Para las 5 del cartel y el cielo abierto

Otro resultado del cartel sobre el libro de Colette Soler Lo que Lacan decía de las mujeres al que asistimos a  “cielo abierto” (2009-2010) fue la verificación de lo que Jacques Lacan afirmó en el seminario 20 (Aún) sobre el goce no fálico de la mujer, goce suplementario que la convierte en Otro absoluto, goce que sólo podría compararse –decía Lacan—con el de las y los místicos Sólo por azar, coincidió el final de la lectura del texto de Soler con la lectura largamente pospuesta por nosotras de la extraordinaria biografía que Rosa Rossi escribió sobre Teresa de Ávila, “Una más de las grandes famas póstumas” (1983/ 1984: 289).

Fama póstuma dado que, aunque Teresa siempre escribió, sólo 6 años después de muerta (en 1582) sus libros fueron editados por primera vez por el padre agustino Luis de León, catedrático de la Universidad de Salamanca. En vida, Teresa sometió todos textos  por los varios filtros de sus confesores (sólo hombres, como continúa siendo), que le recomendaban no difundirlo mucho para no atraer a la Inquisición o, en algunas opiniones, porque no se veía bien que una mujer y sobre todo una religiosa carmelita descalza de clausura  estuviera haciéndose conocer por escrito, como un hombre teólogo cualquiera. No les parecía mal a quienes así aconsejaban a Teresa que – por ser una monja de clausura—estuviera de la seca a la meca por toda Castilla y Andalucía fundando monasterios de carmelitas descalzas (al menos una docena, dos de hombres), buscando y refaccionando casas o solicitando donaciones y limosnas; lo que les parecía mal era la exposición escrita de una mujer de sus ideas reformadoras, ideas para el retorno a los principios de la orden del Carmelo, esto es, a los principios de pobreza, silencio y dedicación exclusiva a la oración en el mayor aislamiento posible para así mejor acercarse a Dios, doctrina que compartía con aquél a quien consideró su primer maestro espiritual, el joven jesuita Juan de Ávila, y con el también joven Juan de la Cruz, quien fue su discípulo, su protegido, su confesor y modelo de lo que era llevar al extremo los  principios de los descalzos (no de los carmelitas calzados, los principales opositores de los carmelitas descalzos).

La traducción de los  extractos de los textos originales de Teresa de Jesús que citaremos enseguida  fue revisada personalmente por Rosa Rossi, de manera que debemos confiar en que la traductora no puso sus palabras en el lugar de las de Teresa. Vamos a referirnos a algunos de los escritos  sobre su goce, como éste en el que Teresa relata a Juan de Ávila cómo, a veces, aún sin estar orando,“Acaéceme muchas veces (que) sin haber tenido visión, ni entendido cosa (Teresa tenía visiones y oía una voz a través de la cual  Él, su Esposo, le hacía recomendaciones puntuales), ni sabiendo donde estoy, sino que pareciéndome se pierde el alma (me) dan unos ímpetus muy grandes, con deshacimiento por Dios que no me puedo valer. Parece que se me va a acabar la vida y ansí me hace dar voces y llamar a Dios; y esto con gran furor me da (son) las ansias que tengo por no vivir y parecer que se vive, sin poderse remediar, pues el remedio para ver a Dios es la muerte y ésta no puedo tomarla” (Ibid: 50).

Sentirse fuera de sí en la entrega a Dios que la ha desasido en un instante y al que  llama a voces y con furor y, sin embargo,  minutos antes ni en Dios estaba pensando porque no estaba en oración. Muchas veces los religiosos enemigos de estas vidas dedicadas enteramente a la oración, pero particularmente de estas mujeres dedicadas todo el día a la oración, hablaron que más que Dios era el  Demonio lo que obraba en ellas, por ser más débiles que los hombres, lo cual podían constatar en relatos de la experiencia como éste de Teresa a Juan del Ávila, quien –por cierto—al recibir el relato anterior le recomendó  “resistir a la gracia mística que la invadía, al gozo interior de la quietud y de la unión” (Ibid:62). Al principio ella obedeció pero luego descubrió que mientras más trataba de distraerse más “me cubría el Señor de aquella suavidad y gloria, que me parecía toda me rodeaba y que por ninguna parte podía huir” (Id). Esto lo relató en su  Vida, un libro que finalmente cayó en manos de los inquisidores, aunque algunas copias quedaron por ahí para que pudiéramos leerlo en la actualidad.

Un día que Juan de la Cruz le dio sólo media hostia (medio cuerpo de Cristo) Teresa pensó que era para mortificarla, porque ella le había dicho un día que le gustaban mucho las hostias grandes, pero luego  la “voz” la tranquililzó: “Díjome Su Majestad: ´No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de mí´ (Entonces) representóseme por visión imaginaria como otras veces, muy en lo interior y dióme su mano derecha y díjome: ´Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí en adelante (serás) verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía” (Ibid: 153).
Ciertamente y sin ánimo de coincidir con los enemigos de Teresa y Juan de la Cruz, si  leemos los tres textos citados, palabra por palabra, constatamos que podrían ser comparados al que podría tener cualquier mujer sobre su “pequeña muerte”, como con mucho tino algún francés que no hemos podido ubicar llamó al orgasmo, la diferencia está en que en Teresa no se trata de un goce fálico sino de un goce otro, uno que sólo una mujer o un hombre o mujer mística podrían sentir. Esto es lo que decía Lacan y que  Soler profundiza en su texto.

El goce fálico común a hombres y mujeres, precisa Soler, “es un goce localizado, limitado y fuera del cuerpo. Es un goce sintónico con el significante;  (es un goce) partenaire del sujeto como tal. Es un goce que la castración deja al ser- hablante” (Colette Soler, 1997/ 2004:43).  En cambio, el goce otro no cae bajo la barra del significante, no sabe nada del falo, no está causado por un objeto a, “es un goce forcluído de lo simbólico, fuera de lo inconsciente” y porque sólo es un goce de la mujer o de los místicos es que Lacan dijo que así gozando la mujer parece loca. Y es un goce del que la mujer no habla porque está fuera de la significancia del inconsciente. Como constatamos nosotras (no Soler) en el relato de Teresa a Juan de Ávila, el goce otro es “sin medida y el sujeto se encuentra más bien sobrepasado (desasido de Dios dice Teresa)” (Ibid: 44), mientras que el goce fálico no sobrepasa al sujeto. El goce otro, decía Lacan en El atolondradicho  produce la abolición del sujeto,  lo “sobrepasa”, dejándolo entre “una pura ausencia y una pura sensibilidad” (Lacan citado por Soler, Ibid: 45).

Rossi, Rosa (1983/1984). Teresa de Ávila. Biografía de una escritora. Barcelona, Icaria (Col. Totum Revolutum, 43).

Soler, Colette (1997/ 2004). Lo que decía Lacan de las mujeres Medellín, Editorial NO TODO.

pdf-icon