las reglas.

Todo esto forma la trama elemental de un sistema de poder que es sumamente complejo y su aprendizaje también. Tiene tramos duros, incluso muy duros. La fratría conspira, persigue, juzga, ordena… no es sencilla de soportar para sus miembros. Es sobre todo un sistema antropológico elemental de aprendizaje de valores y romperlo no es tan fácil porque está mucho más metido dentro de las actividades corrientes de lo que somos, en principio, capaces de imaginar. Sobrevive a las disuasiones. Quiero con todo esto transmitir que ciertamente el patriarcado, si bien es un sistema antiguo y recio de poder, tiene en la política democrática uno de sus peores enemigos, porque una democracia es casi necesariamente feminista. Sin embargo, desde el sistema político podemos decidir hay que bajar la violencia de los varones hacia las mujeres, pero si no somos capaces de interrumpir el momento de aprendizaje viril en el cual la fuerza y la violencia están presentes y nadie les está marcando diciendo hacia dónde debe ser llevadas, la fratría no será disuadida y, lo que es más grave, la propia idea de igualdad concurrirá en maleficio de las mujeres.

3.    A mitad de camino

Venimos de un sistema de poder y de jerarquía, poder inconstestado de los varones sobre las mujeres que cursaba con violencia, por la sencilla razón de que ningún sistema de poder se desarrolla sin ella. Cualquier sistema de poder siempre implica violencia, porque no existe ningún poder que sea admitido de modo espontáneo por aquellos sobre los que se ejerce. Cuando la apariencia de espontaneidad, de naturalidad, se alcanza, es que ya se ha logrado el principal, esto es, que ese poder sea admitido completamente; y entonces, ni siquiera le llamamos ya poder, le solemos llamar autoridad. Es la antigua e importante distinción entre potestas y auctoritas. El poder es, en principio, potestas, es poder obligar a alguien a que haga algo, le guste o no, le apetezca o no, obligar a alguien a que se comporte de determinada manera, use un tiempo o un espacio, o se excluya de él. La potestas se establece mediante fuerza y no la oculta. Pero detrás de todo poder, por aceptado que esté, siempre hay fuerza; en los casos extremos, cualquier poder tiene que mostrar la fuerza que lo avala. La demostración más clara y tradicional de potestas, por ejemplo, es un desfile militar, que no sirve en principio para ver los hermosos atuendos que llevan los que desfilan, sino para poder enseñar lo que hay detrás de la dulzura con la cual un gobierno se comporta. Es decir, “llegado el caso” hay un respaldo en fuerza. Y ese “llegado el caso” no ha sido suprimido jamás. Somos una especie violenta. Hemos tomado nuestras tierras con violencia, hemos hecho con violencia nuestras leyes y con violencia las hacemos respetar cuando llega el caso. El derecho, un logro máximo, es también potestas en último término; como escribió Hegel, se pone en existencia ante quien lo niega: deja de presentarse como razón y desvela su esencia como castigo, como violencia. La violencia está en todas las creaciones que implican orden. Cuando un poder, sin embargo, ha logrado su objetivo de ser plenamente admitido, no necesita enseñar la violencia que tiene detrás y dentro; el poder entonces aparece naturalizado, admitido, es auctoritas. Se avala como inmanente y deja de mostrar su envés, su violencia; quizá el ejemplo más claro de auctoritas sea el poder religioso, aparentemente basado en la capacidad de convicción, pero todos conocemos los recursos violentos de las religiones. La violencia nunca desaparece, está larvada: se ejerce de un modo continuado en pequeñas dosis, simplemente para recordar el asunto. Cuando los estallidos de violencia se producen hay que buscar en la dinámica del poder. Brotan por jacquerie, -violencia sin orden de los de abajo-, cuando el poder legítimo se pone en entredicho. Son respondidos por el orden con una violencia mayor y sistemática. Sabemos bastante sobre las relaciones de violencia y poder desde que la Modernidad nos dio ejemplos continuados en los últimos cuatro siglos.

Pues bien, hemos heredado el patriarcado como sistema que no tenía refutación, en el cual las mujeres podían sufrir violencia y lo sabían y, en consecuencia, la aceptaban. Quien era indócil, hacía lo que no debía, caminaba como y por dónde no se podía, estaba destinada a sufrirla y nadie la iba a compadecer; tendría su merecido. Este acaso era atribuido a la fortuna. Recordemos que todavía madres y abuelas decían que el matrimonio era una lotería. ¿A qué se referían? ¿A que les podía haber tocado aquel hombre igual que cualquier otro? No, lo hacían a cómo se desarrollara después la relación matrimonial, porque nunca conoces del todo a la persona con la que te casas y en tu lotería puede estar que aquél que parece un individuo suave, no lo sea. Todas las precauciones a tomar pueden ser pocas, porque la verdadera faz del marido no aparecerá hasta que la convivencia le de lugar. Y puede no ser la que mostraba durante el noviazgo. Eso es muy mala suerte, pero, como tal, no imputable a nadie; lo que se debe hacer es minimizarla. Y esto quiere decir, conformarse con ella. Ante nadie se puede protestar y el modo de alcanzar el respeto ajeno es sufrir con mansedumbre esa mala fortuna.

Decía San Agustín de su madre Santa Mónica que ésta era una mujer excelente, porque mientras todas sus amigas llevaban la cara y los brazos marcados por los golpes de sus maridos, su madre, que tenía uno de una condición sumamente mala, nunca llevó un golpe, porque lo sobrellevaba con suma paciencia. Ella aconsejaba a sus amigas su misma receta: transigir en todo, sufrirlo todo. No despiertes al monstruo. Se sabe que es monstruo, por tanto, si le pisas el rabo se pondrá todavía peor. Caminar de puntillas, ceder, mostrar buena cara ante la adversidad, no despertar al monstruo. Dentro de un sistema en que la violencia es posible, aunque una desdicha, es una desdicha admitida. Las mujeres sobre todo aprender a tratar a los varones. Lo aprenden en su propia casa, con su padre, con sus hermanos, y fuera, en los pocos lugares de tránsito libre que poseen: Aprenden en ambos espacios a no ponerse a tiro de la violencia.

El l ámbito privado es instructivo y a veces el único, porque cuando el patriarcado funciona a pleno rendimiento, éste es el único lugar de las mujeres. Ellas no tienen causa ni razón para tener presencia en el ámbito público, extramuros; si son honradas no son ni mujeres de la calle ni mujeres públicas, que hasta ese punto nuestro idioma marca los espacios femeninos y muestra su rechazo a que las mujeres transiten los espacios públicos. En el ámbito público lo mejor es que las mujeres no se detengan: si hay que transitarlo se pasa con todos los signos y actitudes que muestren que se hace sin interrumpir su ley; se aquilatan los términos que expliquen la pertenencia social y pertinencia del tránsito, porque si no la violencia se levanta. La que está fuera a hora o lugar donde no debe estar, sabe que le puede pasar cualquier cosa y que, si así sucede, la culpa es suya, se lo merece. En las sociedades de encierro femenino, relativamente corrientes hasta el siglo XX incluso dentro de la civilización occidental, las mujeres se distinguen por su interdicción de paso por el ámbito público; las de familias poderosas viven una vida de encierro con salidas contadas y muy normadas: lugares, compañía adecuada, presencia, vestido.. de hecho el velarse en un privilegio de las mujeres urbanas de clases altas que otorga una especie de permiso de tránsito: el velo, que indica que quien transita el ámbito público no está autorizada para ello y que lo acepta, es tan antiguo como Babilonia. Quien no porta las señales pertinentes está a merced de lo que ocurra.

En el viejo sistema la violencia está admitida, es siempre una posibilidad y además no está mal vista, sino que es algo que puede ocurrir. Va desde el comentario soez en una acera hasta la muerte por honor. Puede ser una disfortuna que ocurra a una mujer que no se la merece, pero siempre está entendido que hay varias que sí se la merecen y que deben encontrarla, para que todo se desarrolle como es debido y la honestidad del conjunto se mantenga. La violencia masculina cae sistemáticamente sobre algunas para que todas aprendan. Aparta a algunas y las entrega a todos, para que todas aprendan que hay suertes peores que la de la malcasada. Vigila a cada una. Se ensaña con aquellas que no tengan la educación adecuada, la índole adecuada, que no sean serviciales, que no sean respetuosas, que no sean limpias, que no.. que no… lo que sea de mandar.

Las mujeres en este tipo de sistema están hipernormadas y comparten la norma. Cuando una norma es muy fuerte la gente la introyecta, es decir, no la siente como algo ajeno, sino que la acepta y la comparte. Quiero también con esto apuntar que el patriarcado tienen tantos valedores como valedoras: ningún sistema de poder puede cursar y desarrollarse sin la anuencia de los dominados. Las mujeres son, en un sistema sin fisuras, tan patriarcales como lo varones, aunque ningún bien se les siga de su posición. Sólo cuando la libertad está presente entonces la norma que padecíamos nos puede empezar a parecer muy gravosa. O, dicho en otros términos, que –lo que es notable-, para percibir lo injusta que es una situación hay que poder primero haberse separado relativamente de ella. Si no, simplemente la situación se vive como paisaje. Si le preguntáramos a alguien que estuvo en el fondo del mar cómo era aquello, nos dirá todo menos húmedo. El medio, lo más presente, la estructura profunda, no se percibe.

La libertad de las mujeres es reciente, en realidad, muy reciente y también tentativa. En gran parte consiste en poder ver y juzgar, en adentrarse con riesgo en lugares antes prohibidos. En un sistema de poder hasta que no se aleja, no se puede vislumbrar hasta qué punto era gravoso. Daré un ejemplo: En los años setenta y en la legislación del Estado Español, los golpes que recibía una esposa se llamaban corrección marital; eran aprobados y supuestos, algo que el marido podía hacerle cuando llegaba a la conclusión de que ella lo necesitaba; eran potestativos y, desde luego, a nadie se le habría ocurrido que constituyeran un delito, sino más bien un derecho. Sólo cuando sedaban casos extremos, -lesiones gravísimas, muerte sobre una perfecta esposa y madre, inocente de cualquier rebelión, se podía imaginar que eso estaba malhecho. Recordemos también que una mujer, por ejemplo, no se podía ir de su casa si su marido la golpeaba, porque eso no era motivo suficiente y la propia policía la volvía a reintegrar a su prisión con su torturador. Cuando nos separamos de ese terrible mundo, empezamos a ver hasta qué punto tal situación era inimaginable. Pero hay que es que saber de dónde venimos: ¿recuerda alguien que un marido podía dar a sus hijos en adopción sin el consentimiento de su mujer? ¿que una mujer no tenía derecho a sus hijos? La patria potestad llegaba hasta ahí. Hasta tal aberración era “patria”, del padre.

4.    A día de hoy: Dos tipos de violencia

¿La violencia actual es esa o ha cambiado, es otra? Es importante hacer una etiología de la violencia actual para saber dónde estamos, y creo que es importante, sobre todo, para aquellas personas que tengan que actuar contra esa violencia. Este es mi diagnóstico, el viejo sistema de poder está ilegalizado, pero no ha caído. En muchas mentes masculinas sigue funcionando como algo que es de sentido común. Como perciben que los tiempos son distintos, se retraen y supongo que piensan que es políticamente correcto no demostrar lo que en el fondo se cree, pero lo creen; creen en su superioridad y en su derecho a la violencia. Puede que transijan sin, empero, ceder en su fuero más íntimo.

Cuando un orden se tambalea enseña lo que antes estaba oculto, se perciben sus costuras y sus intersticios. Parafraseando a Hanna Arendt, es entonces cuando verdaderamente se revela. La cosa en si se percibe en su ruptura. Pues bien, es muy curioso que, por ejemplo, algunos varones, después de realizar actos inimaginables, asesinatos incluidos de sus mujeres, se presentan ante las autoridades como héroes. Esto es, se entregan, como si formaran parte de un ejército de mártires. Sí, se entregan. “El agresor se ha entregado a la policía”. Esa en una manera corriente de relatar la conclusión de bastantes asesinatos de mujeres en el ámbito doméstico. Podría pensarse que es sólo retórica, sin embargo, la retórica nunca es inocente y, en este caso, se corresponde con lo que ocurre. Porque lo decidente, los jueces y las juezas nos lo contarán, es cómo hacen ese“entregarse”. Lo hacen, bastantes, con la conciencia del deber cumplido. Lo hacen en la actitud de “no me ha quedado más remedio”. Lo hacen reclamando ser comprendidos, “mira lo que he hecho, en fin, compréndeme”. Y esto es posible porque esperan la complicidad del sistema de valores compartido. Esperan la convalidación y el reconocimiento. Escomo presentarse afirmando “yo, pobre de mí, punto hemorrágico he actuado por todos, porque la situación que yo padecía no era soportable y he hecho lo que hay que hacer”. Lo que debe hacerse para que siga siendo respetable la virilidad que se tiene en común y en estima. El asesino, el torturador, el que ha golpeado al débil, se presenta como víctima y vengador: alguien, su víctima, le ha obligado a presentarla fase vindicativa de la comunidad viril. Le ha tocado, No podía más. “Ahí la tienes, cuánto lamento tener que haber tenido que llegar tan lejos”. En estas descoseduras se advierte la carne viva del patriarcado como fuerza, como violencia.

Pienso que ese es el fondo de la cuestión, pero que no la agota, porque tenemos a la vez una extraordinaria novedad: la violencia igualitaria. Intentaré exponerlo: Tenemos todavía relaciones que funcionan según esta plantilla, antigua, relaciones para las cuales la nuevas posiciones de las mujeres son incomprensibles; varones que vivencian una situación de igualdad como un continuo ataque a la virilidad y que se ven en el caso de “poner en su sitio” a las mujeres. Esta percepción, dura, abarca muchos casos de violencia que pueden terminar sumamente mal y comprende dentro de sí a aquel que se entrega heroicamente, como quien ha vindicado al sexo en su conjunto. Pero a su lado está naciendo una nueva violencia que dimana exactamente de la asunción de la igualdad.

Al día de hoy ambas se solapan. No está de más señalar el segundo tipo: Existe una violencia que cursa con la igualdad y que tiene que ver con el mantenimiento del sistema de la fratría, con que los sexos sigan sin mezclarse. Todas las personas menores de treinta años han tenido una educación corriente juntas, en el mismo espacio, varones y mujeres, niñas y niños. La idea de igualdad ha perneado el ambiente en que han crecido y se han educado. Está en el ambiente, en efecto, pero no se sabe en qué consiste ni se explica. La fratría actual cree ahora vagamente en esa igualdad y es violenta porque cree en ella.

La fratría es un conjunto de iguales violentos, potencialmente violentos, acostumbrada a que la violencia pueda ser invocada como ultima ratio. Esto es, si somos iguales y porque lo somos, a término cada individualidad se prueba en la violencia con que sea capaz de mantenerse. Te golpeo porque eres mi igual.

Esto explica, por ejemplo, cómo se producen ciertas situaciones también ante los jueces. Puede ocurrir que una pareja, normalmente de cuarenta años hacia abajo, verbalice que se han pegado, uno a otro, recíprocamente, sin que lo juzguen como violencia masculina. Ella puede afirmar, “sí, él me pegó, pero yo le pegué también”. Las chicas lo dicen. Pero ¿qué asunción o entendimiento de la de igualdad es éste? Uno en el que la fuerza física parece irrelevante, una tontería. ¿Pero, cómo va a ser irrelevante un dato como éste? Por la parte masculina funciona algo como “si es igual a mi que lo demuestre” y por la femenina se admite tanto el marco de esa igualdad como la regla violenta de la fratría.

¿Qué pasa con la debilidad? Una igualdad torcida la ha dejado sin amparo. El patriarcado no es violento sin canon ni medida. O no lo era. Administra la violencia. Nunca ha estado bien acorralar al débil, aunque alguno lo haga. La debilidad está relativamente protegida, o, de otro modo, tendríamos constantemente niños y niñas, ancianos y ancianas muertos a golpes. Y no los tenemos, porque todo el mundo sabe que obrar así contra alguien débil es sumamente malvado. La debilidad impone a la fuerza su propia última ratio. Se expone y es cobardía infame atacarla. Esta creencia, está ahí funcionando para hacer que la fuerza se pueda utilizar, que sea presentable. Entonces ¿por qué algunos varones creen que usar la fuerza contra una mujer no es malvado? Porque lo creen, lo expresan, con el asentimiento de ellas. No puede ser sino porque piensan que la igualdad les avala: “¿No es igual a mí? Bueno, pues entonces que lo demuestre”.

La igualdad puede volverse contra las mujeres, pero la libertad también. No me refiero a procesos psicológicos, que tienen otro tipo de análisis y otros estudios, sino a procesos sociales en el arco largo. Hablo de los valores que soportan las prácticas sociales, de los cuales, la psicología de las relaciones violentas son sólo una muestra. En nuestras vidas muchas instancias juzgan, es muy amplio el sistema de los que juzgan, y no se restringe al sistema judicial. Todos y todas juzgamos lo que ocurre y juzgamos a los demás, Les damos o les quitamos razón en lo que hacen. Sentimos que merecen uno sus otros resultados. Hablamos de ello. Pues bien, una igualdad mal asumida por el conjunto puede dar lugar a una violencia nueva. Y esto creo que también está ocurriendo con la libertad.

Si la violencia de los iguales puede hacer que la igualdad puede se torne violencia contra las mujeres, el sistema de los que juzgan la libertad, tan recientemente conquistada, también puede volverse contra ellas. Es el enojoso asunto del consentimiento.¿Qué ocurre con la violencia consentida? ¿deja de ser violencia? ¿deja de ser punible? ¿deja de ser rechazable? Si no se puede intervenir desde fuera en una relación violenta, o el juicio social no ampara todavía ese procedimiento, ¿cuánta violencia se está dispuesto a tolerar? Si la igualdad se puede volver contra las mujeres y la libertad también, es obvio que tenemos que hacer explícitas muchas cosas y que tenemos que hablar pormenorizadamente de lo que ocurre entre los sexos, a fin de que unos y otras puedan llegar a una plataforma de entendimiento más conveniente. No puede ocurrir que el peso de la libertad y de la igualdad lo esté viviendo cada mujer por separado. A caballo entre la vieja violencia, la asumida por la inferioridad, y la nueva, la provocada por la igualdad, lo que resalta es que las víctimas no cambian.

6. Ser iguales y cómo serlo

Ser iguales significa ser política y moralmente iguales, pero esa es toda la igualdad que cabe vindicar. A partir de ahí, no sólo las diferencias, sino más cosas que las diferencias empiezan a jugar. Las diferencias, por descontado, pero también las divergencias y hasta el sistema general de las necesidades y los gustos. Los varones y las mujeres son moral y políticamente iguales. Es una verdad indudable del registro político. Significa que tienen los mismos derechos y tienen la misma capacidad de acceso a lo que se suponga que son bienes y la misma protección contra aquello que se supongan males evitables. Pero ésta es toda la igualdad que en el campo político puede estar disponible. Es, estrictamente, la igualdad político moral. A partir de ahí, inferir que la igualdad es que todos tomemos un modelo único de comportamiento no es de recibo. No podemos compartir un modelo masculino estereotipado de estar en el mundo. No es posible, para empezar, porque el modelo viril es una subcultura y no se puede tomar a sí mismo como universal. Bien al contrario, haría bien en deflactarse, al menos en sus aspectos más idiosincráticos. Vamos a aclarar algo decisivo: Las mujeres hemos tenido que tomar y tomamos el modelo de valor y de éxito que estaba presente cuando tuvimos que hacernos cargo y apropiarnos de las normas que no estaban calculadas para que nosotras las tuviéramos. Pero de estas normas, muchas de ellas, están hechas para un determinado tamaño de deseo y necesidad que no es el nuestro. No porque el nuestro sea divergente en origen, -no hay ningún esencialismo en esto-, sino porque esas mismas normas forman parte de una subcultura que sirve para seguir manteniendo el poder sobre nosotras. Luego, difícilmente nos podemos hacer cargo de ellas, dado que forman parte de la exudación normativa que permite el mantenimiento de la jerarquía viril. Si se nos proponen como modelo, no las podemos encarnar, porque a nosotras no nos sirven para nada, no están hechas para nuestro caso, están hechas para el complementario. Y nos queremos deshacer del sistema completo, esto es, del esencial y de su complementario. Por eso creo que desvelar las claves antropológicas de la violencia, ya no sólo las claves sociales, es importante. Hay que profundizar más. Comenzando por atender a algo que es muy difícil de admitir, la universalidad de la violencia. Es muy fácil decir que son las mujeres en situación marginal las que están realmente en peligro; que son las que no tienen empleo, con poca educación o pocas oportunidades, aquellas que sufren la violencia masculina. Pero no es verdad. Esas sufren la violencia masculina y otras que sí tienen empleo, sí tienen familia, sí tienen situación, también la sufren. Y el sistema completo sigue siendo violento. Hablamos de un sistema que cursa en todas partes y no nos vale simplemente con imaginar que se produce esta violencia en los márgenes sociales. Cierto que allí se percibe mejor, pero eso es todo. Existe de cien maneras, se traslada en cien modos. Afecta a las más débiles socialmente, cierto, pero también a mujeres que nunca imaginaríamos. Las más débiles son las que probablemente tengan que hacer uso de las instituciones públicas para encontrar refugio o para encontrar ayuda. Otros casos se solucionarán atendiendo a la propia cuerda familiar y, digamos, con la discreción que sea de rigor. Nadie se libra. Con anterioridad afirmé que un sistema de poder no cursa sin violencia, y el patriarcado es un grande y vigente sistema de poder. Gran parte de la cultura heredada consiste en asumir esa violencia. Que los pacíficos no han heredado todavía la tierra se percibe en los nombres de las calles y las estatuas de las plazas. Y en los grandes monumentos de la cultura. Recuerdo, no hace tanto, estar sentada tranquilamente viendo, escuchando en la ópera, Otelo. Los celos, por supuesto infundados, de Otelo. Y en un momento dado pensar, “esta Desdémona, lo que tenía que hacer era dejar al moro, reabrir su despacho de arquitecta en Venecia, conseguirse unos buenos encargos y mandar esta relación al sumidero”. Evidentemente esto es un anacronismo, pero es que hay muchas Desdémonas ahora que pueden hacerlo y no lo hacen. Los celos, y la apropiación invasiva, siguen existiendo, pero las condiciones de las mujeres han cambiado. ¿Pero lo han hecho? No se trata de comprender este complejo asunto en clave psicológica y preguntarse si sus víctimas “se dan cuenta” de que las condiciones han variado. Claro que se dan cuenta. Y sin embargo entran en esa relación. Se trata por tanto de entender qué es la violencia estructural de un sistema y se trata de entender, también, qué es lo que un individuo del sexo femenino acepta como parte de su culpa en una relación violenta. Se trata de saber si estamos haciendo lo suficiente o debemos dar un paso más. Somos complejos todos los seres humanos y la igualdad no la traemos de serie, como tampoco el respeto. En verdad hay una serie larga de cosas que no traemos de serie, sino que son producto del aprendizaje. Pero sólo a medida que desplegamos y vamos aplanando todo lo que es la existencia de la normativa en función del género, sabemos qué cantidad de nudos relacionales están puestos en peligro y lo violento que puede resultar cada uno de ellos cuando se pone en peligro. Cuando se toca fondo hay que buscar qué ocurre en el fondo. La violencia que en este momento tenemos viene de elementos del antiguo sistema que no acaban de admitir el nuevo tipo de orden, que le resulta enojoso de admitir, y de asunciones erradas y parciales de la idea de igualdad. Todo ello cursa con la admisión, a término, de la violencia viril como componente esencial de la bildung masculina. Esto suele manifestarse de una forma poco taimada. Son conductas explícitas, que se manifiestan incluso en el ámbito de lo público. Todas las mujeres conocen la estructura de la fratría que va pidiendo guerra por la calle, mirando directamente a los ojos a quien pasa y sobre todo alas mujeres, mirándolas con la mirada decidida de “tú eres cosa”. Nadie rechaza el galleo adolescente, del mismo modo que nadie entorpece la violencia de la fratría en los espectáculos donde se considera que “pueden desfogarse”. Se sabe que esa permisividad está ahí. Es parte del programa.

7. La doma de la braveza

¿En qué confiamos para que esas actitudes decrezcan? Confiamos en el sistema de pareja. Dejamos que la fratría crezca, tome sus decisiones, aprenda sus contenidos y luego suponemos que, como están, -después de todo-, destinados a fundirse en las relaciones matrimoniales, allá cada cual será domado por una mujer a la que no le quedará más remedio que hacer de aquello, bravío e informe, un varón corriente adornado de las cualidades de prudencia, protección de los débiles y agrado. ¿Cómo lo logrará ésta? Mediante su paciencia y superior atractivo, porque no queda otra. Si a las mujeres no se les concede ni la dignidad, ni el poder, ni la jerarquía, ni la inteligencia, entonces.. exclusivamente haciendo torsiones de agrado, bailando ballet social y moral, podrán hacer que aquello, que viene socializado para ser puramente una mala bestia, se transforme en un caballero. Es duro expresarlo así, pero es que es así.

¿Pueden las mujeres hacer esto cada una individualmente cuando han sido previamente convencidas por la ideología ambiente, dado que ya no estamos en el anterior modo de vida, de que somos iguales? No saben y no lo esperan. Muchas de ellas, las jóvenes, para empezar, no entienden la situación. Están confusas con su propia igualdad. No saben tampoco qué modelo deben tomar, ni por qué. Dado que son iguales ¿ qué deberían hacer, iniciar la lenta doma o tomar el mismo camino? Nuestras madres sí lo sabían; a ellas se lo habían contado: “mira hija, todos los varones, menos tu padre, es verdad, son peligrosos y algunos unas malas bestias”. Pero ahora las jóvenes han convivido con ellos; creen que los conocen. Pero no piensan que deban cambiarlos. Y tampoco sabrían cómo hacerlo. Nadie les ha enseñado a poner límites y menos, su propia cultura juvenilista. Uno de los rasgos más extraños y decisivos de nuestro tiempo es la existencia de culturas juvenilistas, impermeables desde el exterior, los grupos de edad no piden modelos ni consejos: se forjan en un interior en que los pares son supremos jueces; ahí se está fraguando, con los mimbres dichos, la nueva violencia masculina.

Recordemos el cuento del Conde Lucanor del marido que se casa con mujer brava. Pues como a la mujer brava no se lo han contado en su casa, se lo cuenta el marido la misma noche de su casamiento. Se sienta a la mesa y dice: “señor perro, venid y traedme lacena”. Y la esposa, que lo está contemplando con cara de “atrévete a decirme algo se queda un tantico asombrada de que el marido le pida al perro que le ponga la cena. Entonces, el marido, airado, repite:“señor perro, os he dicho que me pongáis la cena”.Y como el perro no lo hace, se levanta, coge la espada y deja al perro deshecho. Calmadamente se sienta de nuevo y apunta: “señor caballo, venid a ponerme la cena”. El señor caballo ni a la tercera responde, ni le pone la cena, de ahí que el marido se levanta, destroza al caballo allí mismo y ya en una habitación por completo ensangrentada, con la mejor de las voces, dice: “Señora mujer, parece que nadie quiere ponerme la cena”. La señora mujer, que hasta entonces era mujer brava, sin que nadie le tenga que decir nada, rápidamente le pone, temblorosa, la cena. Así se doma la braveza, pero la femenina. El modelo es antiguo y. Véase, que el varón no ejerce sobre su mujer violencia, sólo apunta la que tiene y la es permitida. Pero ¿cómo se doma la braveza masculina? De antiguo sólo nos viene la receta de la paciencia y el agrado.

Ahora sucede que las leyes que han regido los equilibrios complementarios entre los sexos, cambian; y no me refiero a las leyes explícitas del estado, que también, sino a las más profundas del saber y comprobar qué y quién es el otro. Las mujeres mayores no soportan lo que soportaban y las jóvenes no están por la idea de soportar. Como dos masas tectónicas en equilibrio precario, los sexos chocan y el resultado aparece en sus puntos de fractura. El orden antiguo ha quebrado y el nuevo no es estable. En el antiguo nuestras madres y abuelas deflactaban la violencia masculina, educadas como estaban para hacerlo, por medio de la ley del agrado, desde luego, y pidiendo silenciosamente el respeto que se les debía por mantener la honestidad. Pero ahora, en tiempos en que la honestidad femenina está abolida, -esto es que las normas de uso diferente del sexo ya no existen para varones y mujeres-, el agrado también en entredicho, ¿cómo actuar? Compruebo que el respeto entre los sexos ha de encontrar un fundamento distinto y una manera distinta de desarrollarse. Insisto en ello: La situación heredada genera en este momento violencia, pero la situación presente también, porque no está aclarada. Todos y todas somos lo bastante torpes como para tomar las cosas en bloque y no nos pararnos a analizarlas tal y como ellas lo merecen. La nuestra actual es una situación mixta, a caballo entre lo nuevo y lo viejo, pero también es dinámica.

8. Encontrar canales

Montesquieu distinguía sabiamente entre leyes y costumbres. Las leyes eran explícitas y se avalaban con su fuera, las costumbres eran bien sabidas y tenían, en bastantes casos, más fuerza que las leyes, las unas las enseñaban el estado o la Iglesia. Las otras el grupo de pares. Ejemplificaba, y bien, con el duelo: las leyes lo castigan, la iglesia lo prohíbe, pero los iguales saben que hay que defender con la espada el honor propio. Pues bien, ahora la igualdad está generando violencia en la manera en cómo es asumida por la conciencia masculina corriente. “Si somos iguales y yo soy violento, -y nadie me ha dicho no puedo ni debo serlo, y si se me ha dicho se me ha dicho con la boca pequeña porque yo sé que la verdad es la otra-, la igualdad es compatible con la violencia, luego la aplicaré”. Al sexo masculino se le sigue repitiendo que cultive todas tus destrezas violentas, porque puede tener que utilizarlas alguna vez, porque están en el fondo del campo antropológico, porque son útiles y son verdaderas. Esa es su parte en este todo. Y tenemos una situación compleja en la que se pide que, no la sociedad, sino atomizadamente, las mujeres, reciban y domen una violencia masculina que no ha sido deflactada en el momento en que se está dando su periodo de formación. Que cada una soporte su parte alícuota de imput violento, porque la violencia en sí sigue siendo buena. Y, ciertamente, sería muy peligroso condenar por principio cualquier forma de violencia, es un maximalismo ingenuo hacerlo.

Lo cierto es que la violencia se canaliza, no se elimina. Los seres humanos, primates muy avanzados, somos violentos y la violencia no toda es mala; la violencia todavía nos sirve para muchas cosas. Luego lo que hay que hacer con ella es canalizarla bien. Tenemos varios modos: el ejercicio, el deporte, la sublimación y diversos depósitos menores. Obviamente, la violencia entre los sexos demuestra que no está bien canalizada en este momento. Hay que llevarla hacia otro lugar que no sea justamente la relación entre los sexos. ¿Cómo se podría hacer esto? Creo que no lo podremos afrontar hasta que no lo veamos. Si novemos el lugar en que la violencia misma se gesta como posibilidad, difícilmente podremos entrar en cómo se canaliza.

Se me ocurre, que una educación en democracia, una educación en el debate,-y esto lo hacemos-, una educación en el buen uso de los argumentos deflacta una gran cantidad de violencia. El patriarcado no ha muerto, ni mucho menos. Está, eso sí, severamente templado por la democracia, Justamente las democracias son, por lo común, menos violentas que cualesquier otro sistema político del pasado o del presente que esté acompañándolas históricamente. Son pacíficas hacia el interior y menos violentas que las autocracias hacia el exterior. Deflactan y atenúan la violencia mediante el diálogo. Cierto que la violencia se puede deflactar con diálogo, y es la mejor manera, pero, aún así, siemprequeda una violencia residual del sistema. Nunca se puede eliminar toda, porque existen también a casos no contemplados y también imprevistos. Hay dolo ocasional en muchos lugares sociales. Toda fuerza no puede ser Auctoritasy siempre queda el residuo o la fatalidad. Pero ello es distinto del mantenimiento a sabiendas de un orden de violencia sólo masculina.

El sistema de poder patriarcal está también severamente templado por una cosa, importantísima, que es que las mujeres ya no creen en él. Pero podría ser una creencia errónea, se puede replicar. No. Un sistema de valores y domino es vital que cuente con la anuencia de aquel que es el dominado en la situación. Un sistema de poder, si no cuenta con ella, no funciona. Y las mujeres de nuestro tipo de mundo yano creen por lo común en la superioridad masculina. Esta increencia se está extendiendo por todo el planeta Tierra como una mancha de aceite. Y produce efectos, algunos indeseados. Templado por la democracia y no respetado por las dominadas, el patriarcado, cuyo apoyo económico es también al presente bastante débil, podría figurársenos que se sostiene agarrándose por sus propios cabellos. Pero aguanta y hiere. Golpea y mata. Viola. Destruye. Allá donde puede muestra toda su crueldad y ferocidad.

Nuestro mundo ya no lo necesita, más bien lo repugna, dados sus fundamentos en la libertad y la igualdad. La democracia tiene que imaginar situaciones en las cuales la relación de superioridad no es corriente, ni es la corriente. Las interacciones se solventan mediante modales, cortesía y un uso constante y fino del sentido del humor. Todo ello, acumular tales destrezas, exige educación y tiempo, mucho tiempo. Y los conflictos pueden seguir presentándose igualmente. Por descontado; no todos pueden ser previstos. Por ello también aprendemos a resolver conflictos. La educación formal tiene que internarse en la maraña de los conflictos de género, en especial, en los abiertos por las nuevas situaciones.

Cuando se admite determinada superioridad, el conflicto sólo se produce en su margen de aceptación. En cualquier caso, su solución es previsible. Ahora la igualdad entre varones y mujeres plantea una arena nueva, menos previsible, donde se juegan las fuerzas y los respetos. Probablemente nuestra sociedad cree en el consenso, cree que se pueden ir limando las cosas hasta alcanzar un nuevo contrato sexual. Ojalá sea así.

Pero, existe un último punto, que, simplemente dejo adrede colgando: los etólogos avisaron en los años sesenta y setenta, (aunque algunos de ellos comenzaron en los cuarenta), de que hay algo en las propias relaciones entre los sexos, ya no sólo en la especie humana, sino cualquier especie natural, que implica,-recuerdo una frase de Lorenz-, que “la relación sexual.. sólo se puede producir entre un macho atemorizante y una hembra atemorizada”. Si estuviéramos ante una invariante que ya no sólo antropológica, sino de esta naturaleza etológica, sencillamente como especie nos habríamos embarcado en un camino sin retorno y sin solución. No cabe descartarlo. Nunca podríamos deflactar la violencia masculina, si está ella misma implícita en la prosecución de la especie, sino al precio de que la especie siguiera siendo viable. Puede que Lorenz y también los sociobiólogos hayan exagerado por prejuicio patriarcal. Pero hay muchas cosas en nuestro mundo que lo hacen muy extraño: sumamente interesante para la mirada de la teoría, pero muy extraño y difícil en la práctica.

Me parece que estamos en un lugar a medio camino, en el que la especie humana todavía no sabe todavía lo qué es, porque no sabe comportase como una especie no natural. Hay aún un terrible peso de la naturaleza en nuestras relaciones. El patriarcadosiempre afirmó que la naturaleza eran las mujeres. Ahora que se disuelve, estamos viendo claramente que la naturaleza presente entre la humanidad es esa no canalizada violencia, y que la violencia es por lo general masculina. ¡Extraño bucle!

En fin, si recupero el pulso primero de este análisis y desdeño importar interrogantes en exceso profundos, me resta un pequeño asunto: la visibilización de la violencia contra las mujeres. Asistimos a una publicidad de la que no sabemos si la frena o la excita. En todo caso, no creo que sea buena para el sexo femenino en su conjunto. Me explico, a no ser que esas imágenes aterrorizantes y humillantes vayan sistemáticamente acompañadas por la mostración de los logros femeninos en todos los campos. Las mujeres no pueden ser perpetuamente el sexo humillado, el sexo atacado, incluso como ocurre ahora, injustamente. No ayuda a la libertad ni a la igualdad. En el fondo el machismo terrorista del sistema alcanza su objetivo si la mayor parte de las imágenes de mujeres que recibimos, son imágenes victimizadas. Habrá que redimensionar, también, ese flujo quizá mal orientado, de buena voluntad.

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