Lo privado, en su recorrido histórico, ofrece una significación más cercana a lo propio, mientras que otras corrientes lo circunscriben a las actividades reproductivas (afectivo-materiales-biológicas). Desde esta perspectiva la disposición del término privado parece gozar de una presunción epistemológica que lo sitúa como equivalente al término doméstico, siempre que la reflexión o estudio se organice en tomo a las mujeres  Fuera de este presupuesto, la privacidad recupera su dimensión asuntos propios, así como en el tiempo disponible para llevarlos a cabo. En otras palabras, en la recreación de un espacio interior y singular.

El concepto privado, si se introduce en la elaboración de un diseño de investigación, pierde rigor al unirse a la categoría género. Mientras que el mismo término, en el caso de los varones, gozaría de otras premisas: los encuentros con los amigos; la asistencia a espectáculos deportivos. O, en otro orden, la facilidad para emprender cualquier tarea de reciclaje, sin que este hecho suponga una reorganización del tiempo doméstico. Si no cuestionamos el término privado, éste conservará una distinta acepción para hombres y mujeres. Con lo cual estamos admitiendo un uso diferencial de la privacidad, así como reforzando el binomio privado-doméstico en relación con el universo femenino.

A partir de este dispositivo, estaríamos involucradas/os en una legitimación de la vida doméstica. Bien es verdad que si preguntamos a mujeres, dentro y fuera de la población activa (con diferentes escalas retributivas), podríamos hallar una formulación similar en cuanto a la identificación privado-doméstico.

Pero en el caso de obtener conclusiones similares, lejos de respetar su enunciado, nos deberíamos preguntar por las causas que han convertido dos realidades tan opuestas (doméstico-privado) en una sola como para ser identificadas de manera indisoluble. Si además nos consta que lo privado no actúa del mismo modo en el caso masculino, esta disonancia bastaría para poner en duda su universalidad.

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