Los pantalones los llevo yo

Mientras que la Audiencia de Sevilla hace su trabajo y condena a un año de cárcel a un hombre de 31 por golpear a su compañera, en Jartum, capital de Sudam, Labna Ahmed Husein fue detenida con otras doce mujeres, por haber cometido el execrable delito de llevar pantalones.

Me dirán que qué tiene que ver una cosa con la otra y yo les enhebraré el hilo de la intransigencia, del poder de los hombres, calcificado en la costumbre y la moral, por décadas, frente al intento, muchas veces imposible, de las mujeres, para sacar su alma del arrugado cajón del trastero.

Porque Labna, que vive en el sur del país, en la parte no musulmana, y que es periodista en la oficina de prensa de la ONU en Sudán, se negó a admitir su culpabilidad e insistió en comparecer ante un juez en presencia de un abogado. Quedó entonces en libertad bajo fianza, pero se enfrenta ahora a la posibilidad de recibir cuarenta latigazos, que es la pena habitual por vestirse de manera “indecente” e “inmoral”, según interpreta la sharia vigente en Sudán.

E. F. A, la mujer a la que ahora han dado en la Audiencia carta de libertad hipotética para que escape de su sentencia de muerte, denunció en un principio que su compañero la forzó a mantener relaciones sexuales y, al negarse, le rompió la ropa interior y la penetró, tras lo cual intentó mantener relaciones anales, por lo que la víctima salió corriendo y se refugió en la azotea, pero el acusado la siguió, la agarró por el pelo y la amenazó con un cúter, le dio golpes por todo el cuerpo, llegando a utilizar unos alicates para pegarle en las costillas, bocados en la cara y patadas en la barriga. Aún con todo ello, los magistrados de la Audiencia no pudieron condenarlo por violación y lesiones, que pidió inicialmente el fiscal, ya que la víctima faltó dos veces al juicio y no confirmó la denuncia.

Y ahí está el problema, que ni los policías, ni los jueces, ni los demás podemos hacer otra cosa que apoyar un propósito y dar fuerzas, porque, igual que Labna, estamos obligados a no bajar la cabeza, ni a declararnos culpables por aquello a lo que tenemos derecho, porque otros marquen las normas para nuestra convivencia, sean nuestros maltratadores, nuestros tutores o los supuestos veladores de la moral y rectitud, de nuestra conducta.

Porque llevar pantalón en España, hace cincuenta años, era una indecencia y una provocación, pero se hizo y tengo fotos que lo demuestran, y mujeres, con las que comparto, sangre y sentimientos, salieron a trabajar como hombres y se enfrentaron a ellos, acortaron sus pantalones y los estrecharon, para no pasar frío en el gélido invierno, clavaron sus manos en la helada tierra y partieron su espinazo para sacar frutos de su sudor y esfuerzo.

Unos pantalones y una blusa, querer ser libre y demostrarlo, no constituyen una falta grave, ni una ofensa, la ofensa es dejar que un imbécil marque tu vida, que un malnacido te trate como basura y que después, cuando el aparato cascoso y medio ciego de la justicia se disponga a hacer su trabajo, le cortemos el fuelle y le trabemos el impulso… quizás por el mismo miedo a la muerte, a la intransigencia, a quedar en manos de los obtusos, que no tuvo Labna, quizás por hartazgo, quizás por creer que la libertad está allí esperando, tras una idílica puerta y no querer saber la cantidad de sangre y lágrimas, que han costado sólo entreabrirla para que pase algo de luz para todas nosotras y para todas ellas…

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