La familia europea

Autoría: Carmen Magallón

Así la llaman. Tengo la fotografía delante y les aseguro que es una familia insólita. En ella puede verse que está formada por 27 miembros, todos ellos jefes de Estado y de Gobierno de los países de la Unión Europea, a los que ahora se unen el presidente, Herman Van Rompuy y la jefa de la diplomacia, Catherine Ashton. ¿Que qué tiene de rara o de novedosa? En realidad, de novedosa tiene poco, porque esta foto viene siendo así desde que se conformó la UE. Pero rara sí que es. Sobre todo cuando se mira sin las gafas de una normalidad que de normal no tiene nada, aunque de tan repetida lo parezca. ¿O no es en sí raro que esta extensa familia esté formada por 25 hombres y dos mujeres?

Desde la perspectiva de la representación simbólica y de la carga de autoridad asociada al poder, esta imagen desplegada a lo ancho de una página del periódico es demoledora. Desde la perspectiva de la realidad que subyace, nos dice que los partidos realmente existentes siguen sin presentar candidatas cuando llega el momento de elegir a la máxima autoridad del Estado y que los altos liderazgos femeninos, en vez de apoyarse, son torpedeados.

¿Cómo va a entusiasmar esta Europa en la que los discursos son igualitarios pero el poder no? Sí, es cierto que las mujeres están llegando a puestos que antes no tenían, que existe Angela Merkel y que aquí, en nuestro país, incluso tenemos un Gobierno paritario. Pero les aseguro que, si hay un mecanismo que subsiste en el día a día, es el que funciona para proporcionar a los hombres un escalón más alto cuando una mujer llega al que ellos ocupaban antes. Si ella llega a jefa, se crea para él la figura de director general y, si ellas llegan a ministras, ellos ocuparán ¡ocupan! las jefaturas de Gobierno. Conozco a muchas a las que este tipo de constatación les provoca una desafección automática. Son aquellas que, cuando las invitan a asistir a un acto conformado por un panel de todo-hombres-blancos-
occidentales-de clase media, les viene a la mente una respuesta parecida, en su sentimiento y su tono, a la que dio León Felipe en París cuando le preguntaron sobre España tras la Guerra Civil: “Las cosas de España no interesan, monsieur”, todo en francés, claro.

¿Tiene esto importancia? Pues sí, la tiene. Porque, además de la justicia incumplida, los discursos vacíos y un más de lo mismo, existe el riesgo de que se instauren mundos paralelos, con el pensamiento y la acción de ellas, por un lado, y el de ellos, por otro. El mundo de los hombres bienpensantes a favor de la igualdad integradora con reserva del poder, y el de las mujeres que no aceptan que su legado y su inteligencia sean subordinados, y que desde sus nuevos lugares sociales, tienen, no obstante, la tentación de rendirse ante la tozudez de los hechos y de retirarse a un interior inexpugnable.

¿De verdad quieren contar con las mujeres para construir Europa? Pues no nos ofrezcan el espectáculo de este poder sexuado. No nos muestren fotografías tan obscenas, no nos llamen a participar en ritos intelectuales sesgados en el fondo y la forma, ni nos inviten a escuchar a quienes llevamos siglos escuchando. Y sí, desde luego que sí, también hay muchos hombres machacados.