Sonajero de Mentiras

Hace unos días escuché en la radio de un taxi un diálogo de, más o menos, el siguiente tenor:

·  Sí, mujer ¿no lo has oído? Eso que llaman ‘efecto sonajero’ cuyo impacto es tan fuerte que todavía no se puede calcular

·  ¡Ufff! ¡Qué miedo! ¿Y ahora de qué va esto?

·  Pues que dicen que muchos inmigrantes están yendo a los bancos a devolver las llaves de sus pisos por impago de las hipotecas

·  ¡No me digas!

·  …Y luego se largan a otro sitio y ahí dejan a los bancos, con todo el marrón para ellos

·  ¡’Qué ‘jodíos’! Seguro que se van a ir así por las buenas, sin que nadie les obligue a pagar lo que nos deben

·  ¡Bueno! eso si se van, porque no te creas, aquí viven de miedo y no va a haber quien los mueva.

Palabras inexactas (las mías) pero con un significado literal. Sucede el 11 de septiembre por la noche, el programa se llama ‘La linterna’ y lo emite la Cadena COPE.

Menos de una semana después el líder de la oposición denuncia que ‘180.000 extranjeros cobran el desempleo, mientras hay 20.000 andaluces que han pedido trabajo en la vendimia francesa’.

¡Jo! La verdad es que no sé, me siento perdida o será, tal vez, que vivo instalada en un mundo paralelo.

Un mundo paralelo en el cual los inmigrantes que ahora no pueden pagar su hipoteca son los mismos que pusieron el sudor para hacer posible el ‘boom’ inmobiliario español. Gentes que han arriesgado sus exiguos ahorros para hacerse con un pisito (decisión que, por cierto, también ha contribuido a incrementar nuestro flamante PIB y las cuentas de resultados de muchas empresas). Personas de carne y hueso que, ahora, se han quedado sin empleo y andan desesperadas porque no cuentan con las redes de apoyo que sí tienen los españoles en su misma situación.

Trabajadores y trabajadoras con nombre de pila que cobran un seguro de paro que es resultado estricto de cotizaciones puntualmente realizadas a la Seguridad Social española, de cuyo superávit son en parte responsables. O que, por el contrario, no cobran ninguna prestación por desempleo, porque trabajan sin papeles y no tienen derecho a nada más que a producir y callar. Y que, si tienen esa suerte que llamamos empleo precario, trabajan de sol a sol (incluyendo los fines de semana) por unos sueldos varias veces inferiores a los que perciben los españoles que van a la vendimia francesa; lo que les hace triplicar -según el Informe de la Inclusión Social 2008- los niveles de pobreza severa que nos afectan a nosotros. Todo para comprarse el dichoso pisito que ahora se les esfuma, empujar el porvenir de los suyos o enviar remesas a los familiares que quedaron en la otra orilla para que coman, estudien, curen sus enfermedades a precio de oro o realicen otras actividades igualmente impropias y delictivas. Unas remesas, a propósito, que en estas semanas se han visto notablemente adelgazadas, no sólo porque los ingresos de los inmigrantes están disminuyendo con la crisis sino también porque el euro se ha depreciado en casi un 13% respecto al dólar (en apenas dos meses) y la misma cantidad de dinero que envían a sus casas tiene ahora menos valor que antes. No importa que ellas y ellos no entiendan muy bien todo este lío de los tipos de cambio, el déficit exterior, las hipotecas basura, el desplome bursátil,… la cuestión es que les afecta tanto -y más- que al resto del personal, motivo por el cual a nadie se le ocurriría encima echarles el muerto.

En mi mundo paralelo, España tiene otros desafíos, y además bien gordos. Sin ir más lejos, presenta una realidad demográfica que la convierte en uno de los países con menos niños y más mayores del mundo. Y necesita de muchas personas para cuidar y curar (en la medida de lo posible, dispuestas a ganar bastante menos que, por ejemplo, los médicos y enfermeras que exportamos a Portugal o Inglaterra). La gente joven va reduciendo sus efectivos de año en año pero, la que hay, estudia cada vez más y opta, en proporciones muy superiores a las de nuestro entorno, por quedarse en casa de sus padres (o más bien madres) hasta que el horizonte se les ponga más propicio. Tenemos un serio déficit de productividad, exportamos muy poco, duplicamos el fracaso escolar del conjunto europeo y los empleos que nuestra economía genera siguen siendo bastante cutres como para satisfacer las expectativas que nos hemos creado de país nuevo-rico. Así es que -por lo que se ve- muchos empresarios/as y familias no se van a apear, así como así, de la manía de necesitar inmigrantes para hacer todos los trabajos feos que generamos pero que no nos gusta ocupar.

A mi mundo paralelo ha llegado un invento que se llama globalización y hasta el más pintado sabe que, si nuestras empresas o capitales pueden ir libremente para allá y la tele restriega nuestro escaparate de bienestar en cada aldea miserable del planeta, la gente de allá también deseará ¡cómo no! venirse para acá. Los españoles, como mi padre, no tenían tantos reclamos para emigrar cuando lo hicieron y, sin embargo, nadie logró disuadirles de que se sumaran a otros tantos millones de compatriotas que lograron salir adelante -y sacar adelante a nuestro país cuando era muy pobre- gracias a la emigración.

Y verán ustedes, en mi mundo paralelo ese pequeño detalle de nuestra historia se recuerda, valora y considera un patrimonio sumamente útil para gestionar con sabiduría un futuro tan incierto como lleno de desafiante diversidad. Siendo conscientes, por otra parte, de que los problemas creados por las brechas gigantescas que perviven en el mundo no se resolverán mirando a otra parte, elevando fronteras, sembrando temores y, menos aún, viviendo al dictado coyuntural de algunas encuestas o medios de opinión ávidos de un sensacionalismo que incremente su volumen de ventas.

En fin, en mi mundo paralelo la ignorancia, la apelación al miedo y la falta de humanidad no reciben aliento ni premios de ninguna clase. Nadie se empeña en abordar los problemas complejos con titulares simples, de ésos que luego siempre regresan a nosotros con su consabido efecto boomerang. Ni tampoco los desaguisados del sistema se resuelven con el recurso fácil de ensañarse con el eslabón más débil, frente a lo cual se propone dar el salto ‘del ensañar al enseñar’.

Y, sobre todo, la irresponsabilidad no se arregla dando marcha atrás mediante tibios desmentidos cada vez que conviene. Porque, en mi mundo paralelo, todos sabemos que -cuando se lanzan al universo mediático frases que hacen retumbar un inconsciente colectivo desinformado y temeroso- el daño, el mucho daño, ya está hecho y la reparación es difícil. Por ello, la inteligencia, la ética, la verdad y la valentía se cultivan con esfuerzo y otorgan más rédito que los sonajeros de mentiras.

Eso pasa en mi mundo paralelo, que no es para nada un mundo de fantasía pero que resulta infinitamente más habitable y esperanzador que éste.