Premios Principe de Asturias 06. La Voz de Asturias – Edición Especial

Mary (Bourke) Robinson ganó las elecciones presidenciales el día 7 de noviembre de 1990. Éste es el poder del pueblo-dijo Robinson, conforme a la retórica de campaña electoral que había mantenido durante casi ocho meses. Es un día importante, importantísimo para las mujeres de Irlanda. Ahora puede verse que hay un joven país europeo que mira al futuro. Los invitados a la ceremonia de aceptación indican bien el tono de la nueva presidenta: allí estaban las organizaciones de mujeres, las asociaciones y agrupaciones de derechos sociales, importantes figuras políticas del Ulster.

Incluso sus adversarios reconocieron que la elección de Robinson era una señal de cambio y que el pueblo de Irlanda indicaba claramente el camino a seguir. Era importante y obligaba a todo el mundo a mirarse a sí mismo. A la antigua residencia presidencial (Áras an Uachtaráin), por entonces un desvencijado caserón del siglo XVIII, fueron llegando representantes de todos los sectores sociales desfavorecidos: las personas con discapacidad física y mental, los sin techo, los desahuciados, los homosexuales y lesbianas, los parados, etcétera.

Desde luego, uno de los asuntos más importantes que tuvo que afrontar fue la delicada cuestión del Ulster. Mary Robinson podía estar segura de una cosa: cualquier paso que diera, en cualquier sentido, provocaría críticas pero no dudó en actuar  sin temor y con la finalidad de buscar un alto el fuego definitivo por parte del IRA. En el caso del conflicto del Ulster su actuación iba un tanto más allá de las ideas ceñidas a la actualidad o al presente airado.

En 1992, los asesores de la Presidenta trataron de convencerla. No había ninguna “necesidad” de viajar a Somalia. El país estaba sufriendo una de sus interminables hambrunas y se hallaba envuelto en una violentísima guerra civil. Para aflicción de los servicios de seguridad, no hubo manera de que abandonara la idea. Tampoco pudieron hacer nada cuando se empeñó en visitar Ruanda en  1994, después del terrible genocidio que espantó al mundo y que se olvidó en pocos meses. Mary Robinson acudió a la Asamblea General de las Naciones Unidas verdaderamente irritada y allí preguntó qué había hecho la organización por aquellos pueblos. La cuestión no era enviar alimentos o responder parcialmente a las necesidades de los miserables del mundo; se trataba de comprender que se requieren respuestas políticas, activas y urgentes. La presidenta de Irlanda tampoco podía permanecer ajena a la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer que se celebró en Pekín, en 1995, y dirigió los trabajos del Consejo de Europa previos a la cumbre.

La señora Robinson no había escatimado críticas a la ONU y su nombre comenzó a recorrer los círculos en los que se proponía un nuevo secretario general. Por su parte, la presidenta irlandesa estaba convencida de que su época al frente de la más alta representación del Estado ya había dado todos sus frutos posibles y que eran necesarias voces nuevas. Durante sus años al frente del Estado, Irlanda había alcanzado una prosperidad reconocible y, por otro lado, la imagen pública internacional del país atlántico había seguido creciendo.

Kofi Annan, secretario general de Naciones Unidas, no ignoraba que aquella jurista irlandesa podría dar un impulso importante a sus pretensiones humanitaristas. Así, Robinson ocupó el cargo de Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. La ex presidenta irlandesa tomó posesión del cargo el 12 de septiembre de 1997. Las organizaciones no gubernamentales saludaron este nombramiento, conscientes de que los retos para el fin del milenio exigían una voz poderosa y tenaz que se pusiera al frente de los más desfavorecidos.

El 18 de marzo de 2002, Robinson declaró que abandonaba el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. Declaró: “Es frustrante trabajar en el seno de una institución sin infraestructura ni recursos, atestada de regulaciones que constantemente le restan efectividad. Ello requiere altas dosis de paciencia y no puede decirse que yo sea la persona más paciente del mundo. No he sentido frustración porque los políticos me ignorasen, porque no permito que me ignoren. Siempre he rechazado la rutina y la complacencia, y he tratado de hacer todo lo que debía hacerse, aunque no fuera muy popular o no contribuyera a mis propios intereses. Pero vine aquí a hacer un trabajo, no a mantener un trabajo”.

En octubre de 2002, Mary Robinson presentó su Iniciativa por una Globalización Ética (Ethical Globalisation Initiative, EGI). “Queremos sacar a los derechos humanos del gueto. Queremos mostrar la relevancia de los principios universales de los derechos humanos y las necesidades básicas de salud, seguridad, educación e igualdad”. En su opinión,  la principal violación de los derechos humanos en el mundo actual es la miseria.

Una aproximación a los verdaderos intereses de la EGI es la serie de objetivos propuestos para el año 2004: difundir la necesidad de un comercio y un desarrollo mundial igualitario, dar respuestas al avance del sida en África y dar forma a nuevos modelos de emigración. Si es verdad que vivimos en un mundo globalizado, añade Mary Robinson, lo más propio es intentar globalizar los derechos humanos. Los gobiernos del mundo han firmado durante años Convenios y Tratados basados en los derechos humanos y deben cumplirlos: el marco de los derechos humanos debe convertirse, en opinión de Mary Robinson, en la única base legal que agrupe a todos los países y que conjugue un desarrollo económico global con un desarrollo ético global.

Su nombre ha sido citado frecuentemente junto al de Gro Brunhaldt, la que fuera primera ministra de Noruega, como ejemplo de mujeres líderes transformacionales. En Bruselas tuve la ocasión de escuchar a Mary Robinson en el Foro organizado por los partidos progresistas, en el debate “Visiones para un mundo mejor”, en el que intervino junto a Vandana Shiva y Susan George. En su intervención denunció los conflictos y las graves violaciones de los derechos humanos e incidió en la necesidad de reformar las instituciones para que sean efectivos el derecho a la salud, los derechos culturales y los derechos de las mujeres. Ante la evidencia de la brecha abierta entre ricos y pobres, ante la reducción de la expectativa de vida para millones de personas y ante los cuarenta millones de personas con sida en el África subsahariana, donde veinte millones de mujeres son también las más pobres, se hace necesaria la voluntad política; Mary Robinson reclama voluntad política para mejorar el mundo. Podemos cambiarlo si nuestra debilidad y nuestra ceguera no nos impide ver la posibilidad de un futuro más brillante. Ella continúa siendo una mujer admirable que lucha con firmeza y pasión por una globalización ética.

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