Cada género con su malestar

Si miramos a través de una ventana de cualquier hogar al final de la tarde un día de diario, no sólo percibimos a dos adultos cansados, sino con la sensación de no verse recompensados a pesar de haber estado toda la jornada fuera de casa. Uno puede encontrar en el espacio doméstico el broche final de un día agotador, otro podría revisar las tareas pendientes para el día siguiente (si se tuviera subcontratado un servicio doméstico), pero ambos saben que en el transcurso de su convivencia deberán negociar sus respectivos tiempos: del tiempo propio, del tiempo de dedicación a los demás (si tienen responsabilidades familiares) y seguro que el tiempo se estimara, para recortarse o dilatarse en función de sus ingresos.

Si empezamos por ella, hablamos del malestar de emancipación y con ello nos referimos a la vivencia de muchas mujeres a la hora de conciliar dos espacios: el espacio doméstico y el mercado de trabajo. Se define como malestar porque no se experimenta una sensación de logro en estos ámbitos, sino la idea de ir contrarreloj para cumplir con las obligaciones que en ambos lugares se reclaman. El problema es que esa percepción parece encerrarse en el estrecho marco de sus relaciones personales, cuando debe analizarse más cerca del concepto de estructura social, porque en esa noción se dan cita los espacios público, privado, el ámbito laboral y sus respectivos aprendizajes por parte del individuo.

En el caso de aproximarnos al malestar masculino deberemos dibujar aquellos aspectos que se derivan de las formas modernas de trabajo, donde la especialización flexible implica controlar tan sólo aquel islote que a uno le compete, a lo que se suma la vivencia de una permanente necesidad de tomar decisiones.  Toda esta actividad, encuadrada en una edad que no supere los 35 años, porque las cambiantes demandas se inclinan por rebajar la fecha de caducidad laboral. El primer malestar responde a la conciliación de dos espacios (o tensión, depende como se lleve), el segundo malestar se debe a la inestabilidad de la demanda propia de la especialización flexible de la producción.

Estos malestares estarán presentes en las discusiones vitales sobre el uso del tiempo. Pero lejos de inscribirnos en el estrecho marco de la biografía de cada sujeto, es imprescindible saber qué otros ingredientes entran en juego, los veremos en sentido inverso a la primera imagen de esta ponencia, primero entraremos en el mundo del trabajo, especialmente en lo que se refiere a la disponibilidad. Posteriormente tomaremos los roles como el primer lugar de negociación interna (los significados que me atribuyen y lo que me dicta mi experiencia) para terminar con una negociación de mayor envergadura, aquella que nos exige reclamar al otro (un “otro” concreto y significativo) “mis” demandas de cambio.

Me inclino a pensar que en la negociación entre los géneros, en temas vitales como el uso del tiempo, se podría estipularse en una doble dirección: o bien, cada uno prefiere dirigirse al rol de quien se sitúa enfrente, reclamando un mejor ejercicio del mismo, o bien, se tiene presente que son dos sujetos los que participan en el pacto.

1. La galante idea del liberalismo del mercado.

Del mercado me interesa rescatar dónde queda el sujeto, el individuo, la propiedad de uno mismo. Por este motivo, me sorprende la idea que subyace en el liberalismo porque parte de dos premisas: la libertad política y el mercado. La libertad política que sirve para fundamentar la idea del mercado, como un espacio movido por la libre competencia, cada vez más decidido a desalojar cualquier regulación que atente contra la disponibilidad, y cuyos objetivos se basan en la obtención máxima de unos beneficios con los mínimos costes, como se define en el concepto de eficiencia.

El mercado se presenta como un generador de beneficios y bienestar, su origen clásico se ha basado en una idea deontológica que ligaba el trabajo al derecho a la propiedad de sí, lo que equivale a tener el derecho de propiedad sobre uno mismo para poder intercambiar sus destrezas y habilidades por una retribución fijada por el demandante. Si parecía que los individuos eran libres para efectuar un intercambio de sus saberes y fijar acuerdos sobre la equivalencia monetaria que se establecía por aquellos, lo cierto es que descendiendo de la teoría política del mercado a la arena de la realidad, más que disponer del propio talento como moneda de intercambio, y favorecer la propiedad de uno mismo, el mercado de trabajo ha renunciado a su carácter emancipador, como nos dice Habermas en su Historia Crítica de la Opinión Pública. Porque de situarse en el presente, lo haría más como un lugar de incertidumbre y juegos sin reglas, que genera una permanente puesta a prueba de los propios conocimientos,  perdiendo la sensación de que se poseen. En esta línea se sitúa Sennett al subrayar las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo[1], que ahora se presenta más pendiente de las marcas de oportunidad, de capitalización de las agendas y de las relaciones informales, o de la cultura de la empresa, que provoca una pérdida de sentido del trabajo, en su acepción original.

Si a esto le añadimos que el mercado cuenta con otra capacidad contemporánea y es la expedir marcas de utilidad entre los individuos que lo integran, utilidad que no equivale a bienestar. Estar empleada/o en X compañía es la credencial más consistente en la presentación cotidiana, los tipos de contrato también verifican nuestra posición en la estructura social. Considero que el bienestar es una noción que debe acompañarse de una teoría que muestre las formas más aceptables para percibirse como un sujeto que obtiene logros, éxitos y metas en lo que realiza. Para ello cada individuo debe aspirar a trazarse sus propios fines, sus trayectorias profesionales, sus itinerarios y no desdibujarse en el corto plazo.

Sabemos que el concepto clásico de utilidad se asocia a una propiedad, no importa qué objeto por la cual se obtiene un beneficio, una ventaja, un placer, un bien o un disfrute, siempre que sea medible (así nos fue trasmitido al modo clásico por Benthan (l789). Mientras que el bienestar podría situarse más como la obtención de un beneficio propio, y desde esta óptica también podría enunciarse como una utilidad, aunque el beneficiario sea el propio sujeto que se la procura.

Ahora bien, esta búsqueda racional del beneficio opera de otro modo cuando se trata de las mujeres, porque con respecto a ellas, gravita otro concepto: el egoísmo. Producto de una socialización de rol, donde la externalidad y la falta de autorreferencia personal, favorecen una dosis alta de responsabilidad para con el espacio doméstico, se emparente éste (o, no[2]) como un lugar familiar. Me llama la atención que el liberalismo se presente como el marco donde mejor se despliegan las condiciones de soberanía individual, como si fuera un marco libre de restricciones, donde el reino de las preferencias personales imite una suerte de elecciones racionales que apuntan a lograr el máximo beneficio individual.[3]

2. Cautivos del tiempo: Cronometrar la experiencia vital.

El tiempo es una construcción conceptual, una contabilidad artificial de unidades fragmentables dotadas de una extraordinaria capacidad de regulación sobre la vida de los sujetos. Su magia radica en su poderosa cualidad de representación social. Mediante un artefacto mecánico, una abstracción de horas y minutos, se transfiere unas normas métricas fielmente seguidas por todos: días, jornadas, descansos. Su devenir histórico experimenta la posibilidad de una transformación infinita, unas constantes redefiniciones en función de nuevas formas de organización social y estilos de vida.

Tratándose del tiempo, la estrategia reside en convertir una convención en un hecho natural, alquimia gracias a la cual el tiempo deja de ser una magnitud para mutarse en una experiencia de la cual es difícil sustraerse. Maleable, adopta cualquier forma (full-time o part-time) y se sitúa como una disciplina inapelable, una Ley externa ante la cual hay que doblegarse ¿quién controla su tiempo?

El tiempo ha llegado a proporcionar el criterio de valoración por excelencia sobre la productividad y sus resultados. En los comienzos de la revolución industrial, el cálculo severo del rendimiento se fija en la existencia de una prolongada jornada de trabajo, ahora la jornada sigue siendo intensa, pero las coordenadas físicas modifican los lugares: se trabaja por objetivos, o lo que es lo mismo “no importa cuando lo realice, lo quiero mañana”. Junto a esta incomensurable jornada, el tiempo vital del individuo trabajador no representaba ningún límite para disponer de su tiempo de trabajo de la conflictividad que experimenta la racionalidad del empleo frente a otras racionalidades más cercanas a la vida, es magistral la aproximación de Barbara Adam [4], quien en su obra insiste en los efectos de una medición basada en un tiempo abstracto.

2.1. Cronometrar el conocimiento

El tiempo puntúa la eficacia en el saber, asegura la relación rendimiento-aprendizaje, los saberes operativos se concretan y validan a partir de un ajuste con el tiempo personal. La edad ha llegado a ser un valor indisociable del conocimiento, la cualificación resume en sí misma las pautas de esta combinación, sus significados radican en aprovechar al máximo las capacidades específicas del proceso de formación que, convertido en experiencia acumulable y fechada, constituye un objetivo de primer orden.

Los sujetos organizan su experiencia en función de diversas categorías de tiempo, un tiempo propio que permite la demora, y un tiempo público-laboral que obliga a la condensación de tareas o actividades, en ellas ha de verificarse un escrupuloso ahorro de tiempo, hasta el extremo que toda desaceleración representa un déficit en los logros. Hallamos las mismas premisas temporales en la formación; ésta conlleva, como requisito, la continuidad basada en un tiempo de recogimiento que favorece la asimilación (de información) y en un tiempo de pruebas apto para acreditar una futura ocupabilidad.

La entrada al mercado de trabajo viene precedida de un sistema de evaluación según la taxonomía temporal que constituye el aprendizaje de un sujeto. Los preliminares al puesto de trabajo lo configuran los requerimientos profesionales. El tiempo profesional se dota de un riguroso sistema de contabilidad. Será seleccionado en función de su tiempo retrospectivo: conocimientos (formación y estudios de postgrado), experiencia profesional, idiomas, todo un aprendizaje que precisa ser detallado. El curriculum vitae es un registro espacio-temporal, donde el ejercitante presenta aquellos lugares (Instituciones, Entidades) e intervalos (horas, meses, años) donde trabajó o estudió. Una pormenorizada (o telegráfica) clasificación que fuerce los signos de distinción frente a otros candidatos.

En un paso siguiente, será valorado el tiempo programable: flexibilidad (para viajar, movilidad geográfica), capacidad para asumir responsabilidades de planificar el uso del tiempo propio y ajeno (de los que coordina, manda, supervisa u ordena). Los sistemas de promoción apelarán a otro cómputo temporal (sobre todo, en los convenios laborales menos modernizados) la antigüedad, o el tiempo de permanencia y fidelidad a la firma que servirá, entre otros requisitos, para fijar sus propuestas.

Otra forma de inventariar el tiempo la aporta la teoría del Capital Humano, mediante el procedimiento selectivo, y aparentemente “voluntarista”, por el cual un individuo articula su ciclo vital y su aprendizaje. Se trata de un sujeto dispuesto a practicar una inversión en sí mismo al dedicar un tiempo X al estudio, para obtener una cualificación educacional relativa a su universo laboral. En todos los casos, la construcción de un tiempo de orden práctico favorecerá la obtención de un beneficio inmediato o a largo plazo. Merced a esta fórmula del esfuerzo individual, la proporción de tiempo invertido actuará como equivalente de un futuro rendimiento. Es necesario matizar, conforme a estos requisitos, la necesidad de disponer de un tiempo sin fisuras, en el que integrar las tareas de aprendizaje continuado, conforme a al volumen de la inversión en el propio capital humano[5].

Las predicciones de esta teoría vienen avaladas por la naturaleza de los puestos de trabajo así como sus salarios. Aquellos trabajos que exigen cualificaciones, itinerarios formativos, o un proceso de aprendizaje exhaustivo, proporcionarán mayores ingresos. El tiempo vital juega un papel importante, el procedimiento y las condiciones de tiempo son explícitas: más jóvenes y con más experiencia.

La Maquina del tiempo

El mercado de trabajo juega con diversas categorías de tiempo, lo prescribe según sus necesidades. Si en la literatura la máquina del tiempo de Wells permitía viajar por el pasado, ahora más que elegir siglo o época, el mercado de trabajo decide en base a la racionalidad técnica, establecer una economía del tiempo a su medida. Baste pensar en los contratos de trabajo clasificados por el cómputo temporal en aras a lograr mayor flexibilidad (a tiempo parcial, de aprendizaje, en prácticas, el fijo discontinuo). El escenario es voraz, porque los tiempos marcan derechos diferenciales: a menor tiempo, mayor desprotección dentro de la empresa. Las jornadas completas no entienden de políticas de empleo, se inscriben en el sistema productivo dentro de aquellos perfiles profesionales de mayor cualificación. Entre los nuevos conceptos de producción coexisten tanto los sistemas full-time, con empleadas/os a tiempo parcial, que comparten el mismo espacio y los mismos sistemas de control que el derivado de los indicadores numéricos (hojas de tiempos y movimientos) para verificar la formación de los aprendices.

Un sistema tan extraordinariamente flexible posibilita disciplinar mejor las fluctuaciones irregulares o estacionales de la actividad económica, en un contexto de inseguridad determinado por una nueva división internacional del trabajo y una competencia intensificada de los mercados mundiales. En relación a esta lógica, la organización del tiempo laboral obedece a diversas posibilidades coyunturales de empleo, por ello su revisión se concreta en la negociación colectiva, siendo la organización del tiempo de trabajo un asunto que compete -también- a los interlocutores sociales[6]. No obstante, no podemos obviar que el tiempo de trabajo afecta al conjunto de la sociedad, a los tiempos relativos a la educación, al ámbito familiar, al tiempo de ocio.

Pero los “otros tiempos” quedan desalojados del tiempo laboral. Esta interdependencia se sitúa más como un mero efecto, que como un elemento que presida cualquier negociación o definición de puesto de trabajo. Siguiendo este esquema, el tiempo de trabajo se arraiga como un dispositivo regulador del resto de los tiempos sociales, pero lejos de incorporar esta conectividad, en orden a fijar sus dimensiones y distribuir los calendarios o jornadas laborales, se des-entiende de la misma y reclama del individuo trabajador la mayor disponibilidad; en otras palabras un desprendimiento del tiempo privado (o tiempo para sí) en aras a reforzar la dedicación a su profesionalidad. Todavía queda prever la sustracción de tiempo privado que pudiera derivarse del teletrabajo, al transgredirse, mediante el argumento tecnológico, la noción de espacio, y con él su capacidad para marcar los límites o lugares diferenciales. El teletrabajo podría disolver los pares: dentro-fuera, o lo que es lo mismo: lo público y lo privado.

La tecnología informática, de la cual somos testigos de sus albores, provoca lo que Adam Schaft denomina “la revolución de la revolución” (industrial), al describir el tránsito de los ordenadores de código cero-uno a los ordenadores en los que el razonamiento lógico integral constituya la unidad básica de cálculo. Este avance parece concluir el debate sobre la inteligencia artificial, pero abre, en cambio, la necesaria reflexión sobre los efectos micro y macrosociales de la actual revolución científica, las innovaciones tecnológicas que se llevan a cabo en las economías industrializadas apuntan en una dirección única: aumentar la eficacia mediante el control  temporal de la  producción.

Si en su momento fueron analizadas las resistencias hacia una organización del trabajo basada en los métodos y tiempos por diversos autores (Bravernam, Gorz, Thompson), todavía quedaría adentrarse “sociológicamente” en las consecuencias de los aumentos de competitividad destinada a reducir los costes de producción, así como relacionar el -indiscutible- avance sobre la calidad teniendo presente que ésta viene determinada, en muchos casos, por los ritmos de trabajo programables en virtud de la automatización; es decir, por un tiempo externo al trabajador, lo que disminuye considerablemente la autonomía y el control de éste sobre su propio trabajo.

Sometido a las leyes de una productividad informatizada que permite acceder a todas las escalas de tiempo y espacio, el tiempo profesional inicia una cuenta atrás, acorta la edad profesional, invade el tiempo privado al regular una operatividad voraz o tareas que han de resolverse en plazos improrrogables. La nueva profesionalidad no admite recortes, su consistencia estriba en lograr ganar la carrera el tiempo, todos estos elementos nos obliga a preguntarnos qué otros tiempos se escapan al disfrute (o co-participación) del sujeto, así como sus efectos sobre la calidad de vida, como apuntan Carrasco y Mayordomo [7].

2.2. Evaluando el tiempo (o los puestos de trabajo)

Como consta en cada descripción de los puestos de trabajo y en relación a cada objetivo básico, el tiempo profesional conjuga sus funciones con verbos de acción: planificar, adaptar, supervisar, coordinar, adecuar, promover, tareas que precisan de la inmediatez como regla de actuación exitosa. El tiempo profesional incluye un tiempo no sujeto a horarios, al que denominaremos el tiempo subjetivo, aquel que sumerge al sujeto en una reflexión de tipo instrumental aunque no se materialice en ninguna actividad inmediata. Son tareas invisibles situadas en el ámbito de lo subjetivo pero que reclaman la concentración del sujeto. Calcular, anticipar, detectar u otras demandas, al objeto de cubrir las metas que pautan toda profesión. El tiempo subjetivo sólo puede verificarse a posteriori, a partir de la evaluación de resultados.

Se potencia, de este modo, un intensa dedicación y proyección en lo laboral, no ya desde la utopía del trabajo de principios de siglo (el Estado Social). Hoy el trabajo ya no procura bienestar y tiempo libre, se constituye como expedidor de identidades. Los proyectos personales quedan constreñidos a los recursos que se generan en función de hacer frente a una “nueva profesionalidad”. Cualificación se confunde con identidad, “mis” capacidades han de ser reconvertidas en ofertables, con valor y precio que las signifique como baremables, y una vez seleccionadas, son canjeables en el mundo laboral. No se trata del perfeccionamiento unido a la productividad que propugnaba el liberalismo. Hoy la receta es sencilla: disponibilidad puntual y rápida de un soporte de información que debe circula en el momento preciso. Y lo más importante: anticiparse a los otros, por lo que obligatoriamente ha de privatizarse la información o, en su defecto, intercambiarse en un sistema de trueque riguroso.

En todo este territorio sin ideologías (como celebrara en su momento Daniel Bell) el individuo busca su posición en aras a la meritocracia, a una racionalidad técnica triunfante. En las nuevas relaciones de trabajo el tiempo es el nuevo capital, su distribución, forma de gasto, usos y aplicaciones (masters, cursos de postgrado, especializaciones) precisan, sin dilación, una cuantía de tiempo extraordinariamente amplio para lograr alcanzar las cotas de profesionalidad que reclama el empleo cualificado.

Durante la revolución industrial no se calibraron los efectos que conllevaba la nueva organización del trabajo, el tránsito entre el artesanado (controlador directo del tiempo de producción, desde la materia prima hasta la puesta en circulación de la mercancía) y el trabajador fabril, ahora asistimos a una revolución de magnitudes similares en cuanto a la incidencia en la vida social, pero con la vista puesta sólo en los logros y en las demandas de eficiencia sin considerar que el tiempo demandado absorbe cualquier otra actividad que no esté relacionada con el tiempo de trabajo.

En todo este mapa de necesidades de aprendizaje, así como de obligaciones -laborales- sometidas a un rígido aprovechamiento del tiempo, cabría preguntarse dónde quedan otras áreas de interés para el sujeto que necesariamente no repercutan en una futura rentabilidad. Si el mercado de trabajo agota la reserva de energías en una tentativa de abarcarlo todo (la informatización equivale a la inmediatez) ¿no resulta un artificio proponer pactos entre hombres y mujeres sobre la co-responsabilidad doméstica?. Acaso no nos dirigimos hacía un doble discurso, por un lado las prácticas sociales de signo laboral, erigiéndose en la primera preocupación de los sujetos, y por otro lado, las políticas públicas que pretenden fomentar la aproximación a esferas (tradicionalmente) femeninas como el cuidado de las hijas e hijos, o el aumento de presencia en el hogar, cuando la organización del trabajo pauta disciplinas temporales absorbentes e incompatibles con otros espacios ¿qué nuevos significados adoptará la vida familiar?, cómo se organizarán los tiempos de hombres y mujeres en un mundo -antes privado- y ahora semilaboral.

En suma, cómo se consigue la equidad en este escenario precipitado e irrenunciable porque a él va ligada, queramos o no y en grado variable, las cotas de autonomía y autogestión del propio tiempo.

3. Roles y negociación de tiempos.

Si el mercado atiende su lógica, otro caballo de batalla son los roles sociales porque en ellos ya se inscriben las futuras trayectorias temporales de hombres y mujeres.

A la teoría de roles hay que añadir la teoría del individualismo, dado que en toda negociación son dos sujetos los que se comprometen a fundar nuevos pactos y para ello deben acreditar mutuamente sus respectivos discursos, no desde el ejercicio de rol, sino haciendo valer su singularidad.

El individualismo resulta útil por entender que describe las condiciones idóneas para alcanzar el estatuto de sujeto. No se trata de presentar dos teorías, sino de servirnos de sus principales conceptos para mostrar la primera negociación: entre “mi” rol y mi posición de sujeto.

¿Porqué estos modelos? Porque a la luz de las tensiones que se producen entre las aspiraciones de las mujeres y sus acciones concretas, es decir, su comportamiento en el plano de lo real, es preciso no encerrarlas en simples desajustes, o en una dificultad para conciliar lo inconciliable. Es evidente que resulta especialmente difícil para las mujeres conjugar ambas posiciones, porque en ellas se concitan las dos aspiraciones: ser persona y jugar apropiadamente su rol. No se trata de  un simple afán de ajuste ante el discurso social, sino porque el ejercicio de “su” rol ha sido ensalzado desde todos los ámbitos sociales, dispuestos a condenar toda “desviación” de los papeles que les corresponde ejercer a las mujeres.

3.1 Los roles: Identidad y credencial.

La sociología del conocimiento parte de una premisa: que la realidad se construye, es decir, que la sociedad hay que interpretarla dentro de un momento histórico, de unas condiciones sociales determinadas. Y es, precisamente, bajo este esquema temporal como se despliegan todas las obligaciones y expectativas que contienen los roles sociales. Lo que era condenable puede, en un futuro, ser admitido, porque las circunstancias han asimilado cambios que permiten nuevas definiciones.

¿Cómo se conforman los roles? Peter Berger y  Thomas Luckmann son unos pioneros en complicar el mapa, y mostrar que no sólo se representa un papel, sino que funcionan como códigos de conocimiento (decir estoy casada, es una información escriturada de antemano en el ámbito social), además de proveerse de buenas reglas de actuación (estar casada, conlleva una serie de limitaciones que se saben determinadas exteriormente).

Convertir en ley, lo que podría ser pura arbitrariedad (cada “una” estaría casada a “su” modo) precisa de unos buenos ingredientes. Para empezar los roles están provistos de elementos tan  múltiples como certeros, porque para fijar una semejanza en el desempeño de los papeles que juegan las mujeres (y los hombres) han de cuidarse hasta los últimos detalles.

Primero, debe aprenderse a muy temprana edad. La primera instancia es una institución como la familia, en la cual se asimilan los significados sociales del uso del tiempo, convertido en tarea, o en renta familiar. Los roles se sirven de un eficaz discurso social repleto de recomendaciones sobre comportamientos masculinos y femeninos. Resulta casi mágico entender porque se dan tantas semejanzas entre unas y otras (o entre unos y otros), no es casualidad, el aprendizaje se sirve del lenguaje imbricado en los actos cotidianos, como los hábitos, que les introduce en una articulación de espacio y tiempo a penas perceptible en las rutinas diarias.

Segundo, debe reproducirse sus mecanismos, repetirlos y extenderlos (la teoría de la reproducción social profundiza en estos aspectos). Las tácticas son impecables,  porque repitiendo las mismas acciones no se registra ninguna sensación de aprendizaje, se eliminan las dificultades, puesto que de existir alguna recomendación en el mundo del hogar, ésta siempre se remite a un hecho concreto: “no hagas”, “no toques”, “ten cuidado”; pero en ningún caso se sabe que se están interiorizando futuras formas de comportamiento.  Este dispositivo de internalización precisa de una observación en un contexto afectivo.

 Niñas y niños presencian en el hogar una distribución de tareas y de conductas que no son neutras, sino que están generizadas. Observan en la madre (y la red de mujeres de su habitat) organizar un espacio íntimo, como responsables del mismo, donde su tiempo en singular apenas se visibiliza, aunque tengan otras actividades de tipo remunerado. Mientras que vivencian la misma dosis de responsabilidad en el padre ( o varones adultos) en un espacio situado “fuera” del recinto doméstico: el espacio laboral, cuya dedicación temporal, por muy severa que resulte, se ajusta al rol paterno exitosamente, porque su condición de proveedor parte de una dedicación temporal extensa fuera del hogar.

Tercero, una pasiva interiorización debe incluir todo el universo simbólico, es decir, el mundo de las imágenes, lo implícito. Lo simbólico se activa en los propios juegos y objetos que los contienen, cuentan con extraordinarias representaciones, donde el sujeto participa directamente. Cualquier cuadrilátero puede ser un fuerte, en una cocinita se preparan alimentos invisibles. A esta simbolización se suman las reglas y los contenidos del juego. En los juguetes infantiles femeninos no hay prisas, ni resultados medibles. Respecto a la niña se registra una redundancia, como juego de simulación del espacio doméstico, cuyos elementos elige (y se le facilitan). Pero estos juegos no sólo se ciñen a la suma de tareas y la responsabilidad que conlleva, sino que se manifiestan como una predisposición para priorizar las demandas ajenas, frente a las propias, emergiendo un tiempo de dedicación.

Una receta contraria al cuidado de sí misma, a la ganancia que se obtiene de la apropiación de sí. Ingredientes difíciles de hallar en las ofertas de juegos “para niños”, centrados en  la inventiva, el cálculo, la asimilación del riesgo, o bien,  el “como sí” de un conflicto, presupuestos que contemplan los diseños de los juegos orientados a la demanda infantil masculina. El niño establece una analogía con las reglas del mundo público, cuyos modelos de interacción que, para bien o a su pesar, le dotan de otros recursos.

Nuestra primera socialización no cuenta con mensajes explícitos. La cotidianidad no se piensa, se actúa. De ahí proviene su fuerza, porque ninguna persona congela su vida diaria para reflexionar sobre sus acciones, simplemente sigue las pautas aprendidas. En virtud de este mecanismo, se llega a creer que lo que sucede todos los días, adquiere el rango de “natural”: lo que debe ser. Gracias a esta transacción, lo que hemosinteriorizado, se objetiva, lo convertirnos en social, como si estos hechos no fueran producto de la actividad humana, sino totalmente externos a nosotros, algo que asumimos tal como se nos da.

El significado de responsabilidad doméstica, no se autopercibe como fruto de una división artificial, al internalizarse logra convertirse en un cometido ineludible. Las mujeres pagan un fuerte tributo cuando sienten que “delegan” sus responsabilidades, porque el sentimiento de culpa no tarda en aparecer, seguido de una sensación de extrañeza, de perplejidad por no adaptarse a “lo que otras mujeres hacen”. Una incertidumbre que no se resuelve apelando a los condicionamientos sociales, sino que se inscribe en el estrecho marco de lo personal, como si fuera un déficit individual, y no una poderosa pauta estructural,

Si bien los roles no se eligen, es cierto que a medida que la biografía del sujeto gana terreno, se exponen a sufrir algunas modificaciones. Pero este paso no está exento de problemas. Para empezar, es necesario acreditar la propia experiencia, no depreciar lo que se siente esté, o no, conforme al debido cumplimiento del rol femenino. Pero el mecanismo que conforma el rol es sumamente sofisticado, porque mantienen un fuerte componente normativo, se rigen por reglas de actuación, este hecho implica que  “separarse” de sus máximas, expone al sujeto a un primer acto de deslealtad. En esta situación la tensón está servida: entre los mandatos de rol y sacar un mejor rendimiento de lo personal, potenciar lo que es de cada una.

Sin embargo, no podemos escapar a una pregunta ineludible ¿cómo puede articularse lo biográfico, autoafirmarse, cuando el ideal del amor propio ha sido vinculado a un rasgo egoísta…, en el caso de las mujeres?

Un conflicto de lealtades: Género – Sujeto

Definida interaccionalmente, la lealtad supone la existencia de acatamiento ante las expectativas del grupo (la familia u otros sujetos) y del macrogrupo (el orden social). Frente a estas expectativas un sujeto adquiere el compromiso de asumir determinadas actitudes para cumplir debidamente los mandatos de rol, a cambio el grupo le reconoce, le otorga el mayor de los sentidos: la identidad.

De esta forma el rol se transforma en una señal de (re)conocimiento, puesto que si lo ejerzo según lo recomendado, garantizo la legitimación de su desempeño en otras mujeres y, al mismo tiempo, “me” garantizo socialmente ante los demás, puesto que me identifican en función de “mi” rol. El sistema familiar, como otras instituciones sociales, son por naturaleza incompatibles con el sentido de propiedad individual.

Ser sujeto, es conservar lo particular, lo específico, lo singular, para negociar –no incorporar y acatar- los valores socialmente aceptados por todos. Ser sujeto, decía Agnes Heller, necesita producir un yo, para socializarse en virtud de su particularidad. Actuar desde la propia biografía representa validarse en un espacio. ¿Pero quién estima, valora el espacio? El orden social ha marcado una jerarquía con los espacios, público, privado y doméstico. El esquema es sencillo, se marca un referente predominante – lo público, lo político, lo laboral- lo objetiva (dicho de otra manera: tecnifica su valor) y lo pone en circulación con la misma estrategia seguida por los roles: apelando a la ciencia, a la naturaleza, al sistema de expertos (encuadrado en el momento histórico correspondiente). Todo vale para no cuestionar la arficialidad de este escenario.

La lealtad al género completa la identidad de rol femenino.  La naturaleza de género cristaliza en los discursos, en los enunciados. Lo femenino se ha poblado de signos que denotan su esencia: la revalorizada capacidad de sentir la alteridad donde el sentido del “otro” está en el origen de todas las prioridades. Todos estos elementos son transversales a la activación de roles: esposas, hijas, compañeras, madres, en un extenso repertorio de papeles.

Si este es el escenario, habría que pensar en qué paradoja caen las mujeres cuando el amor propio entra como sinónimo de orgullo y vanidad, precisión que no afecta a la población masculina. Al hablar de individualismo, en ningún modo se instaura el confortable ideal del trono infantil de la autocomplacencia. De profundizar en su origen, ha sido una virtud griega, ilustrada, del utilitarismo del XIX, hasta la esencia de las democracias, siempre ligada a un principio moral que enfatiza no despreciar lo que sólo a uno le concierne. El individualismo ha sido tratado como una excelencia, como una virtud ética porque el reconocimiento de los demás precisa de una previa acotación de lo propio. Fernando Savater, llega más lejos y lo relaciona con el altruismo, porque sólo si uno se toma en cuenta no se transforma en una caridad mutilante para los demás (que, curiosamente, siempre son los que menos “se” tienen).

Decir esto no es una recomendación moral, es un requisito de integración en una comunidad más global, En el siglo XVII, ya el primer texto constitutivo del Estado (El levitham) se recordaban los beneficios de la propiedad de sí, como un fundamento del pacto social. Si bien ha pasado mucho tiempo desde que el filósofo Hobbes, ideara el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, es cierto que en el caso de las mujeres, tomarse en cuenta, en el doble sentido de autocuidado y autorreferencia todavía se desliza dentro de un esquema de culto hacia uno mismo, cercano a la omnipotencia o el narcisismo. Manifestar abiertamente el trato que deseo para conmigo misma, lejos de ser egoísta es una apuesta a la individualidad. Y, en todo pacto, son dos individuos quines acuerdan sus contenidos.

Condiciones de negociación intrafamilar.

Una vez que contamos con la voluntad explícita de manifestar nuestros deseos, una vez que se define el problema a tratar, y una vez que se está en disposición de buscar soluciones comienza el proceso de negociación. Así se describe, en síntesis, el propio proceso de negociación[8]. Ahora bien, han de darse las siguientes las siguientes condiciones:

l. Que la negociación se produzca entre dos sujetos y no entre dos roles. Dado que resulta especialmente difícil calibrar las aspiraciones individuales apelando a su categoría de individuo, cuando las inercias sociales señalan el rol como el primer supuesto de conocimiento y re-conocimiento.

Uno y otra, se sitúan como responsables de respectivos espacios. Lugares que representan muchas veces una serie de tiempos coercitivos. Cuando el tiempo no sólo regula, sino que oprime, los tiempos de cada uno deberán ser tema de negociación al objeto de flexibilizarse (reparto de tareas, distribución del tiempo libre, del familiar, del particular) como parte de una nueva estrategia familiar.

Des-aprender, de-construir, en una estructura social que ensalza y sanciona, de acuerdo a normas de rol, no es tarea fácil, aún así, resulta importante transgredir las lealtades de rol, tener consciencia de la sujeción que conlleva atenerse a los referentes dados, así como los beneficios que reporta esta acomodación.

2. Se precisa pasar del intercambio a la reciprocidad. La reciprocidad actúa como una regla de interacción. La reciprocidad es un tipo de relación social que adquiere sentido porque, primero no se basa en el intercambio, segundo, las transacciones que se producen pueden no ser equitativas, inclinándose del lado de los significados que los criterios de utilidad (recoger un volante médico sería útil –hecho concreto- estar presente en un momento difícil, estaría del lado de los significados).

La reciprocidad mantiene un punto débil (o fuerte, según se mire) en relación a sus compromisos, en el sentido de que éstos son vagos o, simplemente implícitos. Por estas razones, visibilizar las interacciones basadas en la reciprocidad, si se desea hacer explícito el mecanismo, debe entrar en un espacio emergente, como la negociación entre los géneros.

Sobre los contenidos del pacto, apuntar, como propuesta de discusiones futuras, y producto de los discursos más frecuentes en las investigaciones que realizo, así como en las interacciones cotidianas que presenciamos cada día:

Contenidos que se entran en, saberse mutuamente interlocutores (el tiempo de conversación, que mencionaba Martín Gaite). Una progresiva feminización de la sociedad, un ejercicio de propiedad sobre el trabajo al objeto de resistirse a la fluctuación organizada (el hombre de Davos que alude Sennett), sí como la gestión común de las pérdidas y de las ganancias.

Quizá las nuevas formas de trasgresión queden reservadas a aquellos o aquellas que se atrevan a vivir sin un cronómetro personal, para saborear la demora o dar cabida aquellas actividades ajenas a la cláusula de la eficacia y, ¡lo más difícil todavía!, sin experimentar la sensación de una “pérdida” de tiempo.

[1] Habermas, Jünger. Historia Crítica de la Opinión Pública. La transformación estructural de la vida pública. Barcelona. Gustavo Gili. 1981. La otra citada es la de Sennett, Richard. La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Barcelona. Anagrama. 2000

[2] Me he referido ya, en otro lugar, que lo doméstico no es tanto un lugar, como una actitud relativa a la especilizarse en procurar tiempo a los demás, delegando el propio uso del tiempo a las demandas de los otros. De tal forma, que una mujer que viva sóla, sin responsabilidades familiares puede ser reclamada desde todos los sistemas familiares, para iniciar tareas de cuidado (El mito de la Vida Privada. Ed. Siglo XXI. Madrid. l996)

[3] Mingione, Enzo. (l994).Las Sociedades Fragmentadas. Una sociología de la Vida Económica más allá del paradigma del mercado. Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social.

[4] Para una breve aproximación. Adam, B. Cuando el tiempo es dinero, Racionalidades de tiempo conflictivas y desafíos a la teoría y la práctica del trabajo. En Sociología del Trabajo. nº 37. Otoño l999.

(pp 5-39).

[5] Las oportunidades formativas que recaen en la sociedad civil trascienden la categoría de individuo. Por ello, la teoría del Capital Humano es ciega a la categoría “género”, o como puntualizan Bowles y Gentis “esquiva”, con respecto a la clase social.

[6]Algunas reflexiones sobre tiempo ligado a bienestar social, son las de: Fernández García, T y Garcés Ferrer, J. (coords.) Crítica y futuro del Estado de Bienestar: Reflexiones desde la izquierda. Tirant lo Blanch. Valencia. 1999.

Jáuregui, R; Egea, F y De la Puerta, J. El tiempo que vivimos y el reparto de trabajo. Piados. Barcelona. 1998.

Teniendo muy presente la prespectiva de género, Bakker, I. Dotar de género a la Reforma de la Política Macroeconómica en la Era de la Reestructuración y el ajuste global. En Carrasco, C. Mujeres y Economía, nuevas perspectivas para viejos y nuevos problemas. Icaria, Barcelona. 2000. (pp: 245-279).

[7] Sobre actividades no reconocibles y déficits metodológicos en la estimación del tiempo. Carrasco, C y Mayordomo, I. Tiempos, trabajos y organización social: Reflexiones en torno al mercado laboral femenino. En Carrasco, C. Mujeres y Economía. Nuevas Perspectivas para viejos y nuevos problemas. Icaria. Barcelona. 2000. (125-171)

[8] Kresell, K; Pruitt, D.G. Mediation Research. The process and effectiveness of third party interventions. San Francisco. Jossey Bass. 1989.

Pruitt, D.G. Negotiation Behavior, New York. Academic Press. (l986)

Bernal. T. La mediación. Colex. Madrid. 1998.

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