Softpower

Instalados en una crisis que se augura irá a peor, y con la resaca alegre de la victoria de Barack Obama, que ha suscitado una ola de simpatía y esperanza en todo el mundo, parece un buen momento para pasar al softpower. A un ejercicio del poder basado en el diálogo, el compromiso y el pacto. Los duros, los halcones, los hombres de la guerra y los ladrones del parqué han demostrado con los hechos que su proyecto, sus capacidades y su ceguera no son los adecuados ni para la gestión de las relaciones internacionales ni para la gestión de la economía globalizada. El modelo está agotado. Sabíamos que era depredador, generador de injusticia y desigualdades. Pero la puntilla la han dado ellos mismos, con su propia bulimia insana e insaciable. También hay que insistir en que, antes del estallido de la crisis, la clase política no hizo nada, asistió impávida a la borrachera general. Y, todo hay que decirlo, también las y los ciudadanos, transformados en robots consumistas, cada cual en la medida de nuestras posibilidades nos apuntamos a la fiesta y a jugar al monopoly, muchas veces por encima de nuestras posibilidades.

¿Cuál puede ser la salida? El softpower, el poder ejercido con lo que tradicionalmente se han conocido como valores femeninos (que pueden ser practicados o no por hombres y mujeres). Hace unas semanas leíamos que en Islandia, calificada por Naciones Unidas como el mejor lugar para vivir de la Tierra debido a sus altos niveles de bienestar, todo se ha venido abajo debido a la especulación. Y parece ser que van a ser las mujeres islandesas las que van a “limpiar el desorden masculino”, tal y como rezaba el titular del Financial Times. Los dos grandes bancos nacionalizados ya están presididos por mujeres. Una de ellas declaraba que parte de la crisis se debía a, “una preponderancia desmesurada de testosterona en la toma de decisiones”. Y añadía que vamos a asistir al comienzo de un capitalismo mejorado guiado por un concepto más femenino de la vida. Más con los pies en la Tierra.