La experiencia de las mujeres tanto en su vertiente individual como colectiva – una colectividad que no ha gozado de ningún tipo de articulación social hasta hace poco, ya que su vida se ha desarrollado en el seno de unidades familiares, estrechamente articuladas en torno al  patriarcado y como unidades separadas entre ellas- ha sido históricamente una experiencia radicalmente distinta a la de los varones.

Su vida ha transcurrido para la mayor parte de ellas consumida en las tareas de la procreación- recordemos que hasta hace poco las mujeres  parían un numero considerable de hijos, algunos de los cuales morían en la primera infancia, morían ellas a veces de parto y criaban durante largos periodos de tiempo. También su experiencia se ha centrado en el cuidado, la alimentación de los suyos, tarea a menudo combinada con el trabajo duro en el campo en las primeras industrias del siglo  XIX. Solo algunas  mujeres  sabían leer y no es sino con la extensión de la educación primaria para todos y la escuela publica que las mujeres acceden a una  cierta educación.  Las escasas mujeres ilustradas o productivas en el mundo de as Artes y las letras han sido simplemente ignoradas y en ningún caso han podido ser un referente  público, o un modelo a seguir dado que su impronta no ha circulado en el mundo de lo público.

Y en cambio el saber de las mujeres sobre los cuidados y los aspectos más invisibles pero más vitales de la vida, han circulado de madres a hijas en una larga y sabia tradición oral.

Las mujeres no han tenido – salvo contadas excepciones- experiencia en lo público. Tampoco disponen de una cultura política que  las tenga en cuenta o que les sirva para adentrarse en esta confusa selva de normas  y hábitos, de reglas y formas de actuar inconscientes.  Entran, como he dicho, en  un terreno desconocido, sin más armas que su saber puntual, su preparación individual- que es cada día más potente- y su voluntad. Su “feminidad “tanto aquella que han incorporado en sus formas de actuar como la que se  proyecta sobre ellas por el hecho de ser mujeres- las precede, acompaña y sigue su rastro. Su actuación, en cierta forma, se halla prejuzgada de antemano. Sus actuaciones  van a ser analizadas y valoradas de forma diferente a la de sus compañeros, dada su “peculiaridad “y esta estela de diferencia que la sigue por todas partes.

En la actualidad y a pesar de los avances ¿Qué experiencia política tiene la mujer como tal? ¿Donde hallar formas propias de hacer política si parte de escasa experiencia y el mundo de la política la ha precedido desde hace siglos?

Su experiencia política es  Escasa. Nueva. Sin modelos. Difícil. Ahí están las pruebas sobre la dificultad para consolidar liderazgo, la fungibilidad de sus carreras, su fragilidad individual ante la fuerza de los grandes intereses y las dinámicas de equilibrios… Las cifras cantan: la “renovación “de los partidos suele hacerse a costa de las mujeres, que aparecen frecuentemente como intercambiables. Su cualidad de “mujer” parece definir y agotar su valía y validez, hecho que no ocurre con los barones a los que no se cuestiona porque ellos representan la normalidad humana, y las mujeres, nuevas en estas lides, la excepción.

Se trata pues de que la intervención de la mujer en el ámbito de la vida publica corresponda a su subjetividad política. Este es, en todo caso, un proyecto conceptual y una praxis a construir que parte de la situación anteriormente expresada.

Hay que transformar su experiencia en política: es decir- y en eso rozamos una cuestión largamente planteada por parte del movimiento feminista: convertir lo personal en político, aunque en el sentido que aquí le damos, se trata mas bien de conceptualizar, ampliar, razonar  las experiencias (Diferentes, claro) de las mujeres con las causas y condicionamientos colectivos. Las experiencias son diferentes de las de los varones. Las causas que condicionan ambas realidades son las mismas y los espacios donde deben resolverse – el mundo de lo público – son también comunes.

El gran reto de las mujeres no consiste en  abandonar la privacidad, todo aquello que sabemos hoy en día que es tan necesario y válido para los seres humanos y la preservación de sus derechos  básicos- sino relacionar su situación con los temas comunes,  sumarse a aquellos aspectos de la política que van en el sentido de ampliar y asegurar derechos humanos, aportar al debate político la visibilidad de esta parte de la humanidad que ha sido silenciada, aportar sus valores con la certeza de que no son valores de mujeres sino valores humanos que las mujeres, en su larga tradición de alteridad y de cuidado, han preservado y que deben entrar en liza en el debate político.

Hay un terreno primero en que es fácil encontrar el engarce entre la experiencia como mujeres y la vida política.  También la experiencia nos dice que  muchas mujeres acceden a la política a través de sus experiencias barriales, vecinales, madres o trabajadoras. Su acceso a la política suele llegar a través de sus experiencias más vitales. Y estas impregnan la legitimidad de sus apuestas y los contenidos de sus trabajos. La “utilidad “de la política les facilita dar el salto y obviar y sobrepasar el sentimiento de distancia que existe entre lo político y su vida, tal y como nos han demostrado las encuestas realizadas en Europa. El acceso de los varones a la política suele ser  mas directo y, en cierta forma, mas “mental “. No es raro pues que sea en el ámbito de las políticas locales donde más cómoda se sienta la mujer, dado que es en  el ámbito de las ciudades y los pueblos donde la traducción de su experiencia  resulta más fácil y donde la vida cotidiana y su riqueza se expresa de forma clara. Todo confluye para que ella, en la práctica, haga el salto de la experiencia a la práctica política.

Otra cuestión es la del instrumental conceptual e incluso, diría más, el de  la cultura política y el del lenguaje que la expresa. Ahí las mujeres se hallan ante un mundo desconocido, del que no dominan las claves. Ahí se abre otro campo de trabajo que debe alimentarse  de los avances del pensamiento académico – que esta leyendo en femenino no solo la historia sino la realidad actual, la economía, el uso del tiempo, el urbanismo, el derecho y la salud, por ejemplo. Esta nueva lectura alimenta o puede alimentar nuevas formas de hacer política que respondan  mas a la experiencia de las mujeres y que les ofrezcan armas conceptuales con las que debatir los antiguos criterios políticos

Finalmente la experiencia personal individual de la mujer que entra en política es una experiencia dura, difícilmente soportable sino cuenta con  una red de  apoyo político y un espacio donde debatir las múltiples contradicciones políticas, éticas y de vida personal que se le plantean. Y, lo mas fundamental, reasegurar el valor de unas experiencias únicas que responden a la invisibilidad de un mundo que existe. Y que no halla su traducción política. En el convencimiento de este valor único, intransferible, casi inédito, de las experiencias de la mujer debe fundarse la capacidad de evitar los dos grandes riesgos posibles: alejarse de lo colectivo o doblarse a la cultura política existente.

El paso por lo tanto, de la experiencia individual y colectiva a la política requiere instrumentos de diverso orden, orientados todos a fortalecer la presencia y el discurso nuevo de la mujer cuando actúa en el ámbito de lo público.

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