Cuando Colette Soler arriba al capítulo V (“Las mujeres en la civilización”) del libro Lo que decía Lacan de las mujeres (1997/2003), responde todo lo que queríamos leer acerca de lo que ella dice de las mujeres de hoy.  Responde aquello por lo que hace tiempo propusimos un cartel para leer el libro poco a poco, conscientes de la densidad del texto y de las muchas lecturas complementarias que hay que hacer para avanzar con cierta seguridad. El cartel se creó pero quedamos fuera por la elección de las integrantes por azar, aunque las otras interesadas nos mantuvimos en el auditorio a cielo abierto. Si el auditorio presentara sus productos, este sería el nuestro. Tenemos la ventaja de poder presentarlo antes de que el cartel  acuerde presentar sus productos.

1. La igualdad no se ha traducido en más felicidad para las mujeres
En el discurso capitalista nuestros cuerpos están atados a la gran máquina productora, son al mismo tiempo instrumentos e instrumentados por el trabajo. Se los mantiene como a las máquinas (dietas, ejercicios, complementos vitamínicos, cirugías plásticas correctoras, implantación de prótesis, cosmética, etc). El cuerpo es parte del capital  y el capital, sabemos, se sustrae del goce. El amor pierde y de él se habla cada vez más en términos del tener: “se calculan anticipadamente las pérdidas y ganancias y la legislación ratifica. Así, la capitalización del cuerpo va junto a una degradación (de) los problemas del amor” (Soler, 1997/2003: 149). Esta nueva situación va junto al efecto que Soler llama “unisexo”, que incluye la vestimenta que tapa la diferencia sexual y se corresponde con la ideología generalizada de igualdad de hombres y mujeres  pero que, sin duda, también es solidaria con la ciencia y su correlato: el sujeto en su definición cartesiana, que ignora la diferencia sexual.  El resultado es “particularmente sensible en las mujeres” (Ibíd.: 150). Soler no está proponiendo una vuelta de las mujeres a su casa, al contrario, insiste en que este cambio de posición de las mujeres es irreversible pero que, como psicoanalista, no  puede desconocer las consecuencias de esta evolución en los dos sexos.

El impacto de estos reacomodamientos de la civilización concierne al goce fálico, en tanto que éste no tiene campo sólo en la relación sexual sino en la relación con la realidad. Este goce fálico es el goce capitalizable, así que “lo unisexo es el régimen del goce fálico ofrecido como igualdad a todos y en todas sus formas” (Idem). Ahora bien, si la civilización de la ciencia ha cambiado la realidad de las mujeres, el psicoanálisis constata que ello no les ha dado la felicidad y que las acompañan la angustia, la inhibición, la culpa por no poder cumplir 100% en ninguna de los  frentes de trabajo (el  familiar, el laboral, el político, el social). ¿Qué pasa con la histérica? Ya ha desarrollado Soler ampliamente, antes de llegar aquí, que histeria y feminidad son distintas y que incluso de oponen y que si se crea confusión es porque  ambas, histérica y mujer, pasan por la mediación del Otro. La diferencia está en que “ahí donde la mujer utiliza esta mediación para realizarse como síntoma, la histérica utiliza el deseo del Otro y se identifica con su falta” (Ibíd.: 151). La clínica muestra que mientras más exitosa en la conquista fálica es la histérica, menos puede gozar de esto, porque el goce actúa en otra parte, “en el campo cerrado (de) la proporción sexual. Sólo allí (permanece) ineliminable la diferencia sexual, reprimida por el régimen del unisexo” (Ibíd.: 151-152). En su relación sexual con el hombre que ella ama (lo) más valioso es la castración del Otro, con la cual se identifica y sin la cual el ágalma de la feminidad partenaire no sería nada (ella) hace reinar lo unisexo de la castración, pero es porque le interesa solamente el objeto, que es el correlato de la castración y que ella exalta” (Ibíd.:152). Charcot se equivocó, dice Soler. Contra su prescripción de “pene a repetición” para la cura de la histérica, lo que encontramos es que la histérica no busca un experto en hacer el amor sino un “sabio” que pudiera decirle “qué goce exquisito porta la mujer más allá del órgano” (Id). Si ese goce no le es dicho  sólo puede quedar en su lugar la marca de la insatisfacción.  Continuará con “huelga del cuerpo, ofreciendo su cuerpo, despedazado por sus nuevos síntomas, al hombre de ciencia (que) ignora los misterios del sujeto sexuado” (Ibíd.:153).

El llamado por Lacan goce suplementario de la mujer engendra nuevos hechos clínicos: “una nueva pregunta (pero) también una envidia (rival) de la envidia del pene, envidia del otro goce” y engendra un miedo, una denuncia, de los que hay que buscar huellas en hombres y en mujeres.

2. Fantasmas y síntomas inéditos
Soler revisa las hipótesis de Freud sobre las mujeres y la sexualidad femenina, recordando que no tiene la menor duda de que “toda enunciación porta la marca de la inscripción sexual del sujeto” (Ibíd.: 156). Pero también revisa algunas sugerencias  de Lacan, como esa de que las mujeres podrían ser las responsables de que el matrimonio se mantenga en nuestra cultura. A Soler le parece “ese propósito del 1958 (completamente) fuera de propósito” (Ibíd.: 157). No sólo es evidente la precariedad creciente del  estatuto matrimonial sino la paralela disociación entre matrimonio, vida sexual y maternidad. Ahora los que no quieren casarse se unen en un  PAC (en Francia: Pacto Civil de Solidaridad, unión entre dos personas mayores de edad independientemente del sexo). Hace tiempo las imágenes y símbolos de la mujer vienen cambiando. “No son los mismos semblantes los que se dibujan en las máscaras ( La)  mujer fatal de la bella época hollywoodiana ha sido reemplazada por las top models de mirada vacía” (Ibíd.:158). Igual ha sucedido con el hombre viril: “Los semblantes que ordenaban las relaciones entre los sexos ya no son lo que fueron” (Ibíd.: 158).  Correlativamente y como hemos anotado antes, el lugar del goce en el discurso sobre el amor se ha ido modificando y hoy día “somos contemporáneos de (una) legitimación del goce sexual. La satisfacción sexual aparece como una exigencia (independiente) de las finalidades de la procreación y de los pactos del amor” (Id),  una situación bien distinta a la de la sociedad victoriana en la que Freud crea al psicoanálisis.  Cada hombre y cada mujer pueden reivindicar su orgasmo en un tribunal o en TV pero ¿qué incidencia tiene esto en la relación sexual de la mujer?

Freud destina  a la mujer (ver, entre otros artículos,  La feminidad)  a ser no sólo madre de su hijo, sino a ser madre de su marido y no hay duda de que hijo y marido-hijo tienen la función de “satisfacer, como por procuración, la aspiración al tener fálico” (Ibíd.: 159).  Además, está claro que para Freud esa solución marido-hijo es condición primordial para la estabilidad del matrimonio. En suma, lo que hizo fue hacer que coincidiera la evolución normal de todas las mujeres con la única salida aceptable de la sociedad de su tiempo.

La civilización occidental contemporánea ya no trata al Otro por la segregación que fue tan eficaz, pues ella “taponaba los problemas, administrando los espacios (Para) la mujer la casa; para el hombre, el mundo: para la mujer, el hijo; para el hombre, la carrera. Para la mujer, la abnegación del amor; para el hombre, el ejercicio del poder, etc. Hoy nos mezclamos y (esto) produce fantasmas inéditos (y) mientras más triunfa la ideología (de) la justicia distributiva (más) el Otro y su goce opaco, fuera de la ley fálica, toma existencia” Ibíd.: 161). Este Otro absoluto del un goce no-todo podría ser lo que significa la expresión antiprogresista de “eterno femenino”, incomprensible, “que no se puede calcular”, la cara “de un Dios otro, absoluto, que la mujer presentifica” (Ibíd.:162). Lo cual lleva a Soler a  señalarnos una  inquietud ambigua frente a las mujeres de hoy: de rivalidad fálica pero sobre todo de “fascinación llena de temor” y también de envidia por su “Otredad” que lo unisexo no logra reducir. Toda esta inquietud, anota, suele esconderse bajo un discurso cínico. De lado de las mujeres encontramos síntomas igualmente inéditos, los más importantes: degradación, inhibición y mujeres en el papel de padre.

Refiriéndose a la degradación de la vida amorosa que Freud diagnosticó en los hombres, en 1958 Lacan anotó que en las mujeres “no hay separación sino convergencia del amor y del deseo sobre el mismo objeto” pero que “el primero se encuentra disimulado por el segundo” (Ibíd.: 163). Soler agrega que hoy, liberadas de la única opción del matrimonio, muchas mujeres aman por un lado y desean y gozan por otro. La parece que el cambio “es patente en la clínica” (Id).

Por otra parte, encontramos las nuevas inhibiciones femeninas ahí donde es posible la elección. Soler ve en las mujeres de hoy el mismo distanciamiento ante el acto que tiene el hombre obsesivo: dudas frente a las decisiones fundamentales y sobre todo en el amor. El hombre y el hijo, deseados pero aplazados “hasta un mejor encuentro” (Ibíd.: 164) son una de las principales razones para una demanda de análisis.

La mujer en el papel de padre es una configuración muy frecuente hoy: se acerca a los 40, es soltera, tiene conciencia de que el tiempo pasa y no ha encontrado a un “hombre digno de ser padre” de su hijo. Las nuevas libertades colocan a estas mujeres en posición de “juez y medidoras del padre” en un discurso que transmite una metáfora paterna invertida y hace evidente “la carencia paterna propia de nuestra civilización, en la medida que instituye la mujer-madre en posición de sujeto supuesto saber del ser padre (Busco) a un padre (significa que) no lo hay, al menos digno de mi exigencia” (Ibíd.: 165).

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