En Mujeres en la ruta hacia la sociedad del conocimiento: reflexiones sobre contextos y oportunidades, Gloria Bonder analiza la expansión global de las nuevas Tecnologías de la Información y el Conocimiento. Las TIC constituyen un signo de un cambio de época no sólo porque suponen “un salto en la capacidad innovadora de la ciencia y la tecnología”, sino también porque “sus usos van configurando nuevos espacios sociales y nuevas formaciones culturales que modifican todas las relaciones y acciones humanas, desde la guerra, las finanzas, la ciencia, la gestión de la gobernabilidad, las relaciones interpersonales, amorosas y sexuales, el comercio, la cultura, la educación, la salud, el arte y el ocio. En este sentido, rompen con ideas previas sobre el ritmo del cambio social y provocan un imaginario de futuro cargado de promesas y de riesgos”.

Bonder se adentra en el debate en torno a las TIC, destacando tanto las voces más optimistas como las más pesimistas. Según esta autora, las más optimistas contemplan las TIC como una especie de “dinamo” que permitirá avanzar de la pobreza hacia el desarrollo global, el desempeño de trabajos inteligentes y mejores oportunidades de participación política y gobernabilidad, como si se tratara de una autopista en la que todas las personas deben ingresar lo más rápidamente posible para no quedar excluidas. Por el contrario, las más pesimistas o las versiones apocalípticas auguran un inevitable futuro de deshumanización, de pérdida de valores fundamentales, de nuevas formas de dominación, de hegemonía cultural, vigilancia y reproducción de los sectores tradicionales de poder económico y político. Tanto unos argumentos como otros coinciden en reconocer que las TIC “no son meros recursos o instrumentos que se insertan en un orden socioeconómico y cultural preexistente, sino que lo subvierten, aunque de maneras altamente complejas y todavía poco exploradas; en definitiva, no son neutras ni en el plano de las significaciones y valores culturales, ni en el del poder”.

“Si no se realizan esfuerzos consecuentes desde el Estado, las empresas y la sociedad civil para garantizar las oportunidades de acceso y, especialmente, de apropiación de la tecnología de sectores marginalizados y empobrecidos, es altamente probable que las brechas socio-digitales se incrementen”.

Internet vendría a ser la “columna vertebral” de estas tecnologías, poniéndose en juego en su difusión diversos intereses, preocupaciones y demandas de intervenciones de muchos sectores de las sociedades. Los gobiernos, los organismos de cooperación, las organizaciones de la sociedad civil y el sector privado han incluido en sus agendas cuestiones como la democratización la Red, su regulación, cuestiones relativas a la propiedad intelectual, a su valor económico, su rol educativo y socializador, los problemas vinculados a la privacidad y los impactos que tienen en todos y cada uno de los ámbitos de la vida.

Teniendo en cuenta este marco, la autora destaca dos preocupaciones básicas en la agenda de prioridades de América Latina. Una de ellas es el desafío que suponen las cuestiones relativas a la conectividad y el acceso (cuestiones que se van ampliando a las relacionadas con el gobierno electrónico, la educación y el reconocimiento e inclusión de las múltiples formas de diversidad cultural frente a la hegemonía económica, cultural y lingüística predominante). La otra preocupación central es si las TIC pueden incidir realmente en la reducción o superación de la pobreza o si, por el contrario, no hacen más que agravar la desigualdad existente transformándola en exclusión de numerosos grupos sociales que ya están en una situación de desventaja. Esta última cuestión es, según Bonder, un interrogante abierto, que requiere para abordarlo “una mirada mucho más amplia que la exclusivamente centrada en los “impactos” cuantificables del acceso a la tecnología en el empleo o el ingreso. Se necesita mirar cómo se inscriben las nuevas tecnologías dentro de las biografías socio-históricas de personas y grupos y de qué forma interactúan con los estilos de vida y el capital cultural y simbólico de mujeres y varones”.

“Un diagnóstico comprehensivo de difusión o impregnación que tienen las TIC a nivel global no puede basarse en indicadores que den cuenta sólo de las brechas regionales, sino que es preciso considerar con cuidado las desigualdades existentes entre países de una misma región, entre ámbitos geográficos al interior de cada uno de ellos, entre generaciones, niveles educativos, condiciones socioeconómicas, étnicas y muy particularmente las diferencias según género”.

En el contexto de los cambios activados por la difusión de las TIC, Gloria Bonder analiza la manera como las mujeres acceden a ellas y las utilizan en su vida cotidiana. En concreto, profundiza en el papel que están jugando las TIC en la organización y la participación ciudadana, que está condicionada por cuestiones históricas, institucionales, culturales, económicas y políticas desde las cuales cada país y sector social logra posicionarse en el mundo globalizado y asumir un determinado papel en él.

Para finalizar, incluye reflexiones sobre las potencialidades y límites del ágora virtual y destaca estudios y programas de acción que se han puesto en marcha en América Latina, destacando tanto logros como limitaciones de los mismos. De esta manera, Gloria Bonder ofrece tanto un análisis de algunas teorías y estudios en torno a las mujeres y las TIC como propuestas y experiencias que pretenden orientar los cambios a la reducción de las desigualdades, la protección de los derechos humanos y la equidad entre mujeres y hombres.

“La cultura patriarcal dominante en muchos de estos contextos [rurales] limita o directamente impide en algunos casos que las mujeres usen los servicios de los telecentros. Ello es un buen ejemplo de que la mera existencia de facilidades y equipos no asegura por sí que las mujeres puedan usarlas. Se necesitan acciones complementarias (educativas, de comunicación, de trabajo con la comunidad) para remover los obstáculos que alejan a las mujeres, y dentro de ellas a algunos grupos más restringidos en su autonomía, como las mujeres mayores, del uso de estas tecnologías”.

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