Lo que las profesionales de los medios de comunicación no cuentan

Autoría: Julia Alegre Barrientos - Periodista

Informe sobre el fenómeno del acoso laboral, se incluye la dimensión sexual del acoso al que todavía nos enfrentamos las profesionales de los medios de comunicación en el ejercicio de nuestra labor, tanto dentro de las empresas mediáticas, como cuando toca salir a la calle a recabar información. Cuando hablo de profesionales de los medios, no me refiero exclusivamente a las periodistas, reporteras y presentadoras de programas, las caras visibles del oficio. Detrás de un producto mediático, da igual el formato y soporte, hay un universo de mujeres extraordinario: editoras, fotógrafas, productoras, diseñadoras gráficas…

En el informe busco reflexionar sobre algunos de los factores que perpetúan esta situación, más allá del mero señalamiento. Para su desarrollo me he valido de los testimonios de cerca de 50 profesionales de los medios de comunicación a los que tuve acceso. Las compañeras que me compartieron sus historias son de diversas nacionalidades, todas ellas circunscritas al ámbito geográfico simbólico de Iberoamérica: españolas, colombianas, brasileñas, nicaragüenses, mexicanas, venezolanas…

Lo personal es político

Lema feminista

Sucedió que un día lancé un mensaje al aire. Al ‘aire’ lo llamaré a partir de ahora las redes sociales, porque no hay ningún canal de comunicación que haya construido el ser humano tan omnipresente como el ágora de Internet, capaz de difundir entidades discursivas con significado y amplificar el alcance de su contenido hasta límites insospechados, superando cualquier limitación espacial. Buscaba compañeras en los medios de comunicación que hubieran sufrido algún tipo de acoso o violencia a cuenta y cobro de su sexo en el ejercicio de su trabajo. Y cuando digo compañeras no me refiero exclusivamente a las periodistas, reporteras y presentadoras de programas, las caras visibles del oficio. Detrás de un producto mediático, da igual el formato y soporte, hay un universo femenino extraordinario: editoras, fotógrafas, productoras, diseñadoras gráficas… La invitación venía acompañada de una promesa que no pienso romper: bajo ningún concepto se difundirían los nombres reales de las mujeres que me compartieran sus historias ni cualquier referencia al medio o a las personas que ejercieron el acoso y/o la violencia contra ellas.

En apenas tres días, acudieron al llamado cerca de 50 mujeres de diversas nacionalidades, todas circunscritas al territorio geográfico simbólico de Iberoamérica, donde yo he desarrollado mi trayectoria profesional y de donde son la mayoría de mis colegas de profesión, necesariamente. Al cuarto día, cerré la ventana para que el aire dejara de circular y con él, el mensaje. El motivo detrás de esa decisión descansa en que nunca pretendí que este trabajo fuera una investigación empírica con todas las de la ley, sino un intento de confirmar unos resentimientos –hipótesis si se prefiere- que desde hace años vengo comentando entre bambalinas con mis homólogas y estas con las suyas y todas con todas. El primero es que los medios todavía son espacios donde el hombre continúa siendo el sujeto de referencia, lo que favorece el mantenimiento de una cultura sexista hegemónica y dominante. El segundo es que en la mayoría persiste una organización social jerarquizada de los sexos, reafirmando el esquema estructural de las relaciones de poder y los estereotipos asociados al género. Finalmente, que el acoso laboral por razón de sexo (donde se incluye el acoso sexual y violencias de diversa tipología) es un fenómeno extendido, tanto dentro de las redacciones, como cuando toca salir a la calle a recabar información y relacionarse con las fuentes. Esta última sospecha sería inconcebible sin la concurrencia de las otras dos condiciones.

Aunque cada legislación establece un marco normativo propio para tipificar el acoso laboral por razón de sexo, en una primera y muy sencilla aproximación, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) designa este tipo de conductas como “la violencia y el acoso que van dirigidos contra las personas por razón de su sexo o género, y que afectan de manera desproporcionada a personas de un sexo o género determinado, e incluye el acoso sexual”1. Respecto a esto último, la OIT y la Convención sobre la Eliminación de toda forma de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) identifica esta forma específica de violencia, que también se define como hostigamiento’, como una violación de los derechos fundamentales de los trabajadores y una manifestación directa de la discriminación de género. “Engloba comportamientos de naturaleza sexual y carácter desagradable, ofensivo y no deseado, a la vez que crea un ambiente de trabajo intimidatorio, hostil o humillante para quien los recibe”2. Así pues, el acoso por razón de sexo en el lugar de trabajo puede abarcar desde las interacciones verbales de contenido sexual, los acercamientos no consentidos, tocamientos, insinuaciones y violaciones, pasando por la intimidación, la denegación de permisos de maternidad, asignar responsabilidades inferiores a la categoría profesional, ejecutar conductas discriminatorias, utilizar formas denigrantes para dirigirse a las personas o sabotear la labor profesional y el acceso a unos medios mínimos para la realización del trabajo. Es decir: si bien el acoso sexual es la dimensión, quizá, más evidente que se contempla dentro del acoso laboral, la categorización del acoso acoge múltiples fórmulas y no tiene por qué entrañar violencia física.

En occidente, las mujeres comenzaron a incorporarse a las salas de redacción “formalmente” a comienzos del siglo XX, doscientos años después de que empezaran a circular los primeros periódicos diarios en el continente europeo, vinculados a las élites cultas masculinas y blancas. En otras palabras: tarde. De todos modos, seguían siendo casos excepcionales, a cuentagotas: mujeres que se atrevieron a desafiar lo establecido y transitaron del ámbito privado, al que se nos ha relegado históricamente, a los espacios públicos de sociabilización puramente androcéntricos en esa época (la academia, el mercado laboral, salones y tertulias)3. En pleno siglo XXI, cuando se ven progresos en temas como la inclusión del enfoque de género en los contenidos periodísticos, las carreras de periodismo y comunicación están a rebosar de estudiantes mujeres, se percibe una mayor intervención de las profesionales en la producción de los productos informativos y se ven cada vez más jefas liderando procesos de dirección, cabe preguntarse cuánto se ha avanzado en realidad por garantizar el libre ejercicio profesional de las mujeres en el periodismo.

Mi deseo es proponer una reflexión, desde una perspectiva sociológica, sobre los factores que perpetúan el acoso laboral contra las mujeres dentro de las empresas mediáticas y en el ejercicio de su labor fuera de las redacciones, valiéndome para ello de los testimonios de las profesionales de los medios de comunicación a los que tuve acceso. Parto de la base de que las mujeres no constituimos un grupo uniforme, a pesar de la tendencia predominante a representarnos como un colectivo homogéneo con historias de vida análogas, algo que no sucede con el “colectivo hombres”. Como señala María Isabel Menéndez Menéndez, representamos una pluralidad (2007, pp. 106). Tenemos identidades, inquietudes, problemáticas y formas de codificar la realidad propias. Esta es la primera lección que extraigo y vale la pena subrayar porque incide directamente en la forma en la que cada una de las profesionales se enfrenta a su profesión y a los tipos de acoso de los que son objeto que, por momentos, algunas tratan de racionalizar, otras justificar y otras sobrellevar como bien pueden. Lo llamativo es que las historias se repiten una y otra vez con otros protagonistas, pero mismo fondo. Desde aquí quiero agradecer la generosidad de quienes secundaron esta convocatoria informal y trasladarles toda mi admiración. A ellas, pedirles que me perdonen por no poder incluir todas sus historias (ni difundirlas de forma íntegra) con el objetivo de seguir reflexionando a través de sus voces sobre las dificultades que enfrentan las profesionales de los medios de comunicación en el ámbito laboral.


1 Organización Internacional del Trabajo, OIT (2019), C190 – Convenio sobre la violencia y el acoso (núm. 190), convenio sobre la eliminación de la violencia y el acoso en el mundo del trabajo, Ginebra, entrada en vigor: 25 junio 2021.
2 Organización Internacional del Trabajo, OIT, (2013), El hostigamiento o acoso sexual. Género, salud y seguridad en el trabajo. Hoja informativa.
3 Angulo Egea, M. (2017), Las mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo, Revista Jot Down, España.

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