Entrevista María Ángeles Durán, socióloga, Premio nacional de investigación

María Ángeles Durán, profesora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, sostiene que España no es una sociedad ni más ni menos moderna que otras de su entorno. Reflexiona sobre lo que significa ser una sociedad de viejos sin haber diseñado una tercera edad cada vez más larga, y explica que la mayor revolución que nos aguarda es la tecnología biomédica: “Las mujeres españolas, y de todos los países desarrollados, dejarán de ser vivíparas”

La socióloga María Ángeles Durán, de 62 años, una de las primeras figuras de la investigación social española, ha estudiado aspectos como el empleo del tiempo o la economía de la salud. Analista del trabajo no remunerado de la mujer en el hogar y de su impacto en la economía, esta catedrática de sociología, profesora de Investigación del Departamento de Economía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), es asesora de la Organización Panamericana de la Salud e imparte cursos de doctorado en varias universidades españolas y extranjeras. En 2002 le fue concedido el Premio Nacional de Investigación.

¿Qué vería en una radiografía de la sociedad española?

Que es muy distinta ahora a la de los años setenta, sobre todo por la inmigración, que es el cambio más importante que ha habido. Antes, España era muy homogénea racial y culturalmente, y ahora ves una proporción muy elevada de personas que vienen de una herencia cultural distinta. De aquí a pocos años, ese cambio se habrá concretado en una primera generación de niños de origen diverso. Y no descarto que se produzcan conflictos graves, porque hay sectores que tienen una integración muy difícil en temas como la mujer o la tolerancia religiosa. Si crece mucho esa población, de alguna manera puede imponer estándares. Y eso sí puede ser un conflicto.

¿Acogemos al inmigrante o simplemente nos adecuamos a la realidad de que está ahí?

Creo que simplemente nos adecuamos. No hay una agresividad especial ni un acogimiento caluroso, aunque se dan ambas modalidades. Pero sobre todo es un dato fáctico: tenemos pocos niños, bastantes puestos de trabajo, y ellos vienen. No creo que sea una acogida peor que la de otras sociedades europeas. Nosotros siempre nos hemos mezclado mucho.

¿Los episodios de agresividad hacia los inmigrantes son aislados?

Relativamente, porque los inmigrantes compiten con los españoles sobre todo en dos cosas: el empleo y los servicios públicos, y ambas cosas provocan reacciones de hostilidad en los que se sienten más amenazados de perder su empleo. Tampoco hay que desconocer que la proporción de delincuencia es mayor en la población inmigrante, porque vienen, en muchos casos, de sociedades mucho más violentas, con índices de delincuencia cuatro o cinco veces más altos que los nuestros, y aquí están sometidos a unas condiciones durísimas, y sin los controles sociales que tienen en sus países de origen. El que entre ellos haya mayor índice de delincuencia genera aquí una agresividad muy fuerte en algunos sectores de la población.

También tenemos otras modalidades de violencia propia. No hay más que ver las cifras de mujeres maltratadas o asesinadas por sus parejas.

Tendríamos que comparar esas cifras con las de otros países. Hace unos años, en una reunión internacional, cuando me dijeron las cifras de mujeres que se declaraban maltratadas en Portugal pensé que España era el paraíso. Y era porque nosotros no habíamos publicado apenas cifras. Ahora, el cambio principal que se ha producido no es en los hechos, sino en el reconocimiento de esos hechos. Antes se llamaban dramas pasionales, y ahora no es así, se reconoce también el maltrato previo. En el pueblo de mi padre decían de algún hombre que era muy bueno salvo cuando bebía. Eso era algo socialmente aceptado: “No te quejes, sólo te pega cuando bebe”. Ahora, las mujeres no toleran esas situaciones, como no toleran las dobles familias u otras cosas.

La mujer ha sido uno de los mayores factores de cambio social. ¿Cómo se la ve hoy en España?

Los jóvenes piensan que están prácticamente en condiciones de igualdad con los varones, y quienes vienen de fuera o hace tiempo que no están en España dicen que lo que más les llama la atención es el cambio que han hecho las españolas. Recordaban unas mujeres enclaustradas en casa, y se encuentran con unas chicas que están en todas partes, en la Universidad, en los puestos de trabajo, que van por la calle vestidas como quieren y viven muy libremente. Si la inmigración es el primer factor de cambio social en España, diría que la mujer es el segundo. El tercero, la tecnología, que no es un factor con voluntad humana, pero que en sus consecuencias puede a veces ser más fuerte que ésta. Y después hay otro muy relevante, que es el demográfico, tanto por la escasez de niños como -dato importantísimo- por el envejecimiento de la población española. Lo normal en España va a ser ser viejo.

¿Qué tipo de cesto social se nos avecina con estos mimbres?

Una sociedad que se ha hecho rica en una época, pero que va a tener que vivir de las rentas durante muchos años. Una sociedad con muchas enfermedades, con mucha gente solitaria, con un problema constante de quién va a pagar los gastos médicos y de cuidados… Llevamos mucho tiempo hablando de la vejez y del envejecimiento, pero todavía no ha calado en nosotros la revolución que significa ser una sociedad vieja. Por llevarlo a otros terrenos, como la estética: todavía no hemos inventado una estética de la vejez, y pasamos muchos más años siendo viejos que siendo jóvenes. Nos tenemos que inventar la tercera edad, porque viviremos más años como viejos que como jóvenes. Si eres viejo a partir de los 65 y te vas a morir dentro de nada con 100, pasaremos 35 años como viejos. En cambio, si empiezas a ser joven a los 18, no tienes 35 años de juventud por delante.

¿Y la infancia? ¿Está sólo en manos de los inmigrantes?

Hombre, no debiera. Pero fíjese: en los años setenta, la lucha política fue por los derechos de entrada: la maternidad libre, convertir la natalidad en algo voluntario. Yo creo que en la década de los diez, y quizá antes, se tiene que plantear una lucha política por los derechos de salida, como la eutanasia o similares, que forman parte del proceso de envejecimiento. Que sigamos dejando en manos del azar o de la providencia nuestros últimos años de vida no tiene ningún sentido para un sujeto libre, individualista y con derechos que hemos conseguido reconocer en las constituciones. Creo que ésa es una lucha política, ciudadana, muy importante para los próximos años.

¿Somos una sociedad moderna?

Tendría usted que definirme qué es una sociedad moderna.

¿Se imagina a los suecos o a los alemanes viéndonos ofrecer cada año España al apóstol Santiago?

Hacen cosas parecidas. Se vuelven locos con los símbolos de los partidos de fútbol. Inglaterra con su realeza tiene una especie de chaladura.

¿ Santiago apóstol equivaldría a Isabel II?

Sí. Son figuras que están en un plano que tiene a veces que ver muy poco con la vida cotidiana. Me gustaría saber qué es la modernidad, porque se instala en unos estratos de la vida, pero coexiste con otros que no tienen nada que ver con la modernidad. Yo se lo llevaría a otro terreno. ¿Cómo se puede decir que es moderna una sociedad en la que casi dos tercios del trabajo se sigue produciendo dentro de la familia, y sin pasar por el mercado? Parecería que el mercado, la industrialización, la tecnificación son una definición de la sociedad moderna. Y España o Italia tienen dos tercios de su trabajo que se produce y se consume dentro de la familia. Me estoy refiriendo a planchar, lavar, acostar a los niños, cambiar dodotis, atender a los viejos o a los enfermos.

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