Celia Amorós: “El feminismo es una revolución y está absorbiendo las demás”

El cuarto propio de Celia Amorós está al acabar el pasillo y después de una gran cocina diáfana en un piso céntrico de Valencia. En las estanterías, bien acompañados, saludan a las visitas Simone de Beauvoir, Sartre, Virginia Woolf, pero su mesa de trabajo parece congelada, sin papeles ni lápices, y aventura la mala salud de la que se duele esta mujer sabia. El tablero del pensamiento y la creación lo ocupan ahora las fotos risueñas de sus colegas feministas años atrás.

El pasado está muy presente. Un buen puñado de libros publicados y cientos de artículos académicos, charlas y viajes a lo largo de su vida sitúan a Amorós entre las grandes responsables de la solidez que exhibe hoy en día el movimiento feminista. El 8 de marzo, para alegría de muchos, se la vio en su silla de ruedas al lado de la pancarta que agrupaba a los universitarios en Valencia, donde nació, en 1944, y donde ahora tiene su retiro de clima templado.

Habla de esa manifestación, recurriendo a Sartre, como del “apocalipsis” en el que ha desembocado un movimiento fraguado con los años con muchas levaduras, desde la toma de las calles hasta la conquista de los hogares, con coloquios, literatura, grupos de trabajo, concienciación social, educación. Esto es imparable, dice todo el mundo, pero ella recela: “Todo movimiento tiene marcha atrás. Hay que ser cuidadosos, tenaces, tener capacidad de acción y de convicción». Simone de Beauvoir asiste sus pensamientos: “No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”, decía la francesa.

La filósofa valenciana, hija de notarios y nieta de una abuela que le enseñaba piano, pide que le acerquen el busto de Clara Campoamor, que la observa desde la mesa, para hacerse la foto con él. “Una persona que dijo ‘soy ciudadano antes que mujer”… Amorós dirigió algunos años el Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense. Allí se creó el seminario Feminismo e Ilustración, por donde han pasado algunos de los nombres que ahora dan lustre con sus ensayos al pensamiento feminista: Alicia Puleo, Rosa Cobo, Ana de Miguel, todas ellas en las fotos del despacho rodeando a la maestra. En la Ilustración basa Amorós los principios del feminismo como un movimiento emancipatorio que exige para la mujer no la igualdad con el hombre (“que aunque ellos pudieran y nosotras quisiéramos, no tendríamos nunca”, ha dicho alguna vez), sino la igualdad bajo el genérico humano, es decir, ni más ni menos que los derechos de ciudadanía de los que ellos disfrutan (o deben disfrutar). La revolución francesa propició ese lenguaje emancipatorio: si los amos eran déspotas, si los aristócratas tenían siervos, en las mismas condiciones estaban las mujeres respecto a sus compañeros. Y así lo hicieron ver. Amorós cita varias veces a Mary Wollstonecraft, la abuela de Frankenstein. Si la condición de ciudadanía, por primera vez, se adjudicaba a nobles y plebeyos sin distingos, ¿por qué se le negaba a la mujer? Dichoso orden natural en el que la mujer, por serlo, estaba condenada a un segundo lugar. “Qué vamos a decir del misógino de Rousseau”, se ríe Amorós.

El feminismo ha rodado mucho desde entonces. Ahora tiene muchos apellidos. La filósofa es tajante: “Feminismo solo hay uno, el emancipatorio”. Pero los partidos políticos diseñan un traje a su medida… “El feminismo es de izquierdas”, zanja. Pero los de derechas dicen que ellos también lo son, a su manera… “À sa façon… Para quien se lo crea”, responde Amorós.

En 2006, la escritora, por primera vez una mujer, recibió el premio nacional de Ensayo por su libro La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias… para la lucha de las mujeres. Su nombre ya figuraba entre las grandes feministas de Europa y la influencia de sus publicaciones académicas se hacía sentir con fuerza en Latinoamérica. Frente al sillón desde el que responde ahora a los periodistas y sobre una máquina de coser Singer que fue de su suegra cuelga un cuadro con una frase bordada que le reconoce haber “introducido el feminismo filosófico en la filosofía hispánica”. Y en los estantes, decenas de libros muestran un penacho de papeles amarillos que sobresalen sobre sus páginas, signo de un estudio concienzudo. Casi se puede decir que les ha dado a cada uno una buena paliza.

Maestra entre maestras, sigue prudente y ejerce una sororidad sin fisuras cuando se le recuerda su mucha influencia en el actual movimiento de las mujeres: “Y muchas otras”, dice. “Nada surge de repente cuando se trata de movimientos sociales. Es un trabajo que se va forjando, que tiene fases, que evoluciona, se agita, se amalgama, aparentemente no pasa nada, pero la gente va haciendo suyo el movimiento Y entonces ocurre algo especial, por ejemplo el caso de La Manada y todo lo asumido deviene en apocalipsis. Como ocurrió en el París de la Bastilla”, explica.

La revolución francesa siempre está presente en sus pensamientos, aunque alguno se resista a bajar a su boca cuando ella lo reclama. “Sí, el feminismo es una revolución y está absorbiendo las demás. Si no hay feminismo, no hay lucha revolucionaria, porque ¿qué se puede hacer si solo se cuenta con la mitad de la población? Nada”, asegura. Amorós tiene una hija, que la llamó por teléfono el 8-M “exultante”, y un nieto, Guillermo, de 10 años que estaba “como el primero, levantando el brazo” en la manifestación que reunió en las ciudades españolas a más de un millón de personas aquel viernes de “apocalipsis”. Ríe, ahora solo Celia, con el recuerdo del niño, también empoderado. Y su risa se ensancha cuando se le recuerda cómo cerraron aquel día la manifestación en Valencia, al modo fallero: “Señora pirotécnica, puede comenzar la Revolución”.

LOS «AÑOS DUROS Y DIVERTIDOS»
En la cabeza de Celia Amorós, que tantos frutos ha dado a lo académico, van ganando terreno los recuerdos del pasado. Aquellos días en que su marido de entonces, Josep Vicent Marqués, y el de Carmen Alborch, Damià Mollà, habían sido despedidos y la economía doméstica no daba un respiro. Los domingos se iban los cuatro a contar coches al Saler. “Había allí algunos cruces de carreteras y contábamos coches porque esas cifras se necesitaban para futuros planes de viabilidad”, se ríe Amorós. “Carmen y yo acabábamos contando mujeres”, recuerda. Aquellos años, “duros y divertidos”, un día hacía la comida una y al siguiente la otra, como una forma de aliviar la escasez. Su amiga Alborch, para quien le faltan las palabras tras su muerte reciente, se metió a política y, aunque esta feminista ahora no ve la televisión, ni oye la radio, ni está al tanto del avance de la extrema derecha, ni del problema del separatismo catalán, cree que la lucha feminista sí ha ido trasladándose a medidas concretas en el ámbito político. Amorós cree que la cuarta ola del feminismo está aquí y que uno de sus objetivos fundamentales será la erradicación de la prostitución, “esa esclavitud humillante”. Nada más y nada menos. Pero sigue prudente. “¿Un mundo igualitario? Qué va, eso tardará siglos”.