Por qué migran las mujeres

Autoría: Angustias Bertomeu. E-Mujeres.

Hoy se celebra el día por la Igualdad Salarial entre Mujeres y Hombres, para denunciar que las mujeres tenemos que dedicar al trabajo un 15% más de nuestro tiempo para ganar lo mismo que un hombre y reivindicar algo tan obvio como a igual trabajo igual salario. Un objetivo que a la mayoría de las mujeres migrantes aún les queda mucho más lejos que a las demás.

La mayor parte de analistas que han estudiado los movimientos migratorios laborales a Europa están de acuerdo en contextualizarlos en el marco de los cambios económicos y políticos acontecidos a nivel mundial, tendentes a la internacionalización cada vez mayor de la economía. Pero lo que no se ha tenido en cuenta es que esta globalización de la economía no actúa separada de los sistemas de creación de desigualdades de género, como consecuencia de lo cual se produce una brecha cada vez mayor, no sólo entre regiones y clases sociales, sino también entre géneros.

Prueba de ello son los fenómenos como la feminización de la pobreza, la explotación de las mujeres en las industrias transnacionalizadas, el cómo se reparte el trabajo de los cuidados y la relación entre la industria internacional del turismo y la prostitución. En muchos casos, las mujeres migran por motivos personales y laborales diferentes a las de los hombres, sirviéndose incluso de vías de salida y acceso distintas.

Sólo lentamente se va haciendo visible que las mujeres también emigran, pero cuando se incluyen en las investigaciones, se adopta con frecuencia una perspectiva victimista que hace que se subrayen sistemáticamente la explotación y los engaños de los que pueden ser víctimas, más que las estrategias que ellas mismas desarrollan.

Esta visión sesgada del movimiento migratorio femenino se ve facilitada por un conjunto de ideas preconcebidas que pesan tanto sobre las personas que hacen las investigaciones como sobre las que las leen. Reforzando la visión androcéntrica, muchos autores que se ocupan de los desplazamientos de población, subrayan los aspectos negativos que influyen en la migración femenina, como elemento diferenciador de la masculina. Esto permite imponer una visión victimista de la migración femenina, que oculta algunos aspectos específicos de estos procesos.

Sin embargo, como dice Dolores Juliano en su artículo Mujeres migrantes, viajeras incansables, publicado por Harresiak Apurtuz, (texto que uso a continuación) hay al menos tres tipos de desplazamientos de residencia que resultan específicos de las mujeres y que no admiten las lecturas en términos de los modelos de migración masculina, y todos ellos son de gran magnitud.

En primer lugar, tenemos el desplazamiento producido estructuralmente por la patrilocalidad, que obliga a las mujeres de la mayoría de las culturas a fijar su residencia de casadas en un ámbito diferente de su hogar de nacimiento. Pocos trabajos sobre migración tienen en cuenta estos desplazamientos. Sin embargo, este desplazamiento espacial y de lealtades ha sido la base para que muchas culturas dieran a las madres de sus ciudadanos el estatus de extranjeras, coincidiendo en esta categoría legal con los hombres inmigrantes de otras zonas.

En segundo lugar, tenemos la migración económica a partir de la asignación social de tareas diferentes por sexo. El abandono de las zonas rurales, protagonizado preferentemente por las mujeres, es el más significativo.

Es evidente que en este último caso los hombres también emigran, pero las motivaciones y la incidencia demográfica por sexos es distinta. Razones económicas y los lazos de la herencia, hacen que muchos hombres permanezcan en zonas rurales que en cambio, son masivamente abandonadas por las mujeres que buscan en las ciudades trabajo en el sector servicios y mejores condiciones de vida. Las amas de cría desde mediados del siglo pasado y las criadas hasta la actualidad, dan cuenta en España de esta tradición, que vació primero áreas rurales de montaña, donde los hombres envejecen sin encontrar compañera, para transformarse finalmente en movimientos trasatlánticos de gran amplitud demográfica. La invisibilidad de este amplio fenómeno se debe en parte a que los trabajos a que se dedican estas mujeres se realizan sin contrato y por consiguiente no figuran habitualmente en la documentación.

Un tercer tipo de migración específica es la que está constituida por mujeres con estatus desvalorizado en las sociedades de origen, o con aspiraciones incompatibles con las normas tradicionales, a las que se podría llamar (haciendo muy amplia la conceptualización) refugiadas por motivos de género. Fugitivas de matrimonios indeseados, repudiadas, prostitutas, madres solteras o víctimas o amenazadas de agresiones sexuales.

Las guerras, las dictaduras y en general los sistemas patriarcales generan largas listas de desplazadas que rehacen sus vidas en lugares diferentes de los de su nacimiento. Muchas veces, cuando las posibilidades de sobrevivir autónomamente con trabajo asalariado están muy sesgadas por elaboraciones de género y cuando la sociedad de origen no brinda ámbitos legítimos para algunas mujeres, éstas piensan en conseguir nuevos horizontes fuera de su ámbito de origen.

Además de estas motivaciones específicas, las mujeres emigran también por motivaciones económicas semejantes a las de los hombres, por reagrupamiento familiar y por promoción personal, fundamentalmente a través de proyectos de estudio y de capacitación.

Pero que los motivos coincidan no significa que coincidan las interpretaciones que se hacen de los mismos.

En el caso de la migración femenina predomina una versión sesgada, que las presenta como víctimas indefensas, siempre engañadas y explotadas por delincuentes de sus propios países de origen. Esta criminalización tiene un doble efecto. Disimula el hecho de que el caldo de cultivo de las mafias y otras organizaciones de delincuentes que se lucran con la emigración, está constituido por las legislaciones represivas del fenómeno migratorio, que hace muy difícil la migración legal, y evita que la discusión se centre en los cambios de políticas que hay que hacer en las sociedades de acogida. Además se apoya en prejuicios que impiden ver que la explotación y los riesgos los están sufriendo hombres y mujeres.

Los principales prejuicios al respecto son:

  • Sobre los roles de género, donde se subraya la agresividad masculina y la pasividad y debilidad femeninas.
  • Sobre la movilidad espacial, donde se tiende a ver a los hombres como viajeros y aventureros y a las mujeres como estáticas y ligadas al hogar.
  • Sobre las actividades, donde se consideran trabajos los que realizan los hombres, y no se consideran como tales las tareas de cuidado y mantenimiento que realizan las mujeres.
  • Sobre la capacidad de protegerse, donde se considera que los hombres saben solucionar sus problemas y las mujeres necesitan protección para no ser engañadas y explotadas.

Estos prejuicios se suman a los generales sobre el tercer mundo y dan por resultado un lenguaje periodístico en que se habla de trata y esclavitud para referirse sólo a las mujeres que emigran y unas políticas que no tienen en cuenta la especificidad de sus aportes y exigen contratos laborales para optar por la legalización, aunque la mayoría de los trabajos que realizan las mujeres inmigrantes hayan sido tradicionalmente sin ese requisito (servicio doméstico, cuidado de personas ancianas o enfermas, atención de criaturas, prostitución).

Las mujeres inmigrantes ven condicionadas sus opciones laborales por los problemas no resueltos de la sociedad de acogida. El trabajo femenino no sólo está peor pagado y goza de menos prestigio social que el masculino, sino que disfruta de menor protección legal, se realiza sin contrato en la mayoría de los casos y carece de normativas que garanticen que se trabaje en condiciones aceptables. Este tipo de ocupación desregularizada en sus escalones más bajos: servicio doméstico, cuidado de criaturas, de personas ancianas y/o enfermas, limpieza por horas, prostitución, etc… es el único que queda al alcance de las trabajadoras inmigrantes. En el imaginario colectivo esto se ve como una consecuencia del bajo perfil laboral y educativo que se presume en las migrantes, sin embargo, éstas suelen tener capacidades laborales y formación profesional que les permitirían optar por trabajos mejor cualificados. Los trabajos sin contrato que se les ofrecen suponen estructuralmente, además, ilegalidad e indefensión ante mafias y mediadores sin escrúpulos, con lo que favorecen objetivamente la explotación e indirectamente el desarrollo de estereotipos discriminadores.

Después de este texto de Dolores Juliano que relata la situación de las mujeres migrantes, volvemos al cinismo citado al principio del artículo y el doble rasero de medir. Son las políticas miopes y las posiciones personales de mirar hacia otro lado, las que permiten la explotación y por omisión dan cobertura a las mafias que se amparan en las zonas oscuras de las legislaciones.