AMELIA VALCÁRCEL
Universidad de Oviedo. ISEGORIA / 6 (1992)

A los varones, desde Tácito a Schopenhauer, nunca les ha parecido que las verdaderas mujeres son las que tienen en casa, sino las que tienen los otros varones (los germanos, los orientales). Por su parte, Wojtyla ha hecho profesión de fe «en el genio de las mujeres», reclutando enternecidos agradecimientos como el de Macciochi. La autora del presente artículo adopta una perspectiva histórica y una actitud analítica para aclarar qué es ese genio que como genérico nos adjudican. En primer lugar, la idea de genio es romántica y va emparejada con la de destino, sobre todo en el caso de los genios colectivos. Se trata de nociones que se construyen estipulativamente con fines pragmáticos y no admiten, por definición, contraejemplos. En el caso del genio de las mujeres, los llamados «valores femeninos» que lo constituyen pertenecen al ámbito de la Siulichkeit, y su eventual convalidación en el de la Moralitiit no puede obviar el proceso consistente en la crítica y el desmarcarse de una Sittlichkeit adjudicada como estereotipia que se contrasta, no con otra estereotipia simétrica, sino con lo universal, que se solapa con el genérico masculino. La autora, por último, nos recuerda que la fabricación de este genio que, a título de colectivo, se nos atribuye a las mujeres tiene lugar a costa de la usurpación de nuestra individualidad y de la ausencia de esquemas pragmáticos de reconocimiento de la genialidad individual que pueda producirse en el genérico femenino. Ahora bien: es esta última la que las mujeres necesitamos para poder romper con las tradiciones establecidas e instituir nuevos relatos.

Prefacio que solamente intenta introducir un poco de confusión

«Creen los germanos que el sexo femenino tiene algo divino y profético, con lo cual no desdeñan sus consejos ni olvidan sus predicciones» (Tácito, Germania). Tácito admiraba a los germanos tanto como deploraba la vida cómoda y carente de virtudes de los ciudadanos romanos. Aquellas «bestias rubias», que sólo comprendían el valor y la guerra, porque ni araban ni discutían, apreciaban el consejo de sus mujeres, tan valerosas como ellos mismos. Los ciudadanos de la urbe hubieran considerado indigno aconsejarse de las más probadas y virtuosas matronas en negocios de importancia. Las historias de Porcia y Arria lo prueban y eventualmente lo desaprueban. No así los germanos. Cuando un guerrero retrocedía en la batalla su mujer se adelantaba desde la retaguardia mostrando el pecho desnudo: tenía que matarla si quería huir, elegir entre su muerte y la del enemigo. Este era el precio del consejo. Por el contrario las matronas romanas se afanaban a la sazón en conseguir el dominio jurídico sobre las riquezas que hubieran aportado al matrimonio. De modo que en la ejemplar Germanía el «genio» femenino era superior porque limitaba con las ultímídades, pero la condición de las mujeres era de una rudeza extraordinaria: sus maridos no debían guardarles fidelidad y podían ser muertas por capricho. Y en la decadente Roma no se les concedía a las mujeres en conjunto otra cosa que desfachatez y malas artes, pero por separado iban adquiriendo autonomía y cierta educación.

De todos es sabido cómo el mundo islámico venera a la mujer: lo femenino es sacro y por sacro debe estar oculto. Lo femenino es madre y por madre debe estar guardado. Lo femenino es el goce del creyente en esta vida y en la otra, y por goce debe estar reservado. En Occidente la secularización arrasa: lo femenino es caprichoso, ilógico e incomprensible; las mujeres como conjunto no significan en la historia completa de la cultura. Viven. Y las hay por todas partes.

Para Tácito estaba claro que los germanos eran viriles y los romanos estaban afeminándose. Es decir que los germanos, hombres y mujeres, poseían virtudes viriles y los romanos varones vicios femeninos. En Fátima reciben todas las mujeres del Islam la iluminación y Fátirna es el ejemplo de la virtud femenina, del genio sagrado de lo femenino. El mandato de guerra santa no la implica. Cada uno es lo que es. Lo femenino separado no define al Islam, sino a las mujeres del Islam: no acrecería su crédito si se hablara de ello, así como la honra de una mujer no aumenta si se hace objeto de comentarios. Ese genio sacro ocupa la parte posterior, como el harén en la casa.

El Asia y el Oriente enteros, escribía Schopenhauer, son sabios y lo muestran en el trato que dan a las mujeres. Si algo resulta incomprensible a estos pueblos y si por algo se mofan de los occidentales, es por la preeminencia que éstos parecen conceder al que debe ser sexo sumiso. Los occidentales tienen hacia sus mujeres por un lado miramientos vergonzosos, les permiten opinar. salir, entrar, servirse en primer lugar, les ceden el paso, etc. y a la par faltas de respeto colosales: las exponen al público, las dejan a la vista deseante del prójimo, comprometen constantemente su honestidad y su recato, las prostituyen y las desnaturalizan. Occidente, siguiendo al mismo autor, ha creado algo bizarro: la llamada dama europea. A causa de esta figura la virilidad de Occidente está bajo sospecha entre los orientales.

A los soldados fundarnentalistas que cercaban la capital de Afganistán les gustaba declarar a los periodistas europeos dos cosas: primero, que sabían (porque preferían saber a desear) que la ciudad estaba repleta de mujeres que no llevaban velo, cultivaban su cuerpo y acudían a la universidad; segundo, que anhelaban entrar en la ciudad para capturar a esas piezas de excepción y llevárselas a sus casas a fin de hacer de ellas buenas musulmanas. Por descontado ya tenían en sus casas buenas musulmanas, pero no les parecían igual de atractivas que las futuras conversas.

Parece ser que no hay grupo masculino organizado para la guerra que no haya considerado sumamente interesante acceder a las mujeres de los vencidos. Poseerlas, domarías llegado el caso, es el signo patente de la victoria. Podríamos pensar que lo que se captura es entonces lo sacro del vencido, el genio de las mujeres. Pero el caso es que el destino de las vencidas nunca difiere de aquel que los héroes griegos explicaban a sus cautivas troyanas: «Te llevaré a mi casa, entrarás en mi gineceo, y allí tejerás para mí y me acompañarás en la cama y me darás hijos cuando así me plazca». Pero sobre ese destino no particularmente sacro siempre planea otra cosa. De la misma manera los viajeros occidentales que se embriagaron de tienda y palmerales durante todo el Romanticismo, no solían imaginar los harenes como un centro de producción doméstica en el cual cocinar, lavar, coser y tejer eran las actividades fundamentales: de creer en la pintura, los harenes están repletos de odaliscas que viven del aire, comen del mismo elemento e incansablemente sestean a causa del agotamiento producido por el tanto perfumarse. Notablemente, cada subgrupo encuentra muy interesantes las actividades previas del elemento femenino del grupo de contacto. Dicho de otra forma, parece ser que «mujeres» es siempre lo que tienen los demás.

Y el caso es que, como hemos visto por Tácito, lo femenino se puede detentar como característica colectivamente: hay pueblos viriles y pueblos femeninos. Hay épocas históricas viriles y épocas históricas femeninas. Más aún, hay un modo cierto de unir las dos cosas: un pueblo femenino está a un paso de la decadencia. y la decadencia a un paso de la derrota. ¿Cómo saber cuáles son los rasgos que avisan de que la decadencia se está produciendo invisiblemente en un pueblo que aparenta salud? Pues hay un dominante, cosa que sin duda Tácito pensó, pero que se ha ido escribiendo cada vez que de la caída del Imperio Romano se trata: la libertad de las mujeres es el rasgo de decadencia por antonomasia. La libertad de las mujeres es idéntica a la corrupción de las costumbres. La riqueza, la molicie, la producen. Y en ese caso, no sólo las mujeres se hacen tan libres que dan en libertinas, sino que los varones se afeminan. El conjunto pierde su equilibrio de valor, no se hace epiceno sino en el significado que vincula «epiceno» con falto de hombría. Bien, que algo, una comunidad, se feminice, y esperemos lo peor: al bárbaro (del norte o del sur).

El genio de las mujeres

Por el Papa reinante sabernos que las mujeres comparten un genio, una vocación y una dignidad. Aunque es asunto oscuro saber cómo un individuo participa y comparte el genio de una especie, dejémoslo por el momento. Al fin y al cabo esta afirmación pontifical tiene compañeras del mismo rango. Por los psicólogos diferenciales, aliados con los evolutivos, se afirmó en el pasado y aún se afirma de vez en cuando, que las mujeres cómparten ciertos rasgos conductuales: son más dependientes, más solícitas, menos abstractas. Por alguna psicóloga moral como Carol Gilligan se nos advierte de que tales rasgos forman concepciones del mundo puesto que los sexos son esquemas valorativos diferentes: que para las mujeres rige la ética del cuidado mientras que para los varones prima la adhesión a la norma. La hembra es compasiva, esa es su dignidad, su hábito, su diferencia. Ha sido en el área española mí amiga Victoria Camps la última que con fuerza ha vindicado la existencia del genio femenino y sus posibilidades emancipadoras en su libro Virtudes públicas, uno de cuyos capítulos más pensados le está dedicado. Por descontado, Victoria no vindica el genio de las mujeres por las mismas razones que el Papa reinante, ni siquiera por la traducción que de ellas hiciera una de las nuevas admiradoras de K. Wojtyla, la Sra. Macciochi.

A fin de separar las posiciones de la Sra. Macciochi y de Victoria Camps conviene recordar que la primera fue la voz que desde la intelectualidad proveniente de la izquierda se levantó para alabar la perspicacia demostrada por el Papa en la encíclica De mulieris dignitate y contó después al mundo cómo en el mensaje papal estaba la clave de la verdadera liberación femenina. Mientras que, como veremos, Victoria Camps no la busca en ese texto, no acepta sus sobreentendidos y no acepta ese discurso.

El Papa reinante es, como Cristo, signo de contradicción. Nadie 10 entiende. Cuando habla a los cristianos recibe críticas; cuando habla a las mujeres, incomprensión. El reverendo Paisley sacó durante el discurso del Papa al Parlamento Europeo una cartulina de colorines donde se leía «Anticristo ». Mr. Paisley representa a la derecha más dura. El Papa se las tiene con la teología de la liberación, que es decididamente izquierdista. Está por lo tanto donde debe estar. Su Santidad ha encajado el asunto de la cartulina con serenidad. Con la misma con que reprueba el divorcio, el aborto, los anticonceptivos y el sexo fuera del matrimonio, así como también el sacerdocio femenino, sin por ello dejar de reconocer el genio de las mujeres, esencial e indestructible. Ese reconocimiento es incomprendido por aquellas que se colocan por su cuenta en la vanguardia de su sexo. Pero el Papa no es misógino, sino equilibrado. Esa serenidad pontifical es la que admira la Sra. Macciochi y hace que se deshaga en elogios de la perspicacia papal. Con esa misma serenidad que exhibe ante todo extremo debe de haber acogido las encendidas protestas de amor de la Sra. Macciochi.

El reverendo Paisley se cree pariente de Knox, y la otra pendulea entre Severino y María Magdalena. De esta suerte el Papa ocupa el deseado punto medio. Si las arcas vaticanas se pudieran permitir finezas sería grato que se le enviaran flores a Macciochi y biblias encuadernadas en cabrito al reverendo integrista. O a la inversa.

Uno y otra pretenden escandalizar si bien no a los mismos auditorios. El uno se inviste de un valor anacrónico; la otra, de las ininterrumpidas artes del chalaneo. Aquel se disfraza de profeta, ésta vende lo que no le pertenece. Paisley resulta cómico, Macciochi asombra. Juan Pablo queda, además de infalible, indemne. Desde ese delicioso lugar da su mensaje a Maria Macciochi: «Creo en el genio de las mujeres». En otras apariciones confía a los agraciados: «La Iglesia ha previsto el feminismo en la figura de la Anunciación». Y a los «hermanos separados» amonesta: «La ordenación de mujeres puede incrementar las dificultades de nuestro diálogo».

Es innegable que, repitiendo a Macciochi, «Wojtyla se proyecta a todas las mujeres», Pero como a muchas no nos concede audiencias reservadas y en los sínodos sólo permite entrar a Teresa de Calcuta, no nos queda otro remedio que juzgar su proyección según cómo nos vaya en ella, pues al fin la masa (simbólica) del pontífice es imponente. En nuestra simplicidad y lejanía, como los desharrapados, conocemos por los frutos.

La Iglesia romana no es el principal enemigo de la libertad y la igualdad de las mujeres, pero administra aún gran parte de la simbólica patriarcal a la que el feminismo ha debido hacer frente. No lo hace con peor o mejor voluntad que el resto pero, más inercial, ofrece la imagen ideal de una sociedad perfecta masculina en que todos son célibes y padres, hijos unos de otros por la fe, sin necesidad de mujeres excepto para el lavado de ropa y otras faenas de menor enjundia. Sociedad perfecta que engendra sin amor, cría sin parir, acumula sin trabajar y se perpetúa sin herencias que puedan dividirse.

Tal concierto no es posible en corporaciones con menor capital simbólico acumulado. La Iglesia no pretende surtimos de bañeras, radios, vacaciones o bebidas, sino que sólo intenta otorgarnos la vida eterna en los cielos y los modelos de comportamiento en la tierra. Sus reservas están a la altura del esfuerzo: no hay fragmento de la cultura sobre el que no presuma derechos. Los que cedió puede reclamarlos; los que no ha gestado, a ella vendrán tarde o temprano. Maria Macciochi, emocionada, se acerca a la piedra llevando en sus palpitantes manos un trocito de PCI, un retal de maoísmo y varias espinas de su inacabada corona de dolor feminista. Arrodilla su alma y palmotea «He aquí la esclava del Señor», «Hágase en las otras según tu palabra y deja que yo la expanda», Que callen las mujeres en la Iglesia siguiendo el precepto, que esta Maria profetizará por libre. ¿Cómo no caer a los pies de un admirador de sotana blanca que se deja regalar los libros de una y le envía a cambio textos propios bajo el escudo papal que es tan chic? De hierro habría de ser nuestra Magdalena: perdonado su pasado (pecadíllos), puede romper el vaso de perfume de nardos alabando a su señor ante quizá la reticencia ignorante del séquito. Sólo el Papa y ella conocen el drama que se representa Para escándalo de gentiles y colegio cardenalicio, ella es la elegida.

Ante tal favor, ¿qué representan todas las demás marías arrodilladas o incluso las maripilis? Para todas ellas hay esperanza en las palabras que salen de la pluma papel: son seres humanos dignísimos que, por su peculiaridad de la que no cabe hablar demasiado claro, no pueden ser ministras de Dios, sino «presencias amigas», «cómplices», a las que no se quiere atormentar con el «abuso machista» que supone la integración en la jerarquía eclesiástica. Hace un siglo no se permitía a las mujeres estudiar medicina porque su delicada sensibilidad no se compadecía con precesión tan dura, pero se las animaba a estar en hospitales y quirófanos (varias por cada varón) como enfermeras. Poner torniquetes, curar heridas gangrenadas, recoger esputos y limpiar excrementos no herían la delicada complexión femenina tanto como un título que permitiera mando y minutas.

La Iglesia romana tampoco ha rechazado nunca a las mujeres, una visita a cualquiera de sus templos prueba que son su contingente más firme, simplemente les da un papel específico en la «economía de la salvación »: hacer por amor a Dios lo que en el mundo se les exige incondicionadamente. Hacer de mujeres. Mientras esa parca división del trabajo funcionó no puede decirse que la Iglesia fuera en particular retardataria, sino tan sólo que contribuyó a santificar el estado de cosas. Cuando floreció la lucha por la igualdad desde sus raíces ilustradas, se limitó a frenarla acudiendo al almacén de su simbólica misógina. María es el nombre de toda mujer aunque no lo lleve en sus documentos porque designa un genérico al que sólo se le concede una dimensión y un modelo. Eventualmente• quizá se le conceda también el perdón si, habiéndose desviado de él, se arrepiente.

En verdad la señora Macciochi, en esto y otras cosas, no es original. La iconología está inventada; la posibilidad, prevista. Y además no va sola: hace su peregrinaje dentro del nutrido grupo de plumillas y ex activistas italianos que viajan de la postmodemidad hacia el cristianismo de comunión y liberación. Cada uno lleva sus ofrendas. Reniegan primero de la herencia ilustrada, abominan de su cultura política y ofrecen en prendas su narcisismo. Porque parecen ignorar que no son dueños de lo que regalan al igual que la Iglesia no puede pretender que es religión patrimonial la cultura que haya detentado. Una y otros se intercambian lo que es de todos en un «kula» para el que no están autorizados. Si la desfachatez de Macciochi es más patente se debe a que es una mujer. un algo a lo que nunca se ha reconocido capacidad de pacto ni transacción. En ella es ridículo lo que en otros es inquietante. Desgraciadamente éstas son las conceptualizaciones patriarcales y afectan incluso a quienes, como ella, les hacen reverencia. Seria agradable incluso que la señora Macciochi pudiera vender en buenas condiciones su mercancía, pero es de temer que s610 pueda obtener a cambio un puesto en la congregación de Calcuta, cosa que, conocidas sus ambiciones y su amor al prójimo, no la colmará con el gozo que su esfuerzo merece.

Por el contrario, del chalaneo de Macciochi, de su pasar por buenas las implicaciones esencialistas y pragmáticas del concepto papal de «genio de las mujeres», Victoria Camps, desde el principio de su texto, toma sus distancias. No se puede hablar de esencialidad femenina. No se puede mantener la existencia de un genio femenino por las razones papales. El discurso del Papa es ideológico porque es pragmático: se dirige a apartar a las mujeres del sacerdocio, muy probablemente como único fin. Sin embargo… sin embargo… enuncia sin quererlo una verdad de manifiesta importancia para el futuro, tanta que Victoria acaba afirmando que el discurso de la dignidad, que se abre al feminismo a partir de ahora, ha superado el discurso de la igualdad y el de la diferencia. La verdad es esta: a través de la historia y la moral heredada, por su condición y situación, las mujeres han desarrollado un género específico de virtudes, una tabla de valores propios, los supervivenciales y pacíficos, cuya importancia no hace más que crecer. Esa es su dignidad y ese es su genio. No debe perderlo por la fascinación que sobre ellas puedan ejercer otros modelos: esos valores son su aportación a la historia completa de la cultura y son ahora más necesarios que nunca.

Todo este capítulo de Virtudes públicas pivota sobre la distinción entre ser-esencia y llegar-a-ser, valor universalizable. El discurso que atribuye a todas las mujeres los rasgos y virtudes de la debilidad como rasgo esencial es falso y patriarcal (no falso por patriarcal). Primero, falso por las condiciones generales de cualquier atribución de su mismo orden. Patriarcal porque ha sido el discurso tradicionalmente esgrimido para mantener a las mujeres en la sumisión. Por el contrario, el discurso del haber llegado a ser-valoratívo es feminista y liberador (tampoco liberador por feminista). Liberador porque implica la asunción corno valores de los valores de los débiles. Feminista porque esos valores son la herencia que las mujeres pueden aportar al nuevo mundo.

Gran parte de los rasgos del discurso moral contemporáneo, en épocas de bastantes caídas y consiguiente confusión, es sin duda separar la razón de inteligencia de un enunciado que en su formulación general puede hacer que coincidan aquellos que se encuentran en campos contrarios. «Yo afirmo A pero no por las razones esgrimidas por X» es un género argumentativo usual, tanto en el discurso moral como en el político; quiere realmente decirse «no admito la incondicionalidad del enunciado A puesto que lo hago verdadero por mis razones», y también, «no hay ninguna necesidad por tanto de que A pueda conjuntarse con B y C que puedo no admitir por otra serie de razones». Los enunciados morales se dan. en efecto, dentro de 10 que los teóricos del valor llamaron constelaciones de valor. Urgir su consideración separada es una forma de admitir que del acuerdo de los cuerpos no se sigue el acuerdo en las cosmologías. Por lo tanto Victoria está justificada si acuerda con el Papa reinante que las mujeres poseen de hecho un genio propio, pero no tiene que admitir que se siga de este enunciado que las mujeres posean un destino propio.

El genio y su siniestro amigo el destino

Cito destino porque genio y destino son dos términos que nacieron juntos en la filosofía romántica y siempre han estado vinculados, en especial los genios colectivos. Permítaseme que entre un poco en esta cuestión. ¿Cómo se puede fabricar algo como un genio colectivo? Por un procedimiento simple pero profundamente inexacto. El primer analogado del genio son los genios nacionales. Los genios nacionales arrastran un destino: el genio griego, el genio judío, el genio aleman., no necesitan encarnarse en los individuos, por el contrario, los genios encaman en los productos de cultura, las ideas y, como mucho, en los hombres providenciales que, por lo mismo, han de renunciar a su existencia individual ya que encamar el espíritu es la suma desgracia. El romanticismo decadentista siguió vinculando el genio al destino y a la desgracia. Pero ese segundo genio era individual e intransferible. Sí justamente algo se podía saber de él, era que no hay nada de colectivo en el genio. El genio acompañado de su siniestro amigo el destino, escribirá Kierkegaard, sabe que ni siquiera Dios puede comprenderle. Esta noción de genio que Kierkegaard desarrolló y Nietzsche llegó a hacer vida vivida, tiene sus orígenes en la literatura, es el genio del que habla Stendhal, es el genio de Napoleón (que después de todo no es el espíritu del mundo a caballo) sino el individuo Napoleón que desde su individualidad no se sujeta a ninguna norma, hace la norma para todos los demás. Es claro que, por situarnos, el genio de las mujeres no es de esta segunda clase de genio, sino de la primera, un genio colectivo. Aunque a este segundo genio habremos de volver…

A las nociones de genio y de destino no cabe oponer argumentos empíricos, por definición. simplemente porque son estipulativos: si A carece del rasgo X la culpa nunca la tendrá el rasgo, será de A. Algo defectivo, si no vil, permanecerá en A de modo tal que no quepa incluirlo bajo el campo de pertenencia de X. Si una mujer no es femenina no por ello lo femenino dejará de existir. Desgraciadamente para el empirismo la generalización siempre estaría difícil, y no digamos para el nominalismo. Ambos han de proceder sumativamente y, si bien las generalizaciones obtenidas por suma son más confiables, puesto que la inducción completa es imposible o casi, sucederá que la mayor parte de las generalizaciones procederán de fuentes menos estrictas. Pero, como dice Victoria, la filosofía se articula con generalizaciones. Y lo dice para deshacerse de las argumentaciones empíricas o de una epistemología nominalista que no permitiría hablar de algo como «el genio de las mujeres» o de «valores femeninos». Sea por el momento, aunque la objeción quede apuntada. Por ahora hay otro asunto relacionado con la capacidad de generalizar sobre el que se debe parar atención.

Generalizar es, afirmaba Nietzsche, supervivencial. Por lo tanto, no sólo la filosofía generaliza. Parece que grandes tramos de lo que llamamos realidad, en tanto que tienen que ser lingüísticos, deben proceder con la misma generalidad. Para el caso que nos ocupa, un determinado tipo de valores, hagamos una prueba.

1. «A es una mujer obediente», «A es un hombre obediente». En ambos casos estos enunciados homólogos nos informan de una cualidad de A. Esa cualidad es comprobable y por lo tanto el enunciado puede ser verdadero o falso.

2. Si suprimimos A, «es una mujer obediente» y «es un hombre obediente », son enunciados que nos informan de la relación que guarda la obediencia como predicado, a la aristotélica, con un hombre o una mujer. Sólo podrian ser verificados reintroduciendo al sujeto. En caso contrario su significado referencial se va desvaneciendo y parece que otro tipo de significado comienza a apuntar en ellos. A este otro significado llamó Stevenson significado emotivo, que denota la ocurrencia de términos de valor.

3. Si decimos «la mujer es obediente» y «el hombre es obediente», significamos cualidades del hombre o la mujer genéricamente vistos. Es decir, significamos con ese nivel de generalidad que Victoria Camps cree imprescindible para la filosofía. Recapitulando los ejemplos propuestos, los primeros enunciados pueden ser verdaderos o falsos, y la manera de validarlos es acudir a nuestro conocimiento de A. Los segundos remiten ya por su mayor genericidad a una constelación de valor cuya atribución puede no ser idéntica. Los terceros son tales que uno puede ser declarado valorativamente verdadero y el otro valorativamente falso, con lo que quiero significar sólo coherente o incoherente con una definición estipulativa. «La mujer es obediente» es coherente con la constelación valorativa de referencia, mientras que el «hombre es obediente» es por lo menos dudoso, porque en realidad aún pudiendo no debe serlo. Un hombre obediente en general, no es un hombre en todo lo que hombre quiere connotar,

En pocas palabras: atribuciones idénticas de valor a sujetos genéricos diferentes, significan de modo diferente. Imaginemos el caso de descripciones como «un hombre ambicioso», «una mujer ambiciosa», «un hombre dulce», «una mujer dulce», «un hombre suave», «una mujer suave», «un hombre que se pliega a los deseos de los demás», «una mujer que se pliega a los deseos de los demás», «un hombre adulador», «una mujer aduladora», «un hombre casto», «una mujer casta», «un hombre experto», «una mujer experta», «un hombre paciente», «una mujer paciente», «hombre sabio», «mujer sabia» (que es prácticamente lenguaje poético, es decir, unir palabras contra el uso acostumbrado. La única ocurrencia que recuerdo de «mujer sabia» era una de esas frases que se usaban para aprender ortografía, «la sabia sabía que la savia subía», y aún así causaba extrañeza). Y pensemos momentáneamente en «un hombre público», «una mujer pública» (aunque es evidente que este último caso raya ya en el esperpento, y se me puede objetar que ni siquiera existe analogía sino que el uso de público es equívoco). Pues bien, ese último ejemplo descontado, lo que se sigue de los anteriores es al menos esto: hay cualidades, sin duda un gran montón de ellas, cuyo significado no cambia por razón de sexo, pero hay también muchas otras atribuciones en las cuales el sexo es determinante del significado. Esto prueba la existencia de una constelación de valor en la que el sexo es un eje bastante relevante, o el más relevante, hasta el punto de devenir estereotipia.

Si los sexos fueran en realidad sustancias separadas que cumplieran cada uno su ley, como una ontología separada de los valores debe mantener, no podría ocurrir un fenómeno como este antecedente. Y menos aún otro que conocemos bien y contribuye a rizar el rizo, que «femenino) y «viril» connoten también valorativamente: que «mujer viril» y «hombre afeminado» no signifiquen tampoco de la misma manera. Uno connota positiva y otro negativamente. Y ya que para mantener ciertas generalidades no se desdeña el uso de la psicología empírica, como es el caso de Carol Gilligan, recordemos que de hecho parece que a las jovencitas no les molesta que se les atribuyan cualidades viriles, mientras que los jovencitos no soportan la atribución de cualidades femeninas. De lo que resulta, dicho en otros términos, que el polo viril cuenta con la aceptación de los dos sexos, que es por lo tanto valorativamente más relevante.

Y este fenómeno, que antes de las encuestas ya señaló Simmel, tiene una explicación clara y rotunda: todas las cualidades positivas de lo humano se consideran viriles y sólo las femeninas características, es decir un subgrupo. Sin embargo ese subgrupo tiene tal entidad como para exigir abrogar cualidades humanas generales en orden al mantenimiento de la característica. Por ejemplo es un valor el «valor», pero poco pierde una mujer si no lo posee. No es que en su caso la cobardía devenga valor, como sucedería si para las mujeres hubiera una constelación valorativa propia, sino que el valor no les es pertinente, por lo tanto tampoco exigible y no está siquiera claro que sea deseable que lo posean.

Hay pues una única constelación de valor. Lo que en el lenguaje comente acostumbramos llamar «doble moral» no debe equivocarnos sobre su verdadera y única naturaleza: no hay dos ejes axiomáticos, hay uno que atribuye sin embargo algunos valores exclusivamente. Si algunas mujeres comienzan a pensar que después de todo ciertas «características» deberían ser pertinentes para toda la especie humana, eso puede hacerse gracias a la vindicación previa de otras cosas, es decir, como resultado de un proceso de autoconciencia que ha sido posible gracias a negarlas. Este es uno de los casos en el que el valor de la negatividad, inscrito en la autoconciencia al decir de Hegel, tiene relieve. Sólo porque hemos salido de la etnicidad y su Sittlichkeit, sólo porque nos hallamos en la Moralitdt, podemos pretender llevar a ella y transformarlas, 10 que fueron las marcas de la servidumbre.

Y no es probablemente la primera vez que este proceso se produce, aunque no desde luego con tal magnitud. Los griegos llamaron tai aretai a lo que los romanos tradujeron por virtudes. Pues bien, «virtudes» muestra con claridad su filogenia en vir, varón, y lleva asociada esa raíz que es también la de vis, fuerza. Aretai es el plural de arete, algo que primitivamente tenían las mujeres, su honor. ¿No somos las mujeres quienes más virtudes y vicios hemos perdido? Intentaré explicarme: a medida que, justamente por obra del trabajo racional aliado con y resultado de las reformulaciones que nuevas situaciones sociales deben hacer emerger en el discurso de legitimación de una realidad; una cosmovisión valorativa avanza hacia la universalización de sus contenidos, lo esperable es que se produzca un vaciamiento de lo característico. Es el hecho de que no hay «valores femeninos» lo que prueba que las mujeres no son meros sujetos dominados. Sin embargo debe tenerse en cuenta que las vueltas atrás siempre son posibles, como fue el caso para la sofística griega, y que esas vueltas encontrarán buen terreno en que reacomodarse. Cualquier encuesta instantánea sobre lo que es «una buena chica» nos dará rasgos de ese personaje que poco han variado desde la epopeya homérica: el modelo sigue vigente y una constelación de valor se reajusta con parsimonia. No nos hagamos ilusiones sobre su peso inercial. Mantiene un orden sobre el que existen intereses y sobreentendidos mucho más fuertes de lo que se suele pensar.

La prohibición de la individualidad

En el fondo, toda moral es aristocrática como lo era la aristotélica. Porque toda moral, entendida en tanto que distinta de la etnicidad, supone la existencia de la más aristocrática de las ideas, la idea de igualdad. En efecto esta idea no sólo presenta los rasgos típicos de las ideas aristocráticas, es clara, rotunda, simple, sino que además es el fundamento de cualquier aristocracia en tanto que ésta no es más que su reconocimiento ideológico y funcional dentro de un círculo restringido. Los iguales lo son respecto de lo que entre ellos puedan esperar y, hacia el exterior, respecto de categonas de desigualdad diversas. Allí donde se interrumpa la igualdad aparece- rá, si estamos dentro de los tramos sociales, el comunitarismo y normalmente el comunitarismo organicista. El comunitarismo organicista es el sistema de las desigualdades consideradas necesarias para el buen funcionamiento del todo que se defina. Mientras que la igualdad ha de atomizar y considerar sustancias a quienes la detentan para existir, el comunitarisrno ha de traspasar la individualidad para fijarse en estructuras supraindividuales que normalmente metaforizará como «ramas», «miembros», «órganos». Desde tal perspectiva cualquier 00munitarismo afirmará la necesidad de «trato desigual para lo que es desigual », es decir, dimitirá del igualitarismo moral y de su tabla de valores correspondiente. Abjurará también de la simetría como principio de equipolencia y metro de las acciones correctas e instaurará un sistema de deberes que, no siendo simétricos, tampoco son transitivos. Quiero aclarar que este tipo relacional puede ser en efecto necesario en situaciones especiales, la crianza, por ejemplo, pero que normalmente opera fuera de esas situaciones especiales asimilando, a ellas, otras. Por contra el comunitarismo individualista, si se puede hablar en esos términos, procede por un sistema de igualdad y exclusiones. Los filósofos morales habermasianos del presente intentan convencernos de que las exclusiones pueden dejarse fuera de horizonte, por lo menos en los modelos heurísticos. Lo menos que puede decirse es que esperemos que así sea, pero la práctica ha sido desde siempre muy otra: la exclusión significa negación de la individualidad, potestad de que los sujetos sean agrupados en rangos a los que deparar un trato homogéneo en función de una característica de exclusión relevante. Así se fabrican los géneros y así existe el género femenino. «Para saber qué es una mujer basta con saber que es una mujer» he escrito, y la formulación me sigue pareciendo lo bastante sintética y vivaz como para mantenerla. De esa predicación, por su propia formación interna, la individualidad equipolente está rechazada. Hay una disyuntiva, comenta M. le Doeuf, comunicacional y de más amplio alcance en la percepción de la individualidad femenina: en el momento en que alguien es percibido como mujer no se le percibe como lo que esté transmitiendo y si se le presta atención a esto último entonces deja de percibírsele como mujer. Tal disyuntiva está lejos de ser saldada. El acceso a la individualidad supone la negación del genérico. La afirmación de genericidad exige la abdicación de la individualidad. Y este ha sido el caso en toda la cultura precedente incluso en aquellas ocasiones sociales, la fuerte jerarquía de la sociedad de castas, en que la negación de individualidad se hacía muy difícil. Pensemos a esta luz la sobrefeminización de la figura de la Virgen María durante la baja Edad Media.

La prohibición y negación del genio

Obviamente sólo lo definido como colectivo puede poseer un genio colectivo que dependa de una definición estipulativa y que persiga efectos prácticos. Las naciones representan ese conglomerado simbólico. Cuando se atribuye a otras colectividades, en realidad más que de genio se está hablando de Sittlichkeit. Bien, si ahora, a fin de elevar la retórica complaciente, a la eticidad se le llama genio. dejémoslo correr. porque lo que importa es que propiamente llamamos genio desde hace un siglo o casi dos a otra cosa, a lo que fue genio para Kierkegaard y Nietzsche, a un tipo peculiar de individualidad.

«Las mujeres que profeticen en su casa» ordenaba la carta paulina en los tiempos arcaicos del cristianismo profético. No daba por supuesto buena imagen a la naciente iglesia el propiciar prácticas que resultaran chocantes o irritantes. Pero si el profetizar no lo era, se ve claro que lo chocante o irritante venía de quién profetizara. El problema no es el profetizar, sino el derecho a profetizar y a quién se le concede. Viene al caso la carta paulina por uno de los rasgos del genio que siempre ha estado presente en él: el profetismo. Dicho más en general, siempre que traspasemos cierto nivel de la toma de decisiones aparecerá el elemento no experto de adecuación. El profetismo es su margen límite. En nuestros términos, el genio se sitúa más allá de lo pertinente por la simple razón de que él crea lo pertinente a lo que los demás habrán de sujetarse, ya sea en política, en ciencias, en ideas.

En esta concepción el genio es un acontecimiento, regido por leyes desconocidas, que se produce de vez en vez. Con los genios llenamos los manuales que transmiten el monto que pretendemos salvaguardar de la cultura heredada Pasar a formar parte del olimpo de nombres que nos vemos obligados a aprender; convertirse en grandes muertos es el destino de los genios. Durante su vida su destino puede no ser mucho mejor. sus hagiografías constantemente nos muestran cómo los genios hubieron de afrontar la malignidad, envidia, desconfianza y cicaterías de sus contemporáneos, incluso en el caso de los genios de vida más fácil, los científicos, que también cuentan con queridos colegas que les llevan al calvario. Desde esta concepción el genio es una cosa que «ocurre». Y virtualmente puede ocurrir en cualquier parte. Pero evidentemente la capacidad de pasar de la potencia al acto depende bastante de dónde se le ocurra al genio ocurrir. Ciertas circunstancias favorables deben estar presentes. Platón agradecía a los dioses haber nacido griego y no bárbaro, libre y no esclavo, varón y no mujer, y sobre todo haber nacido en la época de Sócrates. y es lógico porque todos y cada uno de esos rasgos excluidos no le habrían dejado ser Platón. Es un caso pertinente de autoconciencia.

Stendhal, que en la cuestión del genio parece poseer una visión naturalista, escribe: los genios. Aproximadamente la mitad, que nacen mujeres se pierden para la humanidad. ¿Por qué? Hagamos algunas hipótesis explicativas comenzando por las más obvias y romas: si el número de seres humanos dotados de inteligencias extraordinarias es en los dos sexos parecido, y este es el caso, puede pensarse que el agotamiento de algunos y sobre todo de algunas de ellas se deba a insuficiencias educativas: no recibir la educación adecuada o no recibirla en absoluto invalida la pretendida genialidad. Pero hay un asunto: el genio es siempre extravagante y a veces una mala educación, si no es verdaderamente muy mala, no lo arroja fuera de concurso, sino que lo beneficia. Es cierto que las mujeres no han recibido educación y que la que reciben no es de la mejor disponible, es la más repetitiva y rebajada, sobre todo en las instituciones femeninas. Pero aun así alguna puede salvarse.

Otra explicación, consecuencia de la anterior sería: supuesto que las mujeres no son, como presume el tópico, menos creativas que los varones (si bien la ética diferencial del valor sostiene que los valores éticos varoniles crean mientras que las mujeres mantienen), de ser la creatividad semejante, sólo un consejo explícito de no desarrollarla sería responsable de la falta de genio. Este consejo existe: «Tú no te signifiques».

Aun así, puede que todas las genios no sean tan obedientes y decidan significarse, sólo hemos perdido algunas más por el camino. Tenemos gente inteligente y creativa, relativamente mal formada y desobediente, éste es el material de que se fabrica el gema. Y seguimos sin tener genios. Por lo tanto, tercera explicación: hay una espectacular malevolencia que hace imposible el reconocimiento del genio cuando éste ocurre donde no debe. Los genios femeninos son silenciados.

Parte de este argumento pertenece a los anteriores. La malevolencia contra el genio es cosa sabida. Si la conspiración contra él forma parte de su estar en el mundo, hemos de esperar que, desaparecidos los conspiradores, e incluso muchas veces desaparecido el genio, la situación llegue a su justicia. Pero esto tampoco ocurre. Ni los contemporáneos ni los sucesores se hacen cargo de él cuando resulta ser ella. Por lo tanto hemos de pensar que hay una especial ceguera para reconocerlo, ceguera que escapa a la mejor voluntad, Una mujer simplemente no da «el personaje» que es el modo verdadero en que se dice «la talla». ¿Por qué? Porque al genio hay que reconocerle el poder de lograr transformar la tradición heredada. Y eso, por razones más que generales, no se le reconocerá a una mujer. De ahí que las mujeres estemos y debamos estar muy interesadas en hacer historia. «Quien no tiene poder no funda sujetos ni relatos» he escrito, y no me parece que este paseo por la genialidad desmonte esa afirmación.

Haciéndose cargo de la historia

La división de la historia que Nietzsche hada entre historia monumental, anticuarla y crítica habrá de servirnos. La patriarcal es, diga lo que diga, una historia monumental. La humanidad necesita una historia crítica. Esa transvaloración es la que las mujeres debemos hacer si queremos existir. Y para hacerla necesitaremos genios individuales, mientras que la utilidad de los genios colectivos, en sí eminentemente pragmáticos, no está tan clara. Esperemos que de ambos sexos, Mientras se produce y no tal transvaloración, probablemente la confusión actual y sus simulacros de alternativas se deben a que está sucediendo lo que profetizó Nietzsche (de nuevo) en el fragmento que tituló «Periodo militante de las mujeres» en Humano, demasiado humano. No es tan extenso que no pueda ser citado en su totalidad.

En las tres o cuatro regiones civilizadas de Europa, se podrá, por algunos siglos de educación, hacer de las mujeres lo que se quiera, incluso hombres, no ciertamente en el sentido sexual, pero, por lo menos.’ en cualquier otro sentido. Bajo tal influencia un día habrán adquirido, todas, las virtudes y fortaleza de los hombres: es cierto que tendrán que tener también sus debilidades y sus vicios; esto, como he dicho, se puede conseguir, pero ¿cómo soportaremos el estado de transición ocasionado por esta causa que puede durar muy bien más de un siglo, durante el cual las tonterías y las injusticias femeninas, sus antiguos hábitos pretenderán aún sobreponerse a todo lo adquirido, a todo lo aprendido? Será ese tiempo en que la cólera constituirá la pasión propiamente viril, la cólera de ver todas las artes y las ciencias inundadas y ahítas de un «díletanrismo» inusitado, la filosofía moribunda bajo el flujo de un charlatanismo enloquecedor, la política más fantástica y más parcial que nunca, la sociedad en plena descomposición, porque los guardianes de la moral antigua se habrán hecho ridículos a sus propios ojos y se habrán esforzado por mantenerse, bajo todos los aspectos, fuera de la moral En efecto: si las mujeres tuviesen «en la moral» su mayor poder, ¿dónde encontrarán el sustitutivo cuando hayan abandonado la moral?

Diagnóstico evidente, en sus dos aspectos. El último de ellos es el que preocupa a Victoria Camps, de ahí su propuesta del discurso de la dignidad como discurso genérico. A eso sólo cabe oponer que cualquier discurso femoral debe ser universal y lo es sea cual sea la condición de quien lo enuncia, por lo tanto que, si esa dignidad triunfara, la propia genericidad se eclipsaría. Pero la preocupación por no perder la armadura ética en sí noble y legítima. Sin duda hay que seguir discutiéndola. El segundo aspecto de la época, adelantado en la cita, es la corrupción de todo saber. Y a ésto sólo cabe puntualizar una cosa: que eso está sucediendo, pero por obra de la cultura resistencial de los varones. Pero esto es ya otro tema.

Hay un tercer aspecto que no quiero ocultar y que enlaza con la relativa confusión que pretendí crear al principio de este escrito. Vaya por Tácito y SUS germanos. La parca experiencia de la historia que nos cabe avisa de un fenómeno recurrente: en tiempos de tensiones (muchas veces vividos como calamitosos por sus actores) no es raro que el poder, la legitimidad, la representación, se deleguen no en las mujeres, pero sí en una mujer, por lo general heredera del prestigio simbólico de un varón cercano extinto. Eso sucedió entre los germanos cuando, superadas algunas de sus luchas intestinas, plantaron por fin cara a Roma. Eligieron a Veleda como caudillo y ella les llevó a una lucha a muerte. Epílogo: quienes prefirieron la vida a la total destrucción la traicionaron, y la entregaron a los romanos, que acabaron con ella. Ignoro si la marca de escobas y fregonas que lleva su nombre es impremeditada.

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