Lluvia roja

Autoría:

Qué legitimidad le queda a la causa ecologista, a cualquier causa, si es incapaz de condenar un asesinato que dice hacerse en su nombre. Imaginamos a más de un participante que se sumó a la manifestación contra el TAV en Durango revolviéndosele su conciencia al gritar, desde su libertad de expresión, en contra de la Y vasca cuando días antes había sido incapaz de expresar en el seno del grupo la obligación moral de defender algo tan básicamente ecologista como es la preservación de la vida y condenar la salvajada de matar a una persona.

El día que asesinaron al empresario vasco miraba por la televisión las escenas posteriores al atentado. En un par de segundos una imagen poderosa me sobresaltó primero, luego me conmovió y finalmente me dejó hecha polvo. La sangre de Inaxio Uria se disolvía en la lluvia que arreciaba sobre el asfalto de Azpeitia donde yacía el cadáver ya cubierto. Y de pronto, esa imagen brutal, se erigió como el escenario de nuestra ecología social y política. Una lluvia, nuestra lluvia, que nos conforma como paisaje natural y humano disolviendo la sangre de los muertos. Haciéndola desaparecer por las alcantarillas a los pocos minutos de la muerte para que podamos seguir viviendo a pesar de la brutalidad de la violencia. Para que podamos seguir disolviendo la violencia en nuestra ecología del día a día, en la de andar por casa y en la de las calles de nuestros barrios.

Nuestro ecosistema social está contaminado por las perforadoras que a lo largo del tiempo han hoyado el agujero negro de la costumbre. De acostumbrarnos a que la violencia es parte de nuestro paisaje, de nuestro ecosistema vital. Costumbre con la que se aprende a vivir, unos desde el silencio, otros desde la insubordinación, todos desde la pesadumbre. Las y los ciudadanos podemos y debemos intervenir en el paisaje público porque éste es el espejo en el que nos miramos. Quiero pensar que nada puede con la rebelión activa contra la violencia de una ciudadanía comprometida.