Silencio, se maltrata

La historia del machismo está llena de ausencias y silencios; ausencia de las mujeres en la construcción de una cultura a imagen y semejanza de los hombres, y silencio en las injusticias cometidas en nombre de la desigualdad.

Hace años, en plena Guerra del Golfo, llegaba una crónica de Francisco Peregil sobre los bombardeos de Bagdad. Todo era terrible en el relato sobre cada uno de los ataques, pero entre toda esa destrucción hubo algo me impresionó: El «silencio que quedaba entre cada una de las bombas».

Silencio… El silencio puede ser terror cuando esconde la realidad, cuando la envuelve entre momentos que niegan lo ocurrido y lo que va a suceder a continuación, o cuando hace que todo transcurra como un parpadeo que muestra justo lo que no es verdad… Por eso, al final, el silencio atrapa, porque quien lo vive queda retenido en un espacie de aparente normalidad que pone en duda lo sucedido, y que, incluso, llega a presentarse como liberación de lo vivido.

El maltratador juega con las palabras que culpan a la mujer por la violencia que sufre, y con los silencios que la niegan. Y la sociedad actúa del mismo modo al guardar silencio entre cada uno de los homicidios, al mostrar esa aparente normalidad entre los asesinatos, y ocultar que entre cada uno de ellos hay maltratadores que están preparando el próximo crimen, al igual que entre cada bomba hay quien carga el cañón para volver a dispararlo.

Y el silencio es pasividad, es distancia, es ausencia… En un reciente estudio realizado por el Ayuntamiento de Málaga, prácticamente el 50% de los hombres manifiesta que no actuaría si viera a un amigo maltratar a su pareja; y en otro estudio del Centro Reina Sofía, el 30% de los jóvenes refiere que cuando una mujer sufre violencia por parte de su pareja es porque ella habrá hecho algo. La soledad levantada por el silencio es la que lleva a que sólo denuncie un 20% de las más de 700.000 mujeres que sufren violencia cada año, y a que un 80% de las asesinadas nunca hubiera tomado la palabra para denunciar la situación que acabó en su homicidio.

Hablar sólo de los homicidios que produce la violencia de género es callar sobre todo lo que los origina, y dar entrada a la palabra falaz de quien ha escrito el relato sobre el silencio de la realidad. El problema de la violencia de género no está en los 700.000 maltratadores ni en los 70 homicidas, el problema está en el machismo que los alimenta a todos ellos y al resto de los hombres, que sin llegar a ejercer la violencia se mantienen a distancia y en silencio en espera de lo que suceda, y luego, cuando se produce una agresión, continúan en el silencio y en la distancia, tal y como ha mostrado la encuesta del ayuntamiento de Málaga.

El silencio no es neutral, si no nos posicionamos de manera crítica contra el machismo y su violencia, las mujeres continuarán sufriendo sus golpes y la sociedad seguirá viviendo bajo la injusticia de la desigualdad.

Debemos tomar la palabra, la voz, la música, el sonido… para romper el silencio que ha protegido a los agresores y atrapado a las víctimas. Ese cambio de actitud es la esencia de una nueva campaña que, este 25 de noviembre, ponemos en marcha desde la Unidad de Igualdad de la Universidad de Granada bajo el lema, «Ni un minuto de silencio». Ya basta de «minutos de silencio» que ocultan a los agresores y al machismo que los mueve, no podemos responder con silencio al silencio que imponen los maltratadores, tenemos que romper su argumento y deshacer su trampa.

Por eso vamos a cambiar el silencio por palabras, la ausencia por presencia, la pasividad por acción, la distancia por cercanía. Sustituiremos la posibilidad por realidad, la injusticia por justicia, la soledad por compañía, la mentira por verdad. Haremos de la teoría por práctica, del guiño mirada, de la renuncia denuncia, de la pesadilla sueño, y de la desigualdad Igualdad. Para ello necesitamos tu voz, tu palabra, tus gritos, tus sonidos, tu ruido, tu “no-silencio”… Machismo es tiempo y silencio, y ya no hay que darle ni un minuto de silencio más.