Repartir el cuidado para no descuidarnos
Dado como está programada nuestra esperanza de vida, queramos o no, nos tocará cuidar a otros. Por una parte, el sistema sanitario considera un triunfo prolongar nuestra estancia en este mundo, no importa como, porque es la durabilidad y no la validez la que marca el éxito médico. Por otra parte, el hecho de que un individuo pueda satisfacer sus necesidades mínimas, queda como un tema de segundo orden y en caso de tener alguna implicación, ésta será solucionada con las mujeres de su entorno: nueras, hermanas, madres, hijas, compañeras o, en su defecto, deberá contratar a otras mujeres.

Mujeres, siempre mujeres

Los cuidados se asignan tempranamente a las mujeres en su ciclo de vida y permanecen activos como tarea en todo el proceso de reproducción social, hay que entender la reproducción como un conjunto de habilidades organizativas que posibilitan la supervivencia de los seres humanos. Es decir, que todos y todas, nos hemos beneficiado del cuidado de otras mujeres. Es en la familia donde se inaugura el aprendizaje de cuidar y ocuparse de los demás. Si yo les invitara a recordar quiénes son las personas que permanecen en casa cuando acontece una enfermedad o contratiempo, o asumen el rol de madre si el padre se queda viudo, seguramente daríamos con esas mujeres que han permanecido solteras, cercanas a la familia, pensadas desde siempre para cuidar a sus mayores.

Denominarnos hombres y mujeres pasa por una progresiva construcción e interiorización de modelos masculinos y femeninos. El discurso social nos dota de una memoria cuyos ingredientes en muchas ocasiones nos amordazan tanto a hombres como a mujeres. Los cuidados y responsabilidades van incluidos en la biografía del sujeto. El dolor está imbricado simbólicamente en el género femenino, desde la maldición bíblica, como necesario desde el parto hasta las históricas habilidades femeninas: el tejido, el gobierno del hogar y el cuidado de los hijos. Para el varón queda reservado transformar la naturaleza, el trabajo – con esfuerzo – y su destino de velar -cuidar- por el sustento de su familia.

Cuando aparece la enfermedad hallamos a un sujeto femenino tan volcado en la salud del otro como descuidado en la suya propia. La mejoría o deterioro de aquel que enferma ha ocupado totalmente su pensamiento: no hay lugar para otros contenidos. El cuidado masculino, en la otra orilla del significado, se concreta a través de un discurso mediatizado por el saber: las profesiones masculinas de atención así lo atestiguan.

Según la OIT, para la recuperación de la fuerza física y mental, es particularmente importante disponer de un tiempo de ocio claramente diferenciado del tiempo de actividad. Sin embargo, si alguien padece una enfermedad, el tiempo de cuidado absorbe el tiempo de descanso de quien le cuida: la prioridad es absoluta porque la enfermedad, cuando sucede en el dominio hospitalario, va acompañada de un fuerte sentimiento de indefensión. En estas circunstancias (cuando el cuidado es delegado), la actuación del cuidador no se define por su presencia en el espacio: dentro/fuera del hospital o cerca/lejos de la cabecera de su cama: el sujeto que cuida, en una síntesis especial geométricamente imposible de localizar, sigue cuidando y supervisando el cuidado desde cualquier lugar y momento. Los tiempos mínimos de descanso se utilizan para organizar los próximos cuidados o emitir respuestas a la masa de familiares y amigos que se interesan sobre la evolución del enfermo. Cuando la responsabilidad del cuidado se ha delegado (subcontratado) ha provocado, especialmente en las mujeres, un progresivo sentimiento de culpa y una tendencia a paliar estos problemas aumentando la compatibilidad entre el tiempo profesional y el tiempo de cuidado. Sería muy interesante analizar las relaciones que se crean entre las mujeres designadas como responsables y aquellas, también mujeres profesionales, que son contratadas para la atención al enfermo en el propio domicilio -prácticas que van en aumento progresivo al disminuirse las estancias en los centros hospitalarios-.

El cuidado se confabula con la lógica del desprendimiento de sí: todo gira en torno a quien nos lo reclama. Cuando se cronifica, termina por saquear en tiempo y dedicación a quien lo prodiga. La filantropía y la caridad están imbricadas en el simbolismo del espacio público que les fue concedido a las mujeres. A diferencia del voto, la filantropía puede considerarse una extensión de lo doméstico. El sacrificio no es visto como un don voluntario y muestra de reconocimiento, sino como una obligación o bien como un instrumento de control.

Paradojas
¿Qué paradojas se dan cita en el tema del cuidado?: Si la asunción del cuidado, por parte de las mujeres, fuera una elección racional, éste podría ser negociado con otras personas implicadas, sería posible dosificar las atenciones y la presencia., pero la realidad es que para ellas resulta imposible desvincularse de la adjudicación cultural de ésta responsabilidad. Sin embargo, socialmente, la obligación de cuidar tiende a contemplarse como un acto voluntario y así queda recogido administrativamente. Por poner sólo un ejemplo: ninguna alumna que tenga responsabilidades familiares podrá beneficiarse de un cambio de grupo frente a alguien que presente un contrato de trabajo.

Por otra parte, cuidar es incompatible con la individualidad, no hay lugar para ser una misma; la enfermedad, la atención, el deterioro ganan la partida -no en balde se empeñaron los que no cuidan en hablar de la excelencia del sacrificio, de la entrega, de la renuncia, como unos atributos femeninos impagables-. Cuando las circunstancias son críticas se activan las relaciones del cuidado y las mujeres, a pesar de esta renuncia a sí mismas, se entregan incondicionalmente obligando al que lo recibe, en justa correspondencia, al agradecimiento y la deuda. No importa lo que haya sucedido en la biografía de un sujeto, su enfermedad es una cita inexcusable. Por ello, puede llegarse a la paradoja de que resulta muy difícil no dejarse cuidar, desde un código de atención establecido de antemano que arrincona la propiedad de sí del sujeto.

Cuidar sí, pero quedémonos con lo mejor del cuidado, con la compañía, la conversación, la calidez de un contacto y REPARTAMOS el cuidado penoso, es decir, aquel que nos deja exhaustas: el seguimiento médico, el papel sanitario de administrar medicamentos, cuando no de cambiar pañales, poner sondas, o asistir en múltiples tareas. Ese cuidado que representa la infraestructura y que produce efectos no deseados (malas caras, malos modales, por parte de quien cuidamos), ese cuidado, exige ser compartido.

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