Soy diputada gracias a las cuotas. Por ser mujer, por ser feminista, por ser académica y por ser externa. En mi se cernieron cuatro cuotas. No sólo la de género. De no haber sido así nunca habría llegado a la Cámara de Diputados. Apenas en las elecciones de 1994 las tres primeras características pesaron para que, tras una precampaña exitosa, no quedara en la lista. Fui fundadora y entonces era integrante del PRD como lo fui del PCM, el PSUM y el PMS. Diez años después reuní la cuarta característica: era externa y el PRD abrió su registro para candidaturas ciudadanas, las mujeres habían avanzado y había cuota de género, ser feminista y académica era valorado. No sólo me ofrecieron ser candidata sino ser diputada. Me honra ser diputada perredista. De veras lo agradezco, porque me permitió recuperar un viejo amor.

En la LIX Legislatura, de quinientos diputados las mujeres somos una minoría numérica, representamos sólo el  23 %. Formamos parte de comisiones ligadas a la agenda de las mujeres poco más de cincuenta y de nosotras sólo unas diez trabajamos por la causa. A la minoría genérica se sumó la pertenencia a una fuerza parlamentaria minoritaria.

El Partido de la Revolución Democrática fue la tercera fuerza y, debido a la alianza PRI-PAN que formaron un bloque para temas sustantivos, fuimos la minoría. Muy pronto entendí lo que significa perder votaciones sistemáticamente, aunque como dicen algunos, ganáramos el debate. A sabiendas de la imposibilidad de ganar, el GPPRD participó con posiciones y propuestas alternativas en los debates con un testimonio político, al que hoy puedo llamar un proyecto alternativo de nación. Lo expusimos y lo defendimos cada sesión del pleno, de las comisiones y de los grupos de trabajo, en foros y reuniones. En el marco de un gobierno de derecha, hicimos el trabajo parlamentario del partido de izquierda centrado en la preservación del patrimonio, de los recursos y bienes de la nación, de los derechos ciudadanos y de los trabajadores, así como de la vida rural y agraria, el desarrollo social para enfrentar la pobreza y la democracia moderna en la relación entre el Estado y la sociedad. Insistimos en la reforma del Estado, la modificación de las instituciones y la fundación de la política en torno a la vigencia del estado democrático de derecho y de los derechos humanos – económicos, sociales, civiles, sexuales, políticos y culturales-, con un papel protagónico de la ciudadanía. De manera prioritaria defendimos los derechos humanos de las mujeres. Ante cambios en la política internacional del gobierno, insistimos en la actualización de la soberanía y en una política internacional no intervencionista, pacifista y solidaria. Todo ello cimentado en una visión del mundo distinta de la hegemónica, una visión  de izquierda, en realidad, de izquierdas diversas aglutinadas en el PRD. Así, sostuvimos  la defensa del Estado laico, del avance de la investigación científica en campos como la genómica, de la educación pública gratuita de calidad, de la cultura de horizontes abiertos, hicimos la defensa del arte, del pensamiento crítico, y de las y los creadores, artistas e intelectuales. La visión contraria, la de la globalización abierta, promovió la supeditación de la política nacional a la de los gobernantes de los Estados Unidos, los consorcios y los organismos internacionales, es la política del adelgazamiento del Estado y la cesión de su poder  al mercado, a las fuerzas y los intereses económicos privados. Esa visión expropiatoria y privatizadora, produjo el mayor número de migrantes de la historia. Era del miedo al otro, del enemigo inventado del militarismo para combatir al terrorismo en la que el gobierno quiso colocar al país en el bando opresor, invasor y proyanqui.

No entendí y tampoco entiendo ahora, nuestra postura en torno a la Ley Televisa.  Logramos, en cambio, en alianza extraordinaria: impedir el IVA en alimentos y medicinas.

Como Grupo parlamentario tuvimos experiencias terribles como  la exhibición filmada de la corrupción de algunos perredistas, la crisis de Rosario Robles  nos afectó por todos lados, por haber sido la primera gobernanta perredista de la Ciudad de México, por su enorme liderazgo femenino y feminista desmoronado en la exhibición pública de enredos administrativos, políticos y afectivos, en un clima de linchamiento misógino que se desencadenó, por el derrumbamiento del mito de la inmaculada política; lo que nos condujo a la ingente necesidad de resarcirnos como feministas y perredistas y  reparar la imagen dañada de todas.

Los primeros meses me dediqué a averiguar de qué se trataba ser diputada, aprender los deberes, las responsabilidades, las normas, los lenguajes y las posibilidades reales de acción en ese marco, al mismo tiempo, fui nombrada como integrante de la Mesa Divertida del GPPRD y me dediqué al trabajo de coordinación de equidad social del grupo, a las reuniones de la mesa directiva, a las sesiones del pleno, y a la Comisión de Equidad y Género. Ocho meses después, cuando por fin se aprobó la Comisión Especial de Feminicidio, la cual fue un logro nuestro, me clavé todas las horas del día y de la noche que me permitían las otras tareas, al trabajo de la Comisión.

Experimenté un gran desasosiego cuando dejé la Mesa Directiva del GPPRD por la incompatibilidad estatutaria de ocupar dos puestos al mismo tiempo. A pesar de mi propósito, fui objeto de grillas y quedé envuelta en una disputa de grupos que nunca discutieron los graves problemas que enfrentamos en el PRD y en el Grupo Parlamentario debido a la corrupción filmada. En cambio, de manera catártica discutimos mi caso. Unos propusieron cambio de reglamento para participar en las dos instancias. Otros, que se respetara la norma. Yo misma argumenté que no se valía adaptar las normas a las personas. El problema se resolvió como planteé al inicio del proceso, con mi retirada de la Mesa Directiva y mi dedicación a la Presidencia de la Comisión Especial de Feminicidio, así como a mi trabajo en la Comisión de Equidad y Género de la Cámara. Más tarde salí de la Comisión de Cultura por exceso de trabajo y al final de la Legislatura participé en  la Comisión de Justicia y Derechos Humanos en la que se aprobó finalmente el dictamen de la Ley General de Acceso de las Mujeres a Una Vida Libre de Violencia, así como la tipificación del delito de feminicidio en el Código penal Federal como delito contra la humanidad.

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