El alquiler de úteros, de vientres y de mujeres en la obra de Egon Schiele

Autoría: Esther Tauroni Bernabeu

Tratadas como un útero de usar y tirar, con un dolor que no se va y una herida que jamás cicatriza en el corazón. Ese es el sentimiento de muchas mujeres, que, debido a su situación de precariedad y vulnerabilidad, se ven forzadas a alquilar sus vientres y gestar hijos e hijas a las que vender.

Utilizadas como simple maquinaria, mujeres de demasiados países del mundo son engranajes de un repugnante negocio para fabricar y comercializar niños y niñas, añadiendo la pérfida y maliciosa idea del altruismo y la buena intención.

La desesperación por solucionar a corto plazo problemas, la necesidad de mantener a la prole que ya existe o la imposibilidad de encontrar un trabajo por el “estigma” de ser madre o incluso mujer, le induce a pensar que alquilar su útero puede ser una solución.

Bien a través de foros de internet o poniéndose en contacto con determinadas “empresas”, se ven inmersas en una nauseabunda espiral dulcificada al principio por benevolentes palabras en nombre del amor, la generosidad, la solidaridad y la felicidad que van a dar a otras parejas con tan preciado regalo. Unos billetes en la mesa y un contrato que firmar son una tentación para quien necesita quitarse la soga del cuello, sin saber que tras la firma se la pone en el alma. Es el principio del calvario.

La primera de las mentiras comienza con la elección, a la mujer le presentan parejas hetero u homosexuales para que elija, sin saber que ella ha sido la elegida puesto que dichas parejas pretenden conseguir niños o niñas a medida, que se parezcan a ellos, que sea de su etnia, de su color de ojos, reborns de carne y hueso. Pactada le elección comienza la infantilización, dándose a la mujer todo tipo de mimos, halagos, regalos y atenciones a lo largo del embarazo. Algunas optan por llevarlo adelante en su hogar, para permanecer ceca de sus hijos o hijas; otras, en soledad, acuden a granjas, residencias o estancias a la espera del sacrificio.

A lo largo de la gestación son sometidas a innecesarias pruebas y ecografías que, aunque atentan contra su salud, garantizan a los compradores la calidad del producto. Los meses pasan, los vínculos aumentan entre la madre y el o la no nato, pero, como en cualquier proceso mercantil los sentimientos no importan.

Hay casos en que en el quinto o sexto mes de embarazo se detectan problemas, malformaciones…El producto no cumple el control de calidad, los compradores se echan para atrás, exigen que se les devuelva el dinero, que la madre aborte, que el bebé nazca, de modo que lo que era una salida para esa mujer en una situación precaria se convierte en otra complicación. Pese a todo la gran mayoría de estos casos continúan adelante con sus embarazos, pariendo y criando a sus bebes “defectuosos”.

En el mejor de los casos, y es que durante la gestación vaya todo sobre ruedas, el alumbramiento es el final fatal. La gestante, agotada y confundida apenas tiene fuerzas para reaccionar y los compradores, sin escrúpulos, permanecen vigilantes a su lado hasta llevarse al bebe. Aquellas palabras iniciales de la primera entrevista “Tú siempre serás su madre”, se desvanecen con el último cheque al portador, que es lo que se queda a la mujer con el útero aún hinchado y las mamas comenzando a querer ser lactadas.

Esta práctica que, espeluznantemente, ha cobrado forma jurídica en nombre de “maternidad subrogada”, en tanto en cuanto debiera tipificarse como delito, está prohibida en nuestra legislación vigente, sin embargo, lo cierto, es que los niños y niñas españoles nacidos a través de esta práctica se cifran en torno a 1000 al año, en detrimento de la adopción internacional que ha descendido hasta un 70%.

El recurso a las madres de alquiler se ha convertido en un negocio mundial que mueve millones de euros al año. El hecho de que en España no esté permitida esta práctica no disuade a sus demandantes, que ven cómo con teclear el término “maternidad subrogada” en Google pueden acceder a múltiples opciones para llevarla a cabo en el extranjero. Así, son innumerables las agencias españolas que ofrecen sus servicios en países donde la maternidad subrogada está permitida. Basta con entrar en la web de algunas de ellas para ver cómo las tarifas varían en función del país por el que se opte para llevarla a cabo. Las cifras oscilan entre los 120.000 euros si la subrogación se lleva a cabo en Estados Unidos, y los 40.000 si se realiza en Ucrania, Georgia, México, Tailandia, Karzajistan, India o Nepal, pasando por los 80.000 de Rusia o Grecia. Pero, quizás, lo más llamativo es que estas agencias ofrecen sus servicios incluso en países como Canadá, cuya legislación sólo permite la maternidad subrogada de tipo altruista -es decir, sin contraprestación económica para la madre gestante-, por el módico precio de entre 80.000 y 90.000 euros.

Un dato imprescindible a tener en cuenta, a efectos de entender la problemática del alquiler de la capacidad reproductiva de otra persona para acceder a la maternidad/paternidad, es el hecho de que, incluso en los países donde esta práctica es legal, sus ciudadanos realizan el proceso mayoritariamente en países en vías de desarrollo donde las condiciones son más laxas y las tarifas mucho más reducidas, lo que genera un auténtico “turismo reproductivo”.

Este hecho evidencia que la “maternidad altruista” es un mito que legitima y encubre el auténtico negocio a nivel mundial -principalmente para los agentes intermediarios- que supone la comercialización del cuerpo de mujeres en clara situación de necesidad económica y social. Estudios especializados indican que las madres gestantes carecen de formación, por lo que  las clínicas o agencias que las contrataba omite los riesgos del proceso y prácticamente en su  totalidad lo hacen por su situación de pobreza.

La gran mayoría de mujeres firmantes de este tipo de contratos se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad socio-económica lo que genera una auténtica explotación reproductiva.

A ello cabe añadir que la práctica evidencia que son muchos los derechos y bienes jurídicos que pueden verse vulnerados por este tipo de contratos, no solo los de la madre, también los del bebe comercializado, atentando contra la integridad física y moral de ambos.

La obra del pintor austriaco Egon Schiele “Mujer embarazada y la muerte”, ejecutada en 1911 y que actualmente se exhibe en Narodni Galerie, en Praga, República Checa invita a reflexionar sobre el tema. En un óleo sobre lienzo aparecen dos protagonistas, la gestante y una imagen que simboliza la muerte. Mientras ella, prácticamente al final de su embarazo con el rostro reclinado acaricia y protege el interior de su vientre, la muerte lo observa amenazante, impasible, observándolo fijamente, sin escrúpulos ni sentimientos hacia ella. El pintor recrea en su lienzo una cruda realidad que es una premonición de la pérdida del vínculo tras el parto. Una aberración que quebranta los intereses y necesidades de madres e hijos y evidencia una absoluta desprotección de ambos, así como una falta de respeto hacia la dignidad e integridad moral de ambos. La figura que simboliza la muerte es masculina, es patriarcado, como lo es el negocio capitalista montado que continúa explotando a mujeres, especialmente a las que se hallan en situación de mayor vulnerabilidad y desprotección.

El alquiler de úteros, de vientres o de mujeres, sea remunerada o no, es un trato degradante tanto para la mujer como para el/ la bebe pues implica una drástica ruptura del vínculo único que se crea entre ellos y que la medicina moderna ha proporcionado evidencias que demuestran la importancia del periodo prenatal para el posterior desarrollo del ser humano, con el añadido de que es contrario a  la dignidad humana porque trata a la gestante y al niño como medios al servicio del cumplimiento de los deseos de los contratantes, y no como fines en sí mismos, es decir mercantilización de cuerpos humanos.

El alquiler de úteros, de vientres o de mujeres revela también un problema global de discriminación social y de desigualdadpues tiene lugar mayoritariamente en países pobres, empleando como gestantes a mujeres en situación de precariedad. Por eso, se trata de un problema que conlleva un gran desafío para las naciones europeas, pues implica optar entre permitir o no que el cuerpo humano se convierta en un producto de mercado; entre permitir o no que mujeres vulnerables y sin formación opten por la explotación de sus cuerpos; y escoger entre crear una sociedad dividida entre naciones desarrolladas y naciones en vías de desarrollo.

Nada justifica que a una mujer o a un no nato se le trate como a un iPhone o a un coche, ni a las mujeres como donantes de material genético o términos similares. Únicamente puede contemplarse como un negocio de seres humanos y unas víctimas a las que amparar.