La vergüenza de los maltratadores

Son muchas las personas que están en contra de la violencia sobre las mujeres y contra quienes la practican. Por eso en estas fechas, proliferan discursos, llamamientos y actos de condena. Por eso hay leyes. Por eso se asignan créditos, hoy tan escasos, a financiar recursos y campañas de sensibilización.

Y sin embargo, este año son más de 70 las mujeres asesinadas en este país en lo que va de año. Una media de 6 mujeres al mes. Y no son extranjeras en su mayoría como dicta el prejuicio, ni sus verdugos son enfermos mentales o adictos enajenados.

Quienes las han matado, a ellas y a veces también a sus hijos, creían que así demostraban su valía, su jerarquía y su poder. Así demostraban su hombría, así exhibían su autoridad, así castigaban sin compasión a las que pretendían ser y ejercer como seres humanos.

Lo hacen y luego se entregan o se suicidan. Saben que han de pagar un precio. Pero no se avergüenzan o se arrepienten. Saben que se han pasado de la raya, pero han llegado hasta allí apoyándose en creencias, en hábitos y costumbres ancestrales que les amparan.

Y por eso, ni las leyes, ni los discursos les frenan. Ni la pedagogía modifica sus comportamientos. Lo que falta quizás, además del castigo imprescindible, además de la condena formal necesaria es desarmar todas las coartadas previas que conducen al asesino hasta el escenario final. Coartadas como los comentarios misóginos que proliferan como una peste moral que chulea a la sociedad exhibiendo su peor cara. Combustible como la falta de respeto a las mujeres en toda su diversidad que luego es fácil concentrar en la que se tiene más cerca., personalizando el insulto y la indignidad.

Hace falta avergonzar a quienes presumen de ser “un poco machistas”, a quienes trivializan la repercusión de historietas casposas y comentarios sucios.

Es preciso hacer patente la enorme distancia insalvable entre la mayoría de los hombres justos y la minoría de individuos miserables que maltratan y matan sin demostrar otra cosa que su inhumanidad. Y garantizar para ellos el peor de los ostracismos, el más radical abandono, el más profundo de los olvidos.

En la historia que escribimos hoy debe haber sitio para todas y cada una de las mujeres que mueren porque simbolizan el precio que pagamos por librarnos de la peor de las esclavitudes: la que nos quita nuestra condición de seres humanos libres y con derecho a la felicidad.

Mar Vicent
elblogdemarvicent@nireblog.com