Treinta años después, aquí y ahora

CUANDO aún retumban en mis oídos los sonidos de los tambores de la manifestación del sábado por la noche y habiendo leído todavía pocas, de las muchas, comunicaciones y ponencias que se han debatido en los últimos días en Granada dentro de Las Jornadas Feministas Estatales, lo primero que quisiera decirles es que el feminismo, o los feminismos, gozan de muy buena salud y constituyen un conjunto de propuestas teóricas y prácticas de gran valor para la vida humana; su capacidad creativa y crítica supone un incalculable aporte de reflexiones y acciones en todas las áreas de la vida.

La energía de las cuatro mil mujeres asistentes, su fuerza, simboliza la lucha de las mujeres a lo largo de toda la historia por su libertad y por la justicia para ellas y para todos y la vigencia de esas reivindicaciones. Los debates sobre las identidades, el cuerpo, la violencia, ya clásicos en el pensamiento feminista, son innovados por nuevos abordajes y posicionamientos, con la preocupación permanente por la construcción de un sujeto político desde el feminismo.

El encuentro se ha celebrado a los treinta años de las jornadas de 1979 celebradas también en Granada y que marcaron la separación entre lo que hemos llamado el “feminismo independiente” y el “de la doble militancia” que eran herederos del debate feminismo radical, feminismo socialista.

Se ha mostrado la realidad del feminismo independiente “aquí y ahora”, su riqueza y diversidad, y todo ello ha permitido hacer el inevitable balance.

Todos estos años han sido verdaderamente fructíferos. El feminismo nos ha traído a los feminismos la igualdad y la diferencia, hemos logrado la visibilidad en todos los espacios, hemos modificado prácticas e instituciones sociales, en definitiva hemos debilitado, mucho, diría yo, al patriarcado. Entre los logros destacaría la implicación del Estado en las políticas de género y la incorporación de las demandas feministas a la agenda política, que por cierto suponen una gran aportación civilizadora.

A través de los años se han ampliado horizontes y se han abierto caminos individuales y colectivos pero también se han producido desencuentros y las llamadas a la unidad de todo el movimiento, tan altas en otros tiempos, se han convertido sólo en susurros en las conversaciones de amigas. El respeto a la diversidad y a la legítima confrontación de las ideas debe acompañarse de una vez por todas de una plataforma de acción conjunta que constituya un compromiso, aunque sea de mínimos, común.

El feminismo sigue siendo necesario porque, como dice Mercedes Augustín, todas las mujeres están en una posición subalterna en la sociedad y ese es el hilo conductor que concede unidad a la lucha feminista. Por eso tenemos que trabajar juntas.