Intervención Emilia Caballero II Premio Adrián López

Gracias, mil gracias a todas y todos, amigas y amigos que habéis acudido esta noche. Y toda mi gratitud a la Plataforma de Iniciativas Ciudadanas por concederme este premio que fue una enorme sorpresa porque no esperaba, de ningún modo, que pudieran pensar en mí para esta 2ª edición.

La realidad es que no soy precisamente una persona que haya recibido premios, aunque en los últimos tiempos esta tendencia ha cambiado y no sé cómo agradecer a tantas plataformas y asociaciones de carácter social y reivindicativo, e incluso ayuntamientos, tanto reconocimiento porque, al fin, sólo se debe a haber cumplido con mi trabajo.

Pero el premio que hoy me entregáis me emociona de manera especial:

Por un lado está el hecho de haber conocido, hace ya muchos años, a Adrián López, gracias a mi tío Pepe Caballero. En principio lo traté, no en su proyección pública, sino en un espacio privado y personal. Un hombre inteligente, mordaz y con el que siempre terminas haciendo risas. Y también pude observar cómo en momentos duros, conflictivos y dolorosos mantuvo siempre aquella lealtad, aquella generosidad y honradez. En fin, aquel compromiso ético que mostró en el ámbito público. Y también quiero decir que tuvo motivos para cabrearse y se cabreó por supuesto, como debe ser, cargado a partes iguales de humor y mala leche. Con esa actitud irreverente, irónica y rematadamente sentimental que tienen todos los héroes derrotados ¡Cómo no quererle! A todos nos hiere el rayo de la vida. Lo que importa es cómo lo afrontamos.

En segundo lugar, mi gratitud hacia la PIC consiste además en que se trata de un premio a los valores cívicos. Y como tal podría compartirlo con tantas y tantas personas que estáis aquí, pero no temáis, no voy a hacerlo.

Realmente no creo tanto en la crisis económica, como en que lo que ha sucedido es “un desplazamiento de la riqueza”. Así lo describe Shirin Ebadi (la iraní premio Nobel de la paz en 2003). Pero crisis, lo que se dice crisis, es la de los valores democráticos (una crisis que igual es permanente, como la del teatro. No sé).

Y este esfuerzo, el de intentar librar de la crisis los valores cívicos, es el esfuerzo de una parte de la ciudadanía, entre la que nos encontramos quienes esta noche nos reunimos aquí, para construir relaciones sociales equitativas y democráticas, para luchar por un proyecto ético, por una democracia participativa preocupada por la pobreza extrema, la exclusión social, la autonomía personal de quienes sufren discapacidad, o para erradicar la discriminación de personas en situación de vulnerabilidad. Por preservar el medio ambiente y un urbanismo sostenible a la medida de las necesidades reales de las gentes que habitamos las ciudades. O por un periodismo de calidad y una cultura comprometida. Por una educación y una sanidad públicas. Por la igualdad entre mujeres y varones. Y por que el paradigma teórico feminista y la perspectiva de género sea asumida por la comunidad científica e incluida en todas las áreas de conocimiento, etc., etc., etc.

Pues bien, ese esfuerzo que, quienes estamos aquí, realizamos día a día, frente a la práctica de quienes pretenden impedirlo o silenciarlo, constituye un patrimonio, el patrimonio ético de la sociedad democrática y ese sí que lo compartimos ¿no es cierto?

Y sabemos que es en esa parte de la ciudadanía en la que queremos encuadrarnos, en la que sabemos manejarnos, en la que nos gusta trabajar. ¿Cómo, pues, no vamos a pagar el precio que cuesta? Como Adrián en aquel trance en que lo conocí, también sufrimos derrotas, también perdemos.

Recuerdo una anécdota: cuando el actual Decano del Colegio de Abogados de Alicante acababa de tomar las riendas de esa institución, llevó a la Asamblea una propuesta con la que el grupo crítico estábamos de acuerdo. Durante el debate vi que íbamos a perderla y algo sorprendida comenté con un compañero “pero es que ¿vamos a perder incluso esta vez que estamos con la autoridad competente?”. “Mejor así”, dijo. “Ganar podría asustarnos por falta de costumbre”.

En esta misma línea, estando en vísperas de conmemorarse el bombardeo del mercado de Alicante, y hablando de perdedores, quiero hacer un último comentario y una última reflexión:

Mirad, sin ir más lejos, yo nací del lado de los vencidos de aquel golpe de estado que derivó en guerra civil y de los represaliados de la dictadura. Supe desde siempre cómo fue la explosión de esperanza que marcó el nacimiento de la República y cómo el fascismo acabó con aquella hermosa aventura democrática empleando la más torpe y atroz crueldad. Sin rencores ni miedos mi padre me transmitió la confianza en la vida y los seres humanos. Y con las herramientas que puso en mis manos del sentido del humor y la conciencia crítica (que he manejado en mi proceso vital con interés, aunque no sé si con acierto) pude compartir la esperanza que él tenía en la recuperación de los valores cívicos y que hoy comparto también con mi hija y mi hijo.

Pero el daño causado por la dictadura es irreparable. Nada puede reparar lo sucedido en la esfera individual, social o institucional. No hay nada que perder ni nada que vengar. Dice Ricard Vinyes que “El daño causado por la dictadura de un Estado que hizo de la violencia su primer valor y práctica permanente, ha tenido unas consecuencias y un legado sencillamente imperdonables que tan sólo puede ser explicado, reconocido y asumido. Y asumir (y esto es lo que me parece más importante) significa establecer una política pública de la memoria que garantice a los ciudadanos reconocer el patrimonio democrático que históricamente han generado y acceder al mismo con garantías”.

Y yo creo que es solamente así como podremos comenzar a fortalecer esos valores cívicos por los que tanto y tanta gente luchamos, todavía con poco éxito, en nuestro país. Unos valores cívicos por los que hoy me gustaría brindar.