SOBRE LA POSIBILIDAD DE UN CONOCIMIENTO NO SEXISTA

Para liberar el estudio de la ciencia del tratamiento reverencial que en nuestra cultura se otorga a las ideas -dándoles una entidad propia e intemporal, como si no fuesen en su nacimiento y en su vida creaciones humanas-, hay que esforzarse por verlas solamente como un producto o un objeto surgido en un momento histórico concreto, que tiene en la historia -historia social- sus raíces. La ciencia no ha surgido espontáneamente del vacío social, ni es un regalo que gratuitamente nos legaron nuestros antecesores: al contrario, se ha producido socialmente y la han hecho nacer grupos específicos para fines igualmente específicos, marcando con su huella de origen el curso posterior de su desarrollo.

Ante la población no iniciada, la ciencia y los científicos se ha cubierto de un ropaje impenetrable que les separa y protege; sin embargo, en estas páginas vamos a iniciar un asalto crítico a sus supuestos teóricos y a sus efectos sobre la práctica social que tendrá que empezar, como primera e inevitable medida, por despojarle de estos soportes rituales y mitificados, llevándola a una distancia consideración histórica.

Al introducir la fisura de la visión temporal, la ciencia se empequeñece, se hace más comprensible y modesta y pierde parte de su fuerza coercitiva. ¿Quién puede creer que la ciencia de hoy dice la última palabra cuando se recuerdan las palabras de la ciencia de ayer o de anteayer?
Frente a la apariencia sólida e impresionante la ciencia de hoy, de la ciencia por antonomasia, el recuerdo del pasado nos permite ver la construcción paulatina de la obra, dejar al aire sus cimientos y explicar por qué es así y no de otra manera: quienes la hicieron y a costa de qué y de quiénes. Este ejercicio de imaginación permite recuperar para la lucidez una oscura memoria colectiva: la de los excluidos de la ciencia, la de quienes nunca intervinieron en su proceso de construcción ni fueron sus destinatarios.

Bajo esta perspectiva, la ilusión de una ciencia desarrollada “natural o lógicamente” se hace añicos. Lo que hoy conocemos como ciencia es el producto de la historia anterior, de la historia de la humanidad durante algunos miles de años; pero resulta evidente que no es la ciencia como verdad excluyente y definitiva, no es la única posible, no es neutral ni está por encima de esa humanidad conflictiva que le dio forma específica. Está enterrada en ella, sometida a sus mismas prohibiciones y temores, subordinada en sus avances a sus propios deseos, próxima a quienes pueden favorecerla y lejana de los excluidos en el reparto de los bienes colectivos.

El pasado es irrepetible y no podemos girar hacia atrás los acontecimientos, por eso no conocemos más ciencia que la que hay. Pero si la ciencia que hay ha nacido de la ciencia que hubo y está ya condicionando la ciencia que habrá, la tarea de recuperación imaginativa y crítica de la ciencia no admite espera. No podemos conformarnos con mirar los frutos finales de la acumulación del saber en nuestra cultura ni consentir que se repitan las interpretaciones -socialmente construidas- que desde hoy nos unen con los días pasados y que se presentan bajo la forma de únicas posibles, para deslizarse desde
Su singularidad -que es innegable- a la condición sacralizada de “naturales” o científicas”. Nuestros ojos empequeñecidos tendrán que recuperar el hábito de mirar de lejos, y acostumbrarse a descubrir la huella de las ausencias donde el vigor de las ramas intelectuales favorecidas oculta completamente los resultados de una mutilación milenaria.

El ejercicio de distanciamiento histórico respecto a la ciencia y el esfuerzo por considerarla como un producto socialmente construido conduce a su reconstrucción desde una perspectiva inhabitual, porque para calibrar su capacidad liberadora y su potencial de cambio no vamos a preguntarnos por lo que la ciencia fue o hizo, sino justamente por lo contrario. No nos interesa recupera el recuerdo de lo que hicieron los filósofos y los investigadores, sino imaginar q}lo que podían haber hecho y no hicieron: no nos interesan tanto sus resultados cuantos sus olvidos, sus ausencias, sus omisiones y sus errores, y sobre todo queremos preguntarnos por las prohibiciones de las que tuvieron conciencia y aquellas otras, mucho más importantes y profundas, de las que ni siguiera se dieron cuenta porque ellos mismos basaban su propia existencia cotidiana en la continuidad de la prohibición, del olvido, del error y de la negación.

Sin embargo, en esta búsqueda de los orígenes de la ciencia occidental no hay ningún afán iconoclasta. Afirmamos que la ciencia se ha construido desde el poder y que el poder ha puesto la ciencia a su servicio y afirmamos también que se ha construido de espaldas a la mujer y a menudo en contra de ella. Pero si la consideración de su desarrollo histórico tiene por objeto evidenciar su paulatina mediación por las condiciones sociales de cada época, también significa la recuperación de su condición liberadora para el futuro. Al rechazar su pasado y denunciar su presente, estamos contribuyendo a poner las bases para la recuperación de una ciencia que responda a las necesidades y a los deseos de los que secularmente estuvieron excluidos de su creación y de su destino. Cuando preguntamos por lo que dejó de hacer ayer estamos sugiriendo lo que puede hacer mañana y estamos pidiendo al mismo tiempo que lo haga.

Esta es la dimensión utópica de la ciencia, a la que creemos que los científicos no pueden renunciar si quieren mantener viva su capacidad liberadora. Para potenciar la ciencia que estamos construyendo hay que dotarla de un contenido humano, de proyectos y de esperanza. Creer que la ciencia es ciencia en sí, cerrada, justificada por sí misma y en sus propios límite inalterables, es dotarla de una razón que el recuerdo histórico le niega, y es contribuir a la consolidación de una abstracción falsa.

Si la ciencia no se ha construido por sí misma, sino desde los grupos humanos que le dan su base física y su organización, por esa misma mediación social puede pensarse como un proyecto de libertad, como un nuevo llamamiento sin prohibiciones ni excluidos. Por ello, y como uno de los grupos históricamente excluidos de la ciencia, las mujeres de hoy deben enfrentarse con la ciencia que fue para hacer suya la ciencia que puede ser, la ciencia que debe ser, la ciencia que utópicamente será en el futuro.

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